Capítulo 1
Ella había crecido en el seno de una familia extraña, demasiado extraña para la época, con un padre que desestimaba todas las estrictas normas sociales y simplemente se dejaba guiar por su instinto y buen corazón. Por otro lado su madre, quien interfería como la voz de la razón, era el ser más amable y dulce del mundo entero, cuidando de los suyos con una calidez especial, mientras que era capaz de sacar las garras en cuanto sentía que atacaban a algún integrante de su preciada familia.
Esther era la cuarta hija de la familia Acuña, la única mujer y la más pequeña de la progenie, por lo tanto, sus tres hermanos mayores, Juan Martín, Omar y José, la cuidaban como si de una chiquilla pequeña se tratase. Bueno, Esther no podía negar que era inocente como ninguna, pero tampoco aceptaba la extrema protección de sus hermanos, sobre todo Omar, quien parecía desear que su hermana fuese una solterona toda la vida antes de que un caballero le tocara uno solo de sus dedos. Por esa razón es que la muchacha se veía casi arrastrada a acompañar a sus hermanos de un viaje a otro; por ello, en cuanto llegaba de alguna visita a Buenos Aires con José, Martín ya la estaba subiendo a otro carruaje para llevarla a Tucumán, u Omar a Córdoba. No, no tenía descanso, pero tampoco se quejaba demasiado, había conocido tantos lugares y a tantas personas interesantes que poco le importaba el hecho de que prácticamente no conocía a nadie en su Mendoza natal.
Tanto trajín terminó un buen verano donde la muchacha, interesada en aprender medicina gracias a una charla interesantísima con un doctor proveniente de Entre Ríos, pidió quedarse en su hogar, contar con las horas necesarias para invertir toda su energía en investigar sobre aquella ciencia que tanto la intrigaba.
Esther, encantada hasta la médula por cada palabra que había abandonado la boca de aquel hombre, jamás sospechó que el interés del caballero iba más allá de lo puramente médico, interés que se vió apagado en cuanto Omar, su imponente altura y sus oscuros ojos amenazantes, le dejaron en claro que nadie, nunca, tocaría a su pequeña hermanita. Sin saber nada de aquel intercambio, Esther regresó a su provincia natal, con la llama de la curiosidad científica encendida y miles de pedidos en su cabeza. Sí, ella sabía cómo manipular a cada uno de sus hermanos, aunque con José se le complicaba la faena, pero siempre, usando toda la lógica posible, terminaba convenciéndolos de aceptar sus extraños pedidos, pedidos que ahora incluían textos médicos, libros, gacetillas, recortes de ensayos, lo.que.fuera., con tal de que pudiese instruirse en aquel campo.
Omar, el más débil ante los pedidos de su pequeña hermana, fue el primero en traerle varios tomos de libros utilizados en las mismísimas casas de estudios de Buenos Aires y Montevideo. Ella, feliz por tan espectacular regalo, había accedido a acompañar a su hermano en el montaje de su propia gacetilla cómo devolución de tan bonito favor, pedido que fue mal visto por el par restante que se disputaban a la pequeña, uno para llevarla hasta Río de Janeiro y el otro para convencerla de un viaje a Córdoba. No, ninguno de esos destinos ganó, Esther se quedaría, por primera vez en muchos años, en Mendoza, junto a sus padres las pocas semanas que ambos estarían en casa, y luego con Omar, ese hermano que la cuidaba hasta de su propia sombra.
Fue realmente feliz al contarle a Omar sobre esa señorita que había conocido, por casualidad, en una de las tantas tardes de té, la única actividad aceptada por su hermano ya que, estaba más que seguro, ningún caballero se presentaría en tan aburrido evento.
—La señorita es Camila Olázabal, muy agradable y de buena familia —explicaba ella mientras engullía un delicioso bocado de carne asada.
—Y sin hermanos que quieran abusar de tu confianza para con ella —agregó feliz el hombre.
—Un día me casaré, Omar, y deberás aceptar que ya no soy una niña —rebatió divertida por la cara de evidente disgusto de su hermano.
—Cuando un caballero merecedor de tu encanto, se presente aquí, muestre que te adora con el alma y la mente, se rinda a tus pies y bese el piso por el que caminas, allí, recién allí, me aseguraré de llevarte a Europa —afirmó con una enorme sonrisa sobre el final, justo antes de meter un gigantesco pedazo de carne a su boca.
—Contigo, José y Martín cuidando cada uno de mis pasos, no sé cómo sería capaz de conocer a un caballero. ¡Ni siquiera me dejan bailar con alguno a menos que sea un hombre casado o demasiado joven! —exclamó entre divertida y verdaderamente confundida.
—Y dentro de poco ni ellos serán aceptados. Ahora que te has convertido en una muchacha de dieciocho años, yo creo que ya no deberías salir de casa —dijo sin mirarla, concentrado en cortar aquel enorme pedazo de entraña.
—¡Todavía ni me presento en sociedad!— exclamó entre risas—. Camila me dijo que había escuchado de mí. ¡Había escuchado!— exclamó dejando los cubiertos sobre el plato —¡Parezco una leyenda en los salones mendocinos! —agregó antes de reír.
—Esther, querida —llamó su hermano posando su enorme mano sobre la de ella, mirándola directo a esos oscuros ojos tan preciosos que ella tenía—, te cuidamos porque sabemos bien cómo piensa un hombre, qué busca en una muchacha inocente, cuáles son sus intenciones detrás de cada palabra, de cada gesto, por eso —dijo irguiéndose en la silla —solo te presentarás en los bailes cuando creamos que estás lista —confirmó demasiado seguro de sus palabras.
—¡Las señoritas se presentan a los quince! —gritó su hermana entre risas —Por el amor a Dios, Omar, tengo dieciocho, ya sé qué esperar de un caballero, qué cosas no debo aceptar, ya me lo explicaron —dijo segura—, solo quiero ir a divertirme un poco. Mira —dijo sentándose mejor en su silla—, voy y solo bailo con quien digas, nadie más —propuso.
Omar la estudió unos instantes y suspiró fastidiado. Bueno, él tenía tiempo de sobra para acompañar a su hermanita, además José regresaría en cualquier momento a seguir con sus asuntos de caballos y yeguas, así que serían dos para cuidar a la pequeña.
—Bien, pero solo bailarás con quien yo acepte —dijo firme, accediendo, como siempre, a los pedidos de su hermana.
—Lo juro —respondió ella con una sonrisa enorme y sus mejillas sonrojadas. Al fin podría ir a esos bailes de los que tanto le hablaban.