Bienvenidos al reino de los Four Boys
Llegar a un colegio nuevo es como entrar a una película donde ya todos tienen su guion… menos tú. Y claro, tú apareces en mitad de la escena, sin saber tu texto, con la mochila mal cerrada y el pelo hecho un desastre.
Caminaba por el pasillo principal como quien va directo al matadero.
Los casilleros eran iguales que en las películas: grises, altos, fríos.
Y la gente… bueno, la gente sabía mirar.
Con cara de: ¿Y esta? ¿Quién la invitó?
Genial, Juliette. Primer día y ya sentiste 87 miradas encima.
¿Premio a la nueva más observada? ¿No? Ok. **
Fue entonces cuando los vi.
Cuatro chicos caminando juntos, como si el colegio fuera una pasarela y ellos los modelos oficiales.
Se reían de algo que solo ellos entendían. Una risa segura, cómplice, esa risa molesta que da cuando sabes que puedes tener lo que quieras… incluso a quien quieras.
No es que alguien me lo explicó. Fue obvio: eran ellos.
Los famosos Four Boys.
—¿Los qué? —había preguntado yo temprano, cuando vi a un grupo de chicas pegadas a una ventana.
—Los Four Boys —dijeron como si nombraran a una especie de dioses del Olimpo.
—¿Son una banda o algo así? ¿Tocan en cumpleaños?
—…
Silencio mortal.
Nota mental: no hacer chistes en este colegio. Nadie tiene sentido del humor.
Así que sí. Ellos eran los reyes no oficiales del colegio. Los intocables. Los inalcanzables. El team de los cuatro.
Primero estaba León, claramente el jefe del grupo.
Tenía esa energía de “si yo salto, todos saltan”, y esa mirada de “sé algo que tú no sabes”. Alto, postura recta, mochila colgada de un solo hombro como si el otro fuera demasiado precioso para cargar peso.
Luego venía Tomás, el del estilo relajado. Cabello algo rebelde, auriculares colgando del cuello, y una libreta que llevaba a todas partes. Cara de artista. O de loco. O de ambas cosas.
Federico, el más serio, iba leyendo. ¡Leyendo! Mientras caminaba. Quién hace eso. Tenía pinta de nerd cool. Esos que no hablan mucho, pero cuando lo hacen, te dejan pensando.
Y entonces…
Él.
Nicolás.
Ay. Dios.
Lo miré… y me miró.
Y por un segundo el pasillo se quedó sin sonido. Solo estaba él. Y sus ojos.
Azules. Pero no cualquier azul.
Azul cielo. Azul que te da paz. Azul que debería ser ilegal en adolescentes.
No es broma: sentí que me fallaban las piernas.
Tuve que parpadear dos veces para recordar cómo se respira.
Me giré rápido.
Juliette, ¿quieres también tirarte al piso y pedirle que te adopte? ¿O mejor le bordamos el nombre en una camiseta?
Primer día y ya estoy babeando por el chico más imposible del planeta.
Y eso que todavía no sabía lo peor.
Todavía no sabía que, por alguna razón absurda y estúpidamente peligrosa…
los cuatro iban a decidir que yo era su nuevo juego.
Lo entendí horas más tarde, cuando el pasillo se convirtió en un campo minado… y terminé chocando con uno de ellos.
El choque
Salía de clase pensando en lo mal que había respondido una pregunta en historia y en cómo debería ser legal que la tierra te trague cuando haces el ridículo.
Iba tan metida en mis pensamientos que no vi que alguien venía de frente. Hasta que sentí el golpe.
¡PUM!
Mi cuaderno voló. Yo casi también.
—¡Ay, por Dios! Perdón, perdón —dije de inmediato, agachándome a recoger mis cosas, sin mirar a la víctima de mi torpeza.
—¿Estás ciega o qué?
Levanté la vista… y casi me da algo.
Era León.
Y no era una exageración.
Alto. Espalda ancha. Ese cabello que parece siempre perfectamente desordenado. Y unos ojos oscuros que me examinaron como si yo fuera un bicho raro que se atrevió a invadir su espacio sagrado.
—¿Quién eres? —preguntó sin pizca de amabilidad—. No te había visto antes.
—Juliette —dije, intentando que mi voz sonara más firme de lo que realmente estaba—. Soy nueva.
Sus ojos bajaron un segundo a mi boca, y luego regresaron a mis ojos. O quizás lo imaginé. No sé. Pero mi corazón decidió latir más rápido de lo normal.
—Pues fíjate por dónde caminas, Juliette —soltó con tono seco, pero había algo… ¿nervioso? No sé.
Yo lo miré, levanté la barbilla y respiré hondo.
—Te pedí disculpas. No te atropellé con un camión —dije, con media sonrisa que no supe de dónde me salió—. Podrías bajar el tono. No muerdo… todavía.
Sus cejas se arquearon como si le sorprendiera mi respuesta. Como si no esperara que alguien le contestara.
—Yo hablo como quiero —dijo, dándose media vuelta—. Permiso.
Y se fue.
Pero antes de girar completamente, lo vi.
Lo vi sonreír. Apenas. Casi imperceptible.
Y en ese momento supe que por alguna razón… lo había dejado pensando.
Y a mí también. Porque, honestamente, no se suponía que un idiota tan arrogante me pareciera atractivo.
Pero ahí estaba yo. Con el corazón acelerado. Y una sonrisa tonta que traté de borrar enseguida.
Pensé que ahí quedaba todo. Pero parece que uno de los “dioses del Olimpo” no se olvidó tan fácil de la mortal que se atrevió a responderle.
La chica de los audífonos
La cafetería estaba llena, como siempre. Voces, bandejas chocando, olor a pizza plástica y jugo de cartón.
En su esquina habitual, rodeados por medio colegio, estaban ellos: León, Nicolás, Tomás y Federico, los reyes sin corona de este colegio, conocidos por todos como los Four Boys.
—Y entonces le dije: “Si no pasas el examen, al menos pasa el número” —contaba Tomás, provocando carcajadas del grupo de chicas sentadas con ellos.
—No puede ser que eso funcione —dijo Nicolás, rodando los ojos.
—Hermano, cuando se tiene esta cara, no hace falta cerebro —respondió Tomás, señalándose a sí mismo. El grupo volvió a reír.
Pero León no se reía. No hablaba. Apenas había tocado su comida y tenía los ojos fijos en un punto al otro lado del comedor.
—¿Y a ti qué te pasa? —preguntó Nicolás, siguiéndole la mirada—. ¿Qué miras?
—A esa —dijo León, levantando el mentón en dirección a una mesa al fondo.
—¿La rubia de los audífonos? —Nicolás entrecerró los ojos—. ¿Juliette?
—¿Juliette? —repitió León, como probando el nombre en la boca.
