Prólogo
Hay cosas que solo se entienden cuando ya han desaparecido.
El amor es una de ellas.
Nunca supe en qué momento exacto te convertiste en mi incendio. Quizá fue
esa noche en que las farolas parecían ahogadas de cansancio y el viento tenía
olor a ciudad sucia y promesas mal pronunciadas. O tal vez fue antes, mucho
antes, cuando yo aún no sabía que uno puede pertenecerle a otro sin decir
una sola palabra.
Te vi por primera vez en un lugar donde las paredes estaban cubiertas de
nombres escritos con sangre invisible. Cada persona que bailaba, que reía,
que besaba a otra en la oscuridad, estaba dejando un trozo de sí en esas
grietas. Y tú… tú estabas ahí, como si la ruina también fuera un refugio.
Tenías esa manera de mirar que me recordaba a los perros callejeros, a los
que no esperan caricias, pero igual se acercan por costumbre. O por hambre.
Había algo roto en ti. Algo hermoso.
La gente habla del amor como si fuera un abrazo tibio, una canción bonita,
una flor que se abre despacio. Nadie te dice que, a veces, el amor es una
pelea a puñaladas contra tus propios miedos. Nadie te advierte que puede
doler más que cualquier pérdida, porque no se pierde de golpe. Se va
pudriendo, se va resquebrajando hasta que, un día, solo queda silencio.
Yo te amé como se aman los cobardes: sin saber decirlo, sin saber salvarte.
Y tú me amaste como se ama en las guerras: a destiempo, entre cenizas,
jurando que todo estará bien, aunque las sirenas ya estén sonando.
Quizá este no sea un libro sobre el amor.
Quizá sea un libro sobre lo que queda cuando se ha ido.
Sobre los huesos, sobre el eco.
Sobre ti.
Sobre mí.
Sobre lo que fuimos cuando nadie miraba.