El cuervo en la ventana
La luz otoñal se filtraba perezosamente por las persianas de la vieja casa Ortega. Un polvo dorado flotaba en el aire, acariciando los bordes de los muebles antiguos y las fotos familiares que se alineaban sobre la repisa de la chimenea. En una de ellas, Lucas y Simón sonreían con bocas llenas de helado, la playa de fondo y el viento revolviéndoles el pelo. Tenía apenas cinco años Simón en esa foto. Lucas lo sostenía por los hombros, protegiéndolo del mundo. Como lo había hecho desde que sus madre murió y su padre los abandonó.
Lucas Ortega tenía 21 años, y aunque su carnet de universitario decía “estudiante de criminología”, la mayor parte del tiempo se sentía un actor improvisado haciendo de hermano mayor, madre, padre, cocinero, y vigilante nocturno. Vivían en Hollow Creek, un pueblo tan encantador en apariencia como asfixiante en la realidad. Todo era silencio contenido, sonrisas fingidas en la carnicería, vecinos que sabían más de lo que decían y menos de lo que aparentaban.
Simón, por su parte, era un niño peculiar. No ruidoso ni problemático, sino... diferente. Hablaba poco, pero lo que decía solía ser desconcertante. Como la vez que le dijo a Lucas: “Los árboles se inclinan para escuchar mejor”. O cuando despertó en medio de la noche asegurando que debajo de su cama había una puerta. Lucas revisó, claro. Solo había polvo y un calcetín perdido. Pero Simón había insistido: “No hoy. Mañana. Mañana aparece.”
Aquel miércoles comenzó como casi todos: Lucas corriendo para prepararle el desayuno antes de clase, y Simón con sus rotuladores negros, llenando hojas de dibujos. Cuervos. Otra vez. Y también árboles torcidos, casas sin ventanas, niños de ojos vacíos. A Lucas no le hacía gracia, pero prefería no presionar. Ya habían pasado por psicólogos, terapeutas y orientadores escolares. Ninguno había dado respuestas. Solo preguntas que ya se habían hecho ellos dos entre susurros y llantos nocturnos.
—Otra vez los cuervos, Simón...—murmuró Lucas, tomando una hoja con suavidad.
El niño ni siquiera levantó la vista.
—Hoy se posó en la ventana. Me miró. Como si supiera mi nombre.
Lucas se quedó quieto. Se acercó a la ventana del salón. Nada. Ningún cuervo. Sólo el jardín, ya amarillento, y las ramas de los sauces moviéndose como brazos viejos.
—Fue un sueño, Simón. A veces los sueños parecen reales.
El niño dibujó una línea gruesa y oscura en el papel. Luego otra. Y otra. Hasta que el papel fue una masa negra.
—Fue de verdad.
...
Esa noche discutieron. No fue grave. Lucas le había pedido a Simón que dejara de dibujar y se preparara para dormir. Simón se negó, aferrado a su cuaderno como si dentro estuviera la última verdad del mundo. Lucas, agotado por los estudios, las tareas, la vida, le quitó el cuaderno de un tirón.
—Solo quiero que te comportes como un niño normal, Simón. Solo uno normal, por un día.
Silencio. El niño se metió en la cama sin decir una palabra. Lucas le dejó el cuaderno en la mesita, suspirando.
—Lo siento. Mañana hablamos, pequeño.
Y entonces apagó la luz.
...
Al día siguiente, Simón no estaba.
Ni en la cama. Ni en el baño. Ni en el jardín. Ni en ninguna parte.
La puerta estaba cerrada con seguro. Las ventanas, bloqueadas por dentro. Ninguna señal de intrusión. Ningún ruido durante la noche. Lucas había dormido en el salón, junto a la escalera.
Fue al cuarto de Simón, como un sonámbulo, sin entender lo que estaba viendo. Solo la cama revuelta, el cuaderno sobre la almohada... y en la ventana empañada, dibujado con un dedo pequeño, el contorno de un cuervo.
Negro. Inmóvil. Observando.
El corazón de Lucas se hundió en el pecho. Llamó a la policía. Buscaron en el bosque. Interrogaron a vecinos. Todos decían lo mismo:
—Seguro se escapó. Cosas de niños.
Pero Lucas lo sabía. Simón no se había escapado. Simón había sido llamado.
Y había respondido.
Durante las siguientes horas, Lucas fue prisionero de un torbellino de autoridades, preguntas y procedimientos. Policías entrando y saliendo de la casa. Una agente joven, de ojos compasivos, le tocó el brazo con suavidad.
—¿Tienes alguna idea de a dónde pudo ir, Lucas? Cualquier cosa, por extraña que parezca.
Lucas miró el cuaderno de Simón. Pasó las páginas como si fuesen las hojas de una novela de terror escrita con la mano temblorosa de un niño. Cuervos. Casas que parecían estar bajo tierra. Una figura alta, siempre sin rostro, con cuencas vacías y brazos desproporcionadamente largos.
—Él hablaba de una casa... enterrada. Y de una canción que a veces se oía por la ventana.
La agente lo miró con cautela. Anotó en su libreta, sin emitir juicio alguno. Pero Lucas leyó en sus ojos lo que no dijo: “Soñadores. Hermanos demasiado jóvenes. El niño solo se escapó“.
Más tarde, Lucas subió al cuarto de Simón. Necesitaba algo, cualquier cosa. Una pista. Una dirección. El sol ya se había puesto, y la habitación tenía ese silencio pesado que dejan los espacios cuando pierden a quien les daba sentido.
La ventana empañada aún mostraba el contorno del cuervo. Pero había algo nuevo. Bajo el dibujo, una serie de símbolos en espiral. Pequeños. Como garabateados con el dedo. Lucas se agachó para mirarlos. Algo vibró en su pecho. Un reconocimiento involuntario.
Había visto esos símbolos antes.
No sabía dónde.
Pero sabía que eran reales.
Volvió a tomar el cuaderno. En la contraportada, pegado con cinta adhesiva, había un papel doblado que nunca había visto. Lo abrió. Era un dibujo más detallado: un cuervo negro, con los ojos en blanco. A su alrededor, cinco figuras de niños, todos tomados de la mano frente a una puerta de piedra.
Y debajo, escrita en letras torcidas:
“La casa canta. El que escucha, entra.”
Lucas sintió un escalofrío recorriéndole la columna. Por primera vez, pensó que no estaba loco por creer en lo imposible.
Pensó que debía buscar ayuda. Pero no a la policía.
A sus amigos.
A los que, como él, habían elegido estudiar la oscuridad del mundo para intentar comprenderla.
Los cuervos habían abierto la puerta.
Y Lucas estaba dispuesto a entrar por ella.