—Sí, es nueva. Llegó hace poco. Ni habla con nadie. Creo que está en una clase con nosotros, química, o algo así. Tiene el mismo libro.
—Qué raro —murmuró León.
—¿Raro? ¿Por qué? ¿Te habló o qué?
—Chocamos esta mañana —dijo León, sin despegar la vista—. Salía de clase, estaba distraída. Me tiró encima todos sus cuadernos, me pidió perdón y…
—¿Y qué? —preguntó Federico, metiéndose por primera vez en la conversación.
—Y le hablé como siempre, ya tú sabes —dijo León encogiéndose de hombros—. Pero ella me contestó.
—¿Te contestó? —Nicolás arqueó una ceja—. ¿Así, con vida y todo?
—Sí. Me miró directo, sin miedo. Me frenó. Nadie hace eso.
—¿Y tú no le gritaste nada? —preguntó Tomás, medio divertido.
—No sé —dijo León, más para sí mismo—. Me dejó sin palabras.
—¡Wow! Primera vez que una chica te deja callado. Esto es histórico —dijo Nicolás, riéndose.
—Hay algo en ella… —continuó León, ignorando el comentario—. Como si no le importara quién soy. Como si… no jugara bajo nuestras reglas.
—¿Y eso te molesta o te gusta? —preguntó Federico.
—Las dos cosas —dijo León.
—Cuidado, León, que te enamoras —bromeó Nicolás, dándole un codazo.
León lo miró de lado.
—Cállate, idiota. Solo digo que me intriga. Nadie en este colegio me había respondido con tanta seguridad. Tiene agallas.
—Bueno, si te interesa tanto, ve y habla con ella —retó Tomás.
León sonrió de medio lado.
—Lo voy a hacer. Pero primero quiero saber con quién estoy tratando.
—Te advierto —añadió Nicolás, con una sonrisa pícara—. Si tú no lo haces rápido, capaz me le adelanto.
León le lanzó una mirada peligrosa, pero no dijo nada.
Solo volvió a mirar hacia la mesa de Juliette… y esta vez, se quedó un segundo más.
Jaque Mate
—¿Y ahora tú pa’ dónde vas? —preguntó Tomás, viendo cómo León se levantaba de la mesa, dejando a medio comer su emparedado.
—Voy ahora —dijo León, sin mirar atrás—. Tengo algo que hacer.
—¡¿Vas a hablar con la rubia?! —saltó Nicolás con media carcajada y los ojos bien abiertos.
—¿Y si sí? —respondió León sin detenerse, con una media sonrisa de esas que nadie entiende, pero todos temen.
—¡Ey! ¡Cuéntanos después! —gritó Tomás, divertido, mientras Federico silbaba por lo bajo.
Toda la cafetería parecía seguirlo con la mirada mientras él cruzaba con paso firme hacia la mesa donde Juliette comía tranquila, audífonos puestos, el libro de química abierto, y una expresión de calma… demasiado calma para estar en el mismo lugar que los Four Boys.
León se paró frente a ella. Juliette lo notó por la sombra. Alzó la vista… y se quitó uno de los audífonos.
—¿Sí? —preguntó con naturalidad.
—¿Sabes quién soy, verdad? —preguntó León, con las manos en los bolsillos y la ceja alzada.
Juliette lo miró de arriba abajo.
—Sí. Otro chico más del montón… aunque un poco más arrogante que el promedio.
León sonrió con ironía.
—¿Y tú siempre hablas así?
—Solo cuando me interrumpen mientras como y estudio —contestó ella, dándole vuelta a la página sin dejar de mirarlo.
—¿Tú sabes con quién estás hablando?
—Sí —replicó ella, encogiéndose de hombros—. Con un tipo que cree que el mundo gira a su alrededor… pero tranquilo, no eres el primero.
León entrecerró los ojos.
—Tienes agallas en hablarme así. A mí nadie me habla así.
—Y tú tienes cero modales —dijo Juliette, apoyando el codo en la mesa—. Yo hablo como quiero, especialmente cuando alguien no me respeta. ¿O se gana el respeto con fama?
—Wow —murmuró León—. Interesante. ¿En qué curso estás?
—En el mismo que tú, aparentemente. Pero tranquilo, no te asustes, no pienso pedirte apuntes.
León rió, sorprendido.
—¿Dónde están tus amigas? ¿O eres del club de “me, myself and I”?
—Prefiero estar sola que mal acompañada —respondió Juliette, sin inmutarse—. Aunque si estás ofreciendo compañía… paso.
—Touché —susurró él, mordiéndose la sonrisa—. ¿Siempre tan simpática?
—Solo con los que lo merecen.
—Vas fuerte, ¿eh?
—No más que tú. Pero tranquilo, no quiero quitarte tu título de “rey del sarcasmo”.
León se quedó un momento en silencio, mirándola. Como si no esperara que ella devolviera cada una. Como si le gustara eso más de lo que admitiría.
—¿Sabes? Me estás empezando a caer bien —dijo él al fin, dando un paso atrás.
—Y tú… me estás empezando a dar menos risa —contestó ella, alzando una ceja.
—Wow, jaque mate —dijo él, ya caminando hacia atrás.
—Eso fue solo un empate —le lanzó Juliette.
—Lo dejamos en empate, entonces… por ahora —replicó León con una media sonrisa mientras giraba hacia su mesa.
—¡León! ¡Ven a ver esto! —gritó Tomás desde el otro extremo del comedor.
Él alzó una mano, indicando que iba. Pero antes de dar la vuelta completa, se atrevió a mirar hacia atrás.
Juliette ya tenía los audífonos puestos otra vez… pero había una pequeña sonrisa escapándose de sus labios.
Y León… sonrió también.
Después de ese almuerzo surreal, decidí esconderme en mi rincón favorito del colegio. Necesitaba silencio… o al menos fingir que no me importaban esas miradas cruzadas.
El pasillo solitario
Había algo en ese pasillo que me hacía sentir cómoda. Era tranquilo, silencioso… como yo. Me senté en mi lugar de siempre, con los audífonos puestos y un libro abierto en las piernas. Fingía leer, pero en realidad estaba en otra parte. Tal vez en Marte. O en alguna galaxia donde no existieran los chicos arrogantes con miradas intensas.
—Así que tú eres la chica que desafió al rey del colegio —dijo una voz masculina a mi lado.
Me quité un audífono, giré el rostro y ahí estaba él. Nicolás. El de los ojos azules que me hacían olvidar cómo respirar. ¿Desde cuándo estaba tan cerca? ¿Y por qué me estaba hablando?
—¿Rey? —respondí, alzando una ceja—. Yo no he desafiado a nadie. Solo puse en su lugar a un narcisista que se cree el centro del universo.
Él sonrió. Wow. Esa sonrisa podía curar traumas.
