La reina del último vals

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Un one-short sobre un amor demasiado ¿apasionado?

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16+

Vivieron felices y para ¿siempre?

Todos los deseos de encontrar a tu alma gemela se desvanece en falsas ilusiones y arrepentimiento; todo lo bonito acaba siendo tu peor pesadilla. No olvides y sobrevivirás.

Las últimas palabras de una de las sirvientas en su lecho de muerte antes de soltar su último aliento agonizante y dejar este mundo, el cual había sido su infierno desde que se metió en la cama del próximo duque. Atractivo por fuera, pero un verdadero demonio por dentro; pero más cruel es el amor que, aunque sabiendo, sigue provocando sin una pizca de piedad o compasión. Solo queda esperar a la próxima víctima y tener una vaga esperanza de que no tenga el mismo final desagradable.

Un país gobernado por generales sin una monarquía, los cuatro ducados que sobrevivieron a la masacre de los nobles y de la misma monarquía sin lograr entender el motivo de su perdón gobernaron con temor varios años hasta que el poder de nuevo se apoderó de los corazones de dichas familias convirtiéndolos arrogantes, despreocupados y creando de nuevo la desigualdad social.

La medicina avanza junto con la mano de la medicina y la cultura. El tonto que es analfabeto lo es porque quiere; el ladrón lo es por su falsa valentía y el estafador se cree que es el mejor de todos, así viéndose más patético, el ser capaz de lograr es el verdadero genio. Ha podido ganar su batalla, demás de conseguir beneficios.

Bajo el manto estrellado de una noche serena, una majestuosa estructura se alzaba como un sueño hecho realidad: un árbol de cerezo descomunal, cuyas ramas cubiertas de flores rosadas parecían abrazar el cielo. A su alrededor, una red de pasarelas elevadas se extendía en espiral, como si los senderos mismos hubieran sido bordados con hilos de luz. Cada tramo de madera crujía suavemente bajo los pasos de los visitantes, iluminados por faroles cálidos que colgaban como luciérnagas encantadas, danzando al ritmo de una brisa primaveral.

Los pétalos, delicados y persistentes, caían como lluvia de seda sobre las personas que paseaban por los puentes flotantes. Algunas parejas caminaban de la mano, envueltas en un silencio reverente, mientras otros se detenían a contemplar el panorama: más allá del árbol centenario, la ciudad resplandecía en la distancia, sus luces parpadeando como estrellas atrapadas en la tierra.

Era un lugar suspendido entre la realidad y el ensueño, donde el tiempo parecía detenerse, y donde cada paso ofrecía una nueva perspectiva de belleza y asombro. El árbol no era solo un símbolo de la vida y la renovación; era un santuario, un testimonio vivo de la armonía entre lo natural y lo humano, entre lo antiguo y lo eterno.

Nadie sabe cómo apareció aquel árbol lleno de leyendas, pero en aquel lugar siempre parejas demostrando su amor se reunían alrededor. La verdad que celos le daba al contemplarlos desde la lejania ojalá ella fuera una más de ese paisaje que admiraba con tanta anhelación. Su capa de terciopelo oscuro, bordada con aves doradas y hojas carmesí, ondeaba suavemente con el viento helado de la noche. Bajo la capucha, emergía un rostro etéreo, piel de porcelana bañada por la luz difusa del amanecer, labios suaves y cerrados como un secreto, y unos ojos azules profundos que parecían contener un océano profundo.

Su cabello, de un rojo encendido como el fuego de una promesa olvidada, caía en cascada sobre sus hombros, enmarcando su porte con una mezcla de nobleza y melancolía. Llevaba en el pecho un broche de plata con un rubí centelleante, como si guardara en su interior un poder dormido, una historia que aún no había sido contada.

Marcho hacia su hogar antes de echar su último vistazo al lugar y camuflarse entre la gente que ahora se levantaban para empezar el día entre la sombra de la noche ella caminaba a paso rápido sabiendo todos los atajos para no ser descubierta por nadie pudo llegar a su hogar donde la pobreza no tenía un lugar.

Al amanecer, cuando el cielo aún titubeaba entre el oro y el carmesí, se alzaba el palacio de los sueños como un suspiro esculpido en piedra y magia. Sus torres azul zafiro rasgaban las nubes, coronadas de oro, como si los dioses mismos hubieran bendecido sus cúpulas. El aire estaba impregnado del dulce aroma de rosales en plena floración, cuyos pétalos parecían pinceladas de un pintor enamorado del crepúsculo.

