Capítulo 1
Atravesar los pasillos del aeropuerto hasta la salida fue como dar un paseo por el infierno. Tuvo que caminar entre una muralla de periodistas, flashes de cámaras fotográficas y una algarabía de preguntas destinadas a provocar una reacción descontrolada.
Hyukjae mantuvo los labios apretados y trató de no oír siquiera cosas como:
- ¿Ha tenido usted algo que ver con el accidente de su esposo, señor Lee?,
- ¿Sabía él que usted tiene una amante?,
- ¿Fue el accidente un intento de suicidio?,
- ¿Hay alguna razón por la que usted le retiró el guardaespaldas a su esposo la semana anterior?
Con la mirada al frente, Hyukjae continuó andando con decisión hacia la puerta rodeado de sus tres hombres de seguridad.
Afrontó la lluvia de preguntas sin parpadear siquiera, pero dentro de sí la furia crecía imparable hasta llegar al borde de la erupción. Hyukjae estaba acostumbrado a ser el foco de interés de la prensa, a que especularan con su vida; pero nada, absolutamente nada de lo que habían dicho de él hasta ese momento había resultado tan dañino y doloroso como aquello.
Por fin salió a la calle y fue directamente a la limusina en la que Yunho, su chófer, lo esperaba con la puerta abierta. Se metió en el vehículo y cerró la puerta nada más meter sus largas piernas en aquel refugio. Diez segundos después, el coche se puso en marcha dejando espacio para que otro vehículo recogiese a sus hombres.
-¿Qué tal está? -preguntó Hyukjae con gesto adusto al hombre que se sentaba junto a él.
-Sigue en el quirófano -respondió Kangin.
La pronunciada mandíbula de Hyukjae se cerró con fuerza al imaginar al precioso Donghae en la mesa de operaciones bajo el bisturí. Era casi tan horrible como la visión que Hyukjae no podía apartar de su mente: Donghae atrapado tras el volante de un coche destrozado, con el cabello y el rostro manchados de sangre.
-¿Quién está con él en el hospital?
Kangin titubeó ligeramente antes de dar una respuesta...
-Nadie. No ha dejado que nadie se quedara.
Hyukjae giró la cabeza y clavó la mirada en el rostro inquieto de su guardaespaldas personal en Seúl.
-¿y Jung Soo?
-Donghae lo despidió hace una semana.
El silencio que siguió a aquella respuesta podría haber consumido todo el oxígeno del interior de la limusina...
-¿y tú lo sabías?
Kangin se limitó a tragar saliva y asentir antes de tomar fuerzas para emitir palabra.
-Jung Soo me llamó para contármelo.
-¿y por qué demonios no me lo dijiste?
-Usted estaba ocupado…
Ocupado. Él siempre estaba ocupado, así era como vivía.
-Vuelve a no comunicarme algo así y estás despedido, advirtió furioso a Kangin.
Quién se movió en el asiento con inquietud mientras deseaba con todas sus fuerzas que el precioso Donghae se hubiera quedado encerrado en su enorme casa de campo, en lugar de aventurarse a explorar el mundo exterior.
-Fue un accidente, Hyukjae. Donghae iba demasiado rápido...
-Lo que importa es... ¿por qué iba tan rápido?
Kangin no respondió. No hacía falta que lo hiciera; Hyukjae sabía perfectamente sumar dos más dos. El día anterior, su nombre había aparecido en todos los periódicos sensacionalistas bajo una fotografía en la que se le veía a la salida de un restaurante de Nueva York supuestamente discreto junto a la bella Jung Jessica.
Hyukjae sintió un escalofrío al pensar en el incidente. Él jamás rehuía la obligación de proteger a Donghae de tan embarazosas escenas, pero esa noche su guardaespaldas había estado entretenido tratando de alejarlo de un borracho que había impulsado a Jessica a refugiarse agarrándose de Hyukjae.