—¿Narcisista? ¿Te refieres a León? —dijo entre risas.
—¿A quién más? —contesté—. Se pasea por el colegio como si fuera de su propiedad. ¿O hubo votaciones para nombrarlo rey y yo no me enteré? Porque si fue así, que sepas que no voté por él.
Nicolás se echó a reír. Y no era una risa cualquiera. Era de esas que te hacen sonreír aunque no quieras. Me sentí orgullosa por un segundo… hasta que me atraparon sus ojos. Azules, claros, brillantes. ¡Dios mío! ¿Este chico venía con advertencia?
—Eres divertida —dijo, todavía con esa sonrisa que me quitaba el equilibrio—. Y valiente. No muchas se atreven a hablarle así a León.
—No fue tan difícil, ¿sabes? Solo se necesita un poco de dignidad y cero miedos a las consecuencias.
—Y hablando de consecuencias… —añadió, bajando un poco el tono—. Si quieres mantenerte fuera del radar y sobrevivir en estecolegio, lo mejor sería no buscarte líos con él.
—¿Me estás amenazando? —le pregunté, fingiendo indignación.
—No, para nada —contestó, levantando las manos con gesto inocente—. Solo soy un buen samaritano dando consejos de supervivencia.
—Agradezco el gesto —dije—, pero no planeo esconderme ni hacer reverencias. No vine aquí a seguir el guion de nadie.
Hubo un segundo de silencio. De esos incómodos pero llenos de significado. Me miró. Lo miré. Y por un segundo, el mundo se detuvo.
—Por cierto —añadió él—, soy Nicolás.
—Lo sé —respondí, mordiendo mi labio. ¿Demasiado obvio? Ups—. Yo soy Juliette.
—Lo sé —dijo, devolviéndome la sonrisa—. Eres la rubia solitaria del pasillo oeste. La chica que no teme abrir la boca. Me caes bien.
—Y tú… no eres tan idiota como pensé.
—¿Gracias?
—De nada.
Se levantó de un salto, como si no pesara nada. Me miró una vez más antes de alejarse, y justo antes de girar por la esquina, lanzó:
—Nos vemos, Juliette. Trata de no meterte en más problemas… al menos hoy.
Sonreí sola. Tal vez este lugar no era tan horrible después de todo
Pero si la vida me ha enseñado algo, es que cada vez que sonríes, alguien aparece para borrártela. Y justo entonces… llegaron los tacones.
¡Enemigas Naturales!
Juliette aún sonreía un poco por algo que Nicolás le había dicho cuando escuchó el sonido de unos tacones decididos acercarse. Se giró, y ahí estaba ella: alta, perfecta, con la melena impecable y los ojos clavados en ella como si la analizara… o la desafiara.
—¿Divirtiéndote? —preguntó Antonella, deteniéndose justo frente a Juliette con una ceja levantada.
—Depende —respondió Juliette, sin perder la calma—. ¿Eras parte del show o solo viniste a arruinarlo?
Antonella soltó una risita sin humor.
—Soy Antonella. Pero seguro ya has oído hablar de mí. Todos lo hacen.
—¿Debería impresionarme? Porque ahora mismo solo me da ganas de tomar distancia —dijo Juliette, cruzándose de brazos.
Antonella dio un paso más cerca, como si no entendiera el concepto de espacio personal.
—Te lo voy a poner fácil: Nicolás es mío. ¿Sí? No necesitas andar sonriéndole como si tuvieras oportunidad.
Juliette arqueó las cejas.
—¿Tuyo? ¿Lo dices como si fuera un bolso de diseñador. ¿Marca registrada?
—Lo digo porque llevamos tiempo juntos. Y tú… —la miró de arriba abajo—. Tú no perteneces a nuestro círculo. Ni lo intentes. Solo vas a salir perdiendo.
Juliette sonrió, esta vez sin disimulo.
—Qué alivio. Detestaría pertenecer a un círculo donde hay que actuar como si estuviéramos en una mala telenovela.
Antonella entrecerró los ojos.
—Escucha, chica nueva. Solo te estoy advirtiendo.
—¿Advertencia o amenaza? Porque si es lo segundo, deberías trabajar en el tono. No me dio miedo. Me dio… pena.
Un silencio tenso. Antonella la miraba como si no pudiera creer que alguien le hablara así. Juliette, por su parte, se limitó a acomodarse el bolso al hombro.
—¿Ya terminaste? —preguntó Juliette con una sonrisa inocente—. Lo digo porque tengo clase… y no me refiero a lo que tú crees.
—Cuidado, Juliette. No sabes con quién estás jugando.
—Tal vez no. Pero tú tampoco —respondió ella, y se dio media vuelta sin mirar atrás.
Antonella se quedó allí, apretando la mandíbula. Por primera vez en mucho tiempo, alguien le había respondido… y no cualquier respuesta.
¡Más que un receso!
Juliette estaba sacando su libro del casillero cuando escuchó el tono elevado de una voz conocida a unos metros.
—¿Otra vez con tus jueguitos, Nicolás? —reclamó Antonella, parada frente a él con los brazos cruzados y una ceja levantada.
Juliette giró disimuladamente la cabeza. Nicolás se pasó la mano por el cabello, frustrado.
—Antonella, solo le hablé. No fue flirteo ni nada parecido.
—¿Ah no? Porque desde donde yo estaba parecía que te estaba encantando como una serpiente —resopló ella.
—Por favor… —dijo él, bajando la voz—. Solo le dije que tuviera cuidado con León. Que no se dejara envolver. ¡Ya! Punto. Tú sabes que yo tengo ojos solo para ti.
Antonella apretó los labios, todavía molesta, pero sus ojos bajaron un poco la guardia.
—¿Y por qué tienes que protegerla tú? ¿Acaso eres su héroe ahora?
—No, pero si León le hace una estupidez, ¿adivina quién va a quedar mal? Yo. Porque tú me haces responsable hasta del clima cuando estás de mal humor.
Antonella bufó, pero soltó una pequeña sonrisa sin querer. Nicolás la miró con ternura.
—Ey… —dijo, acercándose un paso—. ¿Tú sabes que te quiero, verdad?
Ella lo miró un segundo, entre molesta y enternecida.
—Entonces no me hagas sentir como una tonta frente a todos —dijo, más bajito.
—Nunca —respondió él, y sin más, le tomó la cintura y le dio un beso corto, pero dulce. Después la abrazó.
Un par de estudiantes soltaron algún “awww” desde el fondo del pasillo. Juliette giró la vista, incómoda,
Intenté desviar la mirada… pero entonces escuché una voz tranquila, medio burlona, justo a mi lado.
—¿Te estás divirtiendo, viendo a esos dos pelear o solo estás evaluando si debes intervenir con una espada?
