Capítulo 1: Odio los miércoles (y a cierto ser humano en particular)
Miércoles, 7:45 a.m.
Estado emocional: entre agotado y homicida.
Nivel de odio acumulado: 9,5 sobre 10.
Querido diario digital (privado, encriptado, protegido por contraseña y por el miedo al ridículo):
Acabo de sobrevivir a otra clase de educación física. Apenas.
O sea, estoy vivo, creo. Aunque mis piernas están en huelga y me duele hasta el orgullo.
Y encima hoy tocó fútbol. Otra vez.
¿POR QUÉ? ¿Por qué no pueden inventar algo menos violento, tipo “siesta coordinada” o “meditación horizontal con mantitas”? Pero no, el profe parece tener un fetiche con vernos correr detrás de una pelota como si estuviéramos peleando por nuestra última neurona.
Y como si eso no fuera suficiente, me volvió a tocar en contra deÉL.
Sí,ÉL. El ser humano más insoportable que pisó este colegio.
El que cree que es gracioso, el que hace chistes todo el tiempo, el que se cree el alma del equipo, el rey del chiste fácil y la sonrisa sobradora.
¿Podés creer que volvió a llamarmeRoss? ¡Ross! Como si lo mío conFriendsno fuera ya lo suficientemente personal como para que venga este... este... energúmeno a usarlo como apodo. ¡Y ni siquiera le pega con mi personalidad! Si voy a ser alguien,mínimodejame ser Chandler, o Joey en sus días lúcidos.
El muy creído me hizo una gambeta toda exagerada como si estuviéramos en la final de la Champions y me dijo:
—Vamos, Ross, ¿eso es todo lo que tenés?
Y yo ahí, parado, transpirando como testigo falso, queriendo pegarle con la botella de agua, pero sabiendo que probablemente terminaría haciéndome daño a mí mismo.
Odio cómo se mueve como si estuviera en un videoclip.
Odio cómo le sale todo bien y encima se ríe.
Odio cómo todos lo saludan como si fuera un rockstar.
Y lo peor es que ni siquiera me hizo falta pensarlo. Es automático. Lo veo, y me sube la presión. Así de sencillo.
Después del partido (que perdimos, obvio), me tiré al pasto como si fuera un náufrago rescatado. Estaba más cerca de la muerte que de cualquier otra cosa. Y entonces pasóesapersona.
Con esos rulos que parecen hechos con molde. Con esa risa tranquila. Con esa voz que tiene el volumen justo como para que todo me dé vueltas un segundo.
Se acercó, me miró, y dijo algo. Algo re simple, como “¿estás bien?” o “te defendiste”.
Yo respondí algo torpe, seguro. Creo que fue una mezcla entre “meh” y “matenme”. Pero él se rió. Y esa risa... esa risa me dejó como colgado, con el pecho lleno de algo tibio que no sé nombrar sin sonar cursi.
No es nuevo esto.
Ya me pasa desde hace rato.
Cada vez que me habla. Cada vez que me presta algo. Cada vez que me sonríe sin motivo.
Pero no, no le dije nada. A nadie. Y no lo pienso escribir con nombres tampoco, por las dudas.
Solo sé que con esa persona es distinto. Me siento distinto.
Miércoles, 19:23 p.m.
Ubicación: habitación. Luz tenue.
Estado emocional: mezcla de ternura, vergüenza y confusión.
Nivel de odio hacia el ser humano irritante del turno mañana: 8, bajó un poco porque me distraje mirando videos de bloopers de fútbol.
Querido diario:
No sé bien qué me pasa.
Estoy como... raro. Pensativo.
Tengo la cabeza llena de escenas repetidas. Como flashes. Momentos chiquitos. Palabras simples que se me quedan pegadas.
Hay alguien que me hace sentir así, sí. Que me hace pensar en cosas que no quiero pensar del todo. No porque estén mal. No es eso. Pero son nuevas. Raras. Como cuando abrís una app y no sabés qué botón tocar. Así me siento.
Y después está el otro.
El irritante. El molesto. El “Ross”.
El que siempre tiene que estar en todos lados, haciendo chistes estúpidos, como si fuera el protagonista de una sitcom.
Lo detesto. En serio. Cada vez que aparece, tengo ganas de cambiarme de curso. Si pudiera hacer como enFriendsy mudarme a Londres para escapar de Ross, lo haría, y no miraría atrás.
Igual, no sé por qué me afecta tanto. Capaz porque me pone nervioso su forma de mirarme.
Como si supiera algo.
Como si disfrutara provocarme.
Pero no, no. No hay chance de que me guste. No hay forma. Me saca. Me irrita. Me agota.
Lo otro... lo que siento por el de la sonrisa cálida y los rulos... eso sí es real. Eso sí me hace bien.
Y cuando estoy cerca de él, aunque sea unos segundos, siento que todo tiene un poco más de sentido.
Pero no puedo decírselo. No todavía.
Así que lo guardo acá, en este diario.
Porque este es mi espacio seguro.
El único lugar donde puedo decir la verdad sin que nadie me juzgue.
Mientras nadie lo lea, está todo bien.
Mientras nadie lo hackee, mi dignidad está a salvo.
¿Te imaginás?
¿Que alguien entre y lea todo esto?
Me muero.
Literal, me muero.
Y no de forma figurada. De forma real, dramática, adolescente y posiblemente viral.
Pero bueno.
Eso no va a pasar.
¿No?
Con ansiedad moderada,
Yo. Leo.








