Ecos de silencio

All Rights Reserved ©

Summary

Ecos de silencio es un relato íntimo y sobrecogedor que sigue a Laura, una mujer ciega que vive sola tras la pérdida de su madre. Cuando su seguridad se ve amenazada, deberá enfrentarse no solo al miedo, sino también a una sociedad que la subestima. Una historia de oscuridad, resistencia y renacimiento interior.

Genre
Mystery
Author
Annia
Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

1. Aquella noche

Era aproximadamente la una y media de la madrugada de un inhóspito primaveral 7 de julio. Laura se encontraba sentada en su sillón favorito, envuelta en la cómoda rutina de la noche. El silencio de su casa, ubicada en el tranquilo barrio de San Fernando, a las afueras de Badajoz, le daba una paz que solo alguien que ha conocido la oscuridad desde siempre podría comprender. La ceguera, para Laura, no era una desventaja, sino una forma distinta de percibir el mundo.

Aunque para ser absolutamente sinceros y rigurosos, la vida de nuestra protagonista y su aceptación de su discapacidad visual no siempre ha sido así. Es cierto que Laura, desde muy pequeña, se ha acostumbrado a convivir con la discapacidad, y a percibir el mundo, y relacionarse con este, con una visión muy reducida, otorgada por la retinosis pigmentaria que padece desde pequeña. Una enfermedad, no solo cruel y dura por la ausencia de visión, y los problemas que la discapacidad visual puede acarrear, sino por su inminente resultado, cual cruel profecía. Y es que, desde muy pequeña, Laura era consciente que no muy tarde se quedaría ciega total debido a esta enfermedad. Ha estado toda su vida preparándose para este momento. Utilizando su poca visión, para ir aprendiendo y ejercitando sus otros sentidos, para su inminente ceguera.

Laura ha pasado años, temiendo que esa temible profecía, anunciada por su oftalmólogo, se produjera. Pero al mismo tiempo no ha tenido la opción de rendirse, ni de no estar preparada, ya que tanto su hermana Ana, como su madre Gabriela, no han parado de apoyarla y ayudarla durante todo este proceso.

Aunque todo acabó precipitándose muy rápido tras la enfermedad de su madre. Laura y Ana tuvieron que madurar de golpe, de una forma brusca y hostil para poder enfrentarse a una de las enfermedades más crueles y dolorosas, el ELA, que iba paralizando y frenando a su madre cada día. Ambas pasaron de ser estudiantes universitarias para convertirse en cuidadoras y acompañantes a tiempo completo. Las hermanas tenían unos roles definidos muy claros y concretos, para poder ayudar y acompañar a su madre. Mientras Laura, la más impulsiva y charlatana, se encargaba de acompañar a su madre, darle conversación y leerle esos libros de misterio que tanto le gustaban; Ana, con su enorme paciencia y mimo, tenía más el rol de enfermera y se encargaba de alimentar, cuidar y asear a su madre. Así pasaron los últimos tres años de la vida de Gabriela, sin dejarla ni un instante sola. Durante algún tiempo se replantearon la dura posibilidad de internar a su madre en una residencia, pero ambas hermanas lo descartaban rápidamente. Gabriela terminó sus días, en su cama y en la casa, donde había vivido siempre, en el humilde barrio de las quinientas viviendas de Badajoz.

La marcha de Gabriela fue y será, el momento más duro y horrible en la vida de las dos hermanas.

Tras todo aquello, ambas comenzaron a rehacer su vida, intentando continuar donde lo habían dejado años atrás. Ana cambió de carrera, y comenzó a estudiar enfermería donde pudo graduarse. Como ella bien dice, es la forma en la que puede hacer algún tipo de tributo a su madre, y dedicar su vida a ayudar a los demás. Actualmente ejerce como enfermera de urgencias en el hospital público de Badajoz.

Laura, sin embargo, continuó realizando su carrera de periodismo, la cual tuvo muchísimas dificultades para poder terminar, debido a la pérdida de visión tan grande que iba experimentando mes tras mes. Pese a todo ello, Laura comenzó a acostumbrarse poco a poco a su nueva realidad, siempre empujada por la fuerza sobrenatural, que su madre le infligía, desde donde estuviese. Encontró un trabajo cómodo y sencillo, donde escribía reportajes y artículos en una revista digital online; Y es entonces cuando decidió independizarse, y alquilar un pequeño chalé adosado muy próximo a la estación de tren de Badajoz. Una decisión muy criticada y cuestionada por Ana, quien realmente, no es que no confiara en su hermana y en sus capacidades, sino que el miedo a perder a alguien más era demasiado fuerte e insoportable.

