El coleccionista de flores muertas đŸ„€

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Summary

Van a caer. Primero el Lirio... Luego la Rosa... Por Ășltimo la OrquĂ­dea... En ese orden. *** En el antiguo Reino de Erythia, donde los lagos guardan secretos y las princesas lloran en silencio, Thessalia se enfrenta a un destino escrito por otros. Pero cuando una sombra se cierne sobre su mundo y los susurros de un nombre prohibido comienzan a surgir -el Coleccionista de Flores Muertas-, descubrir la verdad se vuelve tan peligroso como necesario.

Status
Ongoing
Chapters
17
Rating
n/a
Age Rating
16+

CapĂ­tulo 1: El lugar donde las princesas lloran

Odyssia - Reino de Erythia - 1763

"Dicen que este lago guarda los secretos de quienes lo contemplan. Que aquí las princesas lloran, y el agua nunca lo revela”.

Las palabras de su madre resonaron en la mente de Thessalia, la princesa virreal, quien tumbada boca abajo en un pequeño bote muy cerca de la ribera, sumergió las puntas de los dedos en la cama de flores que el viento había arrastrado hacia el agua. En silencio se preguntaba cuåntas lågrimas de princesas se habían mezclado entre ese suave oleaje. Un suspiro escapó de sus labios, mientras algunos de sus mechones dorados se deslizaban bajo el ala de su sombrero.

—Te has vuelto muy caprichosa, Thess —murmuró el virrey Barret a su hija, desde la orilla del lago, el cual se unía al mar de forma majestuosa en la distancia, como si le diera un cálido abrazo.

—Es solo porque te has vuelto mĂĄs estricto, padre. Antes me dejabas ir y venir de aquĂ­ para allĂĄ. Poco a poco me has quitado toda la libertad. Me aburro mucho aquĂ­ encerrada. ÂżQuĂ© pasarĂĄ cuando me una a alguien en matrimonio? ÂżMe convertirĂ© en la prisionera de otro hombre?

—Encerrada, dices. ÂĄPrisionera! —LargĂł un bufido—. Vives en un maldito castillo que te tomarĂ­a todo el dĂ­a recorrer por completo. Sin embargo, parece que solo encuentras interĂ©s en vestidos caros, fiestas interminables y esos altivos pretendientes que no saben mĂĄs que inclinarse y sonreĂ­r.

Cuando la princesa notĂł un leve movimiento en el agua, levantĂł la mirada hacia el horizonte, donde el sol parecĂ­a arroparse con el mar. EstrechĂł los ojos.

—¿Tenemos visitas? Nunca antes había visto barcos aproximarse


De inmediato, los cisnes de cuello negro empezaron a nadar hacia el césped, agitados. El virrey se enderezó en su silla antes de ponerse de pie en un instante.

—Thess —hizo una pausa tensa—, vuelve a la orilla, ahora.

Con el mismo semblante impasible, Thessalia se sentó en el bote y remó calmadamente hacia el prado. Mientras se ponía de pie para saltar a tierra, su padre la agarró por las muñecas y la sacó bruscamente de la barca. Ella chilló cuando sus costosas zapatillas e inmaculado vestido blanco se mojaron al ser arrastrada fuera del lago.

—¡Padre! —se quejó con enojo—. ¡Mi vestido es un regalo de Su Majestad!

La voz de Thess se quebró en un grito ahogado cuando un estruendo retumbó en el aire, sacudiendo el agua y partiendo la calma en mil pedazos. Sus dedos se aferraron al uniforme de su padre y su cuerpo salió impulsado hacia adelante por una ola formada debido al impacto de una bala de cañón que había aterrizado en el lago, cerca de ambos.

—¡Thess, corre al castillo!

—Pero, ¡papá!

—¡Ve, niña! ÂĄAhora!

Renuente, Thessalia se apresuró hacia el jardín principal, envuelto por solemnes columnas color marfil y balcones floridos. Tan pronto como atravesó el atrio exterior, la melodía del agua descendiendo a través de la fuente fue interrumpida por un segundo estallido. Y el aroma a hierbas fue sustituído por el de la pólvora. Un escalofrío recorrió su nuca.

