𝐶𝑎𝑛 𝑦𝑜𝑢 𝑙𝑖𝑔ℎ𝑡 𝑡ℎ𝑒 𝑓𝑖𝑟𝑒?
Es bastante claro que aún no te he superado
Ni siquiera iba a salir esta noche, pero es que necesito sacarte de mi mente
No quiero estar solo esta noche y mira lo que me hiciste hacer
Estoy con alguien nuevo.
Oh, cariño, estoy bailando con un extraño…
Cuando era pequeño, Jonathan siempre escuchó decir que no hay mejor remedio para los males que el tiempo y la música. Era tan creíble y parecía ser una solución perfecta, entonces, ¿por qué no parece funcionar para él?
Han pasado semanas desde la última vez que lo vio, pero el recuerdo que tanto quiere dispersar de los rincones de su mente se aferra con fiereza a él, negándose a dejarle ir o a hacerle fácil vivir. ¿Y cómo podría ser sencillo? Si en cada ocasión su traicionera mente evoca mil y una sensaciones que lo llevan a él. Sus manos pican ante la ausencia de esa piel suave como la seda, fría, pero ardiente que solía recorrer, y en su pecho una sensación de desespero y lenta agonía crece cuando la imagen de ese hermoso rostro aparece cada vez que cierra los ojos. Lo que resulta tortuoso es que, aun en un lugar tan lleno de ruido y rebosante de personas, el sonido inconfundible de su voz llamando su nombre resuena en sus tímpanos e incluso si se concentra, puede oler el rastro de su fragancia.
Es probable que, si no estuviera tan sumido en su propia tristeza, Jonathan, prestaría atención al club al que su hermano Joseph y el novio de este, Caesar, le han llevado para distraerlo. El lugar es grande, algunas pequeñas y lindas mesas están dispersas alrededor, al centro hay una pista de baile que simula piso de cristal, delgadas y finas cintas caen del techo y se mecen delicadamente con el aire, una capa suave de niebla cubre el suelo y luces neón se alzan hasta lo más alto mientras de fondo la música suena a volumen tan alto, que tienes que gritar para ser escuchado.
No obstante, esto no es un alivio o escape para Jonathan. El sonido estridente de la música hace que sus oídos duelan, y el sabor amargo del licor sigue pegado en su paladar. Ya ha perdido la cuenta de cuánto ha bebido o cuánto tiempo ha transcurrido desde que llegó al club.
Quiere ponerse de pie, sonreír y continuar fingiendo que se encuentra bien, pero esa noche no puede hacerlo más. Ha perdido las ganas de aparentar. ¿Y qué más da que un montón de desconocidos lo vean quebrarse? No lo conocen, y sufrir por amor nunca ha sido un signo de debilidad.
Su relación con Dio Brando fue un fracaso total, no porque no le amara o porque su cariño se hubiese convertido en odio, sino por todo lo contrario; y ese era el problema. Jonathan era un novato inexperto en las cuestiones del corazón. Se había enamorado sólo una vez en su vida, y estaba pagando un precio muy caro.
Él y Dio se conocieron como compañeros del equipo de futbol de su universidad; eran fuertes y los mejores, por lo que pronto fueron etiquetados como rivales, cosa que no se sentía bien para Jonathan, pues creía que era la unión y cooperación lo que los llevaría más lejos que estar peleando entre ellos. Dio que al principio fingió aceptar la noble propuesta del joven, no porque quisiera ser amistoso, sino por ser una oportunidad para hacer crecer su popularidad y mejorar su círculo social, no pudo prever que el genuino y noble trato, y la amistad sincera que le ofrecía, terminaría por ablandar algo dentro de él.
Y la cosa no fue demasiado diferente para Jonathan. Dio era un chico singular a su manera, a veces innecesariamente orgulloso, la mayor parte del tiempo ególatra, pero con un toque encantador que era inútil tratar de ignorar. Fue cuestión de tiempo para que esa naturaleza arrebatadora y cautivante le atrapara el corazón. ¿Cómo, cuándo y por qué? Fueron preguntas que por más que le daba vueltas no tenían respuesta.
