Origen del asesino
Los semidioses son hijos de una mortal y un dios. Pero la pregunta es: ¿qué son realmente? ¿Qué representan en un mundo donde los dioses hacen lo que quieren con los mortales? ¿Qué pasa cuando cometen injusticias, incluso contra sus propios hijos?
La respuesta es bastante sencilla: los semidioses no son más que peones en el juego de algún dios cruel, que solo los usa para su conveniencia. Sin embargo, los semidioses no ven esto. Ven que, al ser reconocidos por sus padres piadosos, son amados incondicionalmente
Pero la realidad es que solo los reclaman para que les traigan gloria a ellos y presumir de esa gloria a los demás dioses. Esto es lo que buscan los dioses: llenar su ego y nada más.¿Qué pasa cuando uno se revela contra los dioses? Cuando una persona no quiere seguir el destino que los demás dictan, no quiere ser una oveja que los dioses controlen su vida, sino que quiere ser libre de esas cadenas que vienen con ser un semidiós. La respuesta es fácil: debe ser aniquilado. A los dioses no les gusta que su estatus se vea amenazado por una simple molestia.
Uno esperaría que su padre lo apoyara, pero en su lugar lo abandona a su suerte para enfrentarse a divinidades y sus castigos. Todo por culpa de su esposa, una perra rencorosa que no podía aceptar que su esposo la había engañado, a pesar de que ella había engañado primero. Pero claro, eran dioses y su ego no les permite equivocarse.La ironía es que no solo castigaron al semidiós, sino que también decidieron castigar a su familia, personas inocentes de este mundo cruelmente castigadas por el egoísmo de los dioses.
Este era el destino de Nataniel Ruforce, un semidiós alegre y feliz que solo buscaba la libertad de elegir su vida y tomar sus propias decisiones. Pero los dioses, en su infinita crueldad, le quitaron todo. A sus 13 años, Nataniel se encontraba solo en el mundo, consumido por el dolor y el sufrimiento que lo estaba matando lentamente.
La oscuridad que emanaba de él era palpable, incluso para los seres sobrenaturales que podían sentirla a kilómetros de distancia. Era como si el propio inframundo hubiera reclamado su alma. Y así fue como una entidad poderosa, que había estado esperando pacientemente, sintió la oportunidad perfecta para liberarse de sus propias cadenas y vengarse de aquellos que la habían mantenido cautiva.
La entidad vio en Nataniel un potencial ilimitado, un recipiente perfecto para su propia sed de venganza. Y así, comenzó a tejer su plan, envolviendo al joven semidiós en una red de oscuridad y poder que cambiaría su destino para siempre.
En el presente, Nataniel veía lo que fue su hogar, ahora hecho cenizas. Sin su hermana, sin su pequeño hermano y sin su madre, todo estaba destruido y consumido por un fuego lento. Flechas plateadas yacían dispersas alrededor, y lo que sintió no fue más que una abrumadora soledad, tristeza y, sobre todo, odio hacia los dioses que le quitaron lo que más amaba sin piedad. Solo porque no quería ser su chivo expiatorio, obligado a obedecer sin cuestionar.
Ahora no le quedaba nada más que el odio que lo consumía. Un deseo de venganza tan grande que incluso las sombras y toda la oscuridad alrededor parecían condensarse a su alrededor. Incluso sin la bendición de su padre piadoso, sus poderes eran fuertes.
Esto era lo que veía el titán del tiempo, Kronos: la llave a su libertad y ascenso al reinado otra vez. Pero sabía que debía jugar bien sus cartas, porque un mal movimiento podría arruinar la oportunidad de tener a uno de los principales integrantes de la profecía del nuevo mundo.
—Es frustrante, ¿verdad? Ser débil y no poder vengarse de las personas que te quitaron todo, que te lo arrebataron solo porque buscabas tu libertad.
La voz oscura y envejecida resonó en el ambiente, cargado de oscuridad y pesadumbre. Nataniel se puso en alerta, pero antes de que pudiera reaccionar, la voz continuó:
—Te puedo ayudar, lo sabes. Vengarte de los dioses, de aquellos que te quitaron todo y de aquellos que no hicieron nada para defender a los inocentes.
Las palabras hicieron que Nataniel abriera los ojos. Sabía que no podía vengarse de los dioses debido a su poder descomunal, pero aquí estaba esta entidad ofreciendo su ayuda para vengar a su familia. Sin embargo, algo lo inquietaba; tenía sospechas de quién era esta entidad, pero no quería decir nada hasta estar seguro.
