Sobreviviente

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Summary

En un mundo devastado por una enfermedad que transforma a los infectados en criaturas hostiles, los últimos vestigios de humanidad sobreviven dentro de recintos fortificados conocidos como Ciudadelas. Nuestra historia se centra en una de estas Ciudadelas, donde los muros altos y la rutina estricta no protegen a sus habitantes... hasta que ya no. Los protagonistas deben tomar decisiones difíciles para protegerse y proteger a quienes aman. A medida que las tensiones aumentan, se revelan conflictos internos, alianzas inesperadas y verdades ocultas sobre el origen de la enfermedad... y sobre la Ciudadela misma.

Genre
Scifi/Adventure
Author
MIP
Status
Ongoing
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo

Después de la Gran Ruptura de los gobiernos, hubo una catástrofe sanitaria y ecológica que desató una epidemia mundial. La civilización, tal como la conocíamos, colapsó. Lo que antes eran vastas ciudades modernas se transformó en ruinas invadidas por vegetación salvaje y criaturas infectadas. El aire está cargado de ceniza, polvo y un extraño polen que brilla tenuemente por las noches. La mayoría de los humanos perecieron ante la infección, pero unos pocos núcleos de población lograron sobrevivir refugiándose tras muros fortificados o en zonas inaccesibles.

La noche ha caído sobre la Ciudadela. El viento sopla suave entre las grietas del muro, haciendo vibrar la madera de las casas. La mayoría duerme. En la cima del muro norte, donde solo los más audaces se atreven a subir sin permiso, estaban ellos. Az y Elio en silencio, con las piernas colgando hacia el bosque oscuro. Con solo una lámpara de aceite que lanza una luz temblorosa sobre sus rostros.

—Voy a salir. Voy a cruzar el bosque —soltó Az luego de un largo silencio.

—¿De qué hablas? —él la miró, frunciendo el ceño.

—Mis padres no están muertos, Elio —respondió firmemente—. No lo siento así. Todos aquí han aceptado que sus familiares están muertos por allí, pero yo no. Yo me niego a aceptarlo.

—Az, eso fue hace dos años —la voz de Elio sonaba un poco ansiosa—. Si están allá afuera… con la infección como está… no seguirían siendo ellos —hizo una pequeña pausa antes de seguir hablando, tratando de encontrar las palabras correctas—. ¿Y si los encuentras convertidos? ¿Y si el bosque te traga como al resto de las personas que intentaron salir de aquí?

“A veces me pregunto si la Ciudadela nos protege… o si nos encierra”, pensó Az para sí misma. Las viejas ramas de los árboles crujían con el viento, como si recordaran lo que había allá afuera: el bosque húmedo, los ecos de los infectados… la infección. Aquí dentro también había voces. Susurros tras puertas cerradas, miradas que pesan cuando no encajas. Todo parece ordenado, limpio, controlado… pero es una calma falsa, como el silencio antes de una tormenta.

Después de un tiempo, respondió:

—Prefiero saberlo que vivir con esta duda para siempre. Quiero ver con mis propios ojos. Si están muertos, si están perdidos… necesito saberlo. No aguanto más esta jaula.

Aquel muchacho que la había acompañado desde que era solo una niña de ocho años la miraba como si estuviera completamente loca.

—¿Entonces todo esto… subir aquí, hablar del mundo… era solo una excusa? ¿Ya lo tenías decidido?

Lo había pensado por muchas noches y sabía que, aunque le doliera, era algo que debía hacer sin importar lo que él pensara o lo que a ella le pudiese pasar. Levantando la mirada, respondió firmemente:

—No es una excusa, Elio. Es mi propósito —sus ojos verdes estaban llenos de convicción. Bajando la voz, dulcemente le dijo— No puedo quedarme aquí esperando a que ocurra un milagro, no sabiendo que tal vez… todavía estén vivos. Tal vez me necesitan.

Elio giró su cabeza para que no viera su rostro. Le dolía saber que todas esas ilusiones podrían ser solo eso: ilusiones que terminarían lastimándola. La infección había arrastrado con todas las ciudades, y era muy poco probable que sus padres o su pequeño hermano hubieran sobrevivido más de un año allá afuera.

—Esto no es valentía, Az —dijo mientras se le quebraba la voz—. Es locura. Aferrarte a una posibilidad para romper todo lo que tenemos —la miró a los ojos, deseando que entendiera lo peligroso que era lo que ella estaba proponiéndose—. ¿Y si no volvés? ¿Qué hago si ya no te puedo ver más?

Tras un largo silencio, ella se puso de pie. Tampoco sabía qué haría si no pudiese volver a verlo, ni siquiera quería pensarlo, pero el deseo de volver a estar con su familia era tan fuerte que no podía darle lugar a otra cosa en su cabeza en ese momento.

—Entonces sabrás que lo intenté —respondió con una sonrisa burlona—. Que no me rendí. Y que vos fuiste y serás mi más grande amigo.

Elio se mordió los labios, tratando de contener los sentimientos que le quemaban por dentro. Escuchar sus palabras le dolía, pero no podía decirle nada. Aún no.

Se quedaron contemplando el bosque en silencio, mientras el viento murmuraba entre las hojas algo que ninguno de los dos se atrevía a traducir.