Operación: Ser el único [DIP]

Summary

La odisea de un omega ingles con la peor de las suertes en casi, absolutamente todo, teniendo el día de mayor fortuna nunca antes vista. Siendo ese el día en que se encontró frente a frente con su destinado. Y bien se habla de que el destino no es algo a lo que se le pueda huir. Menos aún cuando ese mismo destino te puso de alfa a alguien de porte atractivo oscuro y encantadores ojos del infierno, quienes lo hipnotizaron al primer choque de miradas. Como un ardiente demonio en tierra, con el cual tuvo la chispa inmediata de la que siempre se describía en los cuentos de hadas. Él era su destinado. Siendo su otra mitad, y en un estado tan vulnerable de su vida, no dudo en entregarse a la primera oportunidad en cuerpo a ese hombre en una noche de pasión con una marca en su nuca al día siguiente como resultado de su encuentro. Aunque claro, debía de recordar su suerte nada favorable. Poco sabía él, que ese alfa era ni más, ni menos que Damien Thorn. El director y dueño del hospital privado más importante de South Park. Un alfa adicto al trabajo y déspota en su actuar. Y también, la persona que más debía odiarlo en el mundo por atarlo a su destino. Advertencias: -Spin-off de otro trabajo mío: "Operación: ser madre...¿¡y esposa". No es necesario leerla para entender esta historia, porque es punto y aparte, pero lo advierto por sí acaso. -Feminizacion del omega.

Genre
Lgbtq
Author
Dahu
Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Azul del cielo y el rojo de la sangre.


Esos eran los colores de la flor que tanto le gustaba.


Sonrió con una gran sensación de amor corriendo por sus venas, abriendo y cerrando los ojos con tal lentitud que uno pensaría que se quedaría dormido. Pero no, por el contrario, siguió acariciando los pétalos de las pequeñas flores entre sus dedos.


No era difícil adivinar que esas eran sus flores favoritas. Dado a esos colores vibrantes y ese diminuto tamaño de los brotes en el racimo, una belleza.


"No me olvides"


En el idioma de las flores, el "No me olvides" era un símbolo de amor desesperado, y a su vez, eterno. Significado que calza con perfección al destino, y con la forma que Philip Pirrip veía al mundo.


Una súplica gigante por encontrar el "felices para siempre".


¿Qué se sentía ser amado?


Amar y el buscar con quien compartir ese amor era el mayor deseo de casi cualquier persona. En el fondo de su suspirante corazón, también era su mayor anhelo.


No un amor simple y fugaz, que desaparecía en un pestañeo, sino un amor completo del corazón de esa persona especial. Ser abrazado y que su amado le susurrara al oído su necesidad ferviente de permanecer a su lado de por vida, fundidos en ese fuerte sentimiento, queriendo unir en su totalidad sus almas con una mordida.


Sonrió con cierto pesar. No era tan fácil.


¿Dónde está ese amor del que todos hablan?


Esa era una interrogante sin respuesta en su vida.


Que lástima.


El graznido molesto de un ave lo alejó de su lamento, haciendo que de inmediato volteara en su dirección. Ni dos segundos pasaron, cuando divisó a un cuervo de brillante plumaje oscuro salir entre el cúmulo de flores que se había dedicado a admirar con anterioridad.


Soltando un grito ahogado del susto, no vaciló en tratar de arrastrarse lejos de aquel cuervo, no después de que  comenzará a aletear con agresividad, como si se dispusiera a atacarlo. La poca paz que parecía haber obtenido, termino.


—¡Philip!


Se sobresaltó aún más, completamente aterrado, oyendo con claridad la manera en que de ese picó del animal salió su nombre. ¡Un jodido pájaro le estaba hablando!


No, esto debía ser un sueño.


—¿Quién demonios eres...? — pese a su miedo interno, preguntó con valor.


Con saltitos chistosos, el ave consiguió acercarse hasta sus manos para subirse en ellas. Donde volvió a trinar con impaciencia.


—¡Philip!


—Uh...


—¡PHILIP!


Sí, definitivamente era un sueño.


—¡PHILIP PIRRIP!