Juliette se sorprendió al ver a Tomás a su lado, recostado despreocupadamente contra el casillero vecino.
—¿Yo? No, solo… estaba respirando casualmente en esta dirección.
Tomás soltó una risa.
—Ajá, claro. Mira, no te preocupes por esa pelea. Ellos discuten una vez al día, como mínimo. Si no pelean, no funcionan. Son novios desde los doce o trece. Ella es intensa, él es un poco bruto emocionalmente… pero se quieren.
—¿Se nota? —preguntó Juliette.
—Se nota. Lo que pasa es que Antonella tiene un máster en celos. Por eso… cuida tu espalda.
Juliette lo miró, entre divertida y agradecida.
—Gracias por el dato.
—De nada. Por cierto —extendió la mano—, soy Tomás. El boy menos problemático del cuarteto, según encuestas internas.
Juliette se rió y le estrechó la mano.
—Juliette. La chica nueva, aparentemente experta en causar tensión sin querer.
—Una habilidad muy valorada en este colegio. Aunque… —la miró un momento—. Tú no eres lo que yo esperaba.
—¿Y qué esperabas?
—No sé. Alguien más… ruidosa, tal vez. Pero tienes cara de biblioteca y pensamientos sarcásticos. Me agrada.
Juliette soltó una carcajada sincera.
—Gracias, supongo. Tú tampoco eres como tus amigos. De hecho, pareces tener neuronas activas.
—Más de dos, por lo menos. Me esfuerzo —dijo Tomás con una sonrisa—. ¿Qué te gusta leer?
—¿De verdad quieres saber?
—Dale, sorpréndeme.
Y ahí comenzó una conversación fluida, natural, donde hablaron de libros, películas, lo molesto que es que los casilleros no cierren bien, y cómo León parece vivir en su propio mundo. Tomás la escuchaba con atención, genuinamente interesado, y Juliette notó algo curioso: se sentía cómoda. Como si lo conociera de antes.
—Oye, Juliette —dijo él de repente, un poco más serio—. Te lo digo de verdad. Tienes potencial, se nota. Pero este lugar… puede tragarse a la gente si no anda con cuidado. Y Antonella… bueno, no es mala, pero si siente que la amenazan, puede volverse… creativa.
—¿Estás advirtiéndome?
—Estoy cuidando lo que me cae bien —dijo él, y le guiñó un ojo.
Juliette sonrió.
—Gracias, Tomás.
—De nada. Cuando quieras hablar de libros raros o evitar dramas, ya sabes dónde encontrarme. O bueno… donde escuchar mi risa en medio del caos.
Juliette rió. Sí. Definitivamente él tenía algo diferente. No era como León. Ni como Nicolás.
Era el único de esos cuatro chicos que parecía… real.
Después de tantas emociones, necesitaba un respiro. Y ese respiro vino con arroz, pollo al horno y jugo de chinola.
¡Cena familiar con los Four Boys de postre!
Después de un día largo en el colegio, Juliette se sentó a cenar con sus padres. El aroma del pollo al horno llenaba el comedor, y la mesa ya estaba servida con arroz, ensalada y jugo de chinola frío. Era uno de esos momentos tranquilos que a Juliette le gustaban, donde podía sentirse en casa de verdad.
—¿Y cómo te fue hoy en el colegio? —preguntó su mamá mientras le servía más ensalada.
—Fue… entretenido —respondió Juliette, cogiendo un trozo de pan—. Y agotador. Me pasó de todo.
—¿Te pusieron a correr en educación física o qué? —dijo su papá, bromeando mientras se servía más arroz.
Juliette se rió por lo bajo.
—Peor. Me tropecé con uno de los chicos más populares del colegio. Literal. Choqué con él en el pasillo, me caí, y él me ayudó a levantarme. Muy bonito todo.
—¡Vaya! —dijo su papá, riendo—. Esa es una forma original de hacer amigos. ¿Y el tipo qué hizo? ¿Te pateó o te dio flores?
—Me dio la mano con una sonrisa de “mírame y enamórate”. Se llama León. Uno de los famosos Four Boys.
—¿“Four Boys”? —repitió su papá con una ceja alzada—. ¿Qué es eso? ¿Una banda o una secta?
—Ni una cosa ni la otra —respondió Juliette con una sonrisa—. Son cuatro chicos que se creen los reyes del colegio. Todas las chicas los miran como si fueran celebridades.
Su papá fingió preocupación.
—¿Y tú también los miras así?
—¡No, papá! —dijo ella, riéndose—. Solo estoy describiendo la fauna local.
Su mamá la miró con atención.
—¿Y tú qué piensas de ese León?
Juliette se encogió de hombros.
—No sé… Es guapo, eso es obvio. Pero tiene una actitud… no sé. Como si todo el mundo estuviera por debajo de él.
—A veces eso es solo apariencia —comentó su madre, dándole un sorbo a su jugo—. Hay personas que se ven arrogantes, pero por dentro son muy distintas.
—¿Ahora lo estás defendiendo? —preguntó Juliette, arqueando una ceja con curiosidad.
—No lo estoy defendiendo. Solo digo que no siempre sabemos lo que hay detrás de la primera impresión. Tal vez si eres amable con él, él también lo sea contigo. No te acostumbres a tratar mal a los demás solo porque alguien lo hizo primero contigo.
Juliette bajó la vista a su plato por un momento. Sabía a qué se refería su madre.
—Lo trataré con educación, si se lo gana —dijo al final, medio en broma.
—Eso está bien —asintió su mamá, sonriendo—. Pero no pierdas tu esencia. Puedes ser firme sin dejar de ser tú. A veces, las personas más difíciles de tratar solo necesitan a alguien que las mire diferente.
—Y si eso no funciona —intervino su papá—, siempre puedes fingir que se te cayó el jugo encima de él. Casual.
Juliette soltó una carcajada.
—¡Papá! Por favor… Ya me basta con haberme tropezado con él. No quiero hacer el ridículo dos veces.
—Y los otros tres chicos, ¿cómo se llaman? —preguntó su papá, curioso.
—Nicolás, Federico y Tomas —respondió Juliette, apoyando el codo sobre la mesa—. Y no, no son sus guardaespaldas, antes de que lo digas.
—Yo no dije nada —dijo su papá, alzando las manos en son de paz.
—Claro que no —dijo Juliette, sonriendo.
Se hizo un pequeño silencio, pero no incómodo. Era de esos momentos donde todos disfrutaban estar juntos, sin necesidad de hablar tanto. Juliette se recostó ligeramente en la silla, mirando a sus padres con una expresión tranquila.
—Gracias por esto —murmuró—. Por escucharme. Me gusta poder hablar con ustedes.
Su mamá le acarició la mano con cariño.
—Siempre vas a poder hacerlo, mi amor.
El papá levantó el vaso con jugo.
