Velo sombrío

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Summary

En un mundo de corte medieval donde la magia y las Leyes ancestrales rigen la existencia, Ren Kageyama, un joven enigmático de cabello azul oscuro y ojos beige, se alza desde las cenizas de una tragedia personal. Tras la aniquilación de su aldea por una misteriosa plaga, Ren descubre una afinidad única con el Éter Sombrío, la energía primordial que permea la vida y la muerte. A diferencia de los nigromantes comunes, su poder no busca solo la destrucción, sino la comprensión y el equilibrio. Su búsqueda de respuestas lo lleva a la Academia de la Sombra Velada, un santuario oculto donde la nigromancia se estudia como una ciencia. Allí, Ren se especializa en la sanación de almas y el conocimiento de las Leyes del Velo, aunque una furia latente le otorga un inesperado don para el ataque. Pronto, se ve inmerso en una conspiración que amenaza con reescribir el tejido mismo de la realidad. Un Inquisidor Valerius, renegado de la poderosa Iglesia de la Luz Eterna, ha pervertido el Éter Sombrío y los conocimientos de un linaje noble para activar "núcleos de creación" y desatar una "nueva vida" de Éter puro, una abominación que consume la existencia para formarse. La batalla de Ren no es solo contra un enemigo, sino contra la aniquilación del ciclo de la vida y la muerte.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: el umbral de la sombra y el eco de las

Capítulo 1: El Umbral de la Sombra y el Eco de las Almas


El hormigueo de poder crudo, casi violento, aún vibraba en las puntas de los dedos de Ren Kageyama. El eco de la explosión de Éter Sombrío se aferraba al aire de la sala de evaluación. Los maestros, figuras sombrías con túnicas que parecían absorber la poca luz, intercambiaban miradas. Ren, con su cabello azul oscuro, casi negro, y sus ojos de un inusual color beige que parecían absorber la luz, sentía la tensión en el ambiente, una mezcla de asombro y cautela.


La Maestra Akane, de la Facultad de Corrupción y Aflicción, fue la primera en romper el silencio. Su voz, un susurro grave, cortó el aire como una cuchilla afilada. "Una manifestación… inusual. Tu afinidad con la Ley de la Resonancia Anímica es innegable: percibes los ecos de las almas, sus recuerdos. Y la Ley de la Entropía del Éter te otorga un dominio innato sobre la descomposición, el flujo natural de la muerte." Sus ojos penetrantes se fijaron en Ren, una sonrisa enigmática curvando sus labios. "Pero esa explosión… esa furia. Hay una fuerza en tu Éter que no encaja con la serenidad de esas leyes."


Ren no respondió. El recuerdo de la plaga, el hedor dulce y nauseabundo de la descomposición que había consumido su aldea, la visión de los cuerpos sin vida de sus seres queridos, todo eso se arremolinaba en su mente. Su poder había nacido de esa tragedia, una mezcla extraña de comprensión y una furia silenciosa por lo que había perdido.


El Maestro Kageyama, su mentor, intervino con calma. "La tragedia forja caminos inesperados, Maestra Akane. La voluntad del joven Ren es fuerte. Su Éter Sombrío está purificado por un propósito, no corrompido por la ambición."


Maestra Akane alzó una ceja. "Purificado, dices. Veremos cuánto dura esa pureza en estos muros. Pero su potencial es… innegable. Bienvenido a la Academia de la Sombra Velada, Ren Kageyama. Tu entrenamiento comienza al amanecer."


Los días siguientes fueron un torbellino de sensaciones. La Academia de la Sombra Velada no era una escuela común. Era un laberinto de pasillos silenciosos donde el aire olía a pergamino antiguo y a la tenue esencia metálica del Éter Sombrío. Las "aulas" eran cámaras de piedra con inscripciones rúnicas que brillaban con una luz azulada, y los "libros" eran a menudo artefactos antiguos o incluso almas encapsuladas que susurraban conocimientos olvidados. Ren se sentía como un pez fuera del agua, un simple aldeano en un santuario de conocimiento prohibido.