Pese a todo esto, Laura contó con el apoyo incondicional de Ana, quien a regañadientes ayudó a su hermana a instalarse en este nuevo hogar, donde lleva viviendo más de un año. Una preciosa y pequeña casita independiente, con un jardín modesto donde poder desconectar y respirar.

Pese a la soledad y la oscuridad de su nueva vida, Laura era feliz, o al menos estaba tranquila y se sentía segura. Había construido en torno a ella, un pequeño mundo donde poder sentirse a salvo de cualquier amenaza. Era consciente de que quizá en algún momento de su vida, tendría que avanzar y realizar algún tipo de paso para ir cambiando su situación y mejorar su sociabilidad y autoestima, pero tenía muy claro y era muy consciente, que no quería dar ese paso ahora.

Mientras ese momento y esa necesidad llegaba, ella prefería vivir en su cómoda rutina e ir acostumbrándose poco a poco a la oscuridad, aprendiendo a interpretar y percibir, los pequeños silencios y sonidos con los que convivía.

Él suave tic-tac del reloj en la pared, el crujido ocasional de la madera bajo el peso del tiempo, y el susurro del viento contra las ventanas. En medio de este concierto familiar, Laura disfrutaba de un audiolibro, una historia de misterio que la mantenía en vilo.

Afuera, la noche era cerrada. Las sombras ocultaban los secretos que solo se revelan bajo el manto de la oscuridad. Mientras el narrador del libro describía un asesinato brutal, un sonido inusual interrumpió la tranquilidad de Laura. Un leve chasquido, apenas perceptible, pero lo suficientemente distinto para captar su atención. Se concentró, agudizando su oído.

El ruido venía de la puerta trasera, un lugar por donde raramente alguien entraba, especialmente a esas horas. Laura pausó el audiolibro y se quedó inmóvil, conteniendo la respiración. El chasquido se repitió, seguido de un crujido más fuerte. Alguien estaba forzando la puerta.

El corazón de Laura empezó a latir con fuerza. En un instante, todos los años de entrenamientos y ejercicios para manejar situaciones de emergencia vinieron a su mente. Recordó las instrucciones de su Técnico de Rehabilitación de la ONCE en casos de emergencia: Mantener la calma, usar el entorno y, sobre todo, escuchar.

Silenciosamente, se levantó del sillón y se dirigió hacia la cocina. Cada paso calculado para no hacer ruido. Sabía exactamente dónde estaban todos los muebles, los objetos, los posibles obstáculos. Su memoria espacial era impecable. En la cocina, abrió lentamente un cajón y sacó un cuchillo. Su mano temblaba ligeramente, pero su mente estaba enfocada.

El sonido de la puerta trasera finalmente cediendo rompió el silencio. Laura escuchó el suave roce de los zapatos sobre el suelo de la cocina. Su intruso estaba dentro. Con cuidado, se escondió detrás de la isla central de la cocina, sosteniendo el cuchillo con fuerza. Todos los nervios de su cuerpo se encontraban pendientes y en alerta.

El intruso avanzaba con cautela, claramente consciente de que cualquier sonido podía delatarlo. Laura intentó controlar su respiración, sintiendo el sudor frío correr por su frente. A través del sonido de los pasos, podía deducir que el intruso era un hombre, ya que sus pasos eran pesados y deliberados. Además, Laura pudo percibir su olor, una mezcla desagradable entre sudor y alcohol.

De repente, el hombre se detuvo. Laura escuchó cómo abría los cajones, probablemente buscando algo de valor. Los utensilios chocaron entre sí, haciendo eco en la casa silenciosa. Ella sabía que no podía quedarse escondida para siempre. Tenía que hacer algo, pero ¿qué?

El hombre avanzó hacia el salón. Laura se movió sigilosamente, manteniéndose siempre detrás de él, escuchando cada uno de sus movimientos. El intruso parecía estar examinando la casa con cuidado, como si buscara algo específico.

Laura decidió que era el momento de actuar. Recordó la distribución de la cocina, y avanzó de cuclillas hasta la esquina donde guardaba su teléfono. Con un rápido movimiento, alzó la mano y lo tomó. Justo antes de pulsar el botón de desbloqueo de su iPhone, se acordó rápidamente de que tenía encendido su lector de pantalla. Deslizó rápidamente el botón de “silenciar”, para evitar que el VoiceOver emitiera cualquier tipo de sonido y pudiera ser descubierta. Recordó que pulsando varias veces el botón de “Apagar” de su móvil, automáticamente, llamaría al número de emergencias. Justo cuando estaba a punto de presionar el botón, el intruso volvió a la cocina. Laura guardó el teléfono en su bolsillo, temiendo ser descubierta.