Para fortuna de la timidez del Joestar, fue Dio quien declaró sus sentimientos tan pronto se dio cuenta de su enamoramiento, porque, aunque fue Jonathan quien se enamoró primero, era el rubio quien poseía los sentimientos más intensos: pertenencia, deseo, pasión y miedo.
Dio tenía una visión más experimentada de las relaciones interpersonales, y esto no era del todo un punto a su favor. Su vida amorosa antes de Jonathan se basaba en coqueteos descarados, salidas de una noche y sexo sin compromiso, y si era bueno, quizá mantener el contacto para repetir cuando estuviera aburrido. Nunca sintió culpa o remordimiento por desaparecer o abandonarles cuando mostraban indicios de querer tener algo más con él. O al menos así fue hasta ese momento…
¿Qué pasaría si un día Jojo se cansaba de él y lo botaba como él solía hacer? ¿Y si ese chico de cara linda y actitud angelical era su karma? No, eso era algo que no podía permitir, porque si alguien debiese tener la última palabra, ese siempre sería él.
Dio tenía claro que nada era eterno y su noviazgo no sería la excepción. No obstante, Jonathan de alguna manera se había colado en su corazón, silencioso e impecable, por lo que la idea de terminar con él la descartó de inmediato. Lo mantendría a su lado, pero tomaría sus precauciones para evitar ser lastimado, alzando un muro entre ambos.
Cuando el comportamiento del rubio se volvió cortante y distante, no fue en un principio algo que causase caos o duda en Jonathan. En su ingenuidad, creyó que la mejor solución para remediar esa situación era ser más directo y expresivo con sus sentimientos. Después de todo, por algo decían que el amor siempre es la solución, ¿no?
Más temprano que tarde, la naturaleza desconfiada y posesiva del Brando se volvió algo con lo que Jonathan tuvo que luchar, pues además de creer que su comportamiento amable era una compensación por mentirle o engañarlo, Dio veía en cada amigo del chico un potencial rival que amenazaba ser un peligro para su relación, siendo Erina Pendelton su más grande enemiga y el nombre más persistente en cada discusión.
Con el pasar de los meses, los malentendidos fueron cada vez más y peores. Por más que Jonathan trataba de evitar las discusiones, estas se hacían presentes cuando sus palabras se cruzaban, y aquella calidez que antes embriagaba su pecho cuando estaba al lado de Dio comenzaba a apagarse.
Todo terminó por quebrarse la noche de su cumpleaños número 25, cuando a mitad de la fiesta sorpresa organizada por sus amigos, Dio estalló entre gritos y empujones contra la joven rubia cuando se acercó a abrazar al joven Joestar.
Jonathan intentó mediar la situación. Profesó su amor por millonésima vez (sin recibir respuesta), trató de aclarar los malentendidos y terminó por pidiendo disculpas por su torpeza.
Las palabras llenas de remordimiento y teñidas de tristeza que salieron de los labios del chico de cabello azul fueron como un martillo que golpeó directo al estómago de Dio, pero era demasiado codicioso y egoísta, y quería que Jonathan le viera sólo a él sin importar qué. No quería compartirlo, y la idea de ser reemplazado por la tonta de Erina le hacía hervir la sangre.
No había nadie que se le comparara, o que fuera mejor que él, Dio, entonces, ¿por qué Jojo se empeñaba tanto en tener a más personas cerca si con él era más que suficiente?
No bastaba con escucharle decir cuánto lo amaba; él quería que sacase a esa mujer y a cualquier otro intruso de sus vidas. Necesitaba la seguridad de ser el único. Y esa fue la única petición a la que Jonathan se negó rotundamente en toda su relación, porque sí, su amor por Dio era real, sincero e impetuoso, pero abandonar a los amigos que tanto quería, con los que había compartido tanto y que eran sus incondicionales, era un acto traicionero y ruin.
