Prólogo
El Jardín de lo Mágico
Dicen que, en los rincones más olvidados del mundo, la magia aún respira.
No como en los cuentos, ni como en las historias de héroes o batallas, sino como un susurro…
Uno que se desliza entre las hojas, que danza en la brisa y duerme bajo los reflejos de los lagos.
Lyra Aven siempre había escuchado ese susurro.
Desde niña, sentía el latido oculto de las cosas: el brillo secreto de los árboles, la risa escondida de las luciérnagas, el murmullo profundo de la tierra.
Pero mientras más crecía, más sola se volvía.
Los demás no veían lo que ella veía. No creían lo que ella sentía.
“Deja de soñar.”
“La magia no existe.”
“Estás loca.”
Palabras frías que desgarraron su alma, hasta que un día, consumida por la tristeza, se encontró en el borde de un acantilado, dispuesta a rendirse.
El viento golpeaba su rostro. La oscuridad del abismo la llamaba.
Pero justo cuando dio un paso hacia el vacío, algo cambió.
Una vibración recorrió el aire.
Una chispa brillante surgió ante sus ojos, cálida, viva.
La rodeó como un abrazo antiguo, como una promesa olvidada.
Lyra sintió que algo dentro de ella despertaba —algo que siempre había estado allí, esperando.
No cayó. No saltó.
Se quedó de pie, envuelta en la luz, con lágrimas deslizándose por sus mejillas.
Y por primera vez, no se sintió sola.
Esa noche, Lyra Aven no terminó su historia.
Esa noche, su verdadero viaje comenzó.