Regla Nº1 del Lobero: Elige siempre al Lobo correcto.
Don era un Alfa. Mi primer Alfa.
Era muy alto, era muy fuerte, era muy atractivo y, sobre todo, era muy apestoso.
A esas alturas, yo ya debería estar más que acostumbrado al olor de los Lobos, pero con él todavía me sorprendía a mí mismo resoplando, con el corazón a mil y la polla dura como una piedra solo por tenerle cerca.
No hacía falta ni que me tocara para que se me erizara la piel y perdiera el aliento.
Siempre había una extraña mezcla de peligro y excitación cuando estaba con él, algo en sus brillantes ojos de un amarillo salvaje, en sus enormes colmillos y en su actitud seria y silenciosa.
Don era un Lobo muy dominante que nunca levantaba la voz, porque su palabra era la ley y todos debían esforzarle en escucharle. Nunca al revés.
―¿Vas a ser un buen chico?
―Sí, jefe…
Don nunca se daba prisa por nada. Nunca perdía el control y nunca se dejaba llevar por los impulsos salvajes de los Lobos.
La única señal de que estaba excitado era su respiración más profunda y rápida, el grueso bulto que apretaba sus vaqueros y, por supuesto, el olor.
―Siéntate ―te ordenaba.
Y tú te sentabas sin dejar de mirar aquellos ojos salvajes, y él levantaba la pierna para poyar la bota manchada de tierra en el borde de la cama, acercando su enorme paquete a tu rostro.
Había muchas cosas de Don que me excitaban. Cosas que no había visto en ningún otro Lobo, y cosas que no sabía que quería hasta que él me las había dado; pero una de mis partes favoritas siempre sería verle desabrocharse el cinturón.
El público no parecía apreciarlo demasiado, pero a mí me volvía completamente loco.
Mientras se desabrochaba lentamente su grueso cinto de hebilla metálica y ovalada, dejando los extremos colgando a ambos lados antes de empezar a desabotonarse el vaquero, el Alfa no dejaba de mirarte fijamente a los ojos.
Era como si quisiera darte tiempo para huir. Para cambiar de idea y escapar. Para decidir si de verdad querías enfrentarte a lo que escondía debajo de esos vaqueros gastados. Si de verdad eras tan valiente, o tan loco, como para estar con alguien como él.
―Estoy empapado, chico ―te advertía, terminando de bajarse la cremallera para mostrar su abundante vello púbico, frondoso y de un rubio tres tonos más oscuro que el de su pelo y su barba.
Aquella era la última oportunidad de huir que Don te daría, porque una vez que se sacara la polla, no habría vuelta a atrás. Serías suyo. Te haría todo lo que quisiera y te follaría todo lo que hiciera falta hasta quedarse a gusto.
Con el Alfa, era siempre hasta el final, o nada en absoluto.
―Dame todo lo que tengas, jefe… ―sonreía yo bajo la máscara, sin dejar de mirar sus ojos en lo alto.
―Saca la lengua.
Y yo la sacaba, como un perrito obediente.
Don rompió por primera vez su intenso contacto visual y echó una ojeada al monitor de la cámara, asegurándose de que se mirara bien su enorme polla empapada y la forma en la que frotó la punta sobre mi lengua, dejando un rastro de hilo viscoso y brillante al volver a levantarla.
Una de las cosas más sorprendentes de él y que más llamaban la atención entre mis seguidores, era lo muchísimo que el Alfa se mojaba. Todos los Lobos se mojan, por supuesto, y cuanto más rango tienen en la Manada, más testosterona poseen, más grandes se vuelven y más sexo necesitan; pero Don tenía el caso de lubricación lobuna más obscena que hubiera visto jamás.
A Don siempre le goteaba la polla. Literalmente.
Se levantó su camisa de franela a cuadros, mostrando bien su impresionante V, su frondoso pubis y el final de sus abdominales marcados y peludos a cámara,antes de volver a limpiarse la punta empapada en mi lengua. Muy lentamente, de lado a lado, mientras yo gemía muy alto y ponía los ojos en blanco.
Y no, con Don jamás fingía aquello. Todo lo que se veía en los vídeos, era real.
―Abre bien la boca, chico ―me ordenó con voz grave y cargada.
Entonces, Don puso una mano entre las orejas de mi máscara de neopreno y empezó a hundir la polla bajo el hocico de perro, soltando un profundo y ronroneo de león.
Decían que los Alfas eran diferentes a todos los demás, pero nunca te dabas cuenta de lo cierto que eso era hasta que tenías la polla de uno de ellos metida en toda la boca.