Para cuando el guardaespaldas consiguió espantar al borracho, un astuto reportero ya había captado la perjudicial imagen. Seguramente Donghae se había enfadado, aunque... ¿quién podía saber qué pasaba por su hermosa cabeza? Hyukjae había dejado de intentar entenderlo hacía ya un año, cuando se habían casado como culminación de lo que los periódicos habían denominado «El romance del año», y después él se había negado a acostarse con él. Tras la boda y una sucesión de insultos entre los que Donghae había incluido «maníaco del poder» y «obseso sexual», Hyukjae no había querido volver a estar cerca de él.
Mentira, le dijo una voz dentro de su cabeza. En realidad, no había tenido ningún argumento contra tantas horribles verdades, así que había optado por esconderse tras el orgullo y la arrogancia.
También en aquella ocasión el origen de la explosión había sido unas fotografías que habían dado cuenta de su relación con Jessica. Jugosos fragmentos de realidad impresos junto a las mentiras que le habían impedido defenderse. Era cierto que había estado con Jessica una semana antes de la boda, sí que había salido a cenar con ella y después la había llevado y entrado con ella a su casa. El hecho de que estuviera ocurriendo al otro lado del Atlántico le había hecho creer estúpida o ingenuamente, que no había riesgo alguno.
Pero había resultado que, desde Seúl, el precioso y dulce doncel a punto de convertirse en su esposo había sido testigo de todo lo que ocurría en Nueva York gracias a una página de internet que había publicado las imágenes con todo lujo de comentarios.
Y ese pequeño mentiroso no se lo había contado a nadie, había caminado hacia el altar, donde él lo había esperado observándolo vestido como un ángel. Le había sonreído, le había dejado que lo tomara de la mano y le pusiera la alianza mientras prometía amarlo, respetarlo y protegerlo. Hasta le había concedido aquel beso tradicional en el momento de convertirse en esposos. Después habían bailado y habían posado para las fotos…
Si alguna vez había habido un hombre dispuesto a convertirse en un fiel esclavo de un doncel, había sido él: Lee Hyukjae.
Donghae había esperado hasta llegar al hotel donde iban a pasar la noche de bodas y entonces lo había atacado como una víbora; había escupido palabras que se le habían clavado a Hyukjae como puñales que lo despertaban de su sueño de arrogancia, en lugar de despertar él a su precioso durmiente con los besos y caricias que lo habrían convertido en su esclavo para siempre.
Bien era cierto que su matrimonio había resultado ser un fracaso incluso antes de consumarlo, sin embargo, el deseo de Hyukjae de poseer al precioso Donghae había permanecido intacto; tan fuerte y asfixiante como el primer día.
-Supongo que sabrás por qué ha despedido a Jung Soo, le preguntó a su guardaespaldas volviendo al presente.
Kangin reaccionó con tensión; Hyukjae se volvió a mirarlo y comprobó enseguida que su empleado estaba incómodo, muy incómodo. Incluso había un incipiente rubor coloreándole las mejillas.
-Suéltalo -lo animó entonces a hablar.
Kangin respiró hondo antes de decir nada.
-Jung Soo intentó detenerlo explicó como si estuviera defendiéndose, pero él se enfadó.
-¿Por qué quería detenerlo?
Kangin levantó una mano en un gesto de desesperación.
-Hyukjae, escucha -el tono de su guardaespaldas era demasiado dulce, no era nada lo bastante serio como para molestarte, pero a Jung Soo le preocupaba que pudiera... descontrolarse, así que le recomendó a Donghae que no lo hiciera y él...
-¿Que no hiciera qué? -Hyukjae interrumpió titubeos tan poco característicos de Kangin.
Además, para ese momento, la evidente tensión de su guardaespaldas empezó a alarmarlo. Estaba claro que lo que iba a decirle no le iba a gustar.
-Hay un hombre... -admitió por fin- Un... amigo al que Donghae ha estado viendo últimamente…
Donghae se sentía como si flotara. Era una sensación extraña, suave y al mismo tiempo aterradora. No podía abrir los ojos, lo había intentado un par de veces, pero parecía como si tuviera los párpados pegados. Le dolía la garganta al tragar y tenía la boca tan seca que, aunque hubiera querido, no habría podido hacerlo. Sabía dónde estaba. Tenía un vago recuerdo del accidente y del trayecto en ambulancia hacia el hospital, pero eso era todo lo que recordaba. Lo último que recordaba con claridad era haber puesto en marcha el coche y haber conducido hacia la enorme puerta de hierro forjado de Jongno-gu.