Abrió sus ojos de un chasquido. De un momento a otro, ya no estaba en un bello prado lleno de "No me olvides", por el contrario, había despertado en su sombrío departamento por la tarde, ni cuenta se dio cuando se quedó dormido hasta ese punto del día. Su despertar prematuro fue provocado por los ruidos estrepitosos y coléricos que se oían en su puerta, junto a una voz irritada llamando por él. Respiro agitado mientras se levantaba de su viejo colchón de un solo salto, con el corazón palpitando a gran velocidad por haberse levantado con esa violencia.


Reconocía esa aguda voz decrépita, era su casero.


Un anciano que ya lo esperaba del otro lado con una expresión exasperada, sosteniendo su bastón en el aire por estarlo golpeando contra su puerta. No era la clase de escena que le hubiera gustado ver al despertar. Con verlo allí, actuando de esa forma, ya sabía a qué venía. Y Philip no tenía ni una sola moneda para defenderse de su reprimenda.


—Dos meses. ¡Te has atrasado con el pago por dos meses!— le gritó, moviendo su canoso bigote de manera graciosa. Parecía la barba de un perro Schnauzer.


Trato de mofarse en silencio, pero no lo consiguió. Sin querer, el susurro de una risa se le escapó, ocasionando que al instante su casero se pusiera al rojo vivo de la ira al verse ignorado.


—¡No voy a perdonarte otro mes más!


Y eso, basto para quitarle toda gracia a Philip. Quién no solo borro su sonrisa, si no que con rapidez puso una cara de súplica. Odiaba tener que rogar, pero eso  era lo básico para sobrevivir en su mundo, después de todo, no quería quedarse sin su intento de hogar.


—Necesito un poco más de tiempo. Le juro que pagaré hasta el último centavo, pero yo...—menciono de la manera más lamentable y cliché posible.


— ¿¡Cuanto tiempo más necesitas, niño!? Despierta, esto es la vida real. Ponte a trabajar ¡y págame!— bramo en su contra. Por un destello, juro que casi lo veía levantar su bastón—. Hay mucha gente que quiere este lugar, y tú no haces más que hacerme perder el tiempo.


—Le estoy diciendo que le pagaré — se defendió, con un toque de inseguridad en su voz.


Dudaba de sus propias palabras, no era para menos. Actualmente estaba desempleado, no había forma de que consiguiera dinero en ese momento, por más que se lo propusiera o tuviera la mayor de las esperanzas. Era un omega, uno que ni siquiera terminó la escuela.


Nadie querría contratar a alguien como él. Ni en las cosas más básicas del mundo.


—¡Sí, claro! — se burló el anciano—. Sobre todo alguien como tú...Un omega sin oficio, ni beneficio.


Sí, justo de eso estaba hablando.


Se quedó callado al ya no tener más maneras de refutarlo. Todo parecía indicar que ahora serían tres meses los que le debería, si apelaba por su lástima, quizá así sería. Por lo menos, así tendría otro mes para tratar de seguir adelante.


Sin embargo, pronto sus patéticas esperanzas se vieron pisoteadas al captar al viejo hombre mirándolo, y no con la furia que le aventó minutos atrás, no, si no con esa forma en que un alfa mira como un depredador a un omega en celo.


Deseo.


Instantáneamente, aquello se terminaría de confirmar por la mano que el anciano puso sobre su hombro, en una caricia lenta y desagradable que con lentitud navego a su espalda, demostrando las ganas que tenía de poseerlo desde quien sabe cuanto tiempo.


—Estoy dispuesto a perdonarte, Philip — le susurró en voz baja, cercas de su cara. No podía pasar por alto el tono sucio en que le hablaba—. Solo tienes que hacer algo muy sencillo. De este modo, todos estaremos bien.


No mentiría al decir, que esto no le era inesperado. Desde hace meses que la mayoría de sus prendas las tenía que  poner a secar dentro de su departamento al lavarlas, porque que su ropa interior con frecuencia había estado desapareciendo. Llegó a pensar que era obra de un pervertido cualquiera que morodeaba por el vecindario, pero no era tanto así por lo visto.


Quizá no intencionalmente, pero, había dado con el culpable.