El sendero central, un espejo bruñido que duplicaba el cielo y las agujas del castillo, guiaba los pasos como si invitara a cruzar hacia otro mundo. A los lados, jardines perfectamente simétricos estallaban en color y fragancia, abrazando con delicadeza antiguos espejos dorados, como portales a recuerdos olvidados o futuros que aún no han nacido.

Las murallas laterales, eternamente vigilantes, estaban adornadas con vitrales que contaban historias de amores eternos, pactos secretos y batallas ganadas con la fuerza del alma. Y en el corazón del recinto, se alzaba la gran puerta, entreabierta, como si aguardara a quien tuviera el valor de soñar despierto y cruzar el umbral hacia la eternidad.

Desde cualquier expectativa, era deslumbrante la belleza que desprendía su hogar lleno de naturaleza, el claro poder de uno de los ducados, la casa Valemyr y la más alejada de la política, donde se centran en el bienestar, líderes de la medicina y el manejo del arco. Familia que destaca su color del cabello rojizo y su lealtad a cuidar a aquellos que no pueden, aunque algunos miembros no cumplan como pasa con su hermano mayor, un completo don juan.

En un cambio de guardias ella pudo entrar sin ser descubierta por el personal encargado de tener su casa en perfecta condiciones subió escaleras mientras se cogía sus faldas para no tropezar después corrió hacia el pasillo a su derecha para luego unos pocos metros detenerse y abrir la puerta de su habitación. La luz del amanecer se filtraba con dulzura a través de los ventanales ojivales, bañando la estancia en una calidez dorada que danzaba entre los reflejos del mármol pulido y los bordes dorados de los muebles. Las columnas revestidas en mármol rosado se alzaban majestuosas, cubiertas por enredaderas de rosas que caían en cascada como suspiros detenidos en el tiempo.

El dosel del lecho, tejido en seda marfil y bordado con hilos de oro, caía con la gracia de un velo nupcial sobre la cabecera tallada en formas celestiales. El aire olía a gardenias y jazmines, un perfume etéreo que parecía flotar entre los rincones dorados y los tapices antiguos. Cada objeto tenía una historia; cada flor, un susurro. Fue a su cuarto de baño donde se bañó para eliminar cualquier prueba de que había salido al exterior, no pudo disfrutar de la tranquilidad que le daba estar en el agua donde toda preocupación se extinguía, luego de unos minutos salió del agua poniéndose un albornoz y escondiendo la ropa en un armario donde exclusivamente tenía recuerdos de sus viajes al exterior. No tardó en que varias sirvientas aparecieran de la nada, empezando a ayudarla a vestirse y arreglar su cabello. La luz tenue acariciaba los pliegues del tejido, como si el propio cielo estuviera rindiéndole homenaje. Era un vestido que no se vestía con el cuerpo, sino con el alma.

El corpiño abrazaba el busto con la delicadeza de un suspiro, entrelazando finos hilos que parecían hechos de luz rosada. Se abría en un escote corazón, sutil y majestuoso, como si desvelara un secreto antiguo. De sus hombros caían mangas translúcidas, como brumas de amanecer, flotando con cada imaginaria brisa. La falda se desplegaba como un río encantado, una cascada de capas vaporosas que se fundían en tonos de rosa empolvado y azul nacarado, como el cielo y la aurora entrelazados en un abrazo eterno. Cada capa danzaba con un vuelo propio, bordada apenas por diminutas perlas que simulaban estrellas atrapadas. Era más que un vestido; era un hechizo tejido, una promesa de lo imposible. Quien lo portara, no caminaría: flotaría. No hablaría: cantaría. No existiría: resplandecería. Así era la creación nacida de un sueño, atrapada en tela y eternidad.

Fueron lo demasiado hábiles que terminaron de arreglarla a la hora justa para desayunar con su familia que no veía más completa hasta la caída del sol, dejaron su melena suelta haciendo que sus rizos hicieran su simple peinado, agradeció y salió de nuevo con su paso elegante, pero con rapidez hacia el comedor donde todos los asientos estaban ocupados por cada miembro de la familia excepto uno al lado del jefe de la familia, es decir el duque. Saludé a todos con una leve reverencia antes de caminar hacia aquel asiento en el cual un mayordomo hecho para atrás para que mi vestido no se arrugara al sentarse. Ya sentada y acomodada en su lugar, empezó el desayuno, donde los sirvientes echaban en las copas o vasos leche o café. Varios platos se vaciaban del centro de la mesa, del cual retiraban los criados rápidamente, colocando más comida.

