🕯️Capítulo I – El mordisco invisible
El aire en la torre de Adivinación se tornaba espeso, como si el tiempo mismo contuviera el aliento. La profesora Trelawney, con sus ojos vidriosos y voz susurrante, hablaba de fuerzas antiguas que dormían bajo capas de polvo y olvido.
—Escuchen bien, jóvenes —dijo con solemnidad—. Existen dioses que fueron sellados tras la era de las cazas de brujas, entidades que tejen la vida y la muerte, el destino y el tiempo...
Mortem, la sombra inevitable; Fatum, la hilandera de los destinos; Chronus, el guardián del tiempo; Anima, el soplo de vida; y los gemelos Kaos y Lysis, portadores de caos y renacimiento.
Sus palabras parecían un eco lejano, pero en ese instante un temblor invisible se esparcía en el aire, apenas perceptible, como una grieta en la tela del mundo.
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Las llamas del fuego en la sala común de Gryffindor parpadeaban como si escucharan secretos.
Era ya entrada la noche, y el castillo dormía.
Hermione hojeaba Magia Avanzada del Siglo XIX con el ceño fruncido, mientras Ron bufaba al otro lado de la sala, abrazando su caja de madera.
Dentro: Scabbers.
Su "adorable" rata.
—Tu gato está loco, Hermione, —escupió Ron, sus ojos aún irritados— ¡Lo vi otra vez intentando meterse bajo mi cama! ¡Lo quiere muerto!
Ella cerró su libro de golpe.
—Crookshanks es más inteligente que tú y yo juntos. Si lo busca, debe tener una razón.
Crookshanks, como llamado por el drama, apareció junto a la chimenea. Sus ojos ámbar brillaban como faroles maliciosos, fijos en la caja de Scabbers.
Ron se levantó bruscamente, la caja en manos, pero entonces...
¡Crack!
Un costado de la caja se rompió. Scabbers, más ágil de lo que nunca había demostrado ser, salió disparado.
—¡Noooo, Scabbers! —gritó Ron.
El gato se lanzó como un rayo. Un salto felino, un chillido inhumano.
Un mordisco. Un silencio. Un destino sellado.
Hermione tapó su boca con las manos, horrorizada. Ron cayó de rodillas, la caja aún en brazos.
—No... no puede ser...
Crookshanks lamía una de sus patas, satisfecho, como si nada extraordinario hubiese ocurrido.
Y nadie supo —ni esa noche, ni en los años venideros— que en ese instante, en esa sala, el secreto más peligroso del mundo mágico había sido devorado.