Prólogo
Holaa, es mi primer fanfic para el fandom de Epic: The Musical. La pareja principal es Antínoo × Telémaco, pero también habrán interacciones secundarias como Odiseo x Penélope, y alguna que otra. Espero que les guste, estoy muy emocionada por escribir esta historia.
***
Ítaca no esperaba el regreso de su rey ni de los seiscientos soldados con los que se fue a la guerra hace veinte años. No, aquel lugar poco a poco olvidaba a Odiseo, su señor, mientras de todos los lugares del reino salían alfas nobles para pretender la mano de la reina Penélope.
Porque Ítaca había olvidado a su rey, pero tenía en la mira a la reina, cuya belleza era comparada a la de Helena de Esparta y cuyas feromonas eran tan dulces que ni aún reteniéndolas era capaz de evitar que los alfas la notaran. La única en el trono, la gobernante de todo el reino. Su parentesco con la actual reina de Esparta demostraba gran poder político y su linaje como antigua princesa de Esparta demostraba la pureza de su sangre.
Pero lo que en Esparta la hacía increíble, en Ítaca la convertía en una mujer que tenía que salir del poder, porque una omega jamás podría liderar como un alfa. Los proclamados pretendientes de Penélope buscaban el poder que podría darles como reyes. Después de todo, una mujer omega necesitaba de un alfa fuerte que pudiera manejarla.
Aquel día en el banquete forzado por los alfas arrogantes, Penélope se encontraba sentada en un trono que ellos pensaban «No le correspondía». Sus manos reposaban en su regazo, sobre el vestido violeta que ella misma había hilado. Los hombres gritaban, se carcajeaban y la miraban con lujuria, pero ella se mantenía con la mirada fija en el fuego de las antorchas.
Esperando.
Aquel fuego le recordaba la pasión desbordante de su esposo, su amado Odiseo, quién se había despedido de ella hace veinte años y aún podía sentir sus labios unidos, el corazón latiendo rápidamente y la sonrisa cálida de su rostro. El día en el que se fue, en la orilla de la isla lo despidió junto a su recién nacido Telémaco.
Miró de reojo al susodicho, quien sentado a su lado, en el trono que una vez le había pertenecido a Odiseo, observaba con rabia a los pretendientes de su madre. Penélope sintió su corazón apretarse: era en esos momentos cuando notaba cuanto había crecido su pequeño bebé. Ya era un joven adulto que estaba preparado para alzar su espada... aunque no tuviera mucha fuerza.
—Hijo mío, suaviza tu mirada —susurró la mujer, poniendo su mano sobre la de su hijo—. No les des más motivos para buscar pelea contigo.
Telémaco desvió la mirada de los bastardos qué osaban ignorar a su padre, para dirigirla hacia su madre, cuyos suplicantes ojos le hicieron sentir peor de lo que se sentía.
—Lo siento, mamá —susurró Telémaco, bajando la mirada con impotencia. Sentía una fiebre un tanto incómoda, lo que profundizaba su molestia—. Odio que estén aquí. Ya hace tres años que están esperando por ti y no entienden que tú solamente estarás con mi padre.
Penélope sonrió con ternura, apretando sus manos unidas. Telémaco volvió a mirarla y se sintió como un niño pequeño otra vez. Ese niño que escuchaba las historias de su padre, ese niño que veía a su enamorada madre contar las mayores hazañas del héroe de guerra, Odiseo.
Creció feliz sabiendo que sus padres se amaban, y que lo amaban. Ese vínculo entre ellos era tan fuerte, tan poderoso, que su madre sentía las emociones de su padre y eso la ayudaba a comprender que seguía vivo, que estaba buscando la manera de volver.
Por lo que seguiría esperando. Aún si fuera toda una eternidad.
Telémaco creció con esa maravillosa idea del amor, del vínculo predestinado por la diosa del amor. Aquel segundo género que a muchos los condenaba, a sus padres los había salvado durante esos veinte años. Poder sentirse mutuamente aún en la lejanía les daba la fuerza para soportar cualquier cosa.