Nysa, hija mía, apenas tienes comida en tu plano. ¿Acaso no es de tu agrado el desayuno de hoy?—habló el duque echando un vistazo al plato casi vacío para devolverle la mirada a su contraria—. Padre, no os preocupéis, el desayuno es exquisito, solo que estoy nerviosa por esta noche. Esta noche debo estar radiante para no deshonrar a la familia con mi debut en la sociedad. —Expreso con cierto nervio, esperaba que no siguiera la conversación a más.

Y así sucedió, su padre no habló más, únicamente echó más comida en el plano y con solo una mirada sabía que debía comerlo todo sin causar más molestias. Pronto el silencio cesó, pero esta vez se trataba sobre aquella sirvienta encontrada sin vida. Aquella sirvienta, amante de mi hermano, se había quitado la vida por amor, si en él cierta culpa tuvo por no aclarar que no era nada seria y dar ilusiones también a la sirvienta por creer que podría cambiar a una bestia que ya se conocía. Aunque con su sacrificio logró que el cabeza de familia le diera una advertencia para que dejara de provocar estos accidentes, no era el primero ni tampoco el último.

La luna llena se alzaba como un farol de plata sobre los torreones del Palacio de las Luminarias, derramando su luz sobre las agujas de cristal y los vitrales centelleantes que bordeaban el salón. Aquella noche, el firmamento era un tapiz de estrellas silenciosas, como si el universo mismo contuviera el aliento para no interrumpir la armonía de aquel instante suspendido en el tiempo.

Dentro del gran salón, los ecos de una música etérea serpenteaban entre los arcos góticos y las columnas doradas. La cúpula abierta al cielo permitía que la noche abrazara el interior con su frescura y misterio, y cada rincón destellaba con luces cálidas que oscilaban entre lámparas colgantes como luciérnagas atrapadas en cristal.

Damas y caballeros, ataviados con túnicas y vestidos que se deslizaban como sombras entre espejos, danzaban en círculos perfectos. El mármol del suelo reflejaba cada movimiento, como si el palacio entero fuese un lago encantado donde el tiempo flotaba con la cadencia de un vals eterno. Los árboles, sembrados dentro de la sala y decorados con delicadas luces doradas, susurraban secretos a las paredes centenarias.

En lo alto de la escalinata de mármol, bajo la lluvia dorada del gran candelabro, apareció ella: la dama de la corona silente. Su vestido, teñido en la intensidad del vino y bordado con hilos de luz y escarcha, flotaba a su alrededor como si la gravedad misma la respetara. Cada paso que daba dejaba un suspiro en el aire, un eco contenido entre los pliegues de terciopelo carmesí y encajes de plata. El salón real enmudeció ante su presencia. La corte, acostumbrada al esplendor, contenía el aliento ante aquel fulgor sereno que no provenía ni del oro ni de las joyas, sino de la dignidad impasible con la que ella descendía. Una tiara de cristales antiguos descansaba en su cabello recogido con la precisión de una constelación, y sus labios esbozaban la promesa de un secreto jamás revelado.

Nadie se atrevía a hablar de lo que realmente sabían: que aquella no era una aparición más del baile. Era la hija de uno de los grandes ducados, la hija de la prosperidad. Y, sin embargo, ella no buscaba la atención, ni la corona, ni la gloria. Solo miraba entre los presentes, como buscando a alguien… o algo… que aún no había llegado. El ambiente vibraba con una mezcla de anhelo y destino. Porque todos sabían que, esa noche, bajo los hilos dorados del pasado, algo cambiaría. Y en el centro de todo, vestida de rubí y nieve, estaba ella.

