Capitulo: 1: Mal dia para perder
La radio vieja del apartamento de James Carter soltaba una canción olvidada de los 90’s mientras él hurgaba entre un montón de ropa sucia y vendas mal enrolladas. Su habitación era un completo desastre: guantes de boxeo viejos, latas vacías y papeles arrugados decoraban el suelo. Las paredes, con pintura descascarada, sostenían un par de fotos en blanco y negro de su madre y un trofeo oxidado de alguna pelea amateur.
James siempre había sido así. Impulsivo, desordenado y con una furia que parecía hervirle bajo la piel desde que tenía memoria. Esa clase de persona que si le decías “tranquilo” lo tomaba como una provocación,, lo único en lo que era realmente bueno era en golpear cosas.
Ese día, sin embargo, algo se sentía distinto. El cielo afuera estaba cubierto de nubes pesadas, la tormenta empezaba a rugir a lo lejos y la humedad se colaba por las rendijas de la ventana.
Se miró al espejo roto del baño, ajustando las vendas en sus nudillos, y se estudió la cara: ojos color avellana endurecidos, mandíbula marcada y una expresión que parecía permanente entre el cansancio y la rabia.
—Que se joda el clima —gruñó James, ajustando la venda en su mano derecha.
La pelea de esa noche era su primera profesional. Nada grande, claro. Solo un evento en el gimnasio municipal de Brookville donde los perdedores como él intentaban hacerse notar. Pero para James, era más que un combate. Era su forma de callarle la boca a todos los que decían que nunca llegaría a nada.
El teléfono vibró con un mensaje de su entrenador, Eddie.
“Llega temprano. No quiero que explotes antes de subir al ring.”
James rodó los ojos. Todos lo conocían por su mal genio, y no era para menos. Desde niño había sentido esa chispa eléctrica bajo la piel, esa rabia a punto de estallar cada vez que alguien lo miraba mal o lo subestimaba.
—Esta noche es mía —se dijo frente al espejo, observando su mandíbula marcada y sus ojos color avellana endurecidos por la vida.
Salió del apartamento con la chaqueta colgada al hombro y la mochila a medio cerrar. Las calles de Brookville estaban húmedas y frías, el aire cargado de tormenta. Cada paso que daba parecía resonar en el asfalto mojado. Cuando un tipo en una bicicleta casi lo roza, James le lanzó una mirada que podría partir vidrio.
—Fíjate por dónde vas, imbécil —gruñó.
Cuando llegó al gimnasio, un grupo de tipos fumaba bajo la marquesina. Todos esos rostros lo conocían, y no siempre para bien. Apostadores, viejos rivales, algún fan de cartón. Algunos le gritaban cosas, otros murmuraban su nombre. James no se molestó en saludar. Caminó derecho, empujó la puerta y se perdió en ese olor pegajoso a sudor y metal.
El gimnasio municipal era su segundo hogar, pero no por cariño, sino porque era el único lugar donde podía soltar los demonios sin terminar en comisaría.
Sin perder tiempo, se acercó a un costal vacío, colgó su chaqueta y se puso los guantes. Eddie se acercó, palillo de dientes en la comisura.
—Ya era hora.
James sonrió de medio lado, con esa expresión de tipo que disfruta demasiado el caos.
—Vamos, viejo. Dime cuándo fue la última vez que te fallé.
—Ayer, cuando rompiste el espejo del vestuario porque perdiste una apuesta.
James rió bajo, y sin esperar más, empezó a golpear el costal con una agresividad desmedida. Los puños sonaban huecos contra la lona, pero cada golpe era una declaración. No buscaba practicar técnica. Solo descargar.
Otros boxeadores lo miraban de reojo. Algunos lo admiraban. Otros lo evitaban. Nadie en su sano juicio quería meterse con James Carter cuando estaba de mal humor. Y eso, básicamente, era siempre.
Eddie negó con la cabeza.
—Baja la guardia, y ese Derek Hayes te va a partir en dos. No te gana por fuerte, sino porque vos te quemas solo.
James se detuvo, sudor en la frente, respiración agitada y una chispa peligrosa en los ojos.
—No vine a sobrevivir, Eddie. Vine a ganar. Y si no lo entienden, los aplasto.
El entrenador no respondió. Sabía que discutir con él era perder tiempo.
En el fondo, la tormenta gruñó otra vez. Un relámpago iluminó la ventana sucia del gimnasio, y aunque nadie lo sabía, esa sería la última noche en la que James Carter sería solo un boxeador con mala actitud.
Sería lo que vendría después.