Así que Nataniel decidió hacer una pregunta para sacarse de las dudas:
—¿Por qué me ayudas? ¿Por qué te interesa lo que me haya pasado?
La entidad respondió con una sonrisa implícita en su voz:
—Creí que esa pregunta estaba demás, nieto mío.
La respuesta confirmó las sospechas de Natanie. Sabiendo la fama de su abuelo, le costaba confiar en que el titán solo se había acercado para ayudarlo en su búsqueda de venganza.
—Qué es lo que quieres, Kronos —preguntó Nataniel con desconfianza—. Sé que esto no lo haces por la bondad de tu corazón.
Kronos rio, una risa baja y gutural que parecía sacudir el aire alrededor de ellos.
—Eso es muy fácil, nieto mío —respondió el titán—. Yo te entrenaré y te daré el poder de vengarte de los dioses. Sin embargo, serás una de mis piezas. Yo te ayudo a vengarte de los dioses y tú me ayudas a conquistar el Olimpo.
Nataniel se quedó en silencio, sopesando las palabras de Kronos. Sabía que el titán no era de fiar, que su objetivo era el poder y la dominación. Pero también sabía que necesitaba ayuda para vengarse de los dioses que le habían destruido su vida.
—¿Qué garantías tengo de que no me traicionarás? —preguntó Nataniel finalmente.
Kronos se encogió de hombros.
—Ninguna —respondió con una sonrisa—. Pero puedo prometerte que si aceptas mi oferta, tendrás el poder de hacer que los dioses se arrodillen ante ti. Y si decides no cumplir con tu parte del trato... bueno, siempre puedo encontrar formas de persuadir a la gente.
Nataniel se estremeció ante la amenaza implícita en las palabras de Kronos. Pero también sintió una chispa de esperanza. Si podía usar al titán para vengarse de los dioses, tal vez podría encontrar una forma de escapar de su control más adelante.
—Entonces, querido nieto mío —dijo Kronos con una sonrisa—, ¿qué eliges? ¿Aceptarás mi ayuda o dejarás que los dioses se salgan con la suya?
ataniel dudó por un momento antes de responder:—Acepto —dijo finalmente, con una voz firme—. Pero no te equivoques, Kronos. Mi objetivo es vengarme de los dioses, no servirte a ti. Si encuentro una forma de escapar de tu control, lo haré.
Kronos rio de nuevo, una risa que parecía resonar en el aire.
—Me gusta tu espíritu, nieto mío —dijo—. Vamos a hacer grandes cosas juntos.
Y ambos firmaron el pacto y en esos escasos momentos.
La oscuridad se extendió como una manta de muerte sobre el país de Estados Unidos, cubriendo todo con su sombra. Los mortales e inmortales por igual sintieron un escalofrío en sus venas, como si supieran que algo malo acababa de pasar. Las luces de las ciudades se debilitaron, y las sombras parecían cobrar vida propia.
En el Olimpo, los dioses de la profecía se reunieron en consejo, preocupados por la anomalía que había aparecido en el mundo mortal. Las Moiras, Cloto, Láquesis y Átropos, se sentaron en sus tronos, tejiendo el destino de los mortales e inmortales con hilos de plata y oro.
—¿Qué es esto que ha sucedido? —preguntó Zeus, el rey de los dioses, con una voz llena de autoridad.
—La oscuridad que ha aparecido es un signo de gran poder y gran peligro —respondió Cloto, la Moira que tejía el hilo de la vida—. Un semidiós ha hecho un pacto con una entidad poderosa, y el equilibrio del mundo está en juego.
—Debemos actuar con rapidez —dijo Atenea, la diosa de la sabiduría—. No podemos permitir que esta oscuridad se extienda y cause daño a los mortales e inmortales.
—Pero ¿quién es el semidiós que ha hecho este pacto? —preguntó Poseidón, el dios del mar.
—Eso es lo que debemos descubrir —respondió Láquesis, la Moira que medía el hilo de la vida—. Porque si no lo hacemos, el destino del mundo estará sellado.
Cuando los dioses quisieron ver qué semidiós había hecho esto, la oscuridad de repente desapareció de los cielos, y con ella, la presencia del semidiós. Sin embargo, los 12 dioses olímpicos sintieron por un breve momento la presencia de Kronos, el titán del tiempo, que se encontraba junto al semidiós que había provocado la oscuridad.