—Por nuestra hija, que ya está conquistando el colegio.
Juliette negó con la cabeza, riéndose.
—Todavía no. Pero si sigo chocando con más chicos populares, quién sabe.
Y mientras yo bromeaba con mis padres sin saber lo que se venía, al otro lado del colegio… alguien tenía planes.
La apuesta
El sol de la mañana caía directo sobre la fachada del colegio. Algunos estudiantes ya estaban entrando, otros se agrupaban fuera, matando los últimos minutos antes de clase.
En una esquina, justo frente a la entrada principal, estaban los Four Boys. León apoyado contra una pared, con las manos en los bolsillos y el ceño apenas fruncido. Nicolás revisaba su celular, Tomás estaba con los audífonos puestos, y Federico… simplemente observaba.
Entonces apareció Juliette.
Cruzó el portón con la misma actitud de siempre: auriculares en los oídos, cabeza en alto, mirada al frente, sin prestarle atención a nadie. Iba sola, como si el mundo entero no tuviera nada que ver con ella. Como si no supiera que la estaban mirando.
—Mírala, mírala —murmuró Nicolás, bajando las gafas de sol—. Ahí viene la realeza.
León no respondió. Solo la siguió con los ojos.
Juliette pasó sin mirarlos, pero en ese momento, Tomás se quitó los audífonos y caminó hacia ella. Le sonrió y le dijo algo que los demás no alcanzaron a escuchar. Ella rió. Luego, Nicolás también se despegó del grupo y fue a alcanzarla. Le saludó como si se conocieran de toda la vida, se chocaron las manos, y caminaron unos pasos juntos antes de separarse.
Federico ladeó la cabeza y miró a León.
—¿Y a ti qué te pasa?
León no despegó los ojos de Juliette.
—Nada —respondió, pero luego sonrió de lado—. Aunque… se me acaba de ocurrir una idea.
—Ajá… —dijo Federico, con una ceja alzada—. Esa cara tuya nunca viene con ideas sanas.
—Cuando regresen esos dos de coquetear con la princesa, te cuento.
Minutos después, Tomás y Nicolás volvieron al grupo.
—¿Y entonces? ¿Algún saludo especial? —preguntó León, con fingido desinterés.
—Solo educación, León. ¿Recuerdas cómo funciona eso? —respondió Tomás con una media sonrisa.
—Ay, no empiecen —interrumpió Federico—. León tiene algo que decir.
Todos miraron a León.
—Estaba pensando… ya que estamos todos tan entretenidos con la chica nueva, ¿qué les parece si hacemos esto interesante?
—Define “interesante” —dijo Nicolás, cruzándose de brazos.
León sonrió.
—Una apuesta. Cuatro mil dólares. Mil por cabeza. A ver quién logra que Juliette se enamore primero.
Hubo un breve silencio.
—¿Qué? —exclamó Tomás—. ¿Estás hablando en serio?
—Completamente —respondió León.
—Es una broma, ¿verdad? —dijo Nicolás, aunque su sonrisa decía que le parecía tentador.
—No, es muy en serio. Dice que es fuerte, segura, difícil de alcanzar… Vamos a comprobarlo. Vamos a ver qué tan difícil es. Y el que logre que caiga, se lleva los cuatro mil.
Tomás negó con la cabeza, molesto.
—Eso está mal. Juliette es buena chica. No es una más del montón. ¿Van a jugar con ella por dinero?
—Ay, por favor, moralista —se burló Nicolás—. ¿Cuándo hemos hecho daño a alguien? Además, no es como si estuviéramos planeando romperle el corazón… solo queremos ver quién gana.
—Exacto —dijo Federico—. Nada se pierde. Igual sé que conmigo no va a haber química, pero me apunto. Estoy seguro de que ninguno de ustedes va a lograrlo tampoco. Así que ya me veo ganando los mil de vuelta solo por participar.
—Yo también me apunto —dijo León, sin dudar—. Aunque sea solo para ver la cara de ustedes cuando pierdan.
Nicolás se encogió de hombros.
—Bueno… me voy a meter, pero solo para hacerte la vida imposible a ti, León. Aunque ella no te aguanta, el que tiene más chances de ganar soy yo.
Tomás los miró a todos con disgusto.
—No voy a participar en esta ridícula apuesta.
—Entonces quédate callado y no digas nada —le soltó León, con frialdad—. Si no juegas, no interfieras.
Tomás suspiró y se apartó un poco del grupo.
—Está bien. Pero esta idea no me gusta nada.
—Y sin embargo… aquí estás —le respondió Federico con una media sonrisa.
Los cuatro miraron de nuevo hacia la entrada del colegio. Juliette ya se había perdido entre los pasillos. La presa perfecta, según ellos.
Lo que no sabían era que estaban a punto de apostar más que dinero. Mucho más.
⸻
Entre la apuesta y la clase
Mientras cruzaba el pasillo rumbo al aula de Historia, sentí varias miradas clavadas en mí. Otra vez.
No era como que me molestara… pero sí. Un poco sí.
Ya había sido “la nueva” otras veces. Ya conocía las miradas, los susurros, las miradas otra vez. Pero esto… esto era distinto.
Los populares de este colegio —León, Nicolás, Tomás y el otro chico que aún no me acuerdo cómo se llama, pero tiene cara de saberlo todo— parecían estar demasiado interesados en mí. Y no en plan bienvenidos. En plan sospechoso.
Por un segundo, se me cruzó por la mente que quizás habían apostado algo. ¿Quién se me acerca primero? ¿Quién me hace reír? ¿Quién se gana el número?
Pero luego negué con la cabeza.
No. No pueden ser tan ridículos.
¿O sí?
Entré al aula y me senté por el centro. Lugar estratégico: ni muy visible, ni muy invisible. Aunque, siendo honesta… ya eso de pasar desapercibida parecía no estar funcionando.
Este colegio claramente tenía otros planes para mí.
⸻
Pregunta con trampa
El profesor alzó la voz desde el escritorio:
—A ver, chicos. ¿Quién puede decirme cuál fue el tratado que puso fin a la Primera Guerra Mundial?
León levantó la mano como si acabara de recordar un dato brillante. Lo miré solo porque algo me dijo que venía con un disparate.
—¿León? —preguntó el profesor—. ¿Tú sabes la respuesta?
—No, profe. Pero mi compañera Juliette sí se la sabe.
Risas. Muchas.
Lo miré como si acabara de tragarse una pila y se le hubiera activado la tontería.
—Gracioso, León —suspiró el profesor—. Pero si vas a levantar la mano, que sea para hablar tú, no tu compañera.
—Entendido, profesor. Pero igual quiero escucharla a ella —dijo, girándose hacia mí con toda la cara de “esto va a ser divertido”.
El profesor me miró.