Recordaba la sensación de euforia al ver la carretera frente a él. La libertad que le había proporcionado dejar atrás los límites de la casa y escapar.
Escapar. Frunció el ceño, desconcertado por que la palabra hubiera acudido de pronto a su mente. Después, aparte de desconcierto, sintió un tremendo dolor en la frente al fruncir el ceño.
Alguien se movió no lejos de él.
-¿Donghae...? -oyó una voz profunda.
Consiguió abrir los ojos al menos un milímetro y por esa pequeña rendija, vio la imagen de un hombre alto, fuerte y ataviado con un traje oscuro.
Hyukjae, reconoció con una amarga punzada. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Se habría detenido por completo el mundo empresarial? De otro modo, jamás habría perdido tiempo en visitarlo.
Deseaba decirle que se marchara, pero no tenía energía suficiente; así que volvió a cerrar los ojos como para obviar el hecho de que estaba allí, sentado a los pies de su cama.
-Donghae, ¿me oyes?
Su voz sonaba inusualmente brusca. Quizá estuviera resfriado o algo afónico. Apenas lo había visto en los últimos meses... desde que había aparecido el día de su cumpleaños y lo había arrastrado hasta un restaurante para que cenara con él.
De pronto recordó la imagen de su pelo negro y su piel tan blanca a la luz de las velas, mirándolo fijamente durante toda la cena. Hyukjae desprendía elegancia por cada poro de su piel y seguridad en sí mismo. Su postura relajada no ocultaba el poder de sus músculos o de su altura. También estaba la indiferencia con que recibía las miradas de los donceles y mujeres de las demás mesas del restaurante; Hyukjae era especial y él lo sabía. Donghae también lo sabía por mucho que se esforzara en no demostrarlo.
-Feliz cumpleaños -le había dicho aquella noche poniendo sobre la mesa una cajita de terciopelo en la que había una pulsera de diamantes que debía haberle costado una verdadera fortuna.
Pero Donghae no se había dejado impresionar tampoco lo habría hecho, aunque hubiese puesto frente a él las mismísimas joyas de la corona. ¿Acaso pensaba que él no sabía que una pulsera como aquélla era el tipo de regalo que le hacía a un doncel?
¿Acaso era un regalo como se lo hacía a su amante para agradecerle los servicios prestados? ¿Dónde estaba su sensibilidad?
Claro que primero debía haberse preguntado si alguna vez la había tenido; quizá oculta bajo tanta arrogancia, como había demostrado cuando había anunciado que quería renegociar las condiciones de su matrimonio.
Seguramente había creído que podría hacerle aceptar cualquier cosa con la ayuda de aquella baratija.
Él le había devuelto la cajita mientras negaba con la cabeza, rechazando al mismo tiempo el regalo y la petición. Por supuesto, Hyukjae no se había inmutado siquiera; sólo se había tomado unos minutos para pensar y después había asentido con elegancia. Y eso había sido todo. Tras la cena, lo había llevado a Jongnogu y se había marchado a continuar con la emocionante vida de empresario y dueño del mundo que llevaba.
Seguramente le habría dado a otra la pulsera, quizá a una agradecida como Jessica.
-Lo odio -pensó sin sospechar que las palabras habían salido de sus labios…
El ruido de una silla le hizo fruncir el ceño de nuevo, provocándole el mismo dolor. Levantó la mano y se la llevó lentamente a la frente, pero otra mano lo detuvo antes de poder rozarse el rostro si quiera.
-No te toques, Donghae. No te gustará -le susurró él.
Abrió los ojos para comprobar que ahora Hyukjae estaba mucho más cerca de él, se había sentado junto a la cabecera de la cama. Lo miró con aquellos ojos oscuros que no podían disimular la tensión que trataba de ocultar con algo parecido a una sonrisa.
-¿Cómo te encuentras? -le preguntó.
Un tremendo dolor lo atacó desde varios rincones de su cuerpo, pero, sobre todo desde el corazón, que seguía roto. Cerró los ojos, volvió a expulsarlo de su lado.
