Te Enseñaré A Amar by Paul Valdvieso at Inkitt
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Te enseñaré a amar

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Summary

Sebastián creía que había cerrado su corazón para siempre... Hasta que Saúl llegó con una sonrisa, una mirada, y la promesa de un amor que no sabía que necesitaba. Entre pérdidas, miedos y primeras veces, Sebastián tendrá que decidir: ¿huir de lo que siente o atreverse a vivirlo? Una historia sobre sanar heridas, descubrir quién eres, y encontrar el valor para amar cuando más duele.

Status
Ongoing
Chapters
25
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

El sonido de las gotas de lluvia, que caían con una cadencia casi musical sobre el cristal de la ventana, me envolvía en una atmósfera de relajación y soledad. La soledad era un hecho ineludible, y aunque me dolía aceptar esa verdad, regresaba a este lugar una vez cada cinco o seis meses. Aquella cafetería, poco concurrida y siempre acogedora, se convertía en mi refugio. El aroma del café recién hecho y la dulzura de las galletas de nata invadían mis sentidos. Como de costumbre, pedía dos cafés y dos galletas, aunque en realidad, solo una era para mí; la otra, reservada para alguien muy especial.


El lugar, con su enorme ventanal que se asomaba al parque, ofrecía un espectáculo visual. Los árboles, majestuosos, se vestían de un manto de hojas que oscilaban entre el verde vibrante y el marrón terroso. En ciertas épocas del año, los guayacanes florecían, brindando un espectáculo de color que me arrastraba a la belleza de la naturaleza. La cafetería, de estilo vintage, contaba con una pared repleta de libros, algunos de ellos olvidados por el tiempo, otros más recientes, como una edición moderna de "El Principito" que yo mismo había donado. Sin embargo, lo que más captaba mi atención era una pared negra, cubierta de refranes, frases sentimentales y nombres. Cada uno de esos nombres llevaba consigo una historia, un eco de vidas pasadas. Me detuve a imaginar las narrativas ocultas tras cada firma, y aunque algunos pudieran considerar extraño mi pasatiempo, para mí era un ejercicio de creatividad inofensiva. En ocasiones, compartía estas historias con Sam, tejiendo juntos relatos de desconocidos.


Ya habían transcurrido dos horas desde que terminé mi café y mi galleta, y mientras leía un artículo sobre la fidelidad de las orcas —un tema peculiar, lo reconocía—, no podía evitar relacionar mis emociones con la vida de esos majestuosos mamíferos. A veces me sentía como una orca, atrapada en un ciclo interminable de conexiones efímeras, donde cada nuevo encuentro se sentía como un depredador que se llevaba a quien comenzaba a conocer. Pero todo cambió en el momento en que Sam llegó.


Ese lugar, en realidad, era más especial de lo que parecía. Pronto se revelaría su verdadero significado.


Te estarás preguntando sobre el otro café y la otra galleta. ¿Para quién eran? Si pensaste que esperaba a alguien, permíteme aclararte que desde hacía dos años, este ritual se había convertido en mi manera de recordar. Solía venir allí con Sam, compartiendo risas y confidencias, desintoxicándonos del estrés cotidiano. Hablábamos sobre el futuro, sobre nuestros sueños, y por eso esa cafetería era un refugio sagrado para mí, a pesar de que ya no la visitaba con la misma frecuencia. Y aunque podría narrar la historia de cómo descubrimos este lugar, sería adelantarme demasiado.


Recuerdo aquel día, justo antes de cumplir ocho años. Mi madre me dijo que organizaría una fiesta en el patio de casa y que podría invitar a mis compañeros. Con la emoción de un niño, escribí los nombres en una lista para enviar las invitaciones. En el fondo, siempre supe que mis amigos eran pocos; cuatro nombres, cuatro almas con las que compartía el recreo.


—¿Estás seguro de que solo quieres invitar a cuatro de tus compañeros? —preguntó mi madre, con una mezcla de sorpresa y confusión al ver la lista.


—Sí, mamá, ellos son mis amigos —respondí con determinación—. Con ellos juego al fútbol después de clases.


Ella sonrió, acariciando con ternura mi cabello, y sacó uno de esos caramelos de miel que siempre me habían gustado de su delantal.


—Recuerda que tu cumpleaños es en dos días. Aún puedes invitar a más compañeros.


Mientras saboreaba el caramelo, me sentí fuerte y decidido.


—Estoy seguro, solo ellos, ustedes y la tía Clara, si es que viene.