—Entonces esto se acabó. No necesito de esto más, puedo tener algo mejor.
Fue su última declaración, antes de darle la espalda y marcharse.
Jonathan se quedó de pie a mitad del enorme salón, herido y con el corazón roto, viendo cómo el chico al que tanto amaba se alejaba sin siquiera darle una última mirada. ¿Ese sería su final? ¿Es que era tan fácil de abandonar o es que desde hace tiempo había dejado de importarle?
Los latidos de su corazón se volvieron frenéticos, y la angustia creció en todo su cuerpo, volviéndole difícil respirar. Su mente se nubló y lo único que podía pensar era en que debía ir detrás de él. Sin embargo, ninguna fibra de su ser se movió de ese lugar.
Aun si corría con todo su ser, Jonathan no podría alcanzarlo nunca, por la simple razón que Dio no quería que así fuera. Él no estaba dispuesto a entregar su corazón.
Esa misma noche, Jojo tomó el primer avión y volvió a su ciudad natal. Se marchó en silencio y sin dar ninguna explicación, no porque fuera un cobarde, sino porque sabía que, de ser atrapado por la mirada del rubio, aunque fuese por unos segundos, toda su voluntad se esfumaría. Sí, no era un acto de caballeros marcharse sin un adiós, pero era aún más cobarde y desalmado aferrarse a una persona que no le quiere en su vida.
Su repentina llegada tomó por sorpresa a su padre y hermano, más por el hecho de que no estuviera acompañado del rubio, pero prefirieron no indagar. Confiaban en que, llegado el momento adecuado, él hablaría.
Con ayuda de su padre, Jonathan no tuvo problema con ser transferido de su trabajo, y tanto su hermano Joseph como sus amigos le ayudaron a restablecerse y adaptarse al cambio.
Durante el día, mantiene su mente ocupada entre trabajo, charlas con su familia y el recordatorio constante de mantener una sonrisa, pero es cuando el sol se oculta que la tristeza le alcanza y lo sumerge en lamentos y recuerdos.
Esa noche Joseph no pudo soportarlo más, lo sacó de la comodidad de su cama y lo llevó al mejor club nocturno de la ciudad para distraer su mente. El mayor estuvo a punto de negarse, pues no tenía muchas ganas de estar en compañía de nadie más. Sin embargo, rechazar la petición de su hermano no era algo que un hombre de principios hiciera en primer lugar. Por eso le siguió sin rechistar, y agradeció la invitación.
Cuando su mirada se encuentra con un sonriente Joseph que baila escandalosamente en la pista de baile, acompañado de un avergonzado Caesar, Jonathan se obliga a sonreír. No es justo arruinarles la noche.
Quizá es la atmósfera del momento, o tal vez la valía que viene de su corazón roto, lo que le hace beber el licor amargo con sed y necesidad, ignorando como rasga su garganta. Cuando termina, coloca el vaso vacío sobre la barra y camina a donde todo el mundo se encuentra bailando.
Debe arrancar el amor que está adherido con fuerza en lo profundo de su pecho. Necesita sacar a Dio de su mente y de su vida, y para eso sabe exactamente lo que necesita hacer.
Apenas Jojo se adentra en la pista, su espacio personal es invadido cuando diferentes cuerpos de extraños chocan con el suyo, sumidos en el bullicio y euforia del momento. Parecen tan perdidos en sí mismos, sin ninguna pizca de preocupación o decepción que siente una punzada de envidia.
Cierra los ojos y deja que su cuerpo se mueva solo al vaivén de la música. Da igual si está entre un montón de personas o si es un asco moviéndose; por una noche el mundo puede irse al demonio.
No quiere pensar más nada, sólo quiere respirar profundo, apagar su cerebro por un rato y ahogar su raciocinio con el sonido estridente y el alcohol que recorre sus venas. Siente su cuerpo rozar y chocar con el de los desconocidos, pero entre más tiempo pasa, esto le importa menos.
