Capítulo 1
“A veces, el mayor error no es invocar lo que da miedo... sino confiar en que te protegerá.”
No sabía qué me acechaba. Solo que era algo oscuro, invisible, violento. Caminaba por calles conocidas, con casas alineadas en silencio, como si algo se hubiera detenido en el tiempo. El cielo era gris, y todo tenía ese aire desolado que anuncia que algo no está bien.
No corría. No gritaba. Solo buscaba algo, aunque no sabía qué. Y entonces, lo encontré: el lago.
Estaba apartado de la ciudad, no muy lejos, rodeado de árboles altos y delgados, con raíces torcidas y ramas que crujían sin viento. El agua era gris, como el cielo, y sobre su orilla estaba ella.
La Llorona.
Con su vestido blanco empapado, goteando en silencio. Su rostro pálido, casi azul por el agua. Ojos negros profundos como pozos, llenos de ira y compasión a la vez. Su cabello oscuro y húmedo se pegaba a su piel como si aún la retuviera el agua del fondo. No se movía. No lloraba. No gritaba. Solo existía.
No sentí miedo. Sentí... tranquilidad. Como si, al encontrarla, hubiese encontrado una solución a un miedo que ni yo mismo entendía. Me acerqué. Le tomé la cabeza con las manos, como si fuera algo frágil, y simplemente me la llevé conmigo.
Ella no se resistió. No huyó. No dijo una palabra. Solo me miró con esa frialdad ausente. Pero dejó que la guiara.
El patio
Llegamos al patio de mi casa. Estaban mis padres, mis hermanos y otros familiares. Todos la vieron. Todos me vieron. Nadie dijo nada, pero sus miradas estaban llenas de horror, como si no pudieran creer lo que yo acababa de traer con tanta calma.
Yo, sin embargo, me arrodillé con ella frente a ellos. Levanté su rostro, y la obligué suavemente a mirar a cada uno.
-Ella nos protegerá. A todos. No nos pasará nada.
Nadie me respondió. Nadie se acercó. Pero nadie se atrevió a negar lo que acababa de decir.
Lo que vino después
Ella no habló, nunca lloro, solo se quedaba quieta observando.
Solo aparecía cada noche, al fondo del patio, sentada sobre la tierra mojada. El vestido aún goteaba. El silencio, también.
Y la casa... cambió.
Mi hermano menor, que siempre se enfermaba, empezó a mejorar. Dormía tranquilo. Reía. Ya no tosía.
Mis padres volvieron a hablarse. Las discusiones cesaron. Las risas regresaron. Pero nadie volvió a mencionar a La Llorona. Ni siquiera yo.
Era como si todos supiéramos que su presencia era un acuerdo sin palabras, uno del que no entendíamos las condiciones.
Y yo soñaba. Con el lago. Con ella. Mirándome desde la orilla.
Lo que no se promete, no se rompe
Los días siguieron.
Ella no hablaba. Nunca lo hizo. Solo nos miraba desde la sombra del patio, a veces sentada, a veces de pie, siempre con ese vestido blanco que ya no secaba nunca.
La familia ya no discutía. Ya no gritaba. Ya no se equivocaban. El miedo había hecho su trabajo.
Pero era un miedo distinto. No era temor a un castigo físico. Era otra cosa… como si supieran que sus errores podían despertar algo que no perdona dos veces.
Y aunque yo me sentía en paz, en el fondo, empecé a notar la grieta: ella nunca prometió nada.
Nunca dijo que nos cuidaría.
Nunca asintió.
Nunca me miró como alguien que acepta un pacto.
Solo vino. Y se quedó.
Y entonces entendí algo.
Mi hermano menor seguía mejorando. Jugaba, reía, dormía como nunca antes.
Pero su risa no era la misma. Era como si hubiera empezado a vivir en otro ritmo, uno más suave, más lejano… como si ya no estuviera del todo aquí.
Una noche, la última, volví al lago.
Ella ya me esperaba allí, como si nunca hubiera dejado ese lugar. Parada en el agua, con los árboles en silencio a su alrededor, como si fueran testigos de un juicio mudo.
Me acerqué. Ya sin la confianza de antes.
—¿Por qué lo elegiste él? —le pregunté, aunque no sabía si esperaba una respuesta.
Ella me miró.
No con crueldad. Ni con ternura. Solo con esa mirada hueca, resignada, cansada de siglos.
No respondió.
Y entonces lo comprendí: yo nunca le pedí que nos cuidara a todos. Solo le pedí protección. Y ella eligió a quién iba a proteger.
Su mano se levantó apenas, como señalando hacia la nada. Pero yo entendí el gesto.
Mi hermano estará a salvo. Pase lo que pase, él estará bien.
Después, se giró.
Y sin hacer ruido, se hundió lentamente en el agua, como si volviera a donde pertenece.
No la detuve, la deje ir sin hacer o decir más, al menos me daba algo de paz saber que mi hermano estaría a salvo toda su vida.
Desde ese día ya no volvimos a ver a la llorona, pero aun así nuestra actitud ya nunca fue mala por temor a una represalia. Pero nos daba algo de miedo pensar que algún día decidiera venir por mi hermano.
“Ella nunca prometió protegernos. Solo me dejó creerlo. Porque mientras yo pensaba que la guiaba... ella ya sabía a quién venía a llevarse.”