La sonrisa de mi madre me iluminó el día, y me mandó a ducharme, pues venía de la práctica de fútbol, cubierto de tierra y sudor.


Al día siguiente, antes de ir a la escuela, mi madre me entregó las invitaciones, cada una en un sobre con el nombre de mis amigos. Me despedí de ella, y justo entonces, mi hermana Sofía, con su cabello alborotado y sus pantalones que le quedaban grandes, salió de su habitación.


—¡Feliz cumpleaños, Sebastián! —gritó, con la alegría de un niño inocente.


Mi madre rió suavemente, corrigiendo a Sofía.


—No, Sofi, el cumpleaños de Sebastián es mañana, no hoy.


El ceño fruncido de mi hermana expresaba su confusión, justo cuando sonó el claxon del auto de mi padre. Mi madre, apresurada, me entregó mi almuerzo, me dio un beso en la mejilla y nos despedimos. Al subirme al auto, vi cómo mi madre y Sofía se quedaban en la puerta, despidiéndose con la mano.


A unas calles más abajo, mi padre sacó una pequeña caja de su maletín.


—¿Qué es? —pregunté, intrigado.


—Ábrela. Mi padre me la dio cuando cumplí diez años, pero creo que ya estás listo para cuidarla.


Intenté abrir la caja con ansiedad, pero encontré otra, de madera, sellada de tal forma que parecía un rompecabezas imposible de resolver. La sonrisa de mi padre me alentaba mientras yo luchaba por descubrir su contenido.


—Tuve la misma reacción que tú —dijo—. Pero no lo entendí hasta que mi padre me lo explicó. La caja no es un juguete. Contiene la respuesta de quién eres, pero no será necesario abrirla hasta que te sientas perdido.


Lo miré, con un aire de desconcierto, pero le sonreí. La idea de no saber quién era me parecía absurda. Todos saben quiénes son, ¿no? Recordé la vez que me perdí en un centro comercial a los cinco años, y pensé en cómo habría sido más fácil encontrar a mis padres si hubiera tenido esa caja.


Guardé la caja en mi mochila, me despedí de mi padre con un abrazo y bajé del auto.


—Sebastián, eres un buen chico. No llegues tarde. Te amo —me dijo con una mirada sincera.


—Yo también, papá.


Las horas en la escuela transcurrieron como un suspiro. Antes de darme cuenta, el día había llegado a su fin, y el entrenamiento de fútbol me esperaba. En los vestuarios, recordé las invitaciones y, mientras mis compañeros se dirigían al campo, entregué la invitación a Matías, pidiéndole que le diera la de Theo, quien no había asistido a clases.


En el campo, el entrenador nos indicó que comenzáramos a calentar.


—Muy bien, todos a calentar. El que no lo haga bien, no jugará.


Su tono era más severo desde el accidente de Mario, un chico de un curso superior que se lesionó por no calentar, lo que generó una ola de reclamos por parte de los padres.


De repente, el tiempo se escurrió entre mis dedos. El silbato del entrenador sonó, marcando el final del partido. Salí del campo, recogí mis cosas y acompañé a Matías a la puerta de la escuela, donde esperábamos a nuestros padres. Un auto rojo se detuvo frente a nosotros. Era su madre, una señora amable y un poco regordeta.


—¿Cómo les fue, chicos? —preguntó con una sonrisa.


—Bien —respondimos al unísono, y Matías subió al auto.


—Sebastián, ¿quieres que te llevemos a casa? —ofreció la madre de Matías.


—No, no se preocupen. Mi papá debe estar cerca. Lo esperaré aquí.


Matías y su madre me miraron con inquietud, pero les aseguré que estaba bien. Matías se despidió con un gesto, y mientras el auto se alejaba, le grité:


—¡No te olvides de darle la invitación a Theo!


Me senté en las gradas, esperando a mi padre. Saqué la caja que me había dado por la mañana y la observé con curiosidad. Era hermosa, con unas iniciales y el año "1944" grabados en la base. La importancia de esa caja me intrigaba, pero sabía que no podría abrirla. Las lámparas de la calle se encendieron, y el sol se ocultó tras el horizonte. Mi padre aún no llegaba.


Decidí esperar un poco más, pero al final, su ausencia me llevó a casa, a unos treinta minutos a pie. El camino familiar me llevó a la pizzería donde solíamos ir. Recordé la última vez que estuvimos allí, cuando una rata apareció bajo nuestra mesa y mi madre gritó horrorizada. Mi padre, furioso, nunca volvió a ese lugar, y yo, nostálgico, añoraba la mejor pizza de queso de la ciudad.