—Juliette, ¿te la sabes? No tienes que responder si no quieres.
—Sí. Fue el Tratado de Versalles, firmado en 1919.
—Correcto, Juliette —asintió el profesor—. Como en todas tus respuestas.
León se recostó en su silla como si acabara de descubrir algo:
—Parece que la nueva vino a destronar a todos. Hasta los cerebritos. Federico, Tomás… pónganse las pilas o Juliette los va a bajar de la cima.
Risas otra vez. Lo miré con calma.
—¿Siempre hablas sin filtro o fue solo hoy?
Un “¡uuuh!” colectivo llenó el salón.
Tomás, que parecía más tranquilo que los otros, intervino con una sonrisa:
—Siempre es bienvenida una buena competencia.
—Gracias —le respondí, manteniendo el tono neutro, pero con los ojos en León.
Y ahí apareció él. El que no había hablado. El que tenía cara de “yo soy el estándar”. Me miró por primera vez directamente.
—No te creas que te la voy a poner tan fácil. Hasta ahora puede haber sido suerte de principiante… pero lo que realmente habla son los exámenes.
Más risas. Se puso de pie y me extendió la mano.
—Federico. Un placer. Y desde ya te aviso: no me gusta perder en nada. Tomás era el único que me hacía competencia… y siempre quedaba en segundo.
Le di la mano. Firme. Tranquila.
—¿Está de más decirte cómo me llamo? Digo, es evidente que ya lo sabes.
—¡Ohhh! —gritaron algunos como si estuviéramos en una batalla de freestyle.
—¡Silencio en el aula! —gritó el profesor—. Si ya terminaron su show, podemos continuar.
El ruido bajó. El ambiente se calmó.
Pero yo sentí una mirada clavada.
León.
Me estaba mirando otra vez.
Le devolví la mirada, sin apuro. Sin sonrisa. Solo… lo miré.
Así pasamos el resto de la clase. Él me miraba. Yo lo notaba. Y lo miraba también.
Porque hay batallas que no se anuncian. Solo se pelean en silencio.
Después de clase
Apenas sonó la campana, recogí mis cosas con rapidez. Quería irme antes de que León intentara hablarme otra vez.
Demasiado tarde.
Estaba esperándome fuera del aula, recostado contra la pared, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Al notar que lo vi, me hizo una seña con la mano, invitándome a acercarme.
Rodé los ojos. ¿Y ahora qué?
Me acerqué con paso lento, sin dejar de observarlo.
—¿Y ahora qué quieres? —dije cruzándome de brazos—. ¿Quieres que también te resuelva la tarea?
Él sonrió como si no le afectara ni una sola de mis palabras.
—No. Solo quiero hacer las paces contigo. Quiero que seamos amigos.
Lo miré como si acabara de decir que quería ser astronauta.
—¿En serio? ¿Tú? El rey del colegio… ¿quieres ser amigo de una chica como yo? ¿Por qué?
—Porque me gusta tu personalidad —dijo, sin titubeos—. La forma en que te defiendes. No te dejas intimidar por nadie. Nunca había visto eso en una chica.
—¿Y se supone que debo creerte?
—¿Por qué no? Una oportunidad no se le niega a nadie —respondió, mirándome con tranquilidad.
Me vino a la mente lo que me dijo mamá: “No seas tan dura con ese tal León. Tal vez solo necesita una palabra amable.”
Suspiré.
—Está bien. Amigos —dije, estirando la mano.
Él la tomó con una sonrisa más sincera.
—Borrón y cuenta nueva.
—Borrón y cuenta nueva —repetí.
En ese momento aparecieron los otros tres. Nicolás llevaba su mochila al hombro y una expresión como si siempre supiera más que los demás.
—Juliette, hoy hay una fiesta en mi casa. Todo el colegio va a ir. Será divertido —dijo, sin más.
Federico añadió desde el lado opuesto:
—Sí, vamos. Será divertido. Va a haber música, juegos, piscina, de todo. Tienes que venir.
Me pareció un poco extraño. ¿Ahora todos querían invitarme a fiestas?
Miré a Tomás, que simplemente me sonrió como si ya supiera que iba a decir que sí.
—Está bien —respondí finalmente—. Iré.
—Perfecto —dijo León, dándome un pequeño golpe con el dedo en el hombro—. Entonces nos vemos allá.
Mientras se alejaban, no pude evitar pensar que nada en este colegio era normal.
Y al parecer… mi vida tampoco iba a serlo.
Cuando el espejo dice “wow”
Mi habitación parecía zona de desastre. Tenía el armario abierto, dos cajones fuera de lugar, tres camisetas en la cama y cero ideas en la cabeza.
¿Qué se supone que me iba a poner para una fiesta como esa?
No es que yo fuera del tipo de chica que va a eventos sociales todos los fines de semana. De hecho… nunca iba a ninguno. No me invitaban, y yo tampoco insistía.
Y ahora… ¿para qué dije que sí?
Miré el espejo con una camiseta negra en la mano. Me la puse delante, probando.
Parecía lista para un velorio.
La solté sobre la cama y me senté, suspirando. Tal vez aún estaba a tiempo de decir que me sentía mal. Una excusa clásica. Nadie cuestiona a una chica que dice tener dolor de cabeza.
—¿Y esta tormenta qué es? —preguntó mamá, entrando sin tocar.
—Nada, solo… no tengo qué ponerme —dije, sin mirarla directamente.
Ella se cruzó de brazos con esa mirada que usaba cuando no me creía ni una palabra.
—¿Es por la fiesta?
Asentí.
Ella se acercó a mi armario, sacó una percha y me la mostró. Era un conjunto amarillo pastel. Pantalón corto de tela suave, una chaquetita ligera del mismo tono y un top blanco liso debajo.
—Este lo compramos juntas el mes pasado y aún tiene etiqueta.
—Es demasiado bonito —dije bajito—. No sé si es… yo.
—Juliette, escúchame. No se trata de lo que siempre has sido. Se trata de que empieces a descubrir quién puedes ser.
La miré, y algo dentro de mí se aflojó.
—¿Y si hago el ridículo?
—Entonces te ríes. Con elegancia. Y sigues adelante.
Sonreí.
Me puse el conjunto. Me solté el cabello. Mamá me ayudó a peinarlo con los dedos, solo para darle forma. Me dio unas zapatillitas blancas.
Nada recargado. Nada exagerado. Solo… yo. Un poco más segura.
—Estás hermosa —dijo, sonriendo con ternura—. Pero más que eso… estás lista.
Y por primera vez en todo el día, me lo creí un poquito
Entro como si la fiesta fuera suya
Llegué a la casa de Nicolás unos minutos después de la hora acordada. Quise llegar tarde, pero no demasiado. Lo suficiente para que ya hubiese ambiente… pero sin parecer ansiosa.
