CapĂtulo 1: El lugar donde las princesas lloran
Odyssia - Reino de Erythia - 1763
"Dicen que este lago guarda los secretos de quienes lo contemplan. Que aquĂ las princesas lloran, y el agua nunca lo revelaâ.
Las palabras de su madre resonaron en la mente de Thessalia, la princesa virreal, quien tumbada boca abajo en un pequeño bote muy cerca de la ribera, sumergiĂł las puntas de los dedos en la cama de flores que el viento habĂa arrastrado hacia el agua. En silencio se preguntaba cuĂĄntas lĂĄgrimas de princesas se habĂan mezclado entre ese suave oleaje. Un suspiro escapĂł de sus labios, mientras algunos de sus mechones dorados se deslizaban bajo el ala de su sombrero.
âTe has vuelto muy caprichosa, Thess âmurmurĂł el virrey Barret a su hija, desde la orilla del lago, el cual se unĂa al mar de forma majestuosa en la distancia, como si le diera un cĂĄlido abrazo.
âEs solo porque te has vuelto mĂĄs estricto, padre. Antes me dejabas ir y venir de aquĂ para allĂĄ. Poco a poco me has quitado toda la libertad. Me aburro mucho aquĂ encerrada. ÂżQuĂ© pasarĂĄ cuando me una a alguien en matrimonio? ÂżMe convertirĂ© en la prisionera de otro hombre?
âEncerrada, dices. ÂĄPrisionera! âLargĂł un bufidoâ. Vives en un maldito castillo que te tomarĂa todo el dĂa recorrer por completo. Sin embargo, parece que solo encuentras interĂ©s en vestidos caros, fiestas interminables y esos altivos pretendientes que no saben mĂĄs que inclinarse y sonreĂr.
Cuando la princesa notĂł un leve movimiento en el agua, levantĂł la mirada hacia el horizonte, donde el sol parecĂa arroparse con el mar. EstrechĂł los ojos.
âÂżTenemos visitas? Nunca antes habĂa visto barcos aproximarseâŠ
De inmediato, los cisnes de cuello negro empezaron a nadar hacia el césped, agitados. El virrey se enderezó en su silla antes de ponerse de pie en un instante.
âThess âhizo una pausa tensaâ, vuelve a la orilla, ahora.
Con el mismo semblante impasible, Thessalia se sentĂł en el bote y remĂł calmadamente hacia el prado. Mientras se ponĂa de pie para saltar a tierra, su padre la agarrĂł por las muñecas y la sacĂł bruscamente de la barca. Ella chillĂł cuando sus costosas zapatillas e inmaculado vestido blanco se mojaron al ser arrastrada fuera del lago.
âÂĄPadre! âse quejĂł con enojoâ. ÂĄMi vestido es un regalo de Su Majestad!
La voz de Thess se quebrĂł en un grito ahogado cuando un estruendo retumbĂł en el aire, sacudiendo el agua y partiendo la calma en mil pedazos. Sus dedos se aferraron al uniforme de su padre y su cuerpo saliĂł impulsado hacia adelante por una ola formada debido al impacto de una bala de cañón que habĂa aterrizado en el lago, cerca de ambos.
âÂĄThess, corre al castillo!
âPero, ÂĄpapĂĄ!
âÂĄVe, niña! ÂĄAhora!
Renuente, Thessalia se apresurĂł hacia el jardĂn principal, envuelto por solemnes columnas color marfil y balcones floridos. Tan pronto como atravesĂł el atrio exterior, la melodĂa del agua descendiendo a travĂ©s de la fuente fue interrumpida por un segundo estallido. Y el aroma a hierbas fue sustituĂdo por el de la pĂłlvora. Un escalofrĂo recorriĂł su nuca.
Al elevar la mirada, notĂł que una de las torres habĂa sido impactada por una bala de cañón. Un trozo de su tejado cĂłnico habĂa desaparecido, al igual que gran parte de la pared de piedra, la cual se derrumbĂł frente a sus ojos, aterrizando justo delante de ella. La princesa gritĂł, cubriĂ©ndose la cabeza bajo las manos.