—Sí, sí, ya entendí—respondió en un aliento de desesperanza, sin querer darle  la mirada


El viejo sonrió, pensándose victorioso.


Por su parte, Philip, no podía pensar en otra cosa que no fuera en el hecho de  que había perdido el intento de hogar que tanto trato de construir en los últimos años.



...





Observó los narcisos plantados por debajo de las ventanas de esa gran casa. El cielo estaba gris, en tonos tan oscuros que se pensaría que el anochecer ya se encontraba llegando. Se avecinaba una gran tormenta, era seguro que esas plantas serían aplastadas sin piedad por las gotas de agua que se asemejarían a cuchillas.


Aunque quizá para algunos estaría bien que murieran, porque los narcisos eran más reconocidos por simbolizar el egoísmo. En cambio, a Philip le gustaría que sobrevivieran, porque le agradaba más el otro significado del que gozaban, de que eran sinónimo de la primavera, y por ende, nuevos comienzos.


Justo como en estos momentos en que ahora no tenía casa a la que volver, y que tendría un nuevo comienzo de manera forzada. Dado que rechazo la insinuación sexual de su casero, prácticamente fue lanzado a la calle con alguna que otra de sus pertenencias, que en esos instantes se encontraba resguardada dentro su mochila.


No es que tampoco tuviera tan valiosas pertenencias.


Toco el timbre, esperando ser recibido en ese lugar. La casa de su pareja, la morada Havisham.


Al no obtener ni una respuesta, supuso que Estella no se encontraba en casa, volviendo más deprimente su situación. Ni siquiera era seguro que fuera bien recibido.


En el pasado le había rogado tantas veces el vivir juntos, no obstante, esa mujer nunca lo tomaba en serio. Al contrario, se burlaba al ver que trataba de hacer su relación más real. Eso le provocó llorar de la frustración innumerables veces al estar en la soledad de su vieja habitación alquilada.


Y ni siquiera podía culparla del todo. Ya que la razón por la que se terminó de retorcer aún más su relación, fue deliberadamente su culpa.


Aunque, ese tipo de cosas, no le agradaba mucho recordarlas.


Suspiro con cierto lamento. Las primeras gotas de lluvia cayeron, anunciando lo inevitable. Su apresuro a ponerse por debajo del techado de la puerta, sacando su celular casi muerto de batería.


Sonrió con desgano.


Deseaba tanto obtener su cariño real.


Quería ser amado de forma recíproca, y, sin embargo, la vida nunca estuvo a su favor. Lo máximo que podía a aspirar de aquel sentimiento, eran las pobres migajas tendidas al suelo y disponibles solo para él.


Porque nadie más se atrevería a amarlo.


¿Quién podría amarlo?


Abrazo su mochila, comenzando a tararear en dirección al viento.


—Abrázame rápido y abrázame fuerte...


Su garganta se cerraba cada vez más, amenazando con derrumbarlo en la desesperación, mientras el sonido de entrada de llamada de su celular continuaba martirizándolo sin obtener respuesta.


El terrible aguacero inundaba las calles de Inglaterra, con tan rapidez que el sonido de su teléfono se diluía con el choque de las gotas de lluvia contra el suelo.


Todo esto mientras quedaba sentado, con sus rodillas casi golpeando su cara, y su espalda bien recostada en la puerta de esa casa que ya bien conocía desde hace más de una década.


Se sentía tan humillado por alguna razón.


—Cuando me besas, el cielo suspira ...—siguió pese a todo—. Y...Y cuando cierro los ojos...La vida para mí...


Con cada segundo que pasaba, perdía más la fe, no era alentador que la noche también comenzará su aparición dentro de poco tiempo, volviendo helada la temperatura del lugar. Pero como si de un milagro fuera, la fuerte lluvia pronto se convirtió en un chispeo de nada, al igual que su llamada era tomada del otro lado en una extraña coincidencia.


—Es de color de Rosa...


—Demonios, Philip. Tengo muchas cosas que hacer. No me jodas ahora—la voz aguda e irritada de la mujer al otro lado de la línea le revolvió el estómago. —Si tienes algo importante que decir, entonces...


