Entre Hielo, Fuego y Estrellas

Summary

Después de la disolución de Fairy Tail luego de la pelea contra Álvarez, Lucy se ha volcado en reconstruir el gremio desde cero. Día tras día, revisando papeles, reuniendo a sus antiguos compañeros, soportando el vacío que dejó la ausencia de Natsu, quien se marchó sin decir adiós. Lo que nunca esperó fue que Gray -el distante, frío y muchas veces impredecible Gray- fuera el primero en volver a buscarla. - Lucy está en su departamento, agotada tras un día de trabajo cuando escucha golpes en la ventana. Al abrir, ve a Gray empapado por la lluvia. -Necesito hablar contigo -dice, serio. -¿Tú... buscándome? Esto sí que es nuevo. Él no responde. En cambio, le tiende una hoja de papel arrugada: un mapa, con marcas y notas de los lugares donde ha buscado a los miembros del gremio. Ha estado ayudándola en secreto. Desde lejos. Sin decirle una palabra. Mientras el gremio se reconstruye, también lo hacen ellos. A paso lento. Con dudas, heridas, y deseos que apenas se atreven a nombrar. Pero con cada momento compartido, cada sonrisa robada, cada mirada sostenida un segundo más de lo debido, la pasión comienza a crecer. Silenciosa. Peligrosa. Inevitable. Y justo cuando parece que podrían dar el paso... Natsu regresa. ¿Demasiado tarde? Lo que no sabe Lucy, es que dejando el romance de lado su destino está por cambiar... "El Nacimiento de una Diosa"

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

1: Retazos de Silencio

Lucy Heartfilia no estaba acostumbrada al silencio.


No al tipo de silencio que se siente como una ausencia. Desde que Fairy Tail se disolvió, su apartamento estaba lleno de ellos: silencios en la mañana cuando no había gritos de Natsu al despertar, silencios en la noche cuando ya nadie rompía la ventana para invitarla a una misión. Silencios que dolían más que cualquier herida de batalla.


Ese día, como tantos otros, estaba sola en su pequeño escritorio, con papeles desparramados a su alrededor, trazando un mapa de Magnolia con tachones en rojo. Había trazado cada rumor, cada pista, cada nombre que escuchaba en las calles. Buscaba a sus compañeros, a su familia.


Y entonces, justo cuando la tinta comenzaba a secarse, alguien llamó a su ventana.


Lucy giró bruscamente. Afuera llovía, y entre las gotas que resbalaban por el vidrio, una figura familiar la observaba. Cabello oscuro empapado, cejas fruncidas, mirada intensa.


Gray.


Abrió la ventana sin pensarlo dos veces.


—¿Gray? ¿Estás bien? ¿Cómo es que estás aquí? Yo...


—¿Puedo pasar? —preguntó él interrumpiéndola, sin rodeos, empapado de pies a cabeza.


Lucy lo hizo entrar sin dudarlo, corriendo a buscarle una toalla.


—¿Qué haces aquí? Pensé que estabas con Juvia.


—No... —La pausa fue larga—. No funcionó. Ella se fue por su cuenta. Yo... he estado buscando.


Lucy lo miró, confundida. Gray no hablaba fácilmente de sus emociones. Era un campo minado, uno que nadie se atrevía a pisar. Tratando de no usmear mucho pero seguida por la curiosidad Lucy se atrevió a preguntar:


—¿Buscando qué?


En lugar de responder, él sacó un papel arrugado del bolsillo. Un mapa. El suyo. Con anotaciones nuevas. Correcciones. Nombres que ella no había escuchado aún.


—Has estado... ayudándome —dijo ella en voz baja, sorprendida.


Gray se encogió de hombros, como si no fuera nada.


—No soy bueno con las palabras, Lucy. Pero no podía quedarme quieto.


El silencio que siguió ya no era vacío. Era denso. Lleno de cosas no dichas.


Lucy sintió que algo en su pecho se encogía. No por tristeza, sino por algo más sutil. Algo cálido. Peligroso.


—Gracias —murmuró con lágrimas que comenzaban a asomarse en sus ojos y lo que parecía ser un leve sonrojo.


Él asintió, sin mirarla directamente. Pero en ese instante, cuando sus dedos se rozaron al tomar el mapa, Lucy notó el temblor en la mano de Gray. Un gesto pequeño. Insignificante.


Pero para ella fue suficiente.


Quizá el hielo no estaba tan frío después de todo.


Y mientras él se marchaba esa noche bajo la lluvia, Lucy lo vio por la ventana, su silueta desvaneciéndose entre la bruma.