Al poco tiempo, llegué a la casa de doña Gata, la mujer con más gatos en la ciudad. Recordé un día en que ella y mi madre conversaban en el jardín, y un gatito negro salió de entre sus senos. Cuando le pregunté cómo había llegado allí, mi madre me miró con desaprobación, pero doña Gata simplemente sonrió y respondió:


—Tenía frío, así que lo estaba calentando.


Finalmente, llegué a casa, y para mi sorpresa, varios autos estaban estacionados en la cuadra. Vi a algunos vecinos en el porche, y al acercarme, escuché a mi tía Clara, preocupada:


—¿Alguien ha visto a Sebastián? ¿Por favor, alguien sabe dónde está?


Al subir las escaleras, dos vecinos se levantaron de sus sillas y, sin decir nada, me abrazaron. Al entrar, el ambiente era denso; varias vecinas lloraban en la sala. La confusión me invadía.


—¡Mamá! ¡Papá! ¿Dónde están? ¿Qué está pasando? —pregunté, con la voz entrecortada.


Mi tía Clara salió de la cocina, con los ojos hinchados y la espalda encorvada. Al verme, comenzó a llorar y me abrazó con fuerza.


—Tía Clara, ¿qué está pasando? —insistí, intentando comprender.


Tomándome de la mano, me llevó a mi habitación. Sentado en la cama, la miré a los ojos, buscando respuestas.


—Tienes que ser fuerte, Sebastián —me dijo, su voz temblando.


Un nudo se formó en mi estómago. Las lágrimas cayeron por mis mejillas mientras comprendía lo inevitable.


—Tus papás tuvieron un accidente... ya no... —comenzó a explicarme, pero yo ya sabía.


—Ya no están con vida... ellos murieron, ¿verdad? —completé su frase, sintiendo que el mundo se desmoronaba a mi alrededor.


Mi tía me abrazó con una fuerza que buscaba consolar, pero dentro de mí solo había vacío. Las horas se deslizaban, y yo permanecía allí, atrapado en un mar de recuerdos que se desvanecían. Un miedo profundo me invadía: el temor de olvidar a mis padres para siempre. En un arranque de frustración, comencé a lanzar todo lo que encontraba a mi alrededor. Sin darme cuenta, tomé uno de mis juguetes y lo lancé contra el espejo de cuerpo entero. El vidrio se hizo añicos, y el dolor en mi mejilla izquierda me sacó de mi trance. Al ver la sangre en mi mano, mi visión se nubló, y lo último que recuerdo es una imagen borrosa de la puerta abriéndose.


Pasaron horas, y de repente, la preocupación por Sofía se apoderó de mí. Busqué a mi tía, pero no la encontré. Doña Gata había ofrecido cuidarme mientras ella organizaba el funeral de mis padres. Esperé ansiosamente su retorno. Cuando finalmente llegó, su rostro reflejaba la gravedad de la situación.


—Sofi estaba en el asiento trasero en el momento del accidente, y los traumatismos del choque la han dejado en coma —me explicó, con un tono que retumbaba en mi mente una y otra vez.


A la mañana siguiente, me encontraba en el cementerio, despidiéndome de mis padres. Sus tumbas, una al lado de la otra, estaban bajo la sombra de un manzano, y lentamente, los presentes comenzaban a marcharse. Solo quedamos mi tía Clara y yo.


—Aunque tus padres ya no estén físicamente, recuerda que siempre estarán contigo —me dijo, señalando mi pecho—, en tu corazón.


Fue en ese momento cuando comprendí que lo que más amaba se había desvanecido. Esa tarde, visité a Sofía en el hospital. Ver a mi pequeña hermana en esa cama, rodeada de médicos y cables, me desgarró el alma. No sabía si sobreviviría. Esa noche, al regresar a casa, me recosté en la cama de mis padres. Su aroma, aún impregnado en las sábanas, me brindó un consuelo efímero. Cerrando los ojos, por un breve instante, sentí que aún estaban allí. Al agacharme para recoger las pantuflas de mi padre, descubrí una funda de regalo oculta bajo la cama. En ese instante, comprendí que el día de mi cumpleaños había sido transformado en el día del funeral de mis padres.


Seis días después, Sofía perdió la batalla. Fue un funeral pequeño, y la enterramos junto a mis padres en el primer día de otoño.

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