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Summary

No sabía que su vida estaba escrita mucho antes de que naciera. No sabía que su sangre podía despertar lo que los dioses juraron mantener dormido. El día que lo descubrió, ya era demasiado tarde para volver atrás. Ahora, debe sobrevivir en un juego que no entiende, con reglas impuestas por fuerzas que se creen eternas. Porque cuando los dioses eligen, el mundo tiembla... y alguien siempre debe pagar el precio.

Genre
Fantasy
Author
Natalia
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 0: El Origen

En las profundidades del tártaro.

En medio de la oscuridad, en las profundidades de un gran abismo y en el corazón del inframundo, yace atrapado un ser cuya simple existencia es una calamidad para la humanidad.

—Padre —llamó—, vengo a implorar por tu ayuda.

—Tú... —Se retorció entre sus ataduras, provocando un fuerte tintineo entre las cadenas que lo sujetaban—. Una de las sabandijas que me condenó a este mísero lugar, ¿implora mi ayuda?

Una fuerte risa resonó entre ecos que hicieron temblar todo el lugar.

—¿Y a qué se debe este honor? —comentó, usando un notable tono de sarcasmo en su voz.

El ambiente entre ellos era tenso. Aunque a simple vista no se percibiera, el dios, cuya presencia resultaba insignificante frente al gran ser delante de él, dudaba en hablar. No era que temiera a la criatura, sino a la situación, pues su mera estadía en tal lugar lo convertía en un traidor para los suyos.

—Él la envenenó —comentó luego de breves segundos en silencio—. La condenó a morir, como si de un castigo se tratara.

Expresó con ira en su voz. Sus puños se apretaban con tal fuerza que los nudillos comenzaban a cambiar de color, al igual que sus uñas se clavaban en las palmas de sus manos.

—Sabía que se dejaría cegar por el poder —expresó, como si ya supiera de quién se trataba—. Un día, no dudará en acabar con cada uno de ustedes para conservar todo dentro y fuera del Olimpo. Después de todo, sigue siendo mi hijo.

Esbozó una sonrisa vacía al decir tales palabras como "hijo".

—Le supliqué misericordia, rogué por su perdón. Pese a eso, su respuesta siempre fue la misma: "No" —formuló las últimas palabras con cierto resentimiento, acompañado de odio en su voz—. Acudí a mis hermanos; todos me dieron la espalda, aunque ellos han cometido el mismo error que yo...

La criatura frente a él se limitaba a observarlo en silencio, como si estuviera planeando algo, escudriñando entre las reacciones del dios, como si esperara algo que le permitiera aprovecharse de la situación.

—Libérame —demandó—. Libérame y salvaré su vida. Es lo que tanto deseas, ¿no es así?

Sus intenciones no eran buenas. Su manipulación era evidente, sin disimulo alguno. Había encontrado el punto débil del inmortal y no lo dejaría ir fácilmente.

—No esperaba que fueras tan directo.

—Debía intentarlo —expresó de manera socarrona.

Un suspiro frustrado abandonó los labios de aquel que suplicaba ayuda. Resignado a la idea de ver morir al amor de su vida, se giró, dispuesto a retroceder en sus pasos y volver por donde había llegado.

—Existe otra forma —espetó, llamando así la atención de quien se encontraba frente a él y haciendo que este detuviera sus pasos—. No la curará, pero alargará su tiempo de vida. Eso lo puedo asegurar.

—¿Cuál es el truco?

—No la verás nunca más. No te acercarás a ella, ni siquiera la mirarás de lejos. La olvidarás —demandó—. Después de todo, es una simple humana, ¿no?

Su rostro era una combinación entre sorpresa y temor. El hecho de que tal criatura conociera la identidad de su amada complicaba su situación.

—Expides su hedor —explicó, ante la cara de desconcierto del dios—. Sabía que bajaban a divertirse con ellos, pero, mira que esto de enamorarse, a tal punto de acudir a mí... no me lo esperaba.

Se burló, pues dicha situación le divertía. Pese a estar prisionero por cientos de años, alejado de cualquier ser o cosa que emanara vida, aún conservaba su amargo sentido del humor.

El otro individuo, por su parte, dudaba en si aceptar o no su ayuda. Es verdad que fue él quien acudió allí por voluntad propia y decidió romper las reglas, pero, pensándolo bien... ¿valía la pena? Es decir, ¿valía la pena arriesgarlo todo por una simple humana? Romper las reglas, traicionar a los suyos, poner en riesgo todo y a todos... ¿solo por ella?

La respuesta era sí.

¿Por qué? Eso era simple: porque ella lo había amado, y eso era más de lo que alguien había sentido por él alguna vez. Y eso era más que suficiente.

—¿Qué tengo que hacer? —cuestionó sin dudarlo, de manera firme.

La criatura mostró una sonrisa de satisfacción, como si celebrara el hecho de que su plan había funcionado. Con dificultad, se removió entre las cadenas que lo ataban y, con una de sus garras, rasgó su pecho, provocando una leve herida de la cual descendió una pequeña gota de ícor —también llamado "sangre de dioses"— que, a medida que caía, se volvía más espesa, hasta tomar la perfecta forma de una perla.

—Dale esto —dijo, cuando dicho objeto llegó a las manos de aquel dios—. Haz que la coma antes del amanecer y lo que he prometido se cumplirá... siempre y cuando tú cumplas con tu parte.

Su contrario observaba la perla con detenimiento, cerciorándose de que no estuviera envenenada o tuviera algún truco.

—El tiempo se acaba. Deberías apresurarte o ella morirá —anunció con tono socarrón.

El inmortal bufó frustrado, giró sobre su propio eje y se alejó con rapidez de aquel lugar, sin saber que, a sus espaldas, la criatura lo observaba con detenimiento. Cuando este por fin se alejó lo suficiente, soltó una fuerte carcajada para sí mismo.

—Nos volveremos a ver, muy pronto —aseguró.

Lejos de allí, en el mundo humano, una joven agonizaba de dolor en la sala de un hospital. Pese a las altas dosis de anestesia administradas, su tormentoso sufrimiento no cesaba. Una mano se posó en su mejilla, acariciándola suavemente, mientras otra colocaba entre sus labios una pequeña perla dorada.

—Cómela —susurró.

Más que un simple susurro, fue una súplica, para que la persona frente a él, que yacía dormida, acatara su orden.

Un suspiro de alivio dejó su cuerpo cuando la perla fue ingerida sin dificultad alguna y, poco a poco, el cuerpo de aquella humana fue recuperando su color habitual, su calidez, su vitalidad...

Pero ese sentimiento de alivio no duró al recordar que debía partir, para siempre, de su lado.

—Debo irme —dijo en un susurro afligido.

Postró por última vez sus labios sobre los de aquella mujer, dejándole un suave beso de despedida. Un último recuerdo... más para él que para ella.

—Pero juro que nos volveremos a ver —afirmó, seguro de sus palabras.

Y antes de desaparecer para siempre de su vida, dejó consigo un brazalete de cuero anudado. En el centro de este yacía una pequeña esfera que contenía, en su interior, un líquido oscuro.

—Que el río Estigia te proteja —y desapareció...