Capítulo 1: El Cumpleaños Número 19
El sol de la mañana se colaba por las cortinas blancas de la casa, proyectando líneas cálidas sobre los marcos de las fotografías colgadas en la pared. Una en particular captaba la atención de Scott cada vez que pasaba por el pasillo: una imagen antigua, tomada en el parque, donde su difunta esposa reía abrazando a una pequeña Emma de tan solo siete años.
Scott acarició la madera del marco con la yema de los dedos, su mente navegando entre recuerdos y ausencias. Hoy, esa pequeña ya no era una niña. Hoy cumplía diecinueve.
Desde muy temprano, el aroma a pastel horneado y chocolate caliente inundaba la casa. Emma se había despertado antes que él, emocionada como en sus cumpleaños infantiles. Era de esas personas que no perdían la alegría por lo simple, y Scott lo adoraba. Más aún, la adoraba a ella.
Cuando la vio aparecer en el umbral de la cocina, por un momento se le cortó la respiración.
Emma llevaba una blusa de algodón color crema, suelta, que dejaba ver el nacimiento de sus clavículas. El cabello rubio lo tenía recogido en una trenza floja que caía por su hombro izquierdo. Y debajo, un pantalón corto que apenas cubría la mitad de sus muslos.
Pero no era su cuerpo lo que lo dejó sin palabras.
Era su rostro. Esa sonrisa suave, de labios curvados sin intención, de ojos que brillaban como si el mundo aún fuera bueno. Era la misma sonrisa que solía ver en su esposa.
“¿Papi? ¿Estás bien?” preguntó Emma, con un tono dulce, mientras se acercaba con un plato de panqueques decorado con crema.
Scott parpadeó, y el hechizo se rompió.
“Claro, princesa. Feliz cumpleaños.” Le sonrió, tragando un nudo extraño que se le había formado en la garganta.
Ella dejó el plato en la mesa y se acercó para abrazarlo. Su cuerpo, tibio, se presionó contra el suyo, y él sintió cómo el mundo entero se detenía por un segundo.
—Gracias por todo lo que haces por mí, —susurró ella, con el rostro escondido en su pecho—. Mamá estaría orgullosa.
Él apoyó su mano en su espalda, acariciándola lentamente, deseando no soltarla nunca.
—
Durante el almuerzo, Scott invitó a algunos amigos cercanos y a la vecina del frente, una mujer mayor que consideraba a Emma como una sobrina. Había decoraciones modestas en el jardín, una piñata que colgaba de forma simbólica, y muchas risas. Emma lucía feliz, sin preocuparse por el paso del tiempo ni la forma en que empezaba a atraer miradas que ella misma aún no notaba.
Scott, en cambio, sí las notaba.
Notaba cómo uno de los amigos de la universidad de Emma le hacía preguntas innecesarias sobre su vida. Notaba cómo otro la miraba de reojo mientras bebía cerveza. Notaba que ella no se daba cuenta, porque siempre había sido inocente, distraída, confiada.
Y por primera vez, sintió celos.
No sabía por qué, ni se atrevía a admitirlo. Pero ese ardor en el estómago, esa necesidad de interponerse, de protegerla… tenía un matiz que nunca había sentido antes.
—
Más tarde, cuando todos se habían ido y la casa volvía a llenarse de silencio, Emma subió a su habitación mientras él recogía los platos del jardín. El sol ya caía, y una brisa suave arrastraba hojas secas por el piso de madera del porche.
La puerta del cuarto de Emma estaba entreabierta, como siempre. Nunca la cerraba del todo. Scott se detuvo un segundo antes de empujarla apenas con los nudillos.
“¿Puedo pasar?”
“Sí, claro.” Su voz venía desde adentro, alegre como siempre.
Entró. El cuarto estaba lleno de luz suave, las luces amarillas de las guirnaldas colgadas por ella misma envolvían todo con una calidez particular. Emma estaba sentada en la alfombra, abriendo regalos que sus amigas le habían dejado.
—Mira esto —dijo, levantando una caja que contenía un perfume rosa y un conjunto de maquillaje—. Jamás sabría cómo usarlo.
Scott se sentó frente a ella, sonriendo.
—Seguro que te verías hermosa con todo eso.
Emma se rió, encogiéndose de hombros. “¿Hermosa? Si tú lo dices…”
Él la miró. Sus ojos tenían ese brillo inocente, sin malicia. Pero su cuerpo ya no era el de una niña. Y por primera vez, Scott comenzó a darse cuenta de que su afecto paternal había empezado a mezclarse con otra cosa. Una que había reprimido por demasiado tiempo. Y no era una simple atracción. Era algo más oscuro. Más profundo. Algo que venía creciendo sin que él lo notara.
—Te traje algo —dijo él, rompiendo el silencio.
Sacó una pequeña caja envuelta en terciopelo. Emma la miró con sorpresa.
—¿Otro regalo? Pero ya hiciste mucho…
—Ábrela.
Dentro, había un colgante de plata con una piedra color ámbar, igual al que su madre solía usar.
Emma lo sostuvo con manos temblorosas.
—Es igual al de mamá...
—Era de ella. Quiero que lo tengas tú.
Emma lo abrazó sin pensar. Esta vez más fuerte, más largo. Él sintió sus pechos presionar contra su pecho, su respiración cerca del cuello. Y no supo qué hacer con las sensaciones que eso le provocaba.
—Te amo, papá —susurró.
Scott cerró los ojos. Algo dentro de él se rompió y se encendió al mismo tiempo. Ya no podía mentirse. Ya no podía decir que lo que sentía era solo amor paternal.
Y aún así, no hizo nada. No esa noche.
Solo la miró cuando ella se durmió, sentada en la alfombra, abrazada al colgante de su madre. La cubrió con una manta y apagó la luz. Pero su mente ya no podía escapar de esa imagen: Emma, su hijastra, convertida sin saberlo en el centro de un deseo que llevaba tiempo incubándose.
Un deseo que Scott ya no sabía si podría contener.