En un momento, la música se vuelve más suave y el ritmo más sensual, lo que en el estado en el que se encuentra Jonathan le hace suspirar. Su mente divaga entre sí es una buena idea o una absoluta locura intentar comunicarse con Dio, por una última vez. Está seguro de que lo primero y único que recibirá —si su llamada es respondida— serán un montón de maldiciones e insultos, pero la idea de poder escuchar su voz resulta un veneno con sabor agridulce al que es difícil resistirse. El amor lo ha cegado tanto que se ha convertido en un completo idiota, ¿verdad?
Sus pensamientos se ven interrumpidos cuando siente el suave toque de unas manos, recorrer sus hombros y perderse en su pecho.
Los zafiros de Jonathan enfocan al atrevido desconocido que está plantado frente a él. Se trata de un chico de su edad, con el torso sólo cubierto por una camisa de red entretejida que deja al descubierto su piel almendrada, con una larga y bien cuidada cabellera de vibrante color rosa, decorada con lunares obscuros, y que brilla entre las luces neón. El hombre le mira con una mueca digna de un depredador: sus labios, teñidos de un suave tono lila, muestran una perfecta curvatura y dejan entrever su perlada dentadura, y sus grandes y expresivos ojos verdes brillan como esmeraldas.
El desconocido tiene una apariencia tan impecable que hace que las palabras queden atoradas en lo profundo de su garganta.
—Pareces estar solo. —Le escucha pronunciar con voz hipnótica—. Yo puedo ayudarte con eso.
Por un momento, Jonathan piensa en alejarle, pedir que le disculpe y marcharse del lugar. No lo conoce y ni siquiera sabe su nombre, claro que es una pésima idea involucrarse con un desconocido, pero el alcohol entremezclado con el dolor nunca han sido una buena combinación.
—Entonces quédate. —Sus ojos quedan fijos en el desconocido sin verlo en realidad—. No quiero estar solo esta noche.
Una amplia sonrisa aparece en el rostro del chico, quien no desperdicia la oportunidad y danza sensual mientras pega su cuerpo sin apartar los ojos del chico.
—Entonces puedes sentirte dichoso de que el Emperador haya puesto sus ojos en ti, Joestar.
Las palabras del chico quedan perdidas en el aire y el Jonathan ni siquiera parece consciente de ello. Su mente, desde hace rato ya, se ha desconectado del mundo.
Jojo no es un hombre que busca aventuras de una noche y mucho menos alguien que disfrute de utilizar los sentimientos y el cuerpo de otra persona para su propia satisfacción; es algo que en verdad repudia. Lo que resulta contradictorio en ese momento, cuando el chico de cabellera rosa no tiene miramientos para acercarse a él y tocarle con intenciones más allá de un simple baile.
Jonathan es ingenuo, pero no estúpido. Sabe que está jugando con fuego, pero el saberlo no significa que vaya a detenerlo.
Sabe que está cometiendo un error al caer en acciones que no son parte de sí mismo, y está consciente de que se arrepentirá a la mañana siguiente. Si deja que esos toques avancen y escalen, se odiará y rebajará como la peor de las basuras, porque se convertirá en el tipo de hombre que no es. No obstante, está dispuesto a cargar con la culpa por lo que le queda de vida, porque esa noche se permitirá ceder.
Por una vez, será débil y buscará una falsa ilusión de alivio. Quizá si se engaña lo suficiente, finalmente su corazón dejará de doler ante el recuerdo de alguien a quien no recuperará.
“Mira lo que me hiciste hacer, Dio. Ahora estoy bailando con un extraño”.
Los minutos avanzan y la cercanía entre ambos chicos parece ser más corta, aunque Jonathan parece no ser muy consciente de ello, o así es hasta que las manos del chico le rodean el cuello y lo atraen más a él.
El rostro del chico se acerca peligrosamente al suyo. El aliento caliente acaricia sus labios de forma suave y seductora, y el aroma de vino se cuela en sus fosas nasales, acelerándole la respiración.