—Quiero que vengas. Estoy afuera de tu casa, y no hay forma de que pueda entrar sin llaves. Además, parece que tu madre no está—se estaba muriendo del repentino frío en el clima. Por lo que frotó las manos a sus brazos, en un intento vano de darse calor —. En la mañana dijiste que estarías aquí temprano.


—Sí, sí, cambie de planes. Me salió un problema de último momento — le corto su habla con indiferencia. En cualquier instante sentía que le colgaría.


—Estella, me prometiste que estarías aquí. El casero me corrió de mi departamento y no tengo a donde más ir, sin contar que es una broma cruel que me aventaran a la calle en un día como hoy.


—Por dios, ve con tu hermana. Pasaré por ti más tarde—la mujer se estaba fastidiando.


Apretó el agarre de su mano al teléfono, Philip también comenzaba a desesperarse de su desdén.


—No puedo ir con ella.


No, su hermana definitivamente le cerraría la puerta en la cara apenas lo divisará caminando por su seco jardín. Se había logrado deshacer de él una vez, no lo iba a querer de regreso una segunda vez.


Es decir, no dudo en venderlo como niño de juegos en su niñez a quien actualmente era su amante. De no ser porque la familia Havisham entraba en la categoría de decente y bien acomodada, quien sabe en qué manos pudo haber caído.


Pensar en eso, no hizo más que un escalofrío le recorriera la espalda.


—Bolas pequeñas, la respuesta de que hacer la tienes en las narices y no quieres aprovecharla, no es problema mío— el tono de su habla se estaba elevando con la molestia entrelazándose en su afilada lengua—. Yo no llegaré ahorita, tengo mucho trabajo y...


—Hoy es mi cumpleaños.


Esperaba cambiar aunque sea una pizca de su indiferencia, que pidiera perdón y que viniera de un salto a consolarlo por su mal día, ver una película, cenar o cualquier cosa que hiciera una pareja normal. Pero era Estella Havisham, una alfa dominante que siempre conseguía bajarlo de su ilusión en un santiamén de una forma tan burda y cruel, no era una sorpresa que no viniera a él, por más que lo necesitara.


Lo que si fue desconcertante, era el cómo esa llamada quedo en silencio. Estella no respondió nada después de confesar aquello; quizás no lo recordaba, o tal vez se dio cuenta de su error.


Soñando en que era lo segundo, y más rápido de lo que la lluvia paro, eso se vino abajo con una simple frase.


—¿Por qué tardas tanto en volver? Tengo frío, Estella.


Una voz más femenina que la de su novia se escuchó de fondo. Un tono que era ajeno a los dos, ese fue el claro recordatorio de su inestable relación, y el cómo la rubia tenía razón al decirle en múltiples ocasiones que no esperara nada serio.


Levantó sus ojos azulados en dirección al cielo cargado de oscuridad, deseando que eso fuera a borrar su dolor.


Amaba a esa mujer, y aun así, no era suficiente, porque ella no titubeaba a la hora de darle su mirada a otros omegas aparte de él. Y Philip, como un gran idiota abandonado por todos, pensó en ella como su única opción. Una a la que quería seguir aferrado al ya no tener nada que perder en la vida.


—Estella, ¿es una amiga tuya, verdad? —pregunto con una sonrisa entre lágrimas muy bien disimuladas. Era mejor engañarse a sí mismo, de esa forma, sería menos humillante regresar a los brazos de esa mujer.


—No, es una compañera del trabajo—y cinicamente, la alfa no dejo pasar esa oportunidad que le dio.


—¿Me amas?


La luna ya no se veía tan bella tal cual la veía todas las noches, y la llovizna parecía querer regresar. Lo que era bueno, porque así podría camuflar su llanto una vez que esa conversación terminará, y que nadie más pudiera ver lo herido que se encontraba.


Una vez más, el color de gris volvía a pintar su vida.


—Tengo muchas cosas que hacer, Pip. Regresaré más tarde.


El pitido final lo fue todo, ni siquiera le dio la oportunidad de contestar de vuelta. Estella jamás le daría mucha importancia a sus sentimientos, talvez era algo natural y era por eso que se complementaban tan bien.


Ninguno de los dos sabía amar.