Era el centro de las miradas, algo que le satisfacía saber y sentir. La verdad no tenía intención de bailar con nadie a excepción de aquella persona que compartiría su vida hasta el día de su muerte. Alzó su vista y ahí pudo verlo después de tantos años, solo mandando cartas sin una respuesta. Él entró por la puerta principal, con el paso firme de quien ha cruzado tierras prohibidas y mares sin nombre. Su armadura negra brillaba débilmente con destellos azulados, como si las constelaciones se reflejaran en ella. Su cabello largo y oscuro caía sobre sus hombros, mojado por la bruma de la noche. Pero sus ojos… sus ojos no buscaron nada más que a ella.

Ella ya estaba en la pista, envuelta en un vestido marfil que se movía con la delicadeza de un suspiro. El tul plateado bordado con constelaciones temblaba al ritmo de su respiración. Su melena roja caía en cascadas de fuego, iluminando la penumbra, y sus manos temblaban, aunque no de frío. Cuando se vieron, el mundo se detuvo. No hubo palabras. Solo la certeza cruel de los años perdidos y la promesa latente de una segunda oportunidad. Él se acercó sin romper el contacto de sus miradas, y cuando extendió la mano, ella no dudó. Como si el tiempo entre ellos jamás hubiera pasado, como si cada latido desde su separación hubiera sido solo una espera sagrada para ese instante.

Comenzaron a bailar.

No había música, y, sin embargo, cada giro, cada paso, era perfecto. El salón, el cielo, la luna misma, parecían inclinarse para presenciar aquel reencuentro de almas desgarradas por la guerra, el deber y el destino. Y en medio del vals callado, cuando sus frentes se rozaron, él susurró lo que nunca se atrevió a decir la primera vez:

—Te encontré… incluso después de la oscuridad.

Ella cerró los ojos. Y, por primera vez en años, sonrió.

La danza se volvió más rápida. Más desesperada. Como si sus cuerpos intentaran recordar todo lo que sus corazones habían olvidado… o reprimido. Las risas apagadas de los demás invitados desaparecieron. Solo quedaban ellos, girando en un ciclo sin principio ni fin, atrapados entre el deseo y el veneno que los había unido desde el principio.

Ella lo había amado. Con la fuerza ciega de una joven que cree que el amor puede salvarlo todo. Incluso a él.

Pero ahora, mientras sus manos apretaban las suyas con una firmeza casi dolorosa, recordó el porqué de su huida. Los celos. Las palabras envenenadas. El aislamiento. El miedo disfrazado de protección. Él la amaba, sí, pero no de la forma en que debía ser amada. Él la amaba como quien quiere encerrar una flor para que no la toque el viento. Como quien teme más perder que herir.

—¿Por qué volviste? —susurró ella, la voz apenas audible, mientras sus pies se deslizaban como si el suelo ardiera bajo sus pasos.

—Porque no puedes ser de nadie más —respondió él, y su voz no temblaba, sino que caía como una sentencia.

Entonces ella lo sabía.

Él no había venido a redimirse. No había cruzado reinos por perdón ni por justicia. Lo había hecho para volver a poseerla. A su manera. Una manera envuelta en seda, en promesas de protección, en besos que sabían a cadenas.

La música, invisible, pero presente, pareció estallar en una nota final.

Él la tomó por la cintura, demasiado fuerte. Ella lo miró, con los ojos llenos de tristeza, no de miedo. Pero ya lo conocía. Aun así, había esperado que el amor que sintieron alguna vez venciera al monstruo que lo habitaba.

Pero el monstruo había ganado.

—No puedes marcharte de nuevo —dijo él, y sus labios rozaron su mejilla como una daga envainada.

Ella sonrió. Dolorosamente. Hermosa, incluso en la derrota.

—Entonces terminemos el vals.

Fue un instante.

Nadie vio la hoja delgada brillar entre sus dedos. Nadie vio cómo se la hundió suavemente entre las costillas mientras aún bailaban. Él jadeó, sorprendido, con los ojos llenos de traición. Pero ella lo sostuvo con ternura, como si fuera él quien estuviera muriendo.

Y lo estaba.

Cayeron juntos, los dos arrodillados, como si rezaran al mismo dios que los había condenado a encontrarse. El vestido de ella, rubi brilloso antes, se tiñó de un rubi oscuro dejando atras su hermoso brillo. Su corazón había dejado de doler… al fin. Y él, al caer, la tomó entre sus brazos una vez más.

—Si no eras mía viva —susurró con su último aliento—, lo serás en la muerte.

Los candelabros se apagaron uno a uno. Y la noche los abrazó, cerrando el telón sobre un amor que nunca debió volver a nacer.




