Ninguna Simpatía
Taehyung conoció a Park Jimin cuando tenía solo nueve años.
Para aquel entonces, Jimin no era el primer chico con el que su hermano mayor aparecía de la mano. De hecho, era algo casi rutinario. Desde que Hyungmin había cumplido quince años, cada verano se aparecía con un chico nuevo en su casa vacacional en Busan, se divertía con él durante unas semanas, y luego se olvidaba para siempre.
Taehyung no tenía que ser muy maduro para entender que su hermano era un rompecorazones.
Y aunque nunca le puso atención a esos chicos dispensables para Hyungmin, en ese momento pensó que Jimin era el joven más hermoso que alguna vez había visto en su vida. Y no se refería solo al más hermoso de los múltiples “amigos” de su hermano.
Taehyung no estaba interesado en la gente más allá de su grupo de amigos en Daegu y los youtubers que se pasaba viendo hasta la madrugada durante los meses más calurosos. Poco le interesaba la mecánica de la estética y la apariencia exterior, y para él lo más parecido a algo “lindo” era la forma en la que su madre sonreía cuando lo veía jugar en la playa, o ese brillo especial en los ojos de su padre cuando la miraba a ella.
Pero, incluso con nueve años y ningún interés por la belleza, Taehyung sabía que Jimin era una persona hermosa. Tanto, que le costaba entender cómo un joven así se había fijado en su hermano.
Taehyung quería a Hyungmin. Era su hermano, después de todo. Pero eso no quitaba que, de forma objetiva, supiera que era poca cosa para alguien como Jimin.
Y no solo se trataba de su físico. De hecho, eso era lo de menos. Hyungmin era atractivo, era un Kim, después de todo. Pero Taehyung siempre supo que estaba destinado a romper todo lo que tocaba. Porque la belleza no se trataba solo de que tan musculoso estuviera, ni de que tanto cuidara su piel o peinara su cabello. Hyungmin era una persona fea por dentro, y Taehyung se preguntó desde el primer minuto cuánto tardaría Jimin en darse cuenta.
Cuánto tardaría Hyungmin en romperlo.
Cuando tenía nueve años, el pensamiento había sido más bien una bruma abstracta precedida de una leve sensación de pena por aquel joven de sonrisa amigable, labios pomposos y ojos brillantes. Ahora, doce años después, el pensamiento era el aviso de que, si su hermano decidía arriesgar a alguien tan valioso como Jimin, Taehyung iba a destruirlo.
Porque Taehyung ya no era un niño, ni Jimin el bonito novio de su hermano mayor que sonreía con dulzura al verlo o le revolvía el pelo con cariño. Taehyung tenía veintiún años y un revoltijo de sentimientos en su barriga que no podía expresar con claridad, pero que se resumían en que estaba dispuesto a quemar el mundo entero por Park Jimin.
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