Los dedos del desconocido son atrevidos y se cuelan por debajo del cuello de su camisa, acariciando su piel y simulando leves rasguños en su espalda. Su piel arde al contacto del toque ajeno, y no tiene claro si es por la cercanía y la atmósfera del momento o si es la última reacción de su cuerpo, que rechaza estar con alguien a quien no ama.
—Ya fue suficiente de juegos. —Los suaves labios del chico rozan la piel de su cuello y lo hace estremecer—. Podemos hacer algo mejor que bailar.
Jonathan se queda en silencio, sopesando las palabras del desconocido. No son las manos que le gustan que le toquen, no es el rostro de la persona que ama y tampoco son los ojos en los que desea verse reflejados, aunque quizá es mejor así.
Necesita que esa noche alguien tome el control y lo saque del hoyo miserable en el que se ha puesto por entregar el corazón cuando no se lo pidieron.
La mano derecha de Jonathan se alza sobre el rostro del hombre, primero recorriendo sus mejillas y después tomándole del mentón con delicadeza. No, no lo quiere y tampoco lo desea, pero es lo que necesita y lo que debe hacer.
—¿Tu nombre…? —Interroga con voz torpe. El chico se aparta y lo mira confundido—. No puedo ir con alguien de quien ni siquiera sé el nombre.
Una sonrisa triunfal se asoma en el rostro del hombre.
—Diavolo, pero podrías llamarme Emperador.
Jonathan deja escapar una risa amarga. Una vez más llega a él un hombre con complejo de grandeza. ¿Acaso es un imán para ellos o es que el destino encuentra la manera perfecta para burlarse de él?
Cuando Diavolo le toma de la mano y lo arrastra en medio de los cuerpos bailarines, el Joestar no opone resistencia ni apela, se deja guiar en silencio, con resignación y algo de temor. Aun con el alcohol, inhibiendo la mayor parte de sus sentidos, puede suponer lo que pasará.
Si Joseph supiera lo que está a punto de hacer, seguramente, en lugar de invitarlo a salir lo habría atado con cadenas a la cama, pero no es su culpa. El culpable es sólo el mismo por actuar como lo que más odia: un cobarde.
Lo siguiente que Jonathan puede sentir es como su otra mano es atrapada y jalada en dirección contraria, arrebatándolo del chico de cabellos rosados.
Con un poco de más consciencia, podría sentirse morir al ser rescatado por su hermano menor, pero con el torbellino de pensamientos que hacen un caos en su cabeza, silenciosamente se siente agradecido.
—¿No te enseñaron que no debes tocar lo que no te pertenece, escoria? ¿O prefieres que eso te lo enseñe yo?
La respiración de Jonathan se detiene al ver que no es Joseph quien se pone delante de él, sino Dio: el mismo al que desesperadamente quiere olvidar.
Los latidos de su corazón se aceleran y una sensación eléctrica le recorre hasta la médula. ¿Se golpeó la cabeza y ha comenzado a alucinar o es que en algún momento de la noche resbaló y ahora está desmayado y soñando con volver a mirarlo? Porque no encuentra una razón para creer que es real.
—Si fuera tan tuyo como dices, no estaría aquí necesitando compañía —canturrea, y mantiene la mirada fija en el Joestar—. Si planeas tenerlo en esa condición, deberías dejar que alguien más lo haga pasar un buen rato. Tiene linda sonrisa, ¿no te parece, Brando?
La presión sobre la muñeca de Jojo le genera una mueca de dolor. En apariencia, Dio se mantiene impasible ante las provocaciones, pero es su cuerpo el que reacciona.
—Me parece que eres un idiota que necesita aprovecharse de alguien borracho para ser tomado en cuenta. Desaparece, que de Jojo me encargo yo.
Diavolo mantiene una mueca arrogante a las palabras de Brando, y se encoge de hombros.
—Volveremos a encontrarnos, Joestar.
Le lanza una última mirada desafiante al rubio, antes de perderse entre el resto de las personas que bailan en la pista.