Pero él no tenía ese vínculo, y no tenía motivos para soportar las faltas de respeto a las que su madre era sometida.
—Mi reina —dijo uno de los pretendientes, apoyado por los demás, con su voz empalagosa—, llevamos años esperando una respuesta. Ítaca necesita un rey. Tú necesitas un Alfa.
Telémaco estaba apunto...
Pero Penélope sonrió, girando su cabeza con elegancia para mirar al imbécil qué se creía capaz de hablar con ella.
—Ítaca tiene un rey. Yo tengo un alfa. ¿Necesitas más respuesta que esa?
El murmullo fue inmediato. Cuchicheos, ojos en blanco, risas veladas.
—Con el debido respeto —intervino otro—, es difícil seguir creyendo en el regreso de Odiseo. Han pasado veinte años. Por más que su vínculo sea predestinado, quizás te estas autoengañando de que lo sientes contigo...
Penélope respondió con seguridad.
—Tengo certeza de que mi vínculo está intacto, lo juraría ante los dioses de ser necesario.
—¿Certeza o ilusión? —preguntó uno, con diversión.
—Me parece que quienes viven una ilusión son ustedes, que esperan atentos a que mi celo me arrodille como una bestia y les entregue el reino con mi cuerpo en sus manos —replicó ella, gélida.
El salón enmudeció. Eran pocas las veces que la reina hablaba con ellos, pero cuando lo hacía, quedaba claro que ella era Penélope de Esparta, esposa de Odiseo y reina de Ítaca: ningún segundo género podría cambiar eso.
Telémaco sonrió orgulloso ante la respuesta de su madre: era audaz y directa, ella no vivía en una burbuja. Su amor no era una burbuja. Era precisamente todo el amor que sentía por Odiseo lo que la mantenía cuerda y le daba la seguridad, porque ella sabía que él volvería.
Pero un hombre se atrevió a reírse. Su piel morena, llena de cicatrices. Su cuerpo fornido, alto. Su cabello desordenado pero extrañamente atractivo. Un alfa fuerte, capaz.
Antínoo.
Reclinó el torso contra el respaldo, dejando la copa de vino en la mesa con un golpe seco.
—La reina es una omega dominante, amigos, ¿ustedes creen que con huecas sutilezas podrán ganarle? Eso la hace aún más deseable —murmuró, sonriendo ante el enojo que se apoderaba del rostro del principito llorón—. Pero, mi señora, aunque finjas ser de hierro... Eres solo una omega.
Hizo una pausa, dejando que sus palabras se hundieran como dagas.
—Y sin un Alfa... incluso la realeza se pudre por dentro. ¿Cuánto más crees que podrás resistir antes de que tu propio cuerpo te traicione? Ya ha sido un largo, largo tiempo.
Un escalofrío recorrió la sala. Nadie se atrevía a respirar.
Pero ya era más de lo que Telémaco estaba dispuesto a consentir.
Su voz, cuando habló, cortó como una lanza:
—¡Cuida tus palabras! ¡Estás hablando con la reina de Ítaca!
El Alfa sonrió, divertido.
—Oh, príncipito... No me digas que también vas a defender la pureza de tu madre. ¿Acaso no sabes lo que ocurre con las omegas solas durante demasiado tiempo?
Telémaco cerró los puños, la fiebre que sentía parecía expandirse con la furia hirviendo dentro de él. De pronto, no pudo seguir conteniendo la farsa.
Como si de un dulce elixir se tratara, unas feromonas desconocidas empezaron a expandirse poco a poco por la sala, agitando a los alfas, confundidos, hambrientos...
Antínoo fue quien más lo notó. Una extraña sacudida en su cuerpo. Buscó de quien eran esas feromonas. ¿De Penélope? No... su aroma era tan dulce como ácido. Este, sin embargo... Embriagaba todo su ser.
Cuando decidió mirar a Telémaco, Penélope de pronto se posicionó frente al príncipe. Con una mirada mucho más fría que cualquiera, soltó sus feromonas que terminaron por embriagar por completo a los alfas.
