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Elme

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Summary

EL viaje transformador de Elme, un joven futbolista. Inicialmente abandonado y solo, Elme entrena incansablemente para desarrollar una "habilidad demoníaca" en el campo, buscando venganza contra quienes lo traicionaron, especialmente David, su antiguo amigo. Se une al club 22sep, un equipo de marginados, donde encuentra un sentido de pertenencia y forja un vínculo profundo con su capitana, Samira. A medida que Elme navega por partidos desafiantes y se enfrenta a rivales formidables, también descubre secretos sobre su pasado, incluida la existencia de una hermana y un misterio en torno a su madre biológica, mientras que Samira oculta una grave condición cardíaca que amenaza su carrera.

Genre
Action/Drama
Author
Jatsu:D
Status
Ongoing
Chapters
15
Rating
5.0 2 reviews
Age Rating
13+

Volumen 1 -Capítulo 1:Siempre en la banca

Capítulo 1: Siempre en la banca

El sol abrasador de la tarde caía sin piedad sobre el campo de juego. El polvo se alzaba en pequeñas nubes con cada pisada, y el aire estaba cargado de sudor, gritos y el eco lejano de un silbato. Los chicos del Olimpia, exhaustos tras un partido interminable, jadeaban con las manos en las rodillas o apoyados contra el césped reseco. El marcador era un humillante 17 a 1 a su favor, pero no estaban satisfechos. Querían más. Siempre querían más. Sus rostros, enrojecidos por el esfuerzo, se torcían en muecas de frustración mientras el entrenador, un hombre corpulento de voz ronca y temperamento explosivo, les gritaba desde la banda:

—¡¿Qué les pasa?! ¡Jueguen como hombres, carajo! ¡Esto no es suficiente! ¡Mejoren o no sirven para nada!

El bullicio del equipo llenaba el ambiente: respiraciones agitadas, insultos entre compañeros, el crujido de las botellas de agua siendo aplastadas. Pero en medio de ese caos, un chico permanecía al margen, sentado en la banca como siempre. Su cabello, de un castaño desordenado y un poco largo, le caía sobre los ojos mientras observaba la escena con una mezcla de asombro y algo parecido a una sonrisa. No era una sonrisa de burla ni de alegría desbordante, sino una curva tímida, casi resignada. Se llamaba Elme. Y Elme, bueno… Elme siempre estaba ahí, en la sombra de los demás.

Se levantó con lentitud, como si temiera interrumpir el momento, y cargó un par de botellas de agua en los brazos. Caminó hacia sus compañeros, quienes lo ignoraron mientras se secaban el sudor o se lanzaban reproches entre sí. Sin decir nada, les ofreció el agua. Algunos la tomaron sin mirarlo; otros, más bromistas, le arrebataron las botellas y le salpicaron la camiseta como si fuera un juego. Elme solo se rió por lo bajo, sacudiéndose el agua de encima. No le importaba demasiado. O al menos, eso se decía a sí mismo.



—Mi nombre es Elme —murmuró para nadie en particular, aunque nadie lo escuchaba—. Siempre yo… siempre estuve de suplente en todos los lugares.



Y entonces, mientras el sol comenzaba a bajar y el entrenador seguía ladrando órdenes, los recuerdos lo golpearon como un balón perdido en el aire. Cerró los ojos por un instante y se vio a sí mismo años atrás, en otro equipo, en otro campo, con otra banca bajo sus piernas. Siempre era lo mismo. En el equipo de su barrio, cuando apenas tenía doce años, se pasaba los partidos contando las grietas del cemento mientras sus compañeros corrían tras la pelota. Los miraba con admiración, con los ojos brillantes, imaginándose en su lugar, pero nunca llegaba su turno. “Sos demasiado lento, Elme”, le decían. O a veces, simplemente, no le decían nada. Después vino el equipo del colegio, donde al menos lo dejaban calentar, pero solo para que corriera a levantar a algún compañero caído y perdiera tiempo mientras el reloj avanzaba. Y luego, en el club juvenil de la ciudad, las burlas se hicieron más crueles: lo empujaban al suelo en los entrenamientos, se reían de sus pases torpes, lo dejaban hablando solo cuando intentaba unirse a la conversación.



—Siempre en la banca —susurró, abriendo los ojos de nuevo—. Algunas veces estuve a punto de jugar, pero… solo era para hacer tiempo. Siempre me humillan, me tiran al suelo como si fuera una broma. Cuando quiero hablar con ellos, su egoísmo hace que se enojen conmigo. Jaja, no me importa tanto.



Era mentira. Claro que le importaba. Pero Elme había aprendido a tragarse el dolor y a pintarse una sonrisa en la cara. Era su escudo, su manera de sobrevivir. En casa, sin embargo, no podía esconderlo tan bien. Su familia lo veía llegar sucio, callado, con los hombros caídos, y siempre le decían lo mismo:



—Elme, dejá el fútbol. No tiene sentido. Nunca te dan una oportunidad.



Esas palabras eran como puñaladas lentas, y aunque él respondía con un “ya voy a mejorar” o un “no importa, me gusta”, la tristeza se le acumulaba en el pecho como una piedra.



Pero había una luz en todo eso: David. Su mejor amigo, su héroe personal. David era todo lo que Elme soñaba con ser. Rápido, habilidoso, carismático. Tan bueno que una vez, en un partido amistoso, el mismísimo Lionel Messi lo había señalado entre la multitud y dijo, con esa calma que lo caracteriza: “Ese chico es especial. Tiene algo grande”. Elme estaba ahí ese día, a un lado, mirando con orgullo cómo David sonreía y agradecía. Y cuando David lo invitó a unirse al Olimpia, Elme no lo dudó ni un segundo. El entrenador no estaba convencido, claro, pero David insistió:



—Dame una chance con él. Es mi amigo.