El hombre se detuvo cerca de la isla central, y Laura podía sentir su presencia, su respiración, su sombra proyectándose sobre ella. Sabía que tenía que pensar rápido. Lentamente, se levantó y, con una precisión casi sobrenatural, lanzó el cuchillo hacia la pared opuesta. El metal se clavó con un fuerte golpe, desviando la atención del intruso.

El hombre se giró bruscamente hacia el ruido, permitiendo que Laura se escabullera hacia el salón. El sudor frío y las lágrimas mojaban el rostro de Laura, quien consiguió llegar a su despacho, atravesando el pasillo, aun gateando.

Laura llegó finalmente a su despacho y cerró la puerta lo más despacio que pudo, para evitar cualquier tipo de sonido.

Desde allí, marcó finalmente el número de emergencia y susurró su dirección, explicando la situación de la forma más calmada que pudo.

- Por favor, vengan rápido. - Rogó antes de colgar.

Sabía que no podía enfrentarse al intruso sola durante mucho tiempo.

El intruso, al no encontrar a nadie en la cocina, empezó a buscar de nuevo, ahora con más agresividad. Laura escuchaba cada movimiento, cada respiración pesada, y usaba estos sonidos para moverse estratégicamente por la casa, manteniéndose siempre un paso adelante.

El hombre se adentró en el salón, al tropezar con una pequeña coqueta de madera, hizo caer un enorme jarrón de barro, aún sin cocer. Al pisar los fragmentos rotos, soltó una maldición en voz baja. Laura aprovechó la distracción, para colocar una silla tras la puerta de su habitación y comenzó a buscar en los cajones de su escritorio donde tenía algo más que podía utilizar para defenderse: Una alarma personal, que le habían dado en un curso de la ONCE, para utilizarla en casos de emergencia… Esos casos a los que Laura pensaba que nunca se tendría que enfrentar.

Por fin, Laura, encontró la pequeña alarma y la sostuvo con fuerza.

El intruso apareció en la puerta de su habitación y la abrió con una fuerte patada. Laura no tuvo tiempo de esconderse. Activó la alarma, que emitió un sonido agudo y ensordecedor. El hombre gritó sorprendido, llevándose las manos a los oídos. Laura aprovechó para lanzarse hacia la ventana, situado justo a su espalda y la cual siembre dejaba entreabierta. La fuerza de su movimiento hizo que la ventana se abriera por completo, y Laura cayó hacia el jardín trasero.

El césped amortiguó su caída, pero sintió un dolor agudo en su tobillo. Cojeando, se levantó y corrió hacia la cerca. Sabía que no podría superar al intruso en una carrera, pero tenía que ganar tiempo hasta que llegara la policía.

El intruso, recuperándose del ruido de la alarma, corrió hacia la ventana y saltó detrás de Laura. Ella escuchó sus pasos acercándose y su respiración agitada. La valla estaba cerca, pero cada paso que daba le provocaba un dolor intenso en el tobillo.

Laura llegó a la cerca y comenzó a trepar. Su ceguera le hacía la tarea más difícil, pero su determinación era más fuerte que cualquier obstáculo. Sintió las manos del intruso agarrándola del pie, tirándola hacia abajo. Laura gritó y pateó con todas sus fuerzas, golpeándolo en la cara.

El intruso soltó un gruñido y aflojó su agarre lo suficiente para que Laura pudiera escabullirse y caer al otro lado de la cerca. Su tobillo protestó por el esfuerzo, pero no se detuvo. Siguió corriendo, guiada por el sonido lejano de sirenas que finalmente se acercaban.

Llegó a la entrada principal de su casa y se dejó caer en el suelo, exhausta y adolorida. Las luces rojas y azules de los coches de policía iluminaban la calle, y los oficiales se apresuraron hacia ella. Laura levantó una mano temblorosa y señaló hacia la cerca.

- Está ahí... en el jardín trasero. - Jadeó.

Los oficiales se movieron rápidamente, mientras una oficial se quedó con Laura, cubriéndola con una manta y asegurándose de que estuviera bien. Laura sintió una oleada de alivio al saber que estaba a salvo, pero el sonido de la puerta trasera abriéndose y cerrándose repetidamente aún resonaba en su mente.

Laura fue llevada al hospital para que le atendieran el tobillo y para asegurarse de que no tuviera otras lesiones. Mientras la atendían, los oficiales le tomaron declaración, admirando su valentía y astucia para manejar la situación.

- Dio una buena pelea. - dijo uno de los oficiales. - Y gracias a su llamada rápida, pudimos llegar a tiempo.”

Laura asintió, aun temblando ligeramente por la adrenalina.

- Solo hice lo que tenía que hacer. - Respondió con humildad.