No en el sentimiento puro de amor de pareja, en ese compañerismo que delataba un verdadero lazo afectuoso. Lo más lamentable del caso, es que no importaba que pasará, no tenía otro lugar más a que recurrir. Solo la tenía a ella y a nadie más, por lo que obviamente se quedaría sentado en esa puerta, en la espera de no inundarse  entre la lluvia. Mientras el frío y la soledad le atosigaran hasta el último hueso de su débil cuerpo de omega miserable.


—Demonios, ¿otra vez tú?


Se sobresaltó por el habla dura de la señora Havisham en la ventana casi pegada a la puerta. Sus viejas cejas canosas se inclinaban hacia abajo en disgusto. Lo más probable es que a sus ojos, solo pasará como un perro enfermo que necesitaba ser sacado a patadas de la puerta de su hogar.


Al final, resulta que sí estaba en casa. Quizá espero a que terminará la llamada con su hija para poder burlarse de él.


—Por dios, no tienes nada de amor propio—suspiro fastidiada—. Al principio era divertido ver tu corazón de niño roto, pero has crecido, y ahora te ves patético.


Se encorvó más en su lugar, sin querer prestarle atención a sus palabras. No sería la primera vez que trataría de humillarlo con sus insípidos monólogos donde afirmaba no tener valor alguno. Lo irónico de todo esto, es que siempre lo hacía a espaldas de Estella, porque cuando estaba frente a ella, en vez de hablarle, se dedicaba a ignorarlo.


Lo que le gustaría que hiciera en ese mismo instante, ya que se encontraba llegando a su límite emocional.


—Al final del día, tu trasero es reemplazable.


Se levantó, tomando la pequeña mochila. Finalmente, la mujer mayor había conseguido colmarle la paciencia.


No tenía la forma de debatirlo, porque el mismo sabía que tarde o temprano, la alfa también lo alejaría de su vida. Pero él era un ser patético, uno que no se iría por cuenta propia hasta obtener la última migaja de cariño.


Salió por el mismo camino que por dónde entro a esa casa para no seguir escuchando a la señora Havisham. No tenía caso quedarse si Estella no llegaría por ese momento, volvería cuando le regresará la llamada.


Por ahora solo debía buscar en Internet el refugio de omegas más cercano, al menos en lo que bajara la lluvia. Después, encontraría que hacer con su tiempo.


Lo malo de esta situación, era que sus piernas dolían, en algún punto caminar se volvió una tarea pesada, no ayudaba el que no tuviera un paraguas consigo y que su vestimenta comenzará a empaparse.


Aunque era más irritante ver a parejas caminar por su lado compartiendo una sombrilla entre risitas tontas y sin sentido, felices de aquel clima defectuoso que él odiaba. La última vez que uso un paraguas, ni siquiera lo compartió con su pareja, porque está apenas vio el cambio en el cielo que se lo arrebató así sin más. Sin preguntarle si le molestaba o si tenía frío.


¿Por qué el amor dolía así?


Era probable que sus padres fueran los causantes de la visión endulzada que poseía de dicho sentimiento. Fueron los únicos que le dieron un cariño hermoso, un amor incondicional. Dándole la idea de que el algún día tendría lo mismo y sería muy feliz.


Por lo menos aquel sueño había perdurado hasta que cumplió los siete años de edad. Todo por la terrible desgracia de que ellos fallecieran en un accidente automovilístico, dejándolo al cuidado de su negligente hermana y de su cuñado cobarde.


Ahora, diecisiete años después, se había convertido en un desgraciado omega hundido en la pobreza y con muchas dudas sobre como continuar su vida.


Sabiendo que la lluvia no pararía por los próximos minutos, entró rápidamente a las puertas del único lugar que no le cerraría las puertas así estuviera muriendo de hambre: un bar. No era un alcohólico, pese a que frecuentaba demasiado el sitio, porque no era cualquier bar.


Era su segundo hogar.


— Philip, ¿qué te ha traído hoy por...?


—La lluvia —respondió con malhumor. — Lo de siempre, por favor.


Sin permitir que iniciarán una charla innecesaria, puso sobre la mesa uno de los últimos billetes de su cartera. En realidad, no debía gastar, porque era muy consciente que afectaría en su futuro, más toda su situación de mierda mínimo ameritaba probar un trago.


