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No solía fijarme en las chicas; así que, no me extrañó que Namjoon la viera primero. Cuando me la señaló y me fijé en los hombres que la seguían, estuve de acuerdo en que era demasiado tarde para que ella anduviera sola. Tomamos una decisión rápida: seguir a la mujer y a los cuatro hombres por la vacía calle azotada por el viento. Por las miradas furtivas de la mujer sobre su hombro, era obvio que sabía que estaba siendo perseguida, acechada. Cuando aceleró sus pasos, sus perseguidores también lo hicieron.
Desde donde estábamos, deslizándonos entre las sombras, pasamos de caminar a trotar, y a correr, en el recorrido de una cuadra. Quizás todo estaba bien. Quizás ella dominaba el Tae Kwon Do. Quizás ella conocía a los hombres que la perseguían y todo era parte de un juego, algún extraño y pervertido juego sexual, del cual mi mejor amigo y yo no teníamos conocimiento. El asunto era que ella estaba en la calle, aparentemente sola, a las dos de la madrugada en un área bastante peligrosa de la ciudad.
—¿Puedo ir solo? —pregunté, a pesar de que ya sabía la respuesta—. Iría mucho más rápido.
Namjoon negó con la cabeza antes de alejarse rápidamente de mi lado. Lo conocía desde que éramos unos niños; así que sabía que sería una mala idea intentar aplicar la lógica a la situación. Con su debilidad por las damas en apuros, no había posibilidad de que me dejara ir solo. Lo único que podía hacer era quedarme a su lado, igualando sus zancadas cuando corríamos.
—Me pregunto por qué está en la calle a esta hora —caviló Namjoon, acelerando el paso.
Para mí, era evidente que ella estaba loca. A las dos de la madrugada, en un área tan peligrosa de la ciudad, andar sola era señal de que la chica deseaba morir. Esperaba que no nos arrastrara a Namjoon y a mí con ella. Pero pasara lo que pasara, el momento de ignorar el asunto había quedado atrás cuando vimos que ella corría peligro.
Nos desviamos hacia un callejón. Nos quitamos rápidamente la ropa. En una entrada, amontonamos las chaquetas, los suéteres, los pantalones vaqueros, los zapatos y los calcetines. Tuvimos que despojarnos de nuestras ropas para poder transmutar y aterrorizar. La realidad es que jamás habíamos intentado aterrorizar antes.
Con un metro cincuenta y dos, yo no era grande. Además, mi complexión era parecida a la de un nadador, músculos largos y fibrosos en una constitución delgada. Con un metro ochenta y tres, sobre noventa y un kilos, mi amigo Kim Namjoon era más imponente que yo por su cuerpo musculoso, pero tampoco había asustado a nadie antes.
Una vez nos trasmutábamos, todo cambiaba. Cuando nos convertíamos en panteras, nos convertíamos en material de pesadillas. En segundos, yo pasaba de ser más pequeño y débil que mi amigo a ser más fuerte y rápido. En mi forma pantera, era mucho más aterrador que cualquier otro que haya conocido.
Escuché el grito de la mujer y esperé un segundo para asegurarme de que sabía hacia dónde dirigirme antes de echar a correr. Era como ser disparado por una pistola; una ráfaga de velocidad y mi visión cambiaba y mi enfoque disminuía. Sin dudarlo, pasaba de no ver en la oscuridad a tener una visión perfecta. Mi cambio siempre sucedía así de rápido. A Namjoon, le tomaría tiempo alcanzarme; ya que su propia metamorfosis ocurría en minutos, no segundos.
Muchas veces, me habían dicho que mi transición era como ver avanzar una ola, que al retirarse revelaba un animal donde había estado el hombre. A lo largo de los años, les he preguntado a muchos compañeros transmutadores qué sentían al transmutar y he escuchado una vasta variedad de descripciones. Algunos me hablaron del poder ondulante que se deslizaba sobre sus pieles y del calor que saturaba sus extremidades; mientras otros me dijeron que era una descarga de adrenalina o una dosis de euforia.
Jamás había experimentado ese tipo de exultación, porque mi cuerpo desechaba una forma por la otra con demasiada rapidez como para que mi cerebro lo registrara. En un momento, era un hombre; al siguiente, una pantera. El cambio se llevaba a cabo de forma tan perfecta que no se podía ver. Podía haberme desenvuelto muy bien en un espectáculo de magia en Las Vegas.
Salí volando por la carretera hacia un callejón lateral. Emergí a tiempo para ver a la mujer correr a través de un terreno vacío y a los cuatro hombres tras ella. Los seguí, lanzándome sobre la cerca de alambre que rodeaba la propiedad, franqueé los ciento ochenta y cuatro metros de altura de la misma y aterricé al otro lado sin perder el ímpetu ni un momento. Fue como si cayera sobre el escenario y esperara la reacción. Imaginaba que gritarían, que se quedarían boquiabiertos, se horrorizarían, aterrarían y tendrían miedo.
No percibí nada de eso.