“La Reina del Último Vals”


Relato encontrado en los Archivos del Convento de las Lunas Roja.

“No todo amor merece canciones, niño… Algunos solo merecen silencio. Y otras, advertencias.”

— Fragmento del Testimonio de Sor Élidra, la última doncella del baile.

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Dicen que si entras al Salón de los Espejos, justo cuando la luna llena alcanza su punto más alto, puedes escuchar la música.

No la de los músicos del reino, ni la que entonan los bardos en las tabernas. Es otra. Antigua. Dolorosa. Una melodía que viene desde las paredes mismas, como si estuvieran condenadas a recordar.

Muchos creen que es solo una leyenda. Pero yo vi los retratos. Vi los nombres tachados en los libros ducados. Y escuché la historia de labios de una anciana que no dormía desde hace cincuenta años.

La historia de la dama de la belleza y el caballero de sombras.

Ella era la princesa del ducado Valemyr, prometida a un destino más grande que ella misma. Él… un príncipe sin reino, marcado por la guerra y la sangre. Se conocieron en un tratado de tregua, bailaron una vez, y con ese único vals, lo arriesgaron todo.

Pero lo que comenzó como pasión se volvió prisión.

Él no quería compartirla con el mundo. Ella no quería ser suya por miedo. Se amaron con una furia que quemaba, que enfermaba, que arrastraba a todos a su alrededor. Ella huyó una noche, rompiendo la paz y dejando tras de sí solo un susurro: «no volveré a ser su reflejo».

Años después, él regresó durante el baile de mayoría de edad de las señoritas.

Ella lo vio entre la multitud… y bajó sola al salón, como si estuviera preparada para el final. Nadie supo qué se dijeron. Nadie oyó sus promesas o sus amenazas. Solo los vieron bailar, como si el mundo ya no existiera.

Y luego, el silencio.

Los encontraron abrazados en el centro del salón, con los labios casi tocándose y la sangre uniendo sus cuerpos como una última promesa. Nadie sabe quién apuñaló a quién. Nadie quiso saberlo.

Desde entonces, el salón quedó sellado.

Pero algunos juramos que aún bailan allí. Que cada luna llena, reviven su última noche. No por amor.

Sino porque el amor, cuando duele demasiado, no muere… solo se transforma en leyenda. ic]Dicen que si entras al Salón de los Espejos, justo cuando la luna llena alcanza su punto más alto, puedes escuchar la música.

No la de los músicos del reino, ni la que entonan los bardos en las tabernas. Es otra. Antigua. Dolorosa. Una melodía que viene desde las paredes mismas, como si estuvieran condenadas a recordar.

Muchos creen que es solo una leyenda. Pero yo vi los retratos. Vi los nombres tachados en los libros ducados. Y escuché la historia de labios de una anciana que no dormía desde hace cincuenta años.

La historia de la dama de la belleza y el caballero de sombras.

Ella era la princesa del ducado Valemyr, prometida a un destino más grande que ella misma. Él… un príncipe sin reino, marcado por la guerra y la sangre. Se conocieron en un tratado de tregua, bailaron una vez, y con ese único vals, lo arriesgaron todo.

Pero lo que comenzó como pasión se volvió prisión.

Él no quería compartirla con el mundo. Ella no quería ser suya por miedo. Se amaron con una furia que quemaba, que enfermaba, que arrastraba a todos a su alrededor. Ella huyó una noche, rompiendo la paz y dejando tras de sí solo un susurro: «no volveré a ser su reflejo».

Años después, él regresó durante el baile de mayoría de edad de las señoritas.

Ella lo vio entre la multitud… y bajó sola al salón, como si estuviera preparada para el final. Nadie supo qué se dijeron. Nadie oyó sus promesas o sus amenazas. Solo los vieron bailar, como si el mundo ya no existiera.

Y luego, el silencio.

Los encontraron abrazados en el centro del salón, con los labios casi tocándose y la sangre uniendo sus cuerpos como una última promesa. Nadie sabe quién apuñaló a quién. Nadie quiso saberlo.

Desde entonces, el salón quedó sellado.

Pero algunos juramos que aún bailan allí. Que cada luna llena, reviven su última noche. No por amor.

Sino porque el amor, cuando duele demasiado, no muere… solo se transforma en leyenda.