No entendía lo que sentía aún. Pero por primera vez en semanas... su silencio no la hacía sentir sola.



——



Pasaron tres semanas desde aquella noche de lluvia.


Gray seguía apareciendo sin previo aviso, siempre en silencio, como si el mundo no necesitara anunciar su llegada. A veces en la madrugada, otras al anochecer. A Lucy ya no le sorprendía oír un golpe en la ventana o ver su silueta recortada en el umbral de la puerta.


Se había vuelto rutina. Una rutina silenciosa, sin palabras innecesarias, donde ella preparaba té para dos y él hojeaba mapas o simplemente se sentaba en el sofá, con los ojos cerrados, respirando en paz.


Y sin embargo... cada gesto decía más que cualquier frase.


Gray no era fácil de leer. Lucy lo sabía. Su rostro serio, su actitud reservada, su tendencia a callar cuando más se necesitaban palabras. Pero esos silencios se estaban volviendo distintos. Cargados. Como si contuvieran sentimientos que él aún no se permitía sentir.


Y ella... ella empezaba a mirarlo de otra forma.




Ese día decidieron entrenar juntos en el claro del bosque cercano a la vieja sede del gremio.


—¿Lista para perder, Heartfilia? —dijo él con una sonrisa ladina mientras se quitaba la camiseta, como si no supiera el efecto que tenía en ella.


Lucy rodó los ojos, aunque el corazón se le aceleró.


—Solo si planeas derretirte a ti mismo con tanto hielo.


Comenzaron el entrenamiento con ataques simples. Invocaciones, evasiones, estallidos de magia. Al principio todo era coordinación, técnica, risas suaves. Pero algo cambió cuando sus movimientos se volvieron más cercanos. Más físicos.


Lucy cayó hacia atrás tras esquivar por poco una ráfaga de hielo. Gray se apresuró a alcanzarla antes de que tocara el suelo.


Sus manos se encontraron en el aire. Ella lo miró a los ojos. Y ahí estaban otra vez: las cosas no dichas.


—¿Estás bien? —murmuró él, su voz apenas un susurro.


Lucy asintió, pero no se apartó. Su mano seguía aferrada a la suya. El calor de sus dedos contrastaba con el frío que él siempre irradiaba, y por primera vez, no quiso soltarlo.


—Gray... últimamente has estado... —Empezó a decir, pero la frase murió en sus labios.


Él no respondió, pero tampoco apartó la mirada. Había algo en sus ojos. Vulnerabilidad. Miedo. Y una chispa —una muy tenue— de deseo contenido.




Esa noche, Lucy regresó sola a casa. Gray se había marchado sin decir adiós, una vez más.


Pero algo era distinto.




Al día siguiente, la encontró en la biblioteca de Magnolia, con ojeras visibles y expresión tensa. Él no dijo nada al principio. Solo la observó desde la entrada.


Lucy notó su presencia y suspiró.


—¿Otra vez me estás siguiendo?


Gray sonrió, pero esta vez fue amarga.


—No. Esta vez... vine a decir algo.


Ella lo miró, seria.


—¿Y vas a decirlo? ¿O vas a quedarte callado como siempre?


Él se acercó. Su sombra la cubrió mientras se inclinaba sobre la mesa.


—No sé cómo hacerlo. Pero... me importas, Lucy. Más de lo que debería. Y no tengo idea de cuándo pasó eso.


Lucy lo miró, incrédula. Un nudo se formó en su garganta. No porque no lo hubiera imaginado, sino porque escucharlo era distinto. Real. Dolorosamente real.


—¿Y por qué suena como si eso fuera un problema? —susurró ella, dolida.


Gray cerró los ojos, luchando con sus propias sombras.


—Porque todo lo que toco... termina rompiéndose.




En ese momento, Lucy entendió. Él no temía sentir. Temía arrastrarla con él si lo hacía.


Ella se levantó y lo tomó del rostro con las dos manos, obligándolo a mirarla.


—Yo no soy de hielo, Gray. Pero tampoco soy de cristal. No tienes que tener miedo de tocarme.


Sus labios estaban tan cerca... pero no se besaron.


Todavía no.


El momento no era suyo aún.


Pero por primera vez, el hielo había empezado a agrietarse.




Y en las sombras de la biblioteca, unos ojos encendidos lo vieron todo. Ojos color fuego.


Natsu había vuelto.








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Notas:

¿Les está gustando? Si encuentran algún error ortográfico y la redacción se les hace un poco desordenada por favor háganmelo saber. Gracias de antemano.


Mar.