Ni siquiera debería estar allí, tendría que estar en Nueva York, divirtiéndose con la voluptuosa Jessica, siempre dispuesta a lucir diamantes y colgarse del brazo del marido de otro...
-¿Sabes dónde estás? -insistió Hyukjae.
Donghae se estremeció al sentir la proximidad de su respiración.
-Estás en el hospital -parecía empeñado en informarlo-. Has sufrido un accidente. ¿Puedes oírme, Donghae?
La última pregunta denotó una evidente impaciencia. A Hyukjae no le gustaba nada que no le hiciera caso, no estaba acostumbrado. Era un tipo importante, el poderoso creador de un imperio grande y poderoso como él a quien le habían puesto Hyukjae, inspirandose en Alejandro Magno. Era dinámico, atractivo, guapísimo...
-Vete -consiguió decir mientras luchaba contra un incipiente dolor de cabeza, - No quiero que estés aquí.
Casi podía sentir su tensión a través de los dedos que seguían agarrándole la mano. Entonces sintió que se movía y un segundo después notó su otra mano retirándole un mechón de pelo de la cara…
-No lo dices en serio, mi amor -murmuró él.
«Claro que lo digo en serio», pensó Donghae al tiempo que las lágrimas se le agolpaban en los ojos porque, con sólo rozarlo, le había llevado a la memoria los sueños rotos de sentir aquellas manos acariciándolo por todas partes. Pero no eran más que eso, viejos sueños rotos que de vez en cuando se empeñaban en atormentarlo. El verdadero Hyukjae era frío y duro y normalmente prefería estar en cualquier lugar en vez de a su lado.
¿Pero cómo habría llegado allí tan rápidamente? ¿Qué hora era? ¿Qué día? Se movió impacientemente y fue entonces cuando un increíble dolor, esa vez puramente físico, lo hizo gritar.
- ¡No te muevas!
La repentina severidad de su voz lo impulsó a tratar de ponerse de lado y acurrucarse para ponerse a salvo de él, de todo; pero su cuerpo también le gritaba que no se moviese. Le dolía el costado.
-Escucha -le dijo agarrándolo por los hombros no puedes moverte. Estás herido, te duele el costado porque tienes varias costillas rotas. Has sufrido una ligera conmoción cerebral y han tenido que operarte por una hemorragia interna Donghae...
- ¿De... de qué me han operado?
-El golpe te dañó el apéndice y han tenido que quitártelo...
¿El apéndice? ¿Eso era todo? Se preguntó con incredulidad.
-No te preocupes por la cicatriz porque no la tendrás. Dentro de unas semanas estarás tan bien como siempre.
¿De verdad creería que lo único que le preocupaba era si iba a quedarle una cicatriz?
-Te odio -explotó al tiempo que rompía a llorar desesperadamente, como si de pronto se le hubiera echado encima el shock del accidente y todo el dolor acumulado.
Hyukjae se retiró inmediatamente de su lado. Todo un ejército de médicos y enfermeras lo rodearon y ya no pudo ver a Hyukjae, aunque seguía oyendo su voz:
-¿Puede alguien explicarme por qué mi esposo tiene que compartir habitación con otros tres enfermos? ¿Es que la dignidad de los pacientes no significa nada para ustedes?
Cuando volvió a despertarse, estaba rodeado de oscuridad, sólo había una tenue lámpara encendida sobre su cabeza. Podía abrir los ojos sin apenas esfuerzo y se sentía más cómodo, aunque sospechaba que era todo gracias a los medicamentos. De todos modos, respiró aliviado y miró a su alrededor. Había algo diferente, no sabía qué era exactamente, pero algo había cambiado.
-Esta tarde te han trasladado a un hospital privado -le dijo una voz profunda.
Giró la cabeza y vio a Hyukjae entre las sombras de la habitación. El corazón le dio un vuelco que no pudo controlar.
-¿Por qué? -susurró confundido.