Además, era su maldito cumpleaños. Al menos, un gustito debía darse el pobre.


Suspiro desesperanzado, viendo al cantinero perderse entre las botellas. Nada tenía sentido, talvez solo debía morir.


No tendría que preocuparse del dinero, del día de mañana o sí sería amado alguna vez, por nada. Pero lo chistoso de todo esto, es que ni siquiera podía suicidarse por una congestión alcohólica, porque no estaba en su presupuesto poder conseguirlo.


Además, ¿qué tanto le preocuparía a Estella si no llegaba nunca más a su casa?


¿Al menos derramaría alguna lágrima por su muerte? No lo sabía, y en el lugar más recóndito de su mente, deseaba no saberlo. Era su forma de protegerse de dicha respuesta.


—¿Sigues con esa mujer? — el dueño del bar, Abel Magwitch, deslizo un vaso de mojito con tranquilidad por la barra de madera vieja, pero bien barnizada.


Observo fijamente su bebida.


¿Dónde estaba su gin tonic? Abel conocía con exactitud sus gustos, ¿porqué le daba algo que en definitiva no le iba a hacer ni cosquillas en su paladar? Dios, ¿tan lamentable se veía?


—¿Y bien?—insistió el anciano, regresándolo a la conversación. —Parece que te gusta que te maltraten. La última vez que te vio aquí, casi te saco de las greñas.


Frunció sus labios al primer sorbo de la bebida, era tal como esperaba. Apenas y se sentía el sabor del suave ron blanco, pero al menos la sensación dulce que danzaba en su lengua era agradable.


—Un mal día, supongo— se convenció a sí mismo el viejo hombre. Puesto que ni una palabra fue liberada de la boca del omega—. Pero no llores por lo que tú mismo permitiste construir. Nada termina bien de lo que mal inicia.


Un trago más fue suficiente para acabar con su bebida, dándole igual la sensación incómoda en su garganta por el exceso de líquido al mismo tiempo, y con dureza dispuso el vaso de vidrio en la barra, cercas del adulto mayor.


El conocer a Abel fue una extraña y turbia coincidencia. Era un niño de ocho años, cuando finalizaba su visita a las lápidas de sus padres y por una mala suerte del destino, terminó topándose con ese hombre que resultó ser un ex convicto fugado. Que para su ya pésima suerte diaria, acabo bajo la amenaza de ser asesinado si no lo ayudaba, por lo que no tuvo ninguna otra opción más que robar la lima de metal de su cuñado y darle un sándwich mal hecho al prófugo. Lo que dejó satisfecho al mayor, y que poco después resultará en volverse a escapar, dejándole al alcance su libertad.


Pensó que no lo volvería a ver.


Al menos así fue hasta hace pocos años que lo encontró abriendo este bar, y lo que debió ser un encuentro nada agradable para Philip, término por ser una de sus pocas victorias en toda su existencia. Ya que usando la información del pasado de Abel en su contra, consiguió sobornarlo para obtener algunos tragos gratis de vez en cuando. Aunque, sin querer, poco a poco, fueron construyendo una amistad poco ortodoxa a los ojos de quien supiera el secreto del cantinero, así como era innegable y vergonzoso para el omega, aceptar que veía cierta figura paterna en aquel alfa anciano, quien solo quería vivir una vida tranquila en su establecimiento.


—Quiero ver ese programa, por si me lo permites —mencionó en una pequeña rabieta por el cuerpo alto y robusto del mayor tapando el televisor—. Me iré después de eso.


No podía decirle su búsqueda de un refugio de omegas, porque era una reprimenda segura donde Abel hablaría terriblemente mal de su relación con Estella. Cosas que eran obvias que ya sabía, pero que le encantaba ignorar.


—¿Irte ahora? Philip, son las jodidas diez de la noche...¿Te dejo afuera otra vez? —no era una pregunta verdadera, era una afirmación que se confirmó gracias a los nerviosos rasgos faciales del rubio.


—Ya sé que no se ve muy bien, pero todo tiene una explicación...