Su primera semana fue un constante ejercicio de sintonización con el Éter Sombrío ambiental. La Meditación del Velo era una práctica para sentir la energía que impregnaba la Academia. Mientras otros estudiantes se esforzaban por percibir las corrientes, Ren la sentía como un río frío y constante, un torrente de memorias que fluía a su alrededor. Podía distinguir los ecos de batallas pasadas en los cimientos de la Academia, los lamentos de almas olvidadas en sus muros, e incluso la vibración de la vida en los jardines exteriores. Su afinidad con la Ley de la Resonancia Anímica era una bendición que le permitía "leer" el mundo, pero también una carga, pues cada eco, cada lamento, resonaba en su propio pecho.


Fue durante una de estas sesiones de meditación en la vasta Biblioteca de los Susurros donde conoció a Lyraen. La elfa, con su cabello verde musgo cayendo como una cascada sobre un tomo antiguo y sus ojos dorados fijos en las páginas, era un contraste sorprendente con el ambiente sombrío. Ren la observó mientras ella trazaba runas etéreas en el aire, intentando invocar un espíritu menor. El Éter Sombrío a su alrededor era delicado, casi melancólico.


"Estás forzando el vínculo," la voz de Ren, más suave de lo que esperaba, rompió el silencio. Lyraen se sobresaltó, sus manos temblaron levemente sobre el pergamino, como si reconociera que alguien por fin comprendía su propósito, y sus ojos dorados se encontraron con los suyos. "El Éter Sombrío no es un martillo. Es un susurro. Las almas responden a la empatía, no a la coacción."


Lyraen lo miró con una mezcla de sorpresa y recelo. "Y tú eres… ¿el nuevo prodigio de los ojos beige? Se rumorea que tu Éter es tan salvaje como las Tierras Sombrías." Había un tono desafiante en su voz, pero Ren sintió una punzada de dolor subyacente en su Éter.

"Mi Éter es mío," respondió Ren, su mirada firme. "Y el tuyo… siento que buscas proteger algo. ¿Es por eso que intentas invocar a los espíritus?"


Los ojos de Lyraen se suavizaron, y un velo de tristeza cubrió su rostro. "Mi gente ha sufrido por la corrupción del Éter Sombrío. Los bosques que amamos se marchitan, y los espíritus de la naturaleza se corrompen. Vine aquí para entenderlo, para encontrar una forma de protegerlos. Mi afinidad con la Ley del Vínculo del Alma es fuerte, pero a veces… la desesperación de los espíritus es abrumadora. Sus lamentos me persiguen, como una melodía fúnebre."


Ren extendió una mano, sin tocarla, pero canalizando una pequeña corriente de Éter Sombrío purificado. "Intenta esto. No intentes bloquearlo, sino canalizarlo. Como un río. Deja que fluya a través de ti, no en ti."


Lyraen lo miró, sorprendida. Había una suavidad en el Éter de Ren que era inusual para un nigromante, una cualidad que no había sentido en ningún otro. Siguió su consejo, cerrando los ojos. Sus manos dejaron de temblar, como si hubiera encontrado una roca firme en medio de la tormenta. Ren vio cómo el Éter melancólico a su alrededor se calmaba, y una expresión de asombro y alivio cruzó el rostro de la elfa.


"Es… más claro. Menos doloroso. ¿Cómo…?"

"Mi afinidad con la Ley de la Entropía del Éter me permite sentir el flujo y la descomposición," explicó Ren. "Y mi Éter… es diferente. La plaga me enseñó a purificarlo, a no dejar que me consuma." El recuerdo de su madre, susurrando en la agonía: "Ellas hablan… te llaman… escucha su reclamo," le atravesó el pecho. En ese instante, supo que no podía ignorar el eco de la desesperación que anidaba en la joven elfa.