Al elevar la mirada, notó que una de las torres había sido impactada por una bala de cañón. Un trozo de su tejado cónico había desaparecido, al igual que gran parte de la pared de piedra, la cual se derrumbó frente a sus ojos, aterrizando justo delante de ella. La princesa gritó, cubriéndose la cabeza bajo las manos.

Sin poder evitarlo, mirĂł hacia atrĂĄs, solo para descubrir tres barcos atracados frente a su territorio, mientras decenas de hombres desembarcaban. Su padre, de pie frente a los asaltantes, alzĂł su espada.

Como por inercia, empezĂł a correr en direcciĂłn opuesta al castillo, hacia el lugar del enfrentamiento. Su corazĂłn nunca habĂ­a latido tan rĂĄpido, apenas podĂ­a respirar. Aunque su padre le habĂ­a dicho que corriera, su lado imprudente se rebelaba. ÂżCĂłmo podĂ­a dejarlo ahĂ­ solo? Sus piernas parecĂ­an flaquear, pero avanzaron por pura desesperaciĂłn.

No obstante, alguien la sujetĂł del brazo bruscamente antes de que pudiera seguir avanzando.

—Su Altavice —un guardia real comenzó a tirar de ella, obligándola a avanzar hacia el castillo—, tiene que esconderse.

—¡PapĂĄ! —gritĂł la princesa, forcejeando a su vez con el hombre—. ÂĄSuĂ©lteme, bestia, me estĂĄ lastimando!

Desde el jardĂ­n trasero, la tropa de guardias reales se apresuraban hacia la costa para defender al virrey.

Una vez en el interior del edificio, Thessalia tropezó con decenas de sirvientes que intentaban desesperadamente huir hacia cualquier parte. Alaridos resonaban entre las paredes de piedra, acompañado por llantos de pånico. Pese a la parcial oscuridad, podían distinguirse manchas de sangre en las paredes y el suelo, de aquellos que habían sido heridos por el derrumbe de la torre.

En ese preciso instante, una tercera detonaciĂłn azotĂł al castillo, haciendo a la estructura temblar con fuerza. Una lluvia de polvo y piedrecillas cayĂł sobre la princesa. Cuando Thess se desplomĂł sobre sus rodillas, tosiendo nubes de arena, el guardia la alzĂł en brazos, la puso sobre su hombro y continuĂł su descenso hacia los calabozos.

La princesa no se quejĂł. No podĂ­a. Ni el llanto ni los gritos lograban atravesar el nudo en su garganta. Sus oĂ­dos seguĂ­an aturdidos por el ruido del Ășltimo disparo de cañón. El sonido seguĂ­a vibrando en su cabeza, pese a que ya habĂ­a desaparecido.

A medida que bajaban los escalones hacia los calabozos, el ruido en la superficie parecía cada vez mås lejano. Los gritos comenzaban a desvanecerse, aunque seguían ahí, como una macabra canción de fondo, acompañada por sus jadeos y los del oficial que la llevaba en brazos.

Luego de caminar entre los tĂșneles de piedra durante un rato, el guardia la dejĂł en el suelo.

—No se mueva, Su Altavice. VendrĂ© a buscarla en cuanto termine el ataque.

—¡Espere! ¡No puedo quedarme aquí!

Pero ni siquiera supo si el hombre la habĂ­a escuchado, porque saliĂł disparado entre los pasajes antes de que siquiera terminara la frase.

Temblando, Thessalia se sentĂł en la arena, en medio del eco de dĂ©biles sollozos y alaridos amortiguados por las paredes. No sabĂ­a cuĂĄles sonidos provenĂ­an del exterior y cuĂĄles de los propios prisioneros en los tĂșneles, que se llenaron de angustia al escuchar los cañones.

¿Estaría bien su padre? ¿Los soldados habrían logrado detener el asalto? Se preguntaba mientras abrazaba sus piernas con cansancio. ¿Qué querían los atacantes? ¿Serían filibusteros?

Por suerte, no hubo mĂĄs estallidos por un breve perĂ­odo.

—Princesa —una voz grave, con un espeso acento, vino desde alguna parte. Había pronunciado la palabra con una calma casi sanguinaria.

Un paso golpeĂł la arena. Y luego otro. El sonido de sus botas resonĂł contra el suelo, rĂ­tmico, deliberado, hasta que la figura emergiĂł de las penumbras como un espectro, al fondo de los tĂșneles. La oscuridad parecĂ­a respirar a su alrededor. Su sombra llegĂł a ella primero, danzando en el suelo a la misma cadencia de las llamas de las antorchas en las paredes.