—Sí, que te manipula, te ningunea, ¡te golpea! ¿¡Crees que no he visto porque siempre quieres usar camisas de manga larga pese a estarnos muriendo de insolación por estos climas del infierno!?—reprendió, aumentando su tono de volumen—. Además, te es infiel. Un día de estos te va a venir pegando una enfermedad por su nulo cuidado hacia ti.


Sus labios temblaron, al igual que su respiración agitada lo delató. Por más que quisiera desmentirlo, no podía, no con ese hombre que ya casi le conocía cada pensamiento tonto dentro de su cabeza después de años de convivencia.


—Y lo que es peor, no te ama.


Su cuerpo acabó de estremecerse, y las lágrimas que no terminaron de caer a mitad de la calle, lo hicieron justo ahora. Qué vida de mierda, quería que Abel se callara y lo dejara solo.


Porque él no era nadie sin Estella, después de eso, ¿qué tenía? A nadie, no al menos para brindarle ese amor que buscaba, pero que a medias obtenía de la alfa. Por más que tratará de explicarlo, nunca entenderían lo importante que era para él no estar solo.


—Descansa, Philip—susurró el viejo alfa con lástima. —No quería tenerte así. Respira e inhala, no te vayas...Solo descansa, por ahora.


Obedeció sin ninguna pizca de esfuerzo, más que aquel para recostar sus brazos y cabeza en la barra. Su llanto disminuyó, pero no había terminado.


Odiaba tanto su vida. ¿Por qué no podía ser merecedor de algo hermoso?


Amar, reír por tonterías, salir a pasear, ver la luna junto a ese alguien, cocinar  juntos...ser amado y poder formar una familia. Ver la vida de color de rosa.


Todo era tan injusto.


Ni siquiera tenía amigos, y el único que tuvo alguna vez, ya se encontraba un metro bajo tierra. Después de eso, parecía que era un repelente natural contra las personas.


Qué cansado estaba.


Se levantó de un tirón de la silla, ya no podía soportarlo más. Necesitaba estar solo, por lo que no le dio ni una palabra más a Abel antes de tomar su mochila para huir con rapidez del lugar.


Camino con más prisa al saber que el mayor lo seguía por detrás. No, debía irse, no anhelaba tener más de su lástima.


—¡Philip...!


En un principio decidió por hacerse de oídos sordos al conseguir llegar a esa antigua puerta con ventanas de vidrio esmerilado, ignorando los gritos tras su espalda, dándole igual la lluvia y la sombra oscura que se reflejaba por debajo de la puerta.


Tiro de la manija de esa puerta sin esperar nada más que el frío del viento.


Quizá estaba un poco perdido en esa suposición.


Al otro lado, lo primero en recibirlo fue la sombra de un rayo en la lejanía, iluminando con su estruendo una silueta elegante con un aroma embriagador extrañamente familiar.


Madera quemada.


Un olor que irremediablemente le traía cierta nostalgia, y sin querer también algo de gusto. Una fragancia exquisita que se esparcía por los alrededores, queriendo ganar terreno. Sus ojos se dilataron al enfocar mejor esa figura majestuosa.


Un alfa.


Un alfa con unos ojos que jamás olvidaría nunca, y que solo gritaban una cosa:


Fuego, incandescencia y peligro.


Pupilas escarlatas como el color de la sangre. Una coloración inusual, o que mejor dicho, una que nunca le había visto a una persona alguna vez en sus veinticinco años de existencia.


Contuvo la respiración, y los vellos de su piel se erizaron sin tener ni un contacto. De golpe, algo pareció estallar en su interior, como si todo alrededor fuera un ruido de fondo y no pudiera ver otra cosa más que aquel por el que quedó hipnótico.


No podía dejar de ver esa llama altiva que se reflejaba en los ojos rojos y fríos  del hombre, en un fuego eterno que era seguro que en su toque le quemaría sin dudarlo. Era un contraste enorme con el agua cristalina de sus fulgurantes ojos azulados, los cuales estaban apacibles, viendo lo atrayente que era pensar en el fuego y el agua uniéndose entre sí, creando una combinación tan letal para los dos.