El tamaño era muy grande, el sabor era muy fuerte, y, la sensación, era casi indescriptible.
Por eso, para algunos, solo alguien que se hubiera follado a un Alfa podía considerarse un Lobero de verdad. Era la prueba definitiva, porque ningún otro Macho iba a ser más grande, agresivo ni apestoso como ellos.
Y era cierto, nadie apestaba tantísimo ni sabía de la forma que Don sabía cuando estaba encendido y con ganas.
Era algo complicado de describir para los vírgenes, aunque lo hubiera intentado docenas de veces antes cuando me habían preguntado al respecto. Sí, era un olor y un sabor sórdido e intenso muy parecido al humano, pero no, no era en absoluto desagradable.
Un Lobo nunca estaba sucio, solo… apestaba. Era su Olor a Macho, denso, cálido y diferente en cada uno de ellos.
Otro tema que sorprendía a los vírgenes y prendía su morbosa y oscura fascinación, era la cantidad de semen que un Lobo podía llegar a producir en una sola follada.
Y Don jamás decepcionaba a la hora de dar un sórdido y sucio espectáculo que hiciera explotar las visualizaciones y descargas de los vídeos.
Mi garganta profunda y la pasión de los Lobos por poder follarme la boca hasta el final, quizá me hubiera hecho famoso, pero era Don y su absurda cantidad de semen la que nos estaba haciendo verdaderamente ricos.
Había muchísima gente que solo pagaba para ver ese preciso momento en el que el Alfa gruñía como una bestia salvaje y empezaba a correrse, llenándome la boca hasta el punto de desbordar y gotearme por la barbilla y el final del hocico de mi máscara, eyaculando suficiente esperma de Alfa para llenar un vaso entero.
Era todo lo obsceno, sucio y sórdido que uno se pudiera llegar a imaginar, y más.
Cuando terminaba y me la sacaba de la boca, yo solía necesitar un momento para recuperarme, tragar y aclararme la garganta de intenso regusto amargo y fuerte.
En cámara, todo era excitante y divertido; pero en la vida real, lidiar con el semen de Lobo no era para los débiles; todavía más, el de un Alfa.
―¿Todo bien, Dani? ―me preguntó él entre bocanada y bocanada de aire.
Volví a tragar y asentí, haciendo que otro grumo de semen se deslizara por mi barbilla hasta el suelo. Después, levanté la mano para mostrarle el dedo pulgar.
Todo perfecto.
Entonces, me puse de pie demasiado rápido y, algo mareado, perdí un poco el equilibrio. Don me agarró del brazo para que no me cayera y, después, se apartó un paso.
―Ufff ―resoplé, dándome la vuelta para ponerme de rodillas en el sofá, con las manos en el respaldo y el culo en pompa―. ¿Te he dicho ya que eres la puta hostia, Don?
El Alfa soltó un gruñido corto y bajo, que era, básicamente, su respuesta para todo.
―Vale… ―murmuré, ajustando mejor la cámara que había en la pared―. Ábrete la camisa y jódeme de espaldas, como un sucio vaquero del norte que haya vuelto de un largo día en la montaña y solo quiera desahogarse con su puta.
―Eso suena demasiado real ―murmuró por lo bajo, acercándose de nuevo a mí para apoyar su bota en el borde del sofá y empezar a desabotonarse su camisa a cuadros.
Me reí un poco y, mientras esperaba, repasé el monitor. Se veía parte de mi máscara bondage de puppy, roja y negra, mi ancha espalda y mi culo lleno; pero, lo más importante, es que se veía al enorme Alfa a mis espaldas, con su pecho enorme y peludo al descubierto entre su camisa de franela y su cazadora de borrego.
Cuando Don terminó de prepararse, echó una ojeada al monitor y se bajó un poco más el vaquero, asegurándose de que se viera el principio de su pubis rubio por encima de mis nalgas. Sabía lo mucho que eso gustaba.
A mí más que a nadie.
Como muchas otras veces con él, no pude evitar soltar un ronroneo de placer y morderme el labio.
Don era una puta maravilla de Macho. De pies a cabeza: perfección lobuna.
―Tranquilízate, Dani ―ordenó antes de escupirse en la mano y pasarla por el interior de mis nalgas, lubricándome el ano.
―No me pidas que me tranquilice ―dije con tono jadeante, echando atrás la cadera para frotarme contra su polla dura y manchada.
Don apretó los dientes y me mostró parte de sus enormes colmillos antes de darme un buen azote en el culo, el cual resonó por casi toda la cabaña junto a mi gruñido de dolor.