Tan pronto como el sujeto se acercó, lo observó de arriba abajo. Su piel se erizó ante la imponente figura de gran altura. Su masculino cuerpo estaba cubierto en un elegante traje, totalmente negro, y una capa amplia con capucha, la cual le ocultaba la cabeza. Llevaba botas y guantes de cuero, ademås de un sombrero de ala ancha con una pluma color ébano, justo por encima de la capucha.

Aunque lo mĂĄs peculiar era su rostro completamente cubierto por una mĂĄscara veneciana de bronce.

—¿QuiĂ©n eres? —susurrĂł Thess. Su voz sonĂł rasgada y ronca, le costaba hablar a travĂ©s de sus tiritantes labios.

El hombre se detuvo justo delante de ella antes de ladear la cabeza ligeramente.

—¿En serio, princesa? ÂżAcaso crees que llevo mĂĄscara porque olvidĂ© ponerme polvos y coloretes esta mañana?

De un momento a otro, se agachĂł, la agarrĂł de las muñecas y la obligĂł a ponerse de pie. Antes de que pudiera protestar, la hizo girar. DespuĂ©s de juntar sus manos tras su espalda, la empujĂł a travĂ©s de los tĂșneles, forzĂĄndola a avanzar. Un fuerte aroma a flores marchitas inundĂł el aire.

—¡¿A dónde me llevas?!

—Al lugar donde las princesas lloran.


Tras la partida de los asaltantes, el virrey se tumbĂł en su sillĂłn, abatido, exhausto, e incluso sangrando. Su brazo y parte del pecho tenĂ­an profundas heridas.

Pese a que el castillo estaba en terribles condiciones, con muebles esparcidos por doquier y restos de arena, los asaltantes habían dejado un rastro de pétalos de flores secas a su paso. Y justo encima de aquel camino de rosas, un pergamino enrollado.

Luego de que los sirvientes le entregaran el documento al virrey, el hombre lo leyĂł con manos temblorosas.

A Su Excelencia, el ilustre Virrey Barrett de Raventia,

Sea usted informado de que su hija, la princesa virreal, se encuentra bajo la custodia de mi ejército. Su seguridad y eventual liberación dependen exclusivamente del cumplimiento de las condiciones que a continuación se exponen en el siguiente edicto, el cual debe ser promulgado y publicado en nombre de la Corona del Reino de Erythia:

Edicto de la Resistencia

ArtĂ­culo Primero: LiberaciĂłn de los Reos de Estado

Todos aquellos considerados prisioneros de guerra, traidores, rebeldes, insurgentes o enemigos de la Corona, serĂĄn puestos en libertad sin demora alguna. Declaramos su absoluciĂłn de toda culpa en favor del espĂ­ritu de reconciliaciĂłn.

ArtĂ­culo Segundo: Derecho de Libre Comercio y CirculaciĂłn para los Nativos

Los habitantes nativos de Odyssia gozarĂĄn de plena libertad para transitar, comerciar, adquirir bienes, vender servicios y poseer propiedades dentro de los dominios metropolitanos de la ciudad, sin limitaciones ni restricciones.

ArtĂ­culo Tercero: ReducciĂłn Fiscal

Los impuestos serĂĄn reducidos en un setenta por ciento, garantizando alivio para los mĂĄs vulnerables, y las sanciones por incumplimiento se suspenderĂĄn en casos excepcionales, tales como ancianidad, incapacidad o desempleo.

DeclaraciĂłn Final: ÂĄLibertad sobre todas las cosas!

El espĂ­ritu de este edicto, que alienta la justicia y la libertad, deberĂĄ ser defendido y proclamado por el trono en su totalidad.

De no ser aprobado este edicto en los términos dispuestos, su hija serå ejecutada sin contemplación ni demora, y tal pérdida recaerå sobre vuestra conciencia como el resultado de su obstinación.

Atentamente,

El Coleccionista de Flores Muertas

Nota adicional: Espero que la elecciĂłn recaiga en la prudencia, Su Excelencia. No suelo enviar segundas cartas.

Al pie de la misiva, reposaba la firma, que era la marca de un pétalo de rosa mojado en tinta negra.