Su corazón se aceleró al grado de tener que poner su mano al pecho tratando de entender su sentir al toparse con ese rostro desconocido. Debía temerle a esa mirada tan particular, pero lejos de sentir miedo, estaba seguro y en paz ante esa presencia.


Esa noche gris, mágicamente había obtenido otro color.


Uno más rosado.


—Hola...


Su saludo salió como una melodía apacible. Philip se había atrevido a ser el primero en hablar, aun si incluso fuera para decir una tontería. Algo en su interior se lo pidió. Aquel hombre abrió su boca queriendo responderle, sin embargo, Abel se le adelantó.


—Dios santo, Philip, dale paso al joven. A este paso se va a mojar.


Como si le hubieran roto su hipnosis, se hizo a un lado para que aquel desconocido pasara. Aun así, lo miro en cada huella invisible que dejó, y no paso por alto, que ese alfa también lo miraba de reojo.


—Buenas noches, solo quería saber si tenían conexión a Internet.


Una voz profunda y controlada se elevó en dirección a Abel, imponiendo cierta dominancia.


Philip brincoteo del susto. Sin poder explicar el extraño temblor que le recorrió cada extensión de su cuerpo, al solo escucharlo hablar. No sabía que, pero algo había despertado en él, quemándole por dentro, rogando por acercarse más a esa fuente de calor.


No se sentía bien, una sensación rara estaba picándole en su nuca al tener aquella presencia pesada ahí adelante de sus narices.


Aun si incluso Abel le estuviera explicando la mala situación del clima, creyó notar que el otro alfa no le prestaba la suficiente atención al anciano. Debido a los vistazos furtivos que le lanzaba disimuladamente.


Era un alfa especial.


Algo dentro de él lo reconoció de esa manera,"alguien especial"...de una forma que no era fácil de captar a quien sea que se lo preguntara. Pero había algo ahí.


Una conexión.


Porque aquel alfa, también poseía el mismo brillo que Philip tenía al verlo. Sin contar que ambos liberaron sus feromonas sin parar de forma inconsciente, entrelazándolas en una perfecta sincronía que nunca había desarrollado con nadie.


Agradecía que Abel fuera lo suficiente viejo como para no ser consciente de esto.


De pronto, ya no tenía la necesidad de irse. Deseaba quedarse.


Su corazón palpitante se lo rogaba.


Su aroma quemante, una vez más volvía hacerle eco en su subconsciente.


"— Las almas gemelas no están disponibles para todos...—murmuró su madre con calma, en tanto le daba un beso en la frente—. Pip, cuando encuentres a tu destinado, será un momento especial. Tendrás mucho miedo, pero también sentirás tu corazón rebosando de alegría.


Ante la lumbre cálida de la vieja chimenea de su hogar, que desprendía el ahumado y dulce olor de la madera quemada, el pequeño omega estaba sentado en medio de sus padres. Escuchando con atención y emoción contenida el relatado de su madre, mientras su padre acariciaba su cabello con basta ternura.


Siendo amado por los dos.


—Habrá un cariño que nacerá en ese mismo instante. Eso nos pasó a nosotros, hijo. Papá y mamá no conocieron la felicidad hasta que nos vimos a los ojos por primera vez—explicó el señor Pirrip—. Eso mismo te pasará a ti, Philip. Tendrás esa conexión inmediata con tu alfa destinado.


Su madre soltó una pequeña risa cariñosa. Lo que demostraba la verdad de lo que decía su padre.


—Entonces ese será el inicio de tu verdadero gran amor."


Gran amor y conexión instantánea.


Se sentía tan liviano, como las hojas de los árboles en otoño, siendo revoloteadas por el viento sin culpa y con tanto alivio. Una armonía que resplandecía en grande dentro de su corazón, imposible de parar.


Las lágrimas volvieron a salir de sus orbes celestes magullados, en tanto una sonrisa de grandes esperanzas se apoderaba de su rostro.


Ah, ¿así que era él? Oh, lo era...


Su destinado.


Lo había encontrado. Finalmente, entendía esos cuentos de finales felices de sus padres. Su destinado estaba justo delante de sus narices.


Había encontrado al destinado con el cual soñó por ver varias veces.


Su sueño imposible. El único para su vida.


El único que podría amarlo de verdad.