1.1.-El verdadero camino.
En el primer día de la segunda semana, los muchos caminos trazados no llevaban a ningún sitio. Solo uno de ellos los guiaría a la libertad anhelada... Pero ¿cómo saber cuál escoger? Si tan solo su Kövai Damián siguiera con ellos, él podría guiarlos, más su tiempo ya había acabado hacía cuarenta lunas.
Jacobo miró a Luis y reclamó:
—Qué falso eres. ¿No te da vergüenza, con tu mujer embarazada, engañarnos con estos túneles sin final? —le escupió, y Luis esquivó—. ¡Admite tu maldito plan de entregarnos a los Siquis a cambio de refugio! ¡Ahora!
—¿Cómo te atreves a llamar mentiroso a con quien has compartido la vida entera? —preguntó Cauda, esposa de Luis, con enojo —¿O nos dices que nuestro lazo ya no vale para ti?
Jacobo observó con detenimiento a Cauda, su pelo negro estaba recogido y apenas se había dado cuenta, sus ojos estaban cansados y sus labios ya no eran rosados sino secos y agrietados. Sintió una fuerte abrumación, sin poder verla a los ojos les dio la espalda y se dirigió hacia el final donde se encontraba su hermano, quien ya tenía rato cargando la carretilla.
—Por favor ve adelante, Ramiro. No le quites los ojos de encima a Luis —pidió y tomó su lugar —. Tener a esta mujer aquí me está matando —susurró.
Su hermano asintió y se dirigió al principio.
—¿Por dónde, Luis? Mas te vale no titubear.
—Por la derecha, el segundo —respondió, a voz y paso firme.
Todos caminaron por donde el Kövai Ramiro les guiaba, siguiendo ese sendero fiándose del rebelde de Luis. A pesar de ser un Emeroy, de su misma sangre, raza y religión, de verse igual al resto tanto en sus trapos como en la similitud de sus rostros toscos y piel morena, ninguno de ellos confiaba en él, solamente su esposa, quien era su vela entre tanta oscuridad.
La humedad por el camino empezó a ser un problema, tanto que cuando la carretilla ya no pudo avanzar Jacobo se dio cuenta del error que había cometido. No los entregarían a los Siquis, sino, a algo peor, peor que el pueblo que clama sangre con cada amanecer y en este mundo solo había una raza peor que ellos.
—¡Ramiro, paren, paren todos! —gritó mientras se desplazaba entre la multitud.
Todos abrieron su paso, deteniéndose según la orden, pero ya era tarde. La luz al final del túnel era clara más no se oían pájaros, en su lugar el sonido del mar golpeando la costa cantaba para ellos el último son.
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