Todos se paralizaron. Incluso la chica dejó de correr y se quedó inmóvil. Nadie se movió, pero nadie se desmayó. ¿En qué momento dejó de ser aterrador ver una pantera negra aparecer repentinamente en medio de la noche en el centro de la ciudad de Wonju?
—¿Qué demonios es esto? —uno de los hombres se rió socarrón, señalándome—. Pensé que estabas sola.
Ninguno estaba asustado. Lo que era peor, sabían lo qué yo era; no me estaban confundiendo con un animal. Sentí un extraño hueco en el estómago al percatarme de ese hecho. Ser descubierto sin autorización en el territorio de otros, era malo. Bajé la cabeza, preparándome para la pelea.
—¿Crees que a esta hora de la noche estaría en la calle sin un chaperón? —dijo la chica soltando el aire, desafiándolos. Caminó hacia atrás, alejándose de ellos, acercándose a mí—. Más vale que desistan. Éste es sólo uno de mis guardaespaldas.
En ese momento, se les vio indecisos. Nada los había atemorizado hasta que los hicieron reflexionar sobre la posibilidad de que yo fuera el delantero de su tribu. Retrocedieron, mirando de atrás hacia adelante, antes de repentinamente girar y echarse a correr. Me sentí eufórico un segundo, antes de escucharlos llamar a los demás; sus gruñidos viajaron a través de la noche.
—Oh, Dios —ella gimoteó, dando un paso hacia atrás, aferrándose con su mano a mi piel.
De repente, me soltó y comenzó a tirar de su ropa, desnudándose lo más rápido posible. Sus ojos eran enormes, salvajes; miraba hacia el terreno y hacia mí, asegurándose de que no fuera a atacarla. Deseaba transmutar y decirle que no tenía que preocuparse, porque era homosexual y mi único interés era protegerla. Pero necesitaba que ella transmutara rápido y se concentrara; no que dividiera su energía.
Como sospeché, su transmutación llevó varios minutos. Los músculos y los huesos se reagruparon, mientras su cuerpo se retorcía y convulsionaba. Podía decir que su transformación dolía y que ella lo odiaba. Yo también lo hacía, pero por diferentes razones. Escuché patas acolchonadas pisando la nieve y me sentí aliviado a ver a Namjoon correr hacia mí. Ella se pegó a mi costado, pero el toque de mi nariz la calmó. Cuando Namjoon se detuvo, paralizado, frente a mí, ella lo miró a hurtadillas, despacio.
Observé cómo él se estremecía. De haber estado en mi forma humana, les hubiera gritado. Ellos estaban viviendo un momento tierno, cuando deberíamos estar corriendo. El tiempo que tuve que esperar a que ella transmutara y a que Namjoon llegara, hizo que fuera imposible huir. Supe que era demasiado tarde, cuando comenzaron a aparecer gatos por encima de la cerca de alambre a atacarnos. Tuvimos que quedarnos y pelear, en lugar de escapar.
Al sentir un toque en mi hombro, me giré y me topé con la mirada de Namjoon, que esperaba por mí. La mujer pantera también se contenía, esperando por mí. Su deseo de ser protegida doblegó su impulso instintivo de correr. Ambos estaban asustados y cuando me dispuse a pelear, me siguieron.
Enormes garras afiladísimas se acercaron a mi rostro, pero evadí el ataque fácilmente. Los gatos que he conocido se mueven en cámara lenta en comparación conmigo; ya que, soy capaz de girar fuera del camino sin que logren tocarme. Con la cabeza gacha, pareciéndome más a un toro que a una pantera, golpeé y tiré a un lado el cuerpo que se abalanzaba sobre mí. Alcancé a ver colmillos relucientes y alejé esa cara con un golpe, atropellando al animal caído debajo de mí. Me abrí camino a través de la manada, apenas consciente de otra cosa que no fuera lo bien que lo estaba pasando. En total, había seis o siete enormes panteras machos intentando evitar que escapáramos. Pero me atacaban por separado, en vez de trabajar juntos para detenernos. Mis probabilidades eran mejores con su ataque individual; la esperanza creció en mí cuando la hembra y Namjoon me siguieron con precisión. Por instinto, sabían que no debíamos separarnos.
Otra de las panteras arremetió contra mí. Salté por encima de él, cayendo sobre su espalda antes de empujarlo hacia atrás. Lo derribé y la fuerza de mi salto lo hizo dar volteretas. Cuando me giré para escapar, sujetaron repentinamente a la hembra y la alejaron de nosotros. Di media vuelta para enfrentar a su atacante, el cual la vigilaba, inmóvil, mirándome. Sus dientes estaban al descubierto; sus labios exponían colmillos largos y afilados, semejantes a dagas, y encías ennegrecidas. Él podía bajar la cabeza y causarle daño con facilidad; así que, esperando intimidarlo, me erguí, alargé el cuello e inspiré, concentrando un rugido en la garganta.
Sabía cómo me veía, como si fuera un fragmento de la noche. Siendo pantera negra, era diferente a los gatos dorados frente a mí y lo más probable era que no hubieran visto antes una pantera como yo. Era raro, más de lo que él podía imaginarse.