―Relájate ―me ordenó, en aquella ocasión, con tono alto de advertencia.
El Alfa podía oler mi excitación por él, flotando en el aire junto su propia peste, y esa mezcla almizclada y densa de aromas le estaba volviendo loco; así que me obligué a cerrar los ojos y morderme la lengua hasta conseguir centrarme.
Don tenía razón, perder el control no iba a ayudarnos en nada.
El Lobo me agarró de la cadera y empezó a metérmela de forma apresurada para darme una lección. «Yo soy el Alfa y conmigo no se juega»; pero fue Don quien terminó poniendo los ojos en blanco, apretando el abdomen y ronroneando como un enorme león al sentir lo bien que entraba y la forma en la que podía hundirse en mí sin casi resistencia.
Siempre me hacía lavativas y me dilataba yo mismo antes de que él llegara a casa, para que no hubiera accidentes desagradables ni pérdidas de tiempo innecesarias. Era parte del negocio y el espectáculo, aunque no podía negar que me producía una oscura satisfacción poder meterme su enorme polla con tanta facilidad.
―Relájate, Don… ―le dije.
Y, cuando el enorme Alfa abrió los ojos y puso una mueca furiosa, lo supo, supo que, debajo de mi hocico manchado con su semen, había una enorme sonrisa prepotente.
Había que tener mucho cuidado al jugar con el ego de un Macho, porque los Lobos no se tomaban nada bien esa clase de bromas. Los Alfas, menos que ninguno.
Con un golpe seco y duro de cadera, Don me la clavó hasta el fondo de una sola sentada, echándome hacia delante y haciéndome gritar. Después, me agarró de la cadera con sus enormes manos y empezó a joderme a un ritmo brutal y enloquecido, gruñendo como una bestia salvaje. Así, ya no me quedó suficiente aire en los pulmones para seguir bromeando, solo para gemir y jadear y correrme encima sin siquiera tocarme.
Don alcanzó su segundo orgasmo de la noche y, sin darme tiempo a descansar, se echó sobre mí con todo su peso y me agarró del cuello hasta casi ahogarme, gruñendo en mi oído bajo la máscara. El Alfa era el primero Macho al que había podido grabar con micrófonos externos, pero ni siquiera los audios en alta definición podían compararse con la realidad.
Lo mejor del gruñido de un Lobo excitado, no era su voz grave, profunda y animal. Lo mejor era sentirle, pegado a ti, con su aliento caliente en el cuello, produciendo aquel gorgoteo profundo que reverberaba en su pecho peludo con una vibración que podías notar en la espalda.
Cuando Don alcanzó su tercer orgasmo, me hizo gemir tan alto que pudo escucharse en todo el bosque. Apretando la cadera contra mí para metérmela lo más profundo que podía, ahogándome con su mano y rugiendo en mi oreja.
―¿Esto es lo que querías, chico? ―jadeó.
―Seh, jefe… ―susurré con el poco aire que me quedaba, sintiéndome tan lleno de Alfa que creía que me iba a desmayar.
Pero eso no fue todo, porque con Don nunca era tan fácil.
Tiró de mí para incorporarme y me pasó el brazo por el cuello, atrapándome entre su abultado bíceps y su antebrazo. Volviendo a follarme mientras, con su otra mano, me toqueteaba el cuerpo de arriba abajo. Por todas partes. Todo el tiempo.
―¿Ya no tienes ganas de reírte, Dani? ―susurró en mi oído, para que no se escuchara en el vídeo.
Y, antes de que pudiera responder, echó atrás la cadera y empujó con fuerza, provocando un choque claro y seco entre sus genitales y mis nalgas.
Creo que, tras dos seguidas de esas, volví a correrme; pero tendría que revisarlo más tarde en el vídeo, porque en ese momento lo último que me cruzaba por la mente era el puto OnlyFangs.
Solo era consciente del enorme Macho que se volvió a correr dentro de mí por cuarta vez seguida antes de soltarme y, tomando profundas y rápidas bocanadas de aire, sudoroso y apestándolo todo, me ordenó:
―Sácame la última…
Tembloroso y sin aire, no fui capaz de reaccionar antes de que el Alfa me diera un fuerte cachete en el culo y rugiera:
―¡Vamos!
Gimiendo y a punto de desbordarme por completo, apoyé las manos en el respaldo del sofá y moví la cadera de arriba abajo. Cada roce era una tortura y un placer. Cada instante era un tormento y el mejor de mi vida. Cada ronroneo de placer que arrancaba de sus labios era mi maldición y mi mayor éxito.