Aun así, mientras cruzaba el jardín iluminado con luces amarillas y guirnaldas colgando de los árboles, sentí todas las miradas.
Y no era paranoia.
Al parecer, la chica nueva también podía causar efecto fuera del aula.
Un grupo estaba reunido en la terraza, otro bailaba cerca de la piscina. Música, risas, luces suaves. Todo era… más grande de lo que esperaba.
—¡Llegaste! —dijo una voz detrás de mí.
Me giré. Federico.
—Sí, al parecer sobreviví al dilema del outfit.
—Y lo resolviste bastante bien, por cierto —dijo, bajando la mirada a mi conjunto amarillo pastel—. Vas a causar sensación.
Rodé los ojos con una sonrisa leve.
—¿Siempre tan encantador?
—Solo cuando me conviene —dijo, guiñando un ojo—. Ven, Nicolás está en la consola, quiere verte.
Me dejó frente a la zona de música, donde Nicolás estaba manejando el volumen como si fuera un DJ profesional. Llevaba auriculares en el cuello y una bebida en la mano.
Cuando me vio, levantó una ceja.
—Te ves… wow.
—¿Eso es un “hola”? —pregunté.
—Sí, pero más sincero.
Solté una pequeña risa. Él me ofreció un vaso con soda, y me hizo una seña hacia la consola.
—¿Quieres elegir la siguiente canción? Esta fiesta necesita tu toque.
Lo miré con escepticismo.
—¿No crees que ya es demasiado que esté aquí? ¿También quieres que tome el control del sonido?
—Justo por eso —dijo él, acercándose un poco más—. Porque quiero que seas parte, no solo una invitada más.
Pensé por un segundo. Y acepté. Me pasé detrás de la consola y me puse uno de los auriculares. Nicolás me indicó cómo funcionaba todo. Era más simple de lo que parecía.
—Tú escoge la siguiente —dijo—. Que suene algo que diga: “esta soy yo”.
Busqué entre las canciones. Y mientras mis dedos se movían por la pantalla, no podía dejar de mirarlo.
Había algo en sus ojos. Azules, claros, con ese brillo travieso que parecía verlo todo, pero sin juzgar. Me atrapaban. Y por más que quisiera concentrarme en la música, mi mirada volvía a él una y otra vez.
Su forma de reír, de moverse con naturalidad en medio del caos de la fiesta, de hacer que yo no me sintiera una extraña en su mundo… todo me estaba gustando más de lo que estaba lista para admitir.
Cuando elegí la canción y comenzó a sonar, nos miramos.
Y nos reímos al mismo tiempo.
Por un instante, me sentí cómoda.
Como si estuviera justo donde debía estar.
Y sí, me gustaba estar con Nicolás.
Demasiado.
No sabía que esa noche me iba a poner en el centro de muchas cosas.
Y que las verdaderas miradas importantes… aún no habían llegado.
DJ Juliette enciende más que la consola
Estábamos en la consola poniendo música, y por un momento me olvidé de todo.
De que no conocía a casi nadie.
De que estaba en una fiesta a la que nunca habría imaginado asistir.
De que Nicolás tenía novia.
Bueno… hasta que ella apareció.
—¿Qué hace ella aquí? —soltó Antonella, de pie justo al frente de la consola.
El aire cambió. Literal. Como si el ambiente se enfriara tres grados.
Nicolás se tensó por un segundo, pero intentó mantener la calma.
—La invité. Va todo el colegio, Antonella. No es nada personal.
—Tranquila —dije, sin dejar que la incomodidad me aplastara—. Solo estamos poniendo música. No estamos haciendo nada malo.
Antonella me miró con una sonrisa torcida.
—No contigo estoy hablando. Estoy hablando con mi novio.
—Luego se volvió hacia él—. ¿Me dejas hacer las cosas contigo, por favor?
Boom.
Mi burbuja explotó.
Nicolás me lanzó una mirada rápida, como queriendo decir “mejor vete”, sin palabras.
Y yo entendí.
Me alejé despacio, intentando no parecer herida. Pero por dentro, todo se me había hundido al estómago.
Me metí entre la gente, evitando que alguien me hablara. Caminé hasta el fondo de la casa y encontré una puertita que daba a un pequeño patio trasero. Sin luces, sin gente. Solo aire fresco y plantas moviéndose con la brisa.
Me senté en un murito de piedra y dejé caer los hombros.
¿En qué estaba pensando?
¿Que él se iba a enamorar de mí con solo poner una canción juntos?
Por favor, Juliette.
Y aun así… me había gustado. Su forma de mirarme. De hacerme sentir especial. Su risa. Esos malditos ojos.
Pero no. Él tenía novia. Y aunque Antonella fuera la reina del sarcasmo y las indirectas venenosas, yo no iba a ser “la otra” de nadie.
Respiré profundo. No quería llorar, pero sentía ese nudo tonto en la garganta.
—¿Y tú qué haces aquí sola? —preguntó una voz.
Tomás. Siempre apareciendo como si supiera justo cuándo hacerlo.
—Solo necesitaba un poco de aire —respondí, sin mirarlo del todo—. La fiesta está… demasiado llena de gente.
—¿Y demasiado llena de cierto tipo de gente? —dijo, sentándose a mi lado.
Sonreí apenas.
—Algo así.
—No te vayas. Quédate un rato más. Va a mejorar, te lo prometo. Además, todavía no hemos bailado.
—En un ratito entro. Solo… déjame respirar.
Tomás me miró de lado.
—¿Estás bien? ¿Te pasó algo? ¿Te dijeron algo?
Negué con la cabeza. Mentí con una media sonrisa.
—Todo bien. Solo estoy procesando tanta gente hablando al mismo tiempo.
Él asintió, sin presionarme.
—Bueno, sí necesitas que te rescate, yo estoy a dos pasos de distancia.
—Gracias —murmuré.
—¡Hey! ¿Qué hacen aquí escondidos? —interrumpió otra voz.
Federico.
—Vamos, la fiesta está buena allá adentro. Están preguntando por ti, Tomás. Las chicas quieren verte en la pista —dijo con una ceja levantada.
—Juliette, ¿vienes?
—En un ratito. Lo juro.
—Como quieras —dijo Federico, y luego le habló a Tomás—. Vamos, galán. Te están esperando.
Tomás me dio una última mirada.
—¿Segura?
—Segura.
Y me dejaron sola otra vez.
Pero esta vez no era una soledad vacía.
Era… necesaria.
Cuando el arrogante se rindió por amor
La música se escuchaba desde la calle. Luces por todos lados, gente bailando, gritando, riendo. León entró a la casa de Nicolás caminando con ese aire de “a mí nada me sorprende”, pero mirando a todos lados como si estuviera buscando algo.
O mejor dicho… a alguien.