Lyraen lo observó con una nueva curiosidad, sus ojos dorados brillando con una luz que no era solo la de la luna. "Eres… único, Ren Kageyama. La mayoría de los nigromantes buscan el poder, no la comprensión." En sus ojos, Ren detectó una chispa de admiración y algo más, algo que no podía descifrar, pero que lo atraía.


En las Cámaras de Práctica de Reanimación, donde el hedor a sangre reseca se mezclaba con el crujido de las articulaciones al ensamblar esqueletos, Ren se encontró con Kiyomi. La noble humana, con su cabello plateado impecablemente peinado y sus ojos violetas fríos, estaba reanimando un esqueleto con una eficiencia calculada. Sus movimientos eran precisos, casi artísticos, mientras el Éter Sombrío chisporroteaba entre sus dedos, tejiendo los huesos con una maestría innata. Su afinidad con la Ley de la Corrupción Inevitable y la Ley de la Memoria del Cuerpo era evidente en la forma en que el esqueleto se movía con una agilidad antinatural, casi como si recordara su vida pasada.


"Tu esqueleto es… rápido," comentó Ren, observando la danza macabra.


Kiyomi se giró, su mirada evaluadora recorriendo a Ren de pies a cabeza. Una sonrisa fría, casi imperceptible, se dibujó en sus labios. "La calidad es superior a la cantidad, joven Kageyama. Un solo no-muerto bien animado puede superar a una legión de zombis torpes. Mi familia tiene una larga historia con el Éter Sombrío.


Conocemos sus secretos, los que la plebe nunca entenderá." Había un matiz de desafío en su voz, una velada advertencia.


"Y sus peligros," añadió Ren, el recuerdo de la plaga aún fresco.


Kiyomi rió, un sonido seco que resonó en la cámara. Su mano, adornada con un anillo familiar de plata, se apretó ligeramente. "Los peligros son para los débiles. El poder es para los que se atreven a tomarlo. Pero tu Éter… es peculiar. Siento una resonancia extraña, una mezcla de vida y muerte que no debería existir. ¿Cómo lo haces?"


Ren no respondió directamente, solo una mirada enigmática de sus ojos beige. La intriga en los ojos violetas de Kiyomi era palpable, una llama que se encendía con cada interacción.


En los Campos de Prueba al aire libre, donde los estudiantes practicaban con no-muertos de mayor tamaño, Ren se topó con Grizelda Stonebeard. La enana, con su barba trenzada y su armadura de cuero reforzado, estaba supervisando a un grupo de esqueletos que construían una barricada de piedra con una sorprendente velocidad. El martillo de Grizelda resonó con un eco cavernoso al golpear una roca, un gong oscuro que retumbó en los oídos de Ren. Su afinidad con la Ley de la Entropía del Éter le permitía detectar las debilidades en la estructura del Éter Sombrío y manipular la materia inorgánica con una precisión asombrosa.


"¡Más rápido, inútiles!" gruñó Grizelda, su voz áspera como la grava. "¡Una barricada de verdad no se construye sola! ¿Qué miras, chico de los ojos de fantasma?"


"Tu control es… sólido," dijo Ren, impresionado por la eficiencia de los esqueletos. "Detectas las corrientes de Éter en la piedra."


Grizelda resopló, cruzándose de brazos y mostrando los músculos tensos de sus brazos. "Claro que sí. Mis ancestros construyeron fortalezas que resistieron siglos. Si este Éter sucio puede ayudar a mantenerlas en pie, lo usaré. Tú, con tu Éter de 'equilibrio', ¿qué haces? ¿Hablas con los muertos?"


"A veces," Ren sonrió. "Y a veces, los hago moverse. Pero también puedo… sentir la descomposición de la energía. La plaga que asoló mi aldea era una manifestación de Éter descontrolado. Busco entenderla."