La quinta. La quinta siempre era su perdición.
Cuando el Alfa llegaba a ese último orgasmo, estaba demasiado cansado, apestoso, sudoroso y satisfecho como para pararse a pensar en lo que hacía; así que se dejaba caer sobre mí y me abrazaba, ronroneando como un gatito amansado.
―Lo has hecho increíble ―le felicité en un bajísimo susurro que solo él pudo oír.
Don ronroneó un poco más alto y deslizó la cabeza, tratando de mancharme el pelo con su sudor, aunque lo único que consiguió fue humedecer la máscara de neopreno.
La quinta era siempre la mejor.
Y la que más dinero nos daba.
Según mi experiencia, lo normal con un Lobo era que se corriera dos veces. Si solo lo hacía una vez, es que no le había gustado; dos era lo más normal; tres si estaba excitado, le atraías mucho o tenía ganas; cuatro era muy, muy raro.
Pues bien, Don se corría de cuatro a cinco veces por visita antes de llegar a la inflamación. Siempre. Sin excepciones.
La primera vez que llegó a la quinta, me sorprendió tanto que fui al foro de loberos para comprobar si eso solía pasar con los Alfas. Abrí un hilo titulado: «Emh… ¿cinco folladas A.d.I con un Alfa?», que había recibido más de cincuenta y seis respuestas. La mayoría de ellas llamándome mentiroso, o creído de mierda, o cabrón con suerte; pero uno de los moderadores me redirigió a un hilo llamado «Eyaculaciones Lobunas», el cual ya me había leído y no me aclaró una mierda.
Al resto de respuestas, les envié un link al vídeo, por si querían pagarlo y comprobarlo por sí mismos.
Ganamos ochenta mil dólares con él, y no solo gracias a los subscriptores, ni a la gente que quería verme follando con un enorme Alfa cowboy de polla gordísima; sino gracias a los morbosos y los curiosos.
¿Cinco veces seguidas Antes de Inflamación? No, no te creo… A ver ese vídeo…
Clin, clin, felicidades, me has pagado mi nuevo Porsche.
Desde entonces, siempre que Don llegaba a la quinta, sentía una mezcla de emoción y orgullo. No era solo por el dinero que iba a ganar, sino por la satisfacción de saber que eso no lo conseguía casi nadie.
Nadie que pudiera demostrarlo, al menos.
―¿Ha quedado bien el vídeo? ―preguntó Don con voz soñolienta.
―Sí, no te preocupes.
Después, el Alfa soltó un gruñido incómodo y me acercó más a él para la inflamación.
―Ten cuidado ―me dijo.
―Sí.
La Obstrucción Lobuna, Nudo o Inflamación, era algo normal. Solía durar entre dos y tres minutos y, en ese tiempo, no podías moverte ni separarse del Macho. Primero, porque te apretaba tanto el ano que quedabas enganchado al Lobo; y, segundo, porque se enfadaban muchísimo si lo intentabas.
Era un momento muy sensible para ellos y había que tener cuidado.
Con Don, había que tener incluso más cuidado, porque la Inflamación de una polla como la suya era de otro nivel. Tenías que relajarte, respirar y dejar que la obstrucción se desarrollara por sí sola. Si te ponías nervioso o tensabas el recto, solo ibas a pasarlo mal y, aún peor, hacer daño al Lobo.
Regla Nº12 del Lobero: Nunca le jodas la inflamación a un Lobo.
En cuanto la obstrucción remitía, Don siempre se separaba. No era de los que se quedaban a descansar, o se hacían los tontos para que les dieras algo de comer, o perdían el tiempo tratando de conocerte.
El Alfa la sacaba de dentro, iba al baño a limpiarse y volvía con toda la ropa puesta.
―¿El miércoles?
―Seh… ―jadeé, quitándome la máscara puppy antes de tomar una buena respiración del aire cargado con peste a Alfa.
Don asintió y, sin más, se sacó su cajetilla de tabaco de camino a la salida, tarareando por lo bajo mientras bajaba las escaleras. Lo último que oías de él, era el suave toque que daba al cerrar la puerta.
Solo entonces resoplaba, me frotaba el rostro con cansancio y me obligaba a mí mismo a levantarme para apagar las cámaras.
Todavía me quedaban por delante dos horas de edición y otros veinte minutos en el baño, echando fuera medio litro de semen de Alfa por un ano irritado y demasiado dilatado.
Quien decía que hacer porno era un trabajo fácil, no tenía ni puta idea de lo que era aquello en realidad.