Las manos de Jonathan se alzan sobre el rostro de Dio, intentando descifrar si la imagen no es un espejismo de su mente.
—Dio… —pronuncia con voz pastosa—. ¿De verdad eres tú?
’
—Jojo, idiota. —Le da un golpe en la nuca—. ¿Cómo te atreves a abandonarme a mí, Dio, sin ninguna explicación? ¿Qué te da el derecho a ti?
La emoción de verle de nuevo se disuelve en cada palabra dicha. No es una sorpresa y ha dejado de ser una decepción saber que el único que le ha extrañado sea él. ¿Era eso lo que extrañaba? ¿Al hombre narcisista y egoísta que sólo le busca para dejar claro que el que le abandonó fue él?
—¿Olvidas que fuiste tú quien terminó con todo, Dio? No quisiste confiar en mí, preferiste darte la vuelta y dejarme solo. —Cada palabra se siente como una aguja que se clava en su pecho—. Han pasado semanas desde la última vez que nos vimos y lo primero que haces es comenzar una pelea. No te interesa preguntar si estoy bien o cómo me sentí en todo este tiempo, pero tampoco puedo esperar que lo hagas. Lo que más te interesa es hacerme sentir miserable, eso sí te hace feliz.
La mandíbula de Dio se tensa, camina a zancadas hasta quedar a centímetros del Joestar y lo jala con fuerza por el cuello de la camisa.
—¡Tú…! ¿Cómo te atreves a…?
—Por favor, basta —pide con voz cansada y lo aparta con suave torpeza. El alcohol ha dejado de surtir efecto en él—. Ya estoy cansado de esta rutina.
Dio está a punto de alzar la voz, pero sus los reclamos quedan en su garganta cuando sus ojos vislumbran una mancha lila en la ropa de Jonathan. Un tono vulgar que vio en unos sucios labios.
—Ahora lo entiendo. Debes haber pasado un buen rato con Diavolo. —Una punzada de celos le atraviesa el estómago—. ¿Te has vuelto más fácil de conquistar o te pareció más hermoso que yo, el gran Dio? Aunque eso sería imposible.
Jojo se mantiene en silencio, no porque quiera aceptar las palabras de Dio, sino porque se siente avergonzado de sí mismo.
—Parece que he acertado. Debes estar furioso, si no hubiera llegado seguramente ya estarías en su cama, Jojo —escupe con burla, tratando de no lucir herido.
—Tal vez tengas razón, Dio. Si no estuvieras aquí habría cometido un error del que me arrepentiría, por eso debo darte las gracias. —Los ojos de Jojo se humedecen, y Dio frunce el ceño confundido—. Es bastante claro que aún no te he superado, y mientras no lo haga, podría lastimar a una persona con mis acciones, incluso a ti. —Con el poco coraje que le queda, Jonathan marca distancia entre ambos—. Por eso quiero que esta sea la última vez que nos veamos, Dio. Necesito sacarte de mi mente.
El rubio queda perplejo, tratando de comprender la decisión tan irracional del chico. ¡Mierda! Esa no era la reacción ni las palabras que buscaba en un principio.
—Yo prometo que no cometeré un error como este de nuevo, pero por favor, quiero que esta sea la última vez que nos encontremos. Yo no te buscaré y sé que tú tampoco lo harás, así… así cada uno puede seguir su propio camino.
—¡De ninguna manera! —Los ojos de Jonathan se abren con sorpresa y sus piernas se tambalean cuando Dio lo atrae a él sujetándole por la nuca, mirándole con una expresión que no puede descifrar—. Si intentas alejarte de mí, entonces voy a seguirte como una sombra. No voy a dejar de aparecerme delante de ti y tampoco voy a dejar que salgas con alguien más. Inténtalo si quieres, pero no dejaré que me olvides. —Su voz flaquea. Por él, está dispuesto a mostrar su lado más vulnerable—. No te atrevas a dejarme amándote, Jojo.