Grizelda lo miró fijamente, y por un momento, Ren pensó que se enfadaría. Pero luego, un atisbo de respeto apareció en sus ojos azules. "Una plaga, dices. Mi clan ha visto cosas peores. Si buscas entender la descomposición, chico, quizás no seas tan inútil después de todo. Los muertos son herramientas, pero el conocimiento es la verdadera fuerza." Su mirada se posó en Ren, una aprobación tácita que valía más que mil palabras. La enana, acostumbrada a la brusquedad de su propia gente, encontraba la calma y la lógica de Ren sorprendentemente atractivas.


Ryuu, la orco, era la más silenciosa, pero su presencia era innegable. Sus ojos oscuros seguían a Ren con una intensidad animal. Una tarde, mientras cazaban para la cena en los terrenos de la Academia, Ren la encontró rastreando una criatura mutada por el Éter Sombrío, sus movimientos fluidos y letales. El aire olía a tierra húmeda y a la tenue esencia de la presa.


"Tu Éter es… fuerte," dijo Ryuu, su voz baja y gutural, una vez que la criatura fue despachada con un golpe certero de su hacha. "Siento la memoria de la fuerza en tus manos. La Ley de la Memoria del Cuerpo. La entiendes."


Ren asintió. "La plaga… me enseñó la fragilidad de la carne. Pero también su resistencia. Y la forma en que los recuerdos se aferran a ella."


Ryuu se acercó, su aliento cálido en el aire frío. Un brillo salvaje apareció en sus ojos. "Mi gente valora la fuerza. Y la capacidad de sobrevivir. Tú tienes ambas. No eres como los otros nigromantes de la Academia, que solo leen libros y susurran hechizos. Tú peleas. Tú entiendes la carne." Su mano, grande y fuerte, rozó brevemente la de Ren, un gesto de reconocimiento que Ren no pasó por alto. Había una admiración cruda en la mirada de Ryuu, una atracción por el poder y la determinación que veía en él.


Mientras Ren se adaptaba a la vida en la Academia, los rumores comenzaron a extenderse. Los maestros susurraban sobre "Zonas Muertas" que crecían en las fronteras de Aerthos, y sobre plagas que no eran naturales, sino manifestaciones de Éter Sombrío manipulado. El Maestro Kageyama, en una de sus lecciones privadas, le mostró a Ren antiguos mapas que marcaban puntos de convergencia de Éter Sombrío, algunos de los cuales coincidían con las ubicaciones de las nuevas plagas

.

"Alguien está jugando con el Éter Sombrío, Ren," dijo el Maestro, su voz grave. "O buscando un poder que no comprende, o desenterrando secretos que deberían permanecer enterrados. Los ecos de las almas en esas zonas… son de desesperación, no de paz."


Ren sintió un escalofrío. La desesperación. El mismo sentimiento que había sentido en su aldea. La Academia era un refugio, un lugar de conocimiento, pero el mundo exterior seguía siendo un campo de batalla. Y el misterio de la plaga que lo había dejado solo, el misterio que lo había traído a la Academia, estaba a punto de revelarse. Su camino como nigromante, un camino de equilibrio y ataque, de conocimiento y acción, apenas había comenzado.


A cientos de kilómetros de la Academia, en el pueblo de Ardur, el arroyo se volvió negro como tinta, su superficie burbujeando con una espuma oscura y fétida. El aire, antes fresco y limpio, ahora olía a tierra podrida y a algo más, algo que se aferraba a la garganta.

Los aldeanos se despertaron al alba sintiendo un peso en el pecho, una debilidad que les robaba el aliento. Sus animales caían muertos en los campos, sus cuerpos se hinchaban y se cubrían de pústulas.


"¡El agua está muerta!" gritó un viejo pescador desde la orilla, sus manos temblorosas. "¡Las gallinas se desploman sin aviso!"


Nadie vio el vórtice de Éter Sombrío elevarse al amanecer sobre la colina cercana, un ciclón de sombras que devoraba la luz, pero sus lamentos retumbaron en la niebla que se arrastraba por las calles. La plaga avanzaba, silenciosa e implacable, tejiendo su mortaja sobre la tierra. ¿Podría Ren detenerla?