Capítulo 1: La mismísima Virgen María
La reunión de jóvenes tenía el ritmo de siempre: canciones suaves, voces contenidas y una moral que parecía colgar en el aire como un velo sagrado. Se hablaba de la importancia de la rectitud, de la prudencia, de no abrir puertas en el mundo que luego sería imposible cerrar.
Los límites no estaban escritos, pero eran más fuertes que cualquier regla.
Los varones con los varones.
Las mujeres con las mujeres.
Así debía ser. Así siempre había sido.
Lucio estaba allí, con los hombros encorvados y la cabeza gacha, pero su mente no seguía las palabras de los líderes. Su mente estaba en ella.
Pilar.
No la conocía, no le había dirigido más que una palabra cortés en años. Pero la había mirado tantas veces que su imagen estaba incrustada en él. Había algo en ella que lo volvía incapaz de apartar la vista, algo que no tenía que ver con la belleza—porque era hermosa, pero no como las chicas de las revistas, sino como un cuadro en una iglesia, una imagen sagrada que inspira temor y devoción al mismo tiempo.
La primera vez que la vio entrar al templo, con la postura firme y la mirada alegre, sintió algo que no podía explicar. Pilar no caminaba, flotaba. No sonreía, iluminaba. No hablaba, sino que recitaba un idioma que él jamás entendería.
Era la mismísima Virgen María, descendida a la tierra, incorruptible, perfecta.
El juego fue anunciado.
Una competencia entre varones y mujeres.
Lucio no tenía interés en jugar. Pero cuando su nombre fue llamado, su cuerpo se tensó. Porque ella estaba del otro lado.
Y él nunca había estado tan cerca de ella.
Era un juego de resistencia. Algo simple.
Lucio sabía ganar.
Pero en el instante decisivo, cuando el peso de la sala caía sobre él, cuando su equipo confiaba en él, cuando ella lo miraba, Lucio simplemente cedió.
Un segundo.
Solo un segundo.
Pero bastó.
Su equipo rugió.
—¡Lucio, dale!
—No te dejés ganar así.
—¡Na, miralo!
Las voces quedaron atrás.
Solo quedó ella.
Pilar parpadeó, confundida al principio. Luego, su expresión cambió.
Lucio no supo qué fue. No fue una sonrisa. No fue un gesto evidente. Fue algo más sutil. Un quiebre imperceptible en su máscara de mármol.
Se inclinó levemente hacia él, como si estuviera viéndolo por primera vez.
Como si en ese momento, algo en su mundo se hubiera trastocado.
Lucio nunca había existido para ella.
Hasta ahora.
Y entonces, Pilar le tendió la mano.
No como un gesto de victoria. No como burla.
Sino como si le estuviera ofreciendo algo que ni ella misma entendía del todo.
Lucio no supo cómo, pero la tomó.
Y por un instante, sintió que el mundo entero se volvía un susurro.
Pilar sostuvo el agarre apenas un segundo más de lo necesario.
Y luego se apartó, como si nada hubiera pasado.
Pero pasó.
Y en ese instante, ella también se dio cuenta.
No supo exactamente de qué. No podía nombrarlo, no podía explicarlo.
Pero en esa mirada, algo en ella se tambaleó, aunque fuera solo un poco.
Y para Lucio, eso fue suficiente para detener el mundo.