Sin poder evitarlo, mirĂł hacia atrĂĄs, solo para descubrir tres barcos atracados frente a su territorio, mientras decenas de hombres desembarcaban. Su padre, de pie frente a los asaltantes, alzĂł su espada.
Como por inercia, empezĂł a correr en direcciĂłn opuesta al castillo, hacia el lugar del enfrentamiento. Su corazĂłn nunca habĂa latido tan rĂĄpido, apenas podĂa respirar. Aunque su padre le habĂa dicho que corriera, su lado imprudente se rebelaba. ÂżCĂłmo podĂa dejarlo ahĂ solo? Sus piernas parecĂan flaquear, pero avanzaron por pura desesperaciĂłn.
No obstante, alguien la sujetĂł del brazo bruscamente antes de que pudiera seguir avanzando.
âSu Altavice âun guardia real comenzĂł a tirar de ella, obligĂĄndola a avanzar hacia el castilloâ, tiene que esconderse.
âÂĄPapĂĄ! âgritĂł la princesa, forcejeando a su vez con el hombreâ. ÂĄSuĂ©lteme, bestia, me estĂĄ lastimando!
Desde el jardĂn trasero, la tropa de guardias reales se apresuraban hacia la costa para defender al virrey.
Una vez en el interior del edificio, Thessalia tropezĂł con decenas de sirvientes que intentaban desesperadamente huir hacia cualquier parte. Alaridos resonaban entre las paredes de piedra, acompañado por llantos de pĂĄnico. Pese a la parcial oscuridad, podĂan distinguirse manchas de sangre en las paredes y el suelo, de aquellos que habĂan sido heridos por el derrumbe de la torre.
En ese preciso instante, una tercera detonaciĂłn azotĂł al castillo, haciendo a la estructura temblar con fuerza. Una lluvia de polvo y piedrecillas cayĂł sobre la princesa. Cuando Thess se desplomĂł sobre sus rodillas, tosiendo nubes de arena, el guardia la alzĂł en brazos, la puso sobre su hombro y continuĂł su descenso hacia los calabozos.
La princesa no se quejĂł. No podĂa. Ni el llanto ni los gritos lograban atravesar el nudo en su garganta. Sus oĂdos seguĂan aturdidos por el ruido del Ășltimo disparo de cañón. El sonido seguĂa vibrando en su cabeza, pese a que ya habĂa desaparecido.
A medida que bajaban los escalones hacia los calabozos, el ruido en la superficie parecĂa cada vez mĂĄs lejano. Los gritos comenzaban a desvanecerse, aunque seguĂan ahĂ, como una macabra canciĂłn de fondo, acompañada por sus jadeos y los del oficial que la llevaba en brazos.
Luego de caminar entre los tĂșneles de piedra durante un rato, el guardia la dejĂł en el suelo.
âNo se mueva, Su Altavice. VendrĂ© a buscarla en cuanto termine el ataque.
âÂĄEspere! ÂĄNo puedo quedarme aquĂ!
Pero ni siquiera supo si el hombre la habĂa escuchado, porque saliĂł disparado entre los pasajes antes de que siquiera terminara la frase.
Temblando, Thessalia se sentĂł en la arena, en medio del eco de dĂ©biles sollozos y alaridos amortiguados por las paredes. No sabĂa cuĂĄles sonidos provenĂan del exterior y cuĂĄles de los propios prisioneros en los tĂșneles, que se llenaron de angustia al escuchar los cañones.
ÂżEstarĂa bien su padre? ÂżLos soldados habrĂan logrado detener el asalto? Se preguntaba mientras abrazaba sus piernas con cansancio. ÂżQuĂ© querĂan los atacantes? ÂżSerĂan filibusteros?
Por suerte, no hubo mĂĄs estallidos por un breve perĂodo.
âPrincesa âuna voz grave, con un espeso acento, vino desde alguna parte. HabĂa pronunciado la palabra con una calma casi sanguinaria.
Un paso golpeĂł la arena. Y luego otro. El sonido de sus botas resonĂł contra el suelo, rĂtmico, deliberado, hasta que la figura emergiĂł de las penumbras como un espectro, al fondo de los tĂșneles. La oscuridad parecĂa respirar a su alrededor. Su sombra llegĂł a ella primero, danzando en el suelo a la misma cadencia de las llamas de las antorchas en las paredes.