Los dioses se miraron entre sí, nerviosos. Sabían que si Kronos estaba involucrado, esto sería peligroso para el mundo. Antes de que Zeus pudiera dictar órdenes, las Moiras gritaron de dolor, cayendo al suelo y sosteniéndose la cabeza. Muchas visiones llearon a ellas, y su dolor se reflejó en sus rostros.
Apolo, el dios del sol y la música, también se tambaleó, afectado por lo que estaba sucediendo a las Moiras. Su mirada se volvió hacia ellas, preocupado.
De repente, las Moiras hablaron al unísono, sus voces llenas de un tono profético:
—Dioses, prepárense. La oscuridad azotará al Olimpo. Una oscuridad tan densa que opacará al sol. El hijo castigado del Inframundo no se detendrá. La sangre derramará sin importar el dolor. Sumirá el mundo en oscuridad hasta que su venganza sea consumida.
Los dioses se miraron entre sí, alarmados. Sabían que las Moiras no se equivocaban. La profecía era clara: una gran oscuridad se avecinaba, y nada podría detenerla.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó Atenea, la diosa de la sabiduría.
—Debemos prepararnos para la guerra —respondió Zeus—. No podemos permitir que esta oscuridad nos tome por sorpresa.
Pero las Moiras negaron con la cabeza.
—No es una guerra lo que se avecina —dijeron—. Es una venganza. Y solo hay una forma de detenerla: encontrar al hijo castigado del Inframundo y hacer que detenga su venganza antes de que sea demasiado tarde.
Los dioses se pusieron en acción, iniciando la búsqueda del semidiós conocido como Nataniel. Pero sin saberlo, esta búsqueda sería infructuosa durante mucho tiempo. Los dioses ya sabían quién era el hijo del Inframundo castigado, pero no encontrarían rastros de él hasta mucho después, cuando ya sería demasiado tarde para detener la amenaza que ellos mismos habían creado.
A partir de ese momento, Nataniel dejaría de existir, convirtiéndose en Naruto Fusiguro. Pero esto ninguno de los dioses lo sabría hasta mucho tiempo después.
En el tiempo de la búsqueda infructuosa, los dioses no dejaron de temer algo. Su fin se acercaba. La era de los dioses estaba a punto de acabar. Sin embargo, una nueva era estaba a punto de emerger, y la oscuridad y la venganza eran las responsables.
La tensión y el miedo se apoderaron de los dioses. Sabían que su tiempo estaba contado, y que nada podría detener el curso de los eventos que se avecinaban. La oscuridad y la venganza serían las que decidirían el destino del mundo.
Pero un dios quedó traumatizado, y eso era decir algo, pues era un dios inmortal que había visto atrocidades desde tiempos inmemoriales. La guerra de los titanes, la caída de Troya, la destrucción de civilizaciones enteras... nada parecía capaz de sacudir su calma olímpica. Sin embargo, la imagen de la profecía lo dejó aterrador.
Vio a Nataniel mirando desde lo que parecía un charco de oscuridad con manchas rojas, y su mirada penetró su alma inmortal. Esa mirada con ojos rojos llenos de sed de sangre y maniática destrucción lo heló de miedo. Apolo sintió como si su propia mortalidad hubiera sido puesta en duda, a pesar de ser un dios.
Pero lo que también vio Apolo fue aún más aterrador: los cuerpos de sus hijos muertos, su madre, su querida hermana... incluso su propio cuerpo tirado y siendo consumido por la oscuridad. La visión lo dejó temiendo por la vida de su familia y sus hijos. ¿Cómo podría protegerlos de la ira de Nataniel?
La profecía había mostrado a Apolo un futuro sombrío y aterrador, y el dios no podía sacudirse la sensación de que estaba condenado a vivir ese horror. La imagen de Nataniel y la destrucción que lo rodeaba parecía estar grabada en su mente, y Apolo no sabía cómo escapar de ese destino.
Se preguntó si había algo que pudiera hacer para cambiar el curso de los eventos. ¿Podría encontrar a Nataniel y hacer que se detuviera? ¿O sería demasiado tarde, y la destrucción ya estaría en marcha? La incertidumbre lo consumía, y Apolo se sentía cada vez más desesperado.
La profecía había cambiado todo. Ya no se sentía seguro en su trono olímpico. Ya no se sentía invencible. La sombra de Nataniel lo seguía, y Apolo no sabía cómo escapar de ella.
Fin primera parte