No es claro el momento en el que el sonido de la música ha pasado a segundo plano, o cuando todo lo que queda delante de él es Dio. Aun si están en uno de los más concurridos clubes nocturnos, un sábado por la noche, toda su atención está puesta en el chico que tiene frente a él, en ambos casos.
—Dio… Pero yo creí que tú ya no...—Murmura en voz baja, deseando no ser escuchado—. Creí que tú ya no me amabas.
El toque firme, pero dulce de las manos de Dio sobre su rostro, provoca que un suspiro escape de sus labios.
A diferencia de él, el cuerpo de Dio carece de calidez, sus caricias irradian un toque de frialdad que raya en lo inhumano. Es así, pues, que hasta en los más pequeños detalles, Dio es todo lo contrario a él, pero irónicamente esto le hace sentir completo.
Como si fueran una sola existencia, dividida en dos.
Es en esa perfecta sincronía que les une, que cuando Dio levanta el rostro, Jonathan se inclina lo suficiente para finalmente unir sus labios en un suave y casto beso, que se torna pasional y necesitado. Sus bocas danzan en un vaivén perfecto que sigue la melodía de sus propios corazones.
Sentir los carnosos y deliciosos labios de Jojo, y saborear el sabor dulce de su paladar mezclado con el toque amargo del licor, se siente como el jodido paraíso. Dio no tiene reparo en profundizar el beso y aferrar sus manos al cuello del mayor. ¡A la mierda con que estén en un lugar público! Si la oportunidad de devorar a Jonathan Joestar está frente a él no va a desaprovecharla.
Cuando se separan por falta de aire, el rostro de Jonathan se torna de un violento carmesí que le llega hasta las orejas. ¿Qué debería decir? Si instantes atrás estaba determinado a no volver a verlo.
—Yo jamás dije que no te amaba —declara Dio, rompiendo el silencio, sin atreverse a mirarlo a los ojos—. Estaba furioso contigo y quería lastimarte, por eso dije esas palabras. Esperé a que vinieras detrás de mí y te disculparas, pero no lo hiciste y eso me molestó más porque hería muy orgullo. No creí que mis acciones te lastimarían tanto.
—Dio…
—Déjame terminar, Jojo. Por mi comportamiento en el pasado y todas esas veces en que te lastimé con mis palabras, te pido perdón. —Dio recuesta la cabeza sobre su hombro—. No espero que olvides mis errores y que finjas que todo está bien. Si quieres vengarte y hacerme lo mismo, lo aceptaré, pero, por favor, no ames a nadie más.
—Dio, ¿estás consciente de lo que dices?
Jonathan lo siente suspirar contra su cuello.
—Haré lo necesario para hacerte sentir mejor. Nacimos para ser uno, así que no vuelvas a abandonarme, Jojo.
—Puede que tengas razón en eso. —Los brazos de Jonathan se cierran alrededor del cuerpo del chico, envolviéndolo—. Los dos cometimos errores, guiados por miedo, egoísmo e ignorancia, y recibimos las consecuencias de nuestras acciones, pero cada decisión nos ha traído hasta este momento, y si eso no es destino, entonces no sé qué sea. —El tono dulce y sutil de Jojo suena como una melodía—. Escucha, Dio, si queremos que esto funcione, debemos aprender de nuestros errores. No se trata de que uno exija y el otro obedezca, y tampoco basta sólo con amar. Tenemos que comunicarnos, respetarnos y buscar el bienestar del otro sin olvidarnos de nosotros mismos, ¿entiendes?
—¿Eso significa que estamos juntos de nuevo? —Exclama triunfal, ganándose la mirada de los desconocidos que están a su alrededor.
Jonathan esboza una sonrisa y toma la mano del rubio, entrelazando sus dedos. Cuando está a punto de repetir su pregunta, el mayor le guía al centro de la pista.
—¿Qué haces, Jojo?
—Antes de irnos, quiero recordar esta noche por bailar con mi novio y no con un extraño.
El rubio, rueda los ojos, mientras retiene —inútilmente— la sonrisa que se dibuja en su rostro.
—Eres un tonto, Jojo.