Pero él no respondió, ¿por qué iba a hacerlo? Un hombre como él no podía dejar a su esposo al cuidado de la seguridad social, por muy eficiente que fuera, pudiendo pagar por los mismos servicios, pero con un buen toque de lujo. Sólo con mirarlo unos segundos, se dio cuenta de que no estaba de buen humor; tenía una expresión bastante sombría. Se había quitado la chaqueta del traje y aflojado el nudo de la corbata. Por un momento, le pareció ver al hombre del que se había enamorado un año antes. El mismo hombre que había encontrado una tarde al entrar al despacho de su padre. Entonces Hyukjae había tenido aquella misma expresión funesta en el rostro mientras miraba por la ventana.
Aquél había sido el día en el que le había pedido que se casase con él; sin rodeos ni introducciones románticas. Habían salido a cenar un par de veces y Hyukjae había aparecido como por casualidad en todas las fiestas o funciones a las que él había acudido. Todo el mundo había observado cómo él monopolizaba su atención mientras él se sonrojaba, pues no estaba acostumbrado a que un hombre como él demostrara interés.
Donghae tenía veintiún años y acababa de regresar después de tres años en Canadá, donde había vivido en las Rocosas junto a una madre que había demostrado tener más interés en el río Kananaskis que en cualquier persona. Donghae había acudido a Canadá para realizar su visita anual de dos semanas a la ermitaña Kim Hyang-sook y después se había quedado hasta el momento en el que su madre le había dicho que no deseaba vivir.
Donghae prefería pensar que su compañía le había dado a su madre unos años más de normalidad antes de que todo se complicara. Desde luego, en aquel momento habían tenido una relación, como madre e hijo más plena que nunca; mucho más que durante la infancia y la adolescencia de Donghae, cuando él siempre había tenido la sensación de ser un pariente lejano más que su hijo.
Al regresar a Seúl, la activa vida social de su padre había supuesto todo un shock cultural para él. Había pasado la infancia de internado en internado sin apenas contacto con las activas prácticas sociales de su padre. Tres años de tranquilidad junto a su madre no habían sido precisamente la mejor preparación para un chiquillo que se había convertido en doncel sin siquiera darse cuenta hasta que conoció a Hyukjae.
Un accidente que podría ocurrir en cualquier momento... Donghae frunció el ceño intentando recordar quién le había dicho aquellas palabras. Con un suspiro se dio cuenta de que no podía haber sido otro que el hombre alto y blanco que había ahora en su habitación de hospital. «Eres un peligro para ti mismo y para todo el que se acerque a ti», le había dicho justo antes de estrecharlo entre sus brazos y besarlo... y antes de pedirle con extrema seriedad que se casara con él.
Apartó la mirada de él, tratando también de apartar sus pensamientos de aquellos días en los que lo había amado tanto, que se habría arrastrado sobre cristales rotos si así hubiera podido estar con él. Pero esos días "habían quedado atrás hacía ya tiempo, igual que había quedado atrás su orgullo, su respeto por sí mismo y su dulce enamoramiento.
Seguía teniendo la boca seca y el efecto de lo que le habían dado para mitigar el dolor le hacía sentir los brazos y las piernas pesados como plomo. Intentó levantar la mano para alcanzar el vaso de agua que veía en la mesilla que había junto a la cama, pero apenas pudo despegar los dedos de la cama.
-Necesito agua -susurró con la voz quebrada…
En una décima de segundo, Hyukjae acudió en su ayuda; se sentó en la cama y lo ayudó a incorporarse hasta poder ponerle el vaso en los labios. Donghae sintió su fuerza y el calor que desprendía, algo que le provocó una extraña sensación, pues no había vuelto a estar tan cerca de él desde el día de la boda.
-Gracias -murmuró cuando volvió a retirar el vaso.
Retiró el vaso, pero no se movió de su lado, se quedó allí mirándolo y Donghae percibió algo en su mirada que no pudo descifrar. Claro que Hyukjae no era un tipo al que le gustase que los demás supieran lo que pensaba o sentía.
-Tu coche quedó completamente destrozado –le dijo inesperadamente.
-¿Des...trozado? -repitió el asustado.
Hyukjae asintió al tiempo que apretaba los labios.
-Debías de ir muy rápido para darte un golpe tan fuerte contra un árbol.
Donghae bajó la mirada con un gesto de dolor.
-No lo recuerdo.
-¿No recuerdas nada?
