Capítulo 1
—Damas y caballeros, la aerolínea Airlines les da la bienvenida a la ciudad de Roma, Italia. La hora local es 7:30. Por seguridad y por el bienestar de quienes los rodean, les pedimos que permanezcan sentados con el cinturón de seguridad abrochado— anunció una voz femenina por los altavoces del avión, con un tono tranquilo y sereno.
A mi alrededor, algunos pasajeros comenzaban a recoger sus cosas, mientras que otros apenas despertaban, despeinados y desorientados. Yo, en cambio, solo quería bajarme, llegar a la casa de mi papá y dormirme. Había pasado todo el vuelo viendo anime, mientras mis compañeros de asiento me usaban como almohada… o como su peluche personal.
Bostecé, apagando mi laptop antes de guardarla en mi mochila. Luego intenté despertar a los dos chicos que seguían recostados sobre mí, pero fue inútil.
—Dios… necesito ayuda— murmuré, tratando de apartar al peli azul que se había acomodado sobre mi hombro. Pesaba más de lo que aparentaba.
Y para empeorar las cosas, mi sudadera estaba húmeda.
—Genial… me babeaste la manga— solté con fastidio, sacudiéndola un poco.
Resoplé y alcé la vista con resignación.
—Prometo ir a misa si haces que estos dos idiotas despierten— le dije dramáticamente a algún dios bondadoso que pudiera estar escuchando.
Segundos después un señor termino golpeado al chico peli azul con su mochila, y como caricatura este se despertó.
—Mami ya no quiero estudiar— Exclamo el peli azul llamando la atención de las personas cerca de nosotros.
Claramente no puede esconder una pequeña carcajadas todos a nuestro alrededor voltearon a verme , rápidamente me levante de mi asiento y pedí disculpas mientras trataba de no reírme.
Unos segundos el chico que estaba al lado izquierdo que me uso con su peluche despertó y se tallo sus ojospara otras vez dormirse mas.
No me quedo de otra que rodas mis ojos, mientras que el peli azul me pedía disculpas por babear mi manga de mi hermosa sudadera. Yo solo asentía con una pequeña sonrisa e intentaba detenerlo.
Después de una lucha titánica para que el chico peli azul dejara de disculparse y el chico que estaba a mi lado izquierdo se levantara y dejara de usarme como su peluche, logré salir del avión. Con la mochila colgada al hombro y el cabello revuelto por tantas horas de vuelo, me estiré con ganas mientras bajaba por la rampa, respirando el aire fresco de Roma.
—¡Por fin, suelo firme!— exclamé, ganándome algunas miradas curiosas de los pasajeros a mi alrededor por segunda vez. Hey no era mi culpa que estuviera a punto de besar el pavimento de la emoción de a verme liberados de esos dos moustros dormilones por fin pisar tierra firme después de tantas horas.
Apenas entré en la zona de llegadas, lo vi.
Ahí estaba mi papá, con su clásico abrigo elegante y esa expresión entre “te extrañé, hijo” y “¿qué demonios llevas puesto?“. Sonreí ampliamente y, sin pensarlo dos veces, corrí hacia él con los brazos abiertos.
—¡¡Papáááááááááá!!— grité como si estuviéramos en una telenovela esas telenovelas de Turquía.
Él abrió los brazos con resignación justo a tiempo para recibirme antes de que lo derribara.
—Ethan, por el amor de Dios, no estamos en una película— murmuró, palmeándome la espalda.
—Shhh, déjame disfrutar el momento— respondí, apretándolo con más fuerza.
Mi papá suspiró, pero al final terminó riéndose mientras me despeinaba como cuando era niño.
—Vamos, que seguro vienes muerto de hambre.
Mi estómago gruñó en respuesta.
—Te juro que los snacks del avión no son comida real— dramaticé, siguiéndolo con pasos exagerados.
Él negó con la cabeza, pero no podía esconder su sonrisa.
—Definitivamente, no has cambiado nada.
—Y jamás lo haré— aseguré, guiñándole un ojo antes de tropezar con mi propio pie.
Sí, Roma, prepárate, porque Ethan Miller alias el güerito rico ha llegado.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, un pelinegro de ojos azules y completamente con una mirada que podía asesinarte, intentaba disfrutar de su desayuno en una pequeña y acogedora cafetería cerca de la universidad. Intentaba tener un desayuno tranquilo. Porque frente a él, tenia a su molesta novia.
Camila, hablaba sin parar con su tono chillón característico, moviendo las manos con tanta energía que había estado a punto de derribar su capuchino al menos tres veces.
—Y entonces le dije a Valeria que ese vestido le quedaba horrible, pero ¡horrible, Alessandro! Te juro que parecía un mantel de picnic barato. Y ella tuvo el descaro de decirme que no le importaba mi opinión. O sea, ¿me estás escuchando? ¡Es como si la gente no entendiera que tengo buen gusto!— se quejaba, agitando su cuchara como si estuviera dando un discurso importante.
Alessandro hundió la cara en su café y asintió mecánicamente.
—Ajá… sí… claro…— murmuró, revolviendo el café con la cuchara, aunque ya estaba perfectamente mezclado.
Camila frunció el ceño.
—¡No me estás escuchando!— exclamó, golpeando la mesa con las uñas perfectamente manicuras.
