Introducción
Todo en el mundo había cambiado. No recuerdo exactamente qué año era, pues desde hace mucho tiempo se dejó de numerar el tiempo como antes. Todo era más avanzado y mecanizado, pero por esa misma razón el consumismo nos estaba devorando, poco a poco. Habíamos caído en una espiral de degradación de valores y sentimientos.
A lo largo de la historia se aprobaron muchas leyes para cada grupo social. A todos los que pensaron diferente se les dio la opción de hacer realidad sus sueños. Así que, hoy en día, no se sabía quién era quién: no había géneros totalmente definidos ni etnias superiores. La quimera de los más progresistas se había materializado, pero a costa de toda identidad humana real.
Durante los primeros avances en biotecnología, la humanidad descubrió cómo eliminar la apoptosis (la muerte celular programada), sustituyendo ese mecanismo por regeneración automatizada asistida por nanobots. Esto además —cosa con la que no contaban los científicos— se convirtió en hereditario.
Se pensaría que esto sería un avance imposible de obtener por personas comunes, y así fue en un principio. Pero luego fue accesible para todos con la aprobación de una de las muchas leyes que se implementaron: el “derecho a la vida eterna”. El derecho de que las personas comunes también podían ser eternas, y no solo las grandes élites.
Luego de varias rebeliones, guerras y muchas muertes, poco a poco todas las personas lograron obtener sus nano-cells. Curiosamente, los índices de violencia y crímenes disminuyeron durante un tiempo. También, con el paso de los años, esta nanotecnología fue evolucionando de cuerpo en cuerpo. El ser humano promedio se volvió más fuerte, más inteligente, más capaz, pero también se fue viendo cómo estas células robóticas desplazaban cada vez más a las humanas.
Antes su única función era la regeneración, pero fueron reemplazando a las células naturales con mayor rapidez, dando como resultado que toda la humanidad se volviera estéril.
Con los avances tecnológicos, el ser humano había dejado de ser eso: humano. Las prótesis robóticas eran algo común y tenían diferentes funciones y usos. Lo raro era no encontrar a alguien que no las poseyera, y más raro aún era encontrar a un ser humano realmente orgánico. A estas personas se les llamaba “anómalas”. Curioso cómo lo normal se convirtió en algo extraño.
Yo era una de esas raras —y a la vez codiciadas— personas. Digo codiciadas porque, en esta época, a raíz de los muchos cambios en el ADN humano y demás modificaciones, nosotros, los anómalos, nos convertimos en un preciado recurso.
Los seres humanos “nacidos” ahora eran idénticos a nosotros, con la diferencia de que sus cuerpos orgánicos solo funcionaban unos treinta años. Así que, a lo largo de su vida, debían someterse a implantes de órganos biónicos y terminar prácticamente siendo robots —pero al menos con su conciencia intacta—. Para lograr esto, debían eliminar cada determinado tiempo memorias digitales, o como se le conocía antes, recuerdos.
Cabe recalcar que si una persona modificada pasaba de los treinta años sin haberse realizado los implantes correspondientes, no moría. Los nanobots sustituían todas sus células, y se convertía en una máquina eterna sin conciencia ni recuerdos. En lo que comúnmente llamábamos “corrupto”.
A estos se les trasladaba a la llamada Zona 0: una ciudad abandonada y repleta de estos mutantes robóticos, siempre en busca de partes biónicas… o de nosotros, los anómalos.
Los anómalos éramos muy codiciados, ya que, al avanzar tanto la tecnología y convertirse en norma ser una persona modificada, las leyes comenzaron a dejar de lado a los humanos orgánicos. Nos consideraban grupos extremistas que estaban en contra del progreso, y nos aislaron por cientos de años en pequeñas comunidades.
Nuestros números fueron reduciéndose, pero al menos teníamos derecho a la vida... y a la muerte, lo que nos puso al borde de la extinción.
Hace 200 años, la humanidad se había convertido en algo programado. Al ser infértiles, la única forma de reproducción que existía era en el Vientre de Eva: una máquina que creaba a estos humanos modificados basada en ADN puramente humano y sin modificar —cosa que ya no existía, o casi—. Allí entrábamos nosotros, los anómalos.
Esta máquina creaba nuevos cyber-humanos, a los cuales las grandes élites podían modificar a placer y crear así a su hijo, hija o mascota sexual perfecta. Era un negocio muy rentable, pero con un gran defecto: para crear un humano modificado no hacía falta semen ni algo semejante, sino la médula ósea del “donante”, matándolo en el acto.
Cientos de secuestros sucedieron en los primeros años, y a los anómalos no nos quedó más que recluirnos aún más. Las leyes se cambiaron para considerarnos un recurso más.
Hace 50 años sucedió lo peor: apareció una nueva ideología, “la muerte natural”. Esta nueva corriente agudizó aún más la caza de personas orgánicas, pues estos cyborgs —en su incapacidad de morir y su aburrimiento de la vida misma— perseguían a humanos no modificados para obtener su médula ósea. Esta vez no para crear uno nuevo, sino para implantársela ellos y poder morir así… naturalmente.





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