Capítulo 1 :Luces de neón, sombras del alma
El letrero brillaba en rojo como una advertencia: “Éxtasis Club”.
Gabriel lo observó desde la acera, con las manos en los bolsillos y el corazón latiéndole como si fuera un ladrón a punto de entrar a robar. No era su mundo. Nunca lo había sido. Él prefería los libros, los silencios, las charlas con fondo de café. Pero esa noche… algo dentro de él pedía un cambio. O un escape. Pagó la entrada con torpeza.Primera vez, ¿eh? —dijo el guardia con media sonrisa, escaneando su timidez.
Gabriel solo asintió, bajando la mirada como si las luces del lugar fueran demasiado intensas para alguien como él.
Adentro, la atmósfera era espesa: humo, perfume barato, risas vacías. Mujeres semidesnudas se deslizaban por los tubos con precisión felina. Los hombres las miraban como si fueran trofeos. Él, en cambio, se sentó en una esquina, lejos del ruido, y dejó que la música lo envolviera. No sabía qué buscaba. Solo sabía que no lo encontraría fácilmente. Hasta que la vio.
No supo su nombre. Solo que vestía un corset rosa pálido, medias blancas y tacones que dibujaban espirales en el aire. Subió al escenario sin apuro, como si no bailara para ellos… sino para alguien más.Sus movimientos no eran solo sensuales: eran melancólicos. Cada giro tenía un eco de tristeza, una elegancia que desentonaba con los gritos vulgares que la rodeaban. Gabriel sintió algo que nunca había sentido ahí. No fue lujuria, no del todo. Fue curiosidad. Fue… respeto. La música rugía suave, como un lobo dormido.Y ella…ella bailaba como si el mundo girara solo para verla.
No era solo el movimiento en el tubo,era la cadencia de sus caderas,la forma en que su cabello caía con desdén,como si ni el aire mereciera tocarla.Mis ojos la siguieron con la devoción que se le tiene a un eclipse.Cuando se acercó a la orilla del escenario,
mis dedos soltaron un billete de veinte.Pero no era limosna,era ofrenda.Ella lo recogió con la punta de los dedos,como quien acaricia un secreto.Lo deslizó dentro de su bra con una sonrisa pícara y un guiño que no era parte del show…era para mí.
Los hombres a mi alrededor chiflaban como hienas hambrientas,pero yo no la veía como ellos.Yo la miraba como un misterio con piel.Tenía un tatuaje en el muslo: una florque parecía abrirse cuando ella caminaba.Y entonces lo hizo.Se acercó, se sentó sobre mis piernas,su perfume me envolvió como si la noche respirara por ella.
Me susurró al oído, lento, como si las palabras le pesaran:Quiero darte un privado… ven conmigo.Me tomó de la mano. Y en ese instante el ruido del bar se esfumó.Solo quedaba ella,y esa promesa que se sentía menos a pecadoy más a destino. “Silencio… y disfruta”.
Me tomó de la mano y me llevó a la sala privada.La luz era tenue, como si hasta el sol tuviera vergüenza de mirar.Estaba nervioso, lo admito.Lo sentía en el pecho, en las manos, en la forma torpe en que respiraba.Ella lo notó.Me sentó en el sillón con suavidad, como si estuviera marcando el inicio de un ritual,y se inclinó a mi oído con una sonrisa peligrosa:Tranquilo, chico… no muerdo.Hizo una pausa breve.A menos que tú quieras.Yo iba a decir algo, quizá una excusa, quizá un suspiro,pero su dedo selló mis labios con una dulzura que callaba al mundo.Shh… silencio. Y disfruta.La vi de pie frente a mí.
Corset rosa.Medias blancas que llegaban hasta el cielo de sus muslos.Tacones transparentes como cristales que podrían romperse si el deseo se volvía grito.Ella era fuego envuelto en terciopelo.Algo en ella me quemaba sin tocarme.Tal vez su piel blanca como la
luna.Tal vez esos ojos azules que parecían leer pensamientos indecentes.Tal vez su cabello rubio que caía como miel caliente.