Cuando su aroma cambió, me sentí aliviado. Pude oler su miedo.
Observé asombrado cómo se quedaba inmóvil, quieto, como sólo un animal lo puede estar. Cuando bajé la cabeza, mi piel se encrespó y él dio un leve paso hacia atrás. Sacando provecho de mi ventaja, levanté la cabeza y solté un gruñido fuerte. Se estremeció. Mi muestra de velocidad y fuerza lo había asustado; aprensivo, esperaba mi próximo movimiento. Cuando dio otro paso hacia atrás, alejando sus dientes de la hembra, salté. Aterricé sobre ella y permanecí allí, permitiéndoles que me vieran. Mi postura indicaba que ella era mía y que la había reclamado. Si el líder la quería, tendría que retarme y la pelea sería entre él y yo. Sabía que en ese momento llevaba las de ganar.
Me sorprendí, cuando el líder de la manada no reaccionó. Su indecisión me hizo pensar que se inclinaría ante mí, se pondría boca arriba y expondría su garganta. Según el código por el que vivíamos, tenía que demostrarme sumisión; por lo que, me asombró verlo girarse y echar a correr, con los demás siguiendo su ejemplo.
Nos quedamos solos en el terreno, ahora silencioso, con la hembra. Estaba confundido por la retirada de los gatos, tanto que me sobresaltó su movimiento debajo de mí. Ella se alzó con gran esfuerzo y acarició mi mentón con su cabeza. Cuando atrapé gentilmente su nuca entre mis fauces, escuché su profundo ronroneo de satisfacción, antes de que ella empezara a temblar. Con gentileza y calma, la ayudé a levantar, usando mi cuerpo como apoyo. La pantera que la había sujetado, la había lanzado al suelo con fuerza; así que, se recostó pesadamente en mí cuando comenzamos a caminar. Namjoon caminaba al otro lado de ella y con nuestros cuerpos la sosteníamos. Unos segundos después escuchamos a los demás y entonces comprendí el verdadero motivo por el que los atacantes se habían retirado.
El líder sabía que la caballería se acercaba y, al no saber de cuánto tiempo disponía, había decidido huir. Después de todo, yo no era tan aterrador como pensaba.
La llamada de la hembra fue baja apenas un leve llanto para dejar saber a su tribu dónde estaba y que estaba bien. Me tensé y sentí cómo me sujetaba delicadamente el hombro con sus dientes para evitar que me marchara. Me giré y froté su cabeza con mi mentón antes de darle un suave empujón que la desequilibró y apartó de mí. Di un salto, alejándome antes de que lograra recuperar el equilibrio. Ella dio un paso hacia delante, pero yo ya estaba fuera de su alcance. Su tribu, su familia, estaba cerca y ella estaría a salvo. Le gruñí a Namjoon, quien luego de unos segundos de indecisión, salió disparado detrás de mí. Di media vuelta y regresé por la ruta que había llegado.
Escuché la llamada baja y fuerte de la hembra; un sonido que ya no estaba cargado de dolor, sino de pérdida. Seguí corriendo, sintiendo a mi amigo junto a mí. Saltamos la cerca por segunda vez en esa noche y cruzamos la calle volando.
Nuestra ropa estaba dónde la habíamos dejado y, en unos minutos, nos habíamos vestido con las prendas que ahora estaban frías y húmedas.
—¿Por qué corremos? —preguntó Namjoon, visiblemente confundido.
—¿Cómo puedes preguntar eso? —dije con brusquedad—. No sabemos de quién es este territorio y acabamos de pelear con sabrá Dios quién. Necesitamos largarnos de aquí y regresar a casa ya.
—Salvamos a la chica.
—Sí, pero, ¿a quién salvamos?
—¿Qué quieres decir?
Él no tenía ni idea del motivo de mi preocupación. El hecho de que acabábamos de enfrentarnos a una tribu de panteras, y que tarde o temprano iban a estar buscándonos, no le preocupaba. Habíamos hecho lo correcto: salvar a la chica. Namjoon estaba seguro de que todo saldría bien. Pero yo era realista. Estaba preocupado por las repercusiones; por ejemplo, quién llegaría a llamar a nuestra puerta.
¿Sería la tribu agradecida de la hembra que habíamos salvado? O ¿sería la tribu molesta que habíamos ahuyentado? Ni lo uno ni lo otro nos convenía. No quería involucrarme y, lo que era más importante, no quería ser llamado ante el semel, el líder, de su tribu o de la nuestra.
—¿Qué es lo que pasa?
Me conocía. Sabía que estaba preocupado por alguna razón, sólo que no tenía idea de cuál era.
—¿Jimin?
Me pasé una mano por el cabello. –Regresemos a casa, ¿está bien?
—Estás actuando extraño —comentó, pero me siguió cuando comencé a caminar hacia el centro de la ciudad.
Iba a decirle algo, cuando de repente las luces de un auto lo alumbraron. Como temía, nuestra oportunidad de escabullirnos en la noche ya no era una opción.