-Sólo que salí de Jongno-gu y tomé la carretera.
Después de eso... nada musitó en voz baja.
Se hizo el silencio durante unos segundos durante los que Donghae sentía que era observado y haciéndolo ruborizarse. Mentir nunca había sido su fuerte, pero en aquel momento pensó que era lo más recomendable. Se suponía que eso debía hacerlo sentirse más valiente, pero no fue así.
-¿Qué hora es? -preguntó cambiando de tema.
Hyukjae se puso en pie antes de mirar al reloj.
-Las dos y media de la mañana.
Donghae levantó la mirada y lo observó retirarse hasta la ventana…
-Creí que estabas en Nueva York.
-He vuelto... obviamente.
¿Con o sin Jessica? Se preguntó…
-No hay ninguna necesidad de que te quedes -dijo con tensión.
Hyukjae no solía quedarse en ningún sitio, entraba y salía de su vida como si estuviera de inspección; le hacía las preguntas de rigor sobre su vida y a veces hasta se entretenía en llevarlo a alguna fiesta o reunión social sólo para guardar las apariencias.
Se suponía que la habitación que había junto a la de él en Jongno-gu era suya, pero jamás había dormido allí. Parecía que guardar las apariencias sólo consistía en llevarlo hasta la puerta de su dormitorio y después volver a marcharse.
-Es lo que se supone que debo hacer.
-Bueno, pues te relevo de tus obligaciones -aclaró él con cierto dolor: vete, Hyukjae.
Cada vez le resultaba más difícil mantener los ojos abiertos, incluso hablar suponía un tremendo esfuerzo. -Me pone nervioso que estés ahí de pie... le dijo.
Hyukjae permaneció allí mientras aquel pequeño mentiroso entraba inmediatamente en un profundo sueño. La lamparita de la pared iluminaba la palidez de su rostro y los cortes inflamados que distorsionaban su belleza.
Dios, le afectaba verlo en ese estado. Tenía el pelo castaño enmarañado, aunque a él le gustaba más cuando lo dejaba al aire. La primera vez que lo había visto había sido en casa de su padre, acababa de volver de pasear a los perros. Aquél había sido un día de viento y él había aparecido con el rostro brillante por el frío y el pelo revuelto. Los ojos color chocolate con un increíble brillo se le habían llenado de chispas al echarse a reír por alguna travesura de los perros…
Había sido entonces cuando lo había visto; había paseado la mirada desde sus pies hasta su rostro de un modo que Hyukjae había aprendido a identificar como una costumbre que le disparaba la libido hasta alturas insospechadas. Lo volvía loco recordar todas las veces que se había ruborizado al mirarlo. Perdiendo la vista en la oscuridad del exterior, prefirió no pensar en lo que había sucedido después del rubor…
Debía haberse alejado de él cuándo todavía había estado a tiempo. Siempre había sabido que no era buena idea mezclar los negocios con el placer; sobre todo si se trataba del tipo de negocios que tenía con Lee Seung-yeon, que requerían tener el corazón muy frío y la mente muy clara. Cosa que no se podía conseguir con tanto deseo sexual atormentándolo a uno. Él había tenido una serie de amantes sensuales que habían sabido perfectamente qué era lo que le gustaba y se lo habían dado sin esperar demasiado a cambio. ¿Para qué necesitaba a un chiquillo ingenuo de cabello salvaje y ojos encantadores?
Donghae tenía razón, pensó con un doloroso suspiro, debía marcharse. Debía alejarse de allí antes de sufrir más daños; aunque, por algún motivo, tenía la sensación de que era demasiado tarde.
Los periódicos sensacionalistas ya estarían en marcha, publicando todo tipo de rumores y acusaciones. Lo único positivo era que la prensa no podía saber a dónde se dirigía Donghae cuando estrelló el coche en aquella tranquila carretera rural. En ese momento le sonó el celular, Park Jung Soo estaba tratando de ponerse en contacto con él. Parecía que iba a descubrir la verdad sobre el nuevo «amigo» de su esposo, reconoció con tristeza. Agarró su chaqueta y le echó un último vistazo a Donghae antes de salir de la habitación en silencio.