Y así fue como Elme entró al equipo, emocionado como nunca, aunque sabía que su lugar seguía siendo la banca.



Un día, todo cambió. Era temprano, demasiado temprano para un entrenamiento normal. Un conocido de Elme, un chico del barrio que a veces lo animaba a no rendirse, lo había convencido diciendo:



—Vení conmigo a la cancha. No hay nadie todavía. Podés probar el arco tranquilo. David llega más tarde.



Elme aceptó, más por curiosidad que por esperanza. Quería sentir el césped bajo sus botines, imaginar por un momento que era titular, que el arco estaba ahí para él. Llegaron al estadio en silencio, con el cielo aún grisáceo y el aire fresco mordiéndole la piel. Antes de entrar al vestuario, sin embargo, algo lo detuvo. Voces. Voces conocidas. Se acercó despacio, pegándose a la pared como si supiera que lo que iba a escuchar no sería bueno.



—David, tenemos que informarte algo —dijo el entrenador con ese tono seco que usaba cuando no admitía discusión—. El club decidió sacar a Ramiro. Sé que vos y él son amigos, pero un club de tercera división, y encima el último en la tabla, lo pidió. Lo cedimos… o mejor dicho, lo regalamos. Quiero que entiendas esto: él… ¿cómo decírtelo sin que te enojes? Es malo.



Elme sintió que el suelo se abría bajo sus pies. ¿Ramiro? No. Estaban hablando de él. Siempre lo confundían con otros nombres, pero esa puñalada era para él. Se quedó inmóvil, con el corazón latiéndole en los oídos.



—David, es tan malo que el club lo quiere echar —continuó el entrenador—. Le dimos las puertas abiertas para que se vaya. No quiero que vos digas nada al respecto. Tenés que entender que no siempre van a estar juntos.



David no respondió. El silencio que dejó fue como un martillo golpeando el pecho de Elme. El entrenador lo tomó como una aprobación tácita y siguió hablando, pero Elme ya no podía procesar las palabras. Solo escuchaba el eco de “es malo” rebotando en su cabeza. Cuando oyó pasos acercándose a la salida, reaccionó por instinto: corrió. Corrió hacia afuera, lejos del vestuario, hasta un rincón del campo donde nadie lo viera. Se dejó caer en el césped, con la respiración entrecortada, y levantó la vista al cielo.



—Qué asco me doy —murmuró, apretando la tierra con los puños—. Siempre lo supe, pero… ¿Qué me lo digan así?



La furia le quemaba por dentro, pero no tenía a dónde dirigirla. Se quedó ahí un rato, perdido en sus pensamientos, hasta que llegó la hora del partido. El entrenador lo llamó al vestuario mientras preparaba al resto del equipo.



—Quedate unos minutos acá, Elme. Ya vengo —le dijo, casi como una orden casual.



Y cuando volvió, fue directo al grano.



—Elme, lo siento, pero te echamos del club.



El impacto fue brutal. Sus pupilas se dilataron, y por un segundo, el mundo pareció detenerse.



—A David le dije otra cosa sobre tu situación —siguió el entrenador, imperturbable—. Pero a vos te digo la verdad: te echamos. No nos servís como club. No queremos a alguien tan inútil.



Cada palabra era un golpe. Para, pensó Elme. Para. Pero el entrenador no paraba.



—¿Sabés qué? Sos un estorbo. Ni corrés bien, ni pateás bien. ¿Qué hacés acá, Elme? ¿Creías que ibas a ser algo? Esto no es para vos.



Elme apretó los dientes. Nunca había sentido tanta rabia, tanta impotencia. Quería gritar, romper algo, pero se contuvo. Siempre se contenía. El entrenador, como si nada, sacó un papel arrugado del bolsillo y se lo tendió.

—Tomá. Si querés, podés irte a ese club. Es una tercera división de mierda, pero con esto entrás directo. Decidí vos.

Y así, sin más, se dio media vuelta y lo dejó solo.

Esa noche, Elme estaba en su cuarto, acostado boca arriba, mirando el techo como si ahí estuviera escrita alguna respuesta. La rabia no se iba. Al contrario, crecía. Se imaginó al entrenador riéndose, a sus compañeros ignorándolo, a David callando. Y algo dentro de él se rompió. No iba a rendirse. No esta vez.

Al día siguiente, empezó a entrenar. Solo. Sin equipo, sin amigos, sin nadie que lo viera. Corría hasta que las piernas le temblaban, pateaba una pelota vieja contra un árbol hasta que el pie le dolía. Día tras día, sin parar. Se escapó de su ciudad una madrugada, con una mochila y un par de botines gastados, y llegó a un campo desierto en medio de la nada. Ahí, bajo la lluvia helada, la nieve que le cortaba la cara y los vientos que lo empujaban hacia atrás, siguió entrenando. Su rostro ya no era el de siempre. Había algo oscuro en sus ojos, una furia que lo consumía. Entrenaba de noche, de día, sin descanso, como un demonio desatado. Y aunque no lo sabía aún, ese monstruo que estaba creando en la cancha pronto haría temblar a todos los que alguna vez lo dejaron en la banca.









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Good Writing

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Compelling Plot

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Great Character

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Strong Dialog

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