1. Una mudanza
La casa estaba en silencio, pero no Una mudanza
La casa estaba en silencio, pero no era un silencio cualquiera. Era de esos que se pegan a las paredes, que se instalan en los rincones y hacen eco en la memoria. Lidia caminaba descalza por el pasillo, sujetando una caja de cartón medio vacía, como si aún quedara algo por empaquetar. No quedaba nada. O sí. El eco de los pasos de su hijo, las risas desde la cocina, la mochila tirada en el sofá, los platos sin recoger en la encimera. Todo eso seguía ahí, aunque ya no estuviera.
Se agachó junto al escritorio y recogió una taza que Oliver había dejado olvidada. Aún tenía restos de café seco en el fondo. Sonrió con ternura. Él siempre decía que se le olvidaban las cosas porque tenía demasiadas ideas en la cabeza. Era listo, muy listo. Más que ella, se decía a veces. Más libre. Más valiente.
Colocó la taza sobre la mesa del salón y se sentó en el sofá, abrazándose las rodillas. Miró a su alrededor. La casa parecía más grande sin él. Más ordenada, también. Pero ese orden no la tranquilizaba. Al contrario, le daba miedo.
—Ya está —murmuró, como si alguien pudiera oírla—. Ya se ha ido.
Sabía que tenía que estar contenta. Oliver había encontrado un buen piso en Madrid, compartido con tres chicos de su edad. Tenía trabajo de prácticas en una empresa creativa, estaba motivado, ilusionado, empezando a vivir de verdad. Ella debía estar orgullosa. Lo estaba. Claro que lo estaba.
Pero entonces, ¿por qué sentía ese nudo en el pecho?
Se levantó de nuevo, con ese impulso automático que tantas veces la había movido en la vida: hacer algo. Ordenar, limpiar, mover, recoger. Su cuerpo necesitaba estar en movimiento porque su cabeza no sabía estarse quieta. Entró en la habitación de Oliver. La cama seguía sin hacer. Las sábanas arrugadas, como si fuera a volver esa misma noche. Sobre la estantería, una figura de Goku, un póster de una banda que nunca le gustó y una foto enmarcada de ambos, en la playa de Cullera, cuando Oliver tenía nueve años.
Le acarició la cara en la foto.
—Qué rápido ha pasado todo…
En el armario quedaban algunas camisetas que no había querido llevarse. Se las llevó a la cara. Aún olían a él. De pronto, sintió una punzada en el estómago. No de tristeza, no exactamente. Era como una sensación de vértigo. Como si ahora, de pronto, tuviera que aprender a vivir de nuevo. Y no sabía por dónde empezar.
Se tumbó un rato sobre la cama de su hijo, dejando que la luz del atardecer se filtrara por la persiana. Recordó la primera vez que lo sintió moverse en su vientre. Tenía solo dieciocho años, y ya había decidido que iba a quedarse con él. Aitor estaba asustado. Ella también. Pero sus padres no le dieron elección: te casas, y punto.
Y así fue. Boda sencilla, vestido prestado, arroz en la puerta del juzgado.
Desde entonces, había vivido una vida que no había elegido del todo. Aunque nunca se quejaba. Tenía una casa, un hijo maravilloso, estabilidad. Aitor siempre había cumplido. Nunca fue violento, ni cruel. Era buen padre. Pero nunca la había mirado con verdadera pasión. Ni al principio.
Y ahora, con la casa vacía, sin Oliver, sentía por primera vez que era ella la que estaba sola en su propia vida. era un silencio cualquiera. Era de esos que se pegan a las paredes, que se instalan en los rincones y hacen eco en la memoria. Lidia caminaba descalza por el pasillo, sujetando una caja de cartón medio vacía, como si aún quedara algo por empaquetar. No quedaba nada. O sí. El eco de los pasos de su hijo, las risas desde la cocina, la mochila tirada en el sofá, los platos sin recoger en la encimera. Todo eso seguía ahí, aunque ya no estuviera.
Se agachó junto al escritorio y recogió una taza que Oliver había dejado olvidada. Aún tenía restos de café seco en el fondo. Sonrió con ternura. Él siempre decía que se le olvidaban las cosas porque tenía demasiadas ideas en la cabeza. Era listo, muy listo. Más que ella, se decía a veces. Más libre. Más valiente.
Colocó la taza sobre la mesa del salón y se sentó en el sofá, abrazándose las rodillas. Miró a su alrededor. La casa parecía más grande sin él. Más ordenada, también. Pero ese orden no la tranquilizaba. Al contrario, le daba miedo.
—Ya está —murmuró, como si alguien pudiera oírla—. Ya se ha ido.
Sabía que tenía que estar contenta. Oliver había encontrado un buen piso en Madrid, compartido con tres chicos de su edad. Tenía trabajo de prácticas en una empresa creativa, estaba motivado, ilusionado, empezando a vivir de verdad. Ella debía estar orgullosa. Lo estaba. Claro que lo estaba.
Pero entonces, ¿por qué sentía ese nudo en el pecho?
Se levantó de nuevo, con ese impulso automático que tantas veces la había movido en la vida: hacer algo. Ordenar, limpiar, mover, recoger. Su cuerpo necesitaba estar en movimiento porque su cabeza no sabía estarse quieta. Entró en la habitación de Oliver. La cama seguía sin hacer. Las sábanas arrugadas, como si fuera a volver esa misma noche. Sobre la estantería, una figura de Goku, un póster de una banda que nunca le gustó y una foto enmarcada de ambos, en la playa de Cullera, cuando Oliver tenía nueve años.
Le acarició la cara en la foto.
—Qué rápido ha pasado todo…
En el armario quedaban algunas camisetas que no había querido llevarse. Se las llevó a la cara. Aún olían a él. De pronto, sintió una punzada en el estómago. No de tristeza, no exactamente. Era como una sensación de vértigo. Como si ahora, de pronto, tuviera que aprender a vivir de nuevo. Y no sabía por dónde empezar.
Se tumbó un rato sobre la cama de su hijo, dejando que la luz del atardecer se filtrara por la persiana. Recordó la primera vez que lo sintió moverse en su vientre. Tenía solo dieciocho años, y ya había decidido que iba a quedarse con él. Aitor estaba asustado. Ella también. Pero sus padres no le dieron elección: te casas, y punto.
Y así fue. Boda sencilla, vestido prestado, arroz en la puerta del juzgado.
Desde entonces, había vivido una vida que no había elegido del todo. Aunque nunca se quejaba. Tenía una casa, un hijo maravilloso, estabilidad. Aitor siempre había cumplido. Nunca fue violento, ni cruel. Era buen padre. Pero nunca la había mirado con verdadera pasión. Ni al principio.
Y ahora, con la casa vacía, sin Oliver, sentía por primera vez que era ella la que estaba sola en su propia vida.