—Sí lo estoy haciendo— respondió él con voz monótona.
—Ah, ¿sí? ¿Entonces qué dije?— soltó la chica con una cara totalmente seria.
El pelinegro solo rodo los ojos lleno de fastidios y empezó a hablar:
— Valeria parecia un mantel de picnic barato— Repitió el chico imitando la voz chillona de su novia.
Para su sorpresa, Camila dejó escapar un suspiro dramático y apoyó la mano sobre su pecho, como si acabara de escuchar la declaración de amor más romántica del mundo.
—¡Exacto! ¡Eso mismo dije!— exclamó con una sonrisa radiante. Y antes de que Alessandro pudiera reaccionar, ella se inclinó sobre la mesa y lo besó de golpe, atrapándolo completamente desprevenido.
El beso no fue un simple roce, no.
Fue un espectáculo en toda regla, con Camila aferrándose a su cuello como si estuvieran en una escena de película. Alessandro, con los ojos bien abiertos, intentó procesar lo que acababa de ocurrir mientras el murmullo a su alrededor aumentaba.
Algunos estudiantes de la universidad, que también estaban desayunando en la cafetería, los observaban con expresiones de sorpresa y diversión. Un par de ellos incluso silbaron, y alguien en el fondo bromeó:
—¡Consigan un hotel puercos!
Alessandro lleno de fastidio solo rodo los ojos y solo quito a su novia encima de el, para después continuar tomándose su café ignorando a su alrededor.
Camila, encantada con la atención, se apartó con una sonrisa triunfal y se acomodó el cabello.
—¿Ves? Esto es lo que me encanta de ti, Alessandro— dijo, tomándole la mano con dramatismo—. Me entiendes a la perfección.
Él parpadeó, todavía en shock, sintiendo las miradas de medio café sobre él.
—Ajá… sí… claro…— repitió, esta vez llorando por sus adentros y maldiciéndose.
Para la otra escogería otra si escogería una chica totalmente agradable y cien porciento su tipo.
Las clases siempre tenía una energía particular en la universidad: nuevos cursos, profesores con discursos motivadores (o amenazantes), y estudiantes intentando encontrar su aula mientras cargaban más café que libros.
Para Alessandro, sin embargo, significaba una sola cosa: horas enteras lidiando con Camila.
—¡No puedo creer que nos pusieran en el mismo grupo otra vez! ¡Es el destino, Alessandro!— exclamó ella emocionada, aferrándose a su brazo mientras caminaban por el pasillo.
—Ajá… sí… claro…— respondió él automáticamente, con la mirada perdida en el horizonte.
—¡Es que es una señal!— continuó ella, sin notar el tono derrotado de su novio—. Dime, ¿qué harías sin mí en clase?
Vivir en paz, pensó Alessandro, pero se limitó a forzar una sonrisa.
—Supongo que te extrañaría princesa—Mintió descaradamente mientras su novia solo soltó un «aww»
Cuando llegaron al aula y tomaron asiento, Camila no tardó en reanudar su charla incesante, esta vez sobre las tendencias de moda, el último chisme de su grupo de amigas y lo mucho que odiaba la iluminación del salón porque “no favorecía su tono de piel”. Alessandro solo asentía, fingiendo tomar apuntes mientras su alma se evaporaba lentamente.
Horas después, cuando finalmente pudo escapar de la universidad, Alessandro llegó a casa esperando algo de tranquilidad. Sin embargo, en cuanto abrió la puerta, supo que su día estaba lejos de mejorar.
—¡No puedes seguir metiéndote en mis decisiones, papá! ¡No soy un niño!—La voz de su hermano mayor, Damián, retumbaba en la casa, llena de frustración.
Alessandro se detuvo en seco en la entrada, sintiendo la tensión en el aire.
—¡Pues empieza a comportarte como un adulto y deja de actuar impulsivamente!— replicó su padre con un tono firme.
Desde el pasillo, Alessandro vio a Damián con los puños cerrados, su mandíbula tensa. Su padre, con los brazos cruzados, lo miraba con desaprobación.
—Genial… justo lo que necesitaba— murmuró Alessandro para sí mismo, frotándose las sienes.
Intentó caminar de puntillas hacia su habitación, esperando que nadie notara su presencia. Pero Damián lo vio rápidamente su hermano fue a dirección del señándolo con su dedo índice y, con un suspiro, sacudió la cabeza.
—¿Ves, papá? Alessandro está en la universidad, haciendo su vida, mientras tú sigues tratando de controlarme a mí como si tuviera su edad— soltó con amargura.
Alessandro rodo su ojos.
¡¡ESO NI SI QUIERA TENIA QUE VER NADA EN SU ESTUPIDA PELEA!!
—No me metan en esto— dijo Alessandro de inmediato, levantando las manos en señal de paz.
Pero su padre no parecía dispuesto a soltar el tema.
—No se trata de controlarte, Damián, se trata de que entiendas las consecuencias de tus actos— replicó con severidad.
Alessandro suspiró y dejó caer su mochila en el sofá. Estaba agotado, tenía la cabeza llena de las quejas de Camila y ahora tenía que lidiar con el drama familiar.
Definitivamente, hoy no fue su día.