Comenzó a moverse.Lenta.Deliberada.Cada giro era unaprovocación sin grosería.Cada paso, un poema sin tinta.Fue desatando el corset con dedos traviesos,mientras su cuerpo ondulaba como el humo de una vela encendida.Yo no sabía si lo que sentía era deseo, admiración o una forma de rendición.Se dio vuelta, su espalda contra mi pecho, su cuerpo rozando el mío.
Y con voz de susurro que se quedaría a vivir en mis huesos, me dijo:Puedes tocarme…¿Y el guardia? —alcancé a preguntar, aún con una sombra de cordura.Ella sonrió con malicia sagrada.No te preocupes por él. Me conoce.Le hizo una seña, y sin una palabra, el guardia cerró la puerta.Oscuridad y silencio.Mis manos comenzaron a explorarla con timidez reverente,como si tocara una estatua viva hecha de suspiros.Pasaban por su espalda, su cintura, su vientre.
Ella se arqueaba, se sonrojaba,y su voz, esa voz… se volvió más baja, más grave, más real.Se giró, me miró con una mezcla de deseo y ternura, y dijo:De verdad eres un caballero…Otros serían sucios, me tratarían como carne…Tú me respetas, y eso… eso me enciende más.Y yo estaba igual.A punto de perderme.No solo por lo físico…sino porque ella, en ese cuarto lleno de lujuria,me había
hecho sentir humano.Las cosas escalaron como lo hacen los incendios:sin permiso y sin perdón.Ella se sentó sobre mí, sus caderas dictaban el ritmo de un lenguaje que no se habla con palabras.Mis labios se aferraron a su cuello,donde el perfume era piel y promesa,y ella, entre caricias y suspiros, me abría la camisa,
desabrochando no solo botones, sino miedos antiguos.Yo la besaba más y más…mis manos ya no eran manos,eran brújulas perdidas entre sus muslos,buscando una verdad que no podía fingirse.Y ella…ella no hacía esos ruidos vacíos que uno escucha en esos videos sin alma.No.Lo que salía de su boca era otra cosa:eran suspiros rotos de gozo,gemidos que no pedían cámaras ni
espectadores,eran reales.Y eso, más que nada… me encendía.Nuestros cuerpos se entrelazaron,desnudos, sudorosos, pero sin prisa,como si el tiempo entendiera que no debía interrumpir.
En medio de eso, de esa pasión sin vulgaridad, le pregunté con voz entrecortada:¿No tienes problemas por meterte con un cliente?
Ella sonrió, con esa luz que solo se enciende después del amor.
No… porque este cliente me gusta.¿Te gusto?,Sí. Por eso me acerqué a ti.Se inclinó, sus labios rozando los míos.Me gustan tímidos como tú… aunque ahora veo que no lo eres tanto.
Nos quedamos en el sillón, sin más necesidad que el uno al otro.
Ella seguía desnuda,pero esa sonrisa…esa sonrisa bastaba para vestirla de magia.Antes de irse, me pasó su número.Me llaman Candy Sullivan —dijo con un guiño—, pero sé que no lo crees.
¿Y si te busco por algo más?,Hazlo. Tú no solo me tuviste… tú me hiciste el amor.¿Y eso es raro?,Rarísimo. Aquí todos solo quieren sexo… tú fuiste diferente. Y me gustó.Cuando se iba, le recordé el pago del privado.¿Y el pago…?No te preocupes. Esta vez es mío.
Aun así, le puse en la mano cinco billetes de cien.Ella los miró y negó con dulzura.No era necesario… pero gracias.Y con un último beso fugaz,se fue.Y aunque la puerta se cerró,el aroma de su piel,mientras tenia eso en mi boca solo recorde eso.la verdad de su voz,y el recuerdo de sus ojos…