Antínoo entendió porqué se decía que el aroma de un omega dominante era capaz de hacer caer rendido a cualquier alfa, y eso no lo podía negar.
—La cena ha terminado —dijo Penélope, su voz no admitía réplica—. Les daré mi respuesta cuando termine mi telar. Pero quiero que tengan algo claro: este reino, este palacio y todo de mi le pertenecen a Odiseo de Ítaca, y mientras su sangre corra por las venas de mi hijo, nadie será capaz de borrarlo.
Y dejando a los alfas embriagados, Penélope salió rápidamente de la sala del trono, arrastrando a Telémaco para subir a sus habitaciones. Corrió por los pasillos, mientras llamaba a las criadas y les gritaba que llevaran paños con agua fría a sus aposentos.
Abriendo la puerta de golpe, Telémaco se lanzó a su lecho, atormentado por el calor que repentinamente había subido desde la punta de sus pies hasta su cabeza. Sus mejillas sonrojadas, su cuerpo tembloroso y los pequeños jadeos qué salían de su boca, demostraba algo claro: su celo había comenzado.
—¡Telémaco! —gritó Penélope ante el desfallecer de su hijo sobre la cama. Lo ayudo a recostarse bien, mientras sufría por dentro al ver como ya había llegado aquel momento del mes—. Dioses, ¿no te entregué pergaminos con las aproximaciones de tus celos? ¡Tienes que estar atento con eso! ¡Criadas, traigan los paños!
—Mamá... Es que creí que tardaría un poco más —murmuró Telémaco, necesitando un desahogo que jamás se atrevería a admitir, mucho menos frente a su madre—. Hoy incluso tome aquella infusión qué conseguiste...
—No sirve si estás apunto de entrar en celo: los dioses dispusieron de nuestros cuerpos para asegurar un embarazo y la multiplicación de nuestra especie. Hay muy pocas cosas efectivas para evitar un celo —respondió Penélope, recibiendo los paños empapados de agua fría. Los puso sobre la cabeza frente de su hijo, que jadeó ante el contacto—. Esto es lo malo de pertenecer a los omegas...
Telémaco cerró sus ojos mientras su madre trataba de bajar su fiebre, temeroso ante la idea de casi haber expuesto su verdadera condición de omega ante más de cincuenta alfas deseosos por encontrar la debilidad de su madre. Podía entender porque ese día estaba tan molesto, tan harto de todo. Si su madre no hubiera estado, habría alzado su espada en contra de ese bastardo de Antínoo que se atrevía a decir esas perversiones.
Era el peor de los pretendientes de su madre, cruel y despiadado. Y también un alfa muy fuerte. ¡No podía negarlo! Quería derrotarlo, sentía que solo podría ser un verdadero protector de su madre si lo vencía y sin embargo, su débil cuerpo rivalizaba con su débil mente y por más que lo intentara, solo era el pequeño lobo, como tanto lo molestaba ese bastardo.
Telémaco ignoraba que Antínoo podía ser efectivamente, un bastardo, pero no era un idiota. Aún en la sala del trono, acompañado de los pretendientes embriagados por Penélope, sentía que las feromonas de la reina de Ítaca no habían borrado por completo el rastro de aquel otro aroma que se había colado por su sistema.
Era exquisito.
Más exquisito que cualquier manjar que hubiera probado.
La idea le parecía descabellada, pero no ajena. Dudaba que alguna de las criadas omegas tuvieran esas feromonas tan fuertes, que podían rivalizar con la omega dominante de Penélope. Solo otro omega dominante podría tener aquel dulzor...
«Vaya, principito», pensó Antínoo, con un extraño calor en todo su cuerpo. Aquel muchacho que parecía muy valiente pero débil, al parecer escondía un secreto grande, que podría cambiar totalmente el destino de su vida.
Porque si tenía razón —y lo más probable era que la tuviera—, Penélope no sería el único camino al trono. Habría un camino mucho más tentador, mucho más delicioso y sobre todo, un camino que consideraba a Telémaco como el inicio.