Subió directo al área donde estaba la consola de música. Allí encontró a Nicolás… discutiendo con Antonella.
—¿En serio, Nico? ¿Poniendo música con ella? ¿Y luego te haces el inocente?
—No empieces otra vez, Antonella, por favor…
—¡Te vi! Te estabas riendo con ella como si fueran mejores amigos desde el kínder. ¿Y yo qué soy, decoración?
—Tú sabes que no es eso. Solo le estaba enseñando…
—¿Dónde está Juliette? —interrumpió León, metiéndose entre los dos.
Antonella levantó las cejas.
—¿Ahora tú también?
Nicolás lo miró, aliviado de tener una excusa para salirse de esa conversación.
—Estaba aquí hace un momento —dijo Nicolás—. Poniendo música, riéndose… hasta que llegó la reina del hielo y congeló todo el ambiente.
—¿Se fue?
—No lo sé. No la vi salir. Capaz que bajó con los muchachos.
León frunció el ceño y se alejó, bajando a la zona de la piscina, donde estaban Tomás y Federico bailando con un grupo de chicas.
—Ey, Ey —dijo, llamando la atención de ambos—. ¿Han visto a Juliette?
Tomás dejó de bailar, con las manos aún levantadas, y se acercó.
—Sí. Estaba en el patio trasero. Sola. Como que le bajó el ánimo.
—¿Alguien le dijo algo?
—No dijo nada, solo pidió aire. Pero se le notaba… rara.
Federico se unió al grupo, sudando por el baile.
—Yo la vi también. Quise convencerla de volver, pero no quiso. Así que la dejamos respirar.
—¿Y ustedes la dejaron sola?
—León —dijo Tomás, cruzándose de brazos—. La respetamos. Si alguien necesita espacio, se le da.
—Y además, tú no eres precisamente el indicado para subirle el ánimo —dijo Federico, soltando una carcajada—. Siempre que hablas con ella, o se pican, o terminas lanzando indirectas.
—No la friegues más, bro —añadió Tomás—. La pobre ya debe estar cargada.
León levantó las manos en señal de paz.
—Tranquilos. No voy a pelear con ella. Solo quiero saber si está bien… y ver si la convenzo de volver a la fiesta.
—¿En plan qué? ¿Caballero rescatando a la damisela? —preguntó Federico, medio en broma.
—En plan… “me importa”. ¿Eso es ilegal ahora?
Tomás sonrió, le dio una palmadita en el hombro.
—Está ahí atrás. Ve. Pero con calma.
—Y si puedes hacerla sonreír otra vez —añadió Federico—, te ganaste un punto.
—¿Un punto en la apuesta?
—No —respondió Federico, esta vez más serio—. Un punto con nosotros.
León asintió, sin decir más.
Y se fue rumbo al patio trasero.
Soltar a quien no te elige… también es amor propio
—¿Y tú qué haces aquí? —dije en cuanto lo vi aparecer por la puerta que daba al jardín.
León alzó las manos como si trajera una bandera blanca.
—Tranquila, vengo en son de paz. Cero sarcasmos… bueno, tal vez un 20%.
Rodé los ojos.
—Quiero estar sola, León.
—Ya, ya lo noté. Pero pensé: “¿y si la chica nueva necesita un poco de alegría tropical cortesía de este humilde servidor?”
Se dejó caer en el murito a mi lado, sin esperar invitación.
—¿Qué te pasa? ¿No te gusta la música? ¿La piscina? ¿Las luces, el ambiente, la decoración de dudoso gusto que Nicolás juró que era moderna?
No respondí.
—Vamos, ven a la fiesta —insistió él, empujándome con el hombro—. Baila, mójate los pies en la piscina, lánzale un hielo a alguien, lo básico.
—No tengo ánimo.
León se quedó en silencio por unos segundos. Luego, con voz más tranquila, dijo:
—No sé por qué estás así, ni te lo voy a preguntar… pero te voy a decir algo. No vale la pena.
Lo miré sin entender.
—La tristeza no se quita sola, Juliette. Pero quedarse ahí, estancada… tampoco la mejora.
La felicidad empieza contigo. Si tú no estás bien contigo misma, no hay ambiente, ni persona, ni DJ con ojos azules que te la devuelva.
Eso… no lo vi venir.
—¿Tú dijiste eso? ¿Tú, León, el chico que habla con los espejos?
Sonrió.
—Hey, no me mires así. Uno puede tener estilo y profundidad.
Te dejo el consejo gratis. Haz con él lo que quieras.
O, si prefieres, podemos quedarnos aquí y te cuento mis hazañas más legendarias en este colegio. Algunas incluso incluyen aplausos de pie.
—No, no, no, gracias —dije, levantándome por fin—. Mejor vamos a la fiesta antes de que empieces a hablar de tus premios inventados.
Le ofrecí mi brazo, medio en juego.
—¿Vamos?
León entrecerró los ojos, divertido, y enganchó su brazo con el mío.
—Por supuesto, mi lady.
Entramos juntos al jardín iluminado. La música seguía sonando y el ambiente parecía haberse recalentado aún más. Gente bailando por todos lados.
—¿Bailamos? —preguntó él.
—No sé si…
Pero no me dejó terminar. Empezó a moverse con unos pasos completamente ridículos. Como si estuviera haciendo un cruce entre robot y zombi, con cara seria.
—¿Qué… qué rayos estás haciendo? —pregunté, sin poder contener la risa.
—Esto es arte, Juliette. Se llama “expresión libre de vergüenza”. Muy avanzada para tus niveles.
Y siguió bailando. Con más ganas.
Yo me reí. De verdad. No por compromiso. Sino porque en serio, ese loco tenía algo que me hacía olvidar lo demás.
En ese momento llegaron Tomás y Federico, gritando:
—¡Ey, ey! ¡¿Qué es eso, León?! ¿Bailes del milenio pasado?
—¡Está infectando a Juliette! —bromeó Federico.
—Demasiado tarde —dije, sonriendo mientras giraba sobre mí misma—. Ya me convertí.
Ellos se unieron al “baile ridículo”, y por unos minutos me olvidé de todo.
Hasta que miré hacia arriba… y los vi.
Nicolás y Antonella, en la consola.
No se estaban peleando. Tampoco estaban sonriendo. Pero estaban ahí. Juntos.
Una parte de mí dolió.
No lo podía negar.
Pero entonces León hizo una pose dramática, como si se desmayara de la emoción, y todos rieron.
Y yo también.
Tal vez no podía tener lo que quería. Pero sí podía tener esto.
Amigos. Risas. Un momento.
Y eso, en este punto… valía muchísimo.
Tal vez no soy la chica más fuerte del colegio. Tal vez no soy ni siquiera la más interesante. Pero esta noche… por fin sentí que estaba empezando a vivir mi historia.