Tan pronto como el sujeto se acercó, lo observó de arriba abajo. Su piel se erizó ante la imponente figura de gran altura. Su masculino cuerpo estaba cubierto en un elegante traje, totalmente negro, y una capa amplia con capucha, la cual le ocultaba la cabeza. Llevaba botas y guantes de cuero, ademås de un sombrero de ala ancha con una pluma color ébano, justo por encima de la capucha.
Aunque lo mĂĄs peculiar era su rostro completamente cubierto por una mĂĄscara veneciana de bronce.
âÂżQuiĂ©n eres? âsusurrĂł Thess. Su voz sonĂł rasgada y ronca, le costaba hablar a travĂ©s de sus tiritantes labios.
El hombre se detuvo justo delante de ella antes de ladear la cabeza ligeramente.
âÂżEn serio, princesa? ÂżAcaso crees que llevo mĂĄscara porque olvidĂ© ponerme polvos y coloretes esta mañana?
De un momento a otro, se agachĂł, la agarrĂł de las muñecas y la obligĂł a ponerse de pie. Antes de que pudiera protestar, la hizo girar. DespuĂ©s de juntar sus manos tras su espalda, la empujĂł a travĂ©s de los tĂșneles, forzĂĄndola a avanzar. Un fuerte aroma a flores marchitas inundĂł el aire.
âÂĄÂżA dĂłnde me llevas?!
âAl lugar donde las princesas lloran.
Tras la partida de los asaltantes, el virrey se tumbĂł en su sillĂłn, abatido, exhausto, e incluso sangrando. Su brazo y parte del pecho tenĂan profundas heridas.
Pese a que el castillo estaba en terribles condiciones, con muebles esparcidos por doquier y restos de arena, los asaltantes habĂan dejado un rastro de pĂ©talos de flores secas a su paso. Y justo encima de aquel camino de rosas, un pergamino enrollado.
Luego de que los sirvientes le entregaran el documento al virrey, el hombre lo leyĂł con manos temblorosas.
A Su Excelencia, el ilustre Virrey Barrett de Raventia,
Sea usted informado de que su hija, la princesa virreal, se encuentra bajo la custodia de mi ejército. Su seguridad y eventual liberación dependen exclusivamente del cumplimiento de las condiciones que a continuación se exponen en el siguiente edicto, el cual debe ser promulgado y publicado en nombre de la Corona del Reino de Erythia:
Edicto de la Resistencia
ArtĂculo Primero: LiberaciĂłn de los Reos de Estado
Todos aquellos considerados prisioneros de guerra, traidores, rebeldes, insurgentes o enemigos de la Corona, serĂĄn puestos en libertad sin demora alguna. Declaramos su absoluciĂłn de toda culpa en favor del espĂritu de reconciliaciĂłn.
ArtĂculo Segundo: Derecho de Libre Comercio y CirculaciĂłn para los Nativos
Los habitantes nativos de Odyssia gozarĂĄn de plena libertad para transitar, comerciar, adquirir bienes, vender servicios y poseer propiedades dentro de los dominios metropolitanos de la ciudad, sin limitaciones ni restricciones.
ArtĂculo Tercero: ReducciĂłn Fiscal
Los impuestos serĂĄn reducidos en un setenta por ciento, garantizando alivio para los mĂĄs vulnerables, y las sanciones por incumplimiento se suspenderĂĄn en casos excepcionales, tales como ancianidad, incapacidad o desempleo.
DeclaraciĂłn Final: ÂĄLibertad sobre todas las cosas!
El espĂritu de este edicto, que alienta la justicia y la libertad, deberĂĄ ser defendido y proclamado por el trono en su totalidad.
De no ser aprobado este edicto en los términos dispuestos, su hija serå ejecutada sin contemplación ni demora, y tal pérdida recaerå sobre vuestra conciencia como el resultado de su obstinación.
Atentamente,
El Coleccionista de Flores Muertas
Nota adicional: Espero que la elecciĂłn recaiga en la prudencia, Su Excelencia. No suelo enviar segundas cartas.
Al pie de la misiva, reposaba la firma, que era la marca de un pétalo de rosa mojado en tinta negra.