El Niño

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Summary

En un pequeño pueblo apartado, callado y tranquilo, un niño y su madre, conviven con sus vecinos, luego de haberse mudado de la gran ciudad, el lugar es apacible y sereno, con casas, una iglesia y vecinos verdaderamente amigables. Sin embargo, el pueblo no es lo que parece a simple vista. Y el niño tampoco.

Genre
Horror
Author
Zilress
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

El día estaba nublado, como casi todos los demás que recuerdo desde que nos mudamos aquí, rara vez se veía un rayo de sol en este pequeño pueblo, que en este momento es mi mundo, un mundo bastante pequeño, no era nada vistoso, ni ostentoso, comparado con la gran ciudad en la que habíamos estado viviendo antes, y que ahora solo existía en las noticias, muy pocas viviendas se alzaban a la vista, y varias montañas de picos neblinosos establecían una barrera natural que contribuía a la gran ausencia de visitantes y forasteros, dando una imagen de tranquilidad y aislamiento que no me parecían tan mal, además, el olor a humedad que predominaba todo el tiempo era de mi agrado hasta ahora, aún así, yo soñaba con ver más, había un mundo más allá que estaba esperando a que yo lo descubriera.


Sin embargo, mi madre siempre se empeñaba en llevarme a todos lados, para protegerme, eso lo sé muy bien, los niños pequeños son extremadamente delicados, pero yo aún soñaba con algún día desprenderme de su cuidado e ir a explorar que había más allá del pueblo.


Y mientras mi madre caminaba conmigo, escuché una de las pocas cosas en el pueblo que detestaba, las campanas de la iglesia no dejaban de sonar, el antiguo edificio religioso se divisaba no lejos de nuestra posición, era bastante antiguo, con varios siglos de existencia y hecho de una madera que se había podrido por años de lluvia y neblina sin reparaciones ni inversiones, las puertas estaban demacradas, con partes de metal que parecían que estaban a punto de desprenderse por el óxido, por dentro era más tétrica, la primera y última vez que entramos fue el viernes, cuando escuchamos por primera vez las campanas, no había iluminación artificial, la poca luz que tenía era mediante velas, los bancos, aunque parecían ser bastante recientes, tenían esa sensación de abandono que parecía primar en todo el pueblo.


Esta era la segunda vez que sonaban las campanas cuando no debían en lo que llevamos de estancia, la última vez fue el viernes y hoy también era raro que sonaran, pues era martes por la tarde y el domingo por la mañana es el día en el que se llama a misa, una práctica que yo francamente detestaba, no era que acudir fuera obligatorio, en ese sentido las personas en el pueblo eran bastante relajadas.


Aunque la verdad, ese era un asunto aparte, las personas del pueblo, desde que tengo memoria siempre he sido más inteligente que otros niños de mi edad, dándome cuenta de cosas que otros no, y aunque llevábamos poco tiempo en el pueblo, no tardé en darme cuenta de como las personas nos miraban a mi madre y a mi, sentía como sus ojos reflejaban algo que no se podía ver en sus sonrisas de bienvenida, y en sus brazos abiertos de amistad, a pesar de lo mucho que le agradaran a mi progenitora.


Las campanas sonaban y sonaban, eran como un chillido ensordecedor que estremecía mi cuerpo cada vez que ese horrible trozo de metal era golpeado, por suerte mi madre no sufría tales pesares y al darse cuenta de mi malestar, me acaricio para que me calmara.


Cuando llegamos a la iglesia, más por un compromiso social que por otra cosa, ya que por mucho que a mí madre le agradaran los vecinos, ella no compartía la religión, se encontró con la Señora Halloway, una anciana de sesenta y dos años que parecía sacada de uno de esos cuentos de princesas y príncipes que me leía mi madre antes de dormir, sin embargo, ella sin duda haría el papel de la bruja, su piel blanca y arrugada parecía cartón de lo dura que estaba, con ojos pequeños que parecían mirar a la nada, pero que estaban extrañamente vivos, y claramente fijados en nosotros dos, un cuerpo menudo y encorvado, que cubría con un vestido rojo de puntos blancos.


Parecía una de esas imágenes de miedo que mi amigo me mostraba, pero con un camuflaje de ternura y fealdad.


—Buenos días, querida. —Dijo la anciana con esa sonrisa de dientes postizos, mientras hablaba, algunas gotas de saliva por poco cae sobre nosotros, pero no llegaron lo suficientemente lejos. —Veo que estás bien, y este pequeño ha crecido desde la últimas vez que lo ví. —Me acarició con sus manos huesudas, no mencionando que la última vez que me vio fue hace tres días, cuando fue de visita a nuestra casa a tomar el té.


Yo no sabía hablar todavía, así que fue mi madre la que se encargó de conversar con Halloway. —Sí, es mi mayor orgullo. —La sonrisa en su rostro era una genuina mientras ponía una mano sobre mí. —He oído lo que ha pasado, es algo lamentable la verdad. —Dijo ella mientras bajaba la cabeza para demostrar que daba su apoyo emocional al pueblo.


La anciana hizo lo mismo, aunque sin que mi madre se diera cuenta la miro de forma extraña. —Sí, el Señor Baker era alguien muy querido por el pueblo. —¡Ah! ya se de quien estaban hablando, y porque sonaban las campanas, Baker estaba muerto.


—¿Que fue lo que pasó exactamente? —Preguntó mi madre por lo detalles, aún con el poco tiempo de estancia que teníamos viviendo aquí, apenas unos diez días, ella se aseguraba de integrarse en la comunidad, eso incluía preocuparse por lo que les pasaba a sus vecinos.


—Lo encontraron en el bosque… —Comenzó la Señora Halloway después de un pequeño momento de silencio. —Tenía algunas marcas de mordidas alrededor de su cuerpo, como si algún animal salvaje se lo hubiera comido, también le faltaban los ojos, y su lengua estaba clavada en su cabeza con una rama… —Hizo otra pausa mientras cogía aliento para continuar, se veía bastante afectada por aquella situación…


—Que horrible. —Mi madre se llevó las manos a la boca, siempre fue bastante delicada así que no es de sorprender que ella reaccionara así, a mi sin embargo, no me causó la más ligera emoción.


Pero la anciana continuo. "Hay quien dice incluso que cuando encontraron el cuerpo estaba repleto de cuervos, pero que no actuaron sobre el cadáver, algo muy extraño."


Al parecer ya se estaba reuniendo la gente para el servicio funebre. —¿Tenía familia el Señor Baker? —Preguntó mi madre por curiosidad.


—No querida. —Dijo la anciana sacudiendo la cabeza. —Pero todos en el pueblo éramos su familia, es así como funcionan las cosas aquí.


Era cierto, no había visto ni una sola persona joven en el pueblo, todos eran personas mayores, y todos vivían solos, el único atisbo de juventud que tenía era mi amigo, un niño como yo, tal vez un poco mayor, pero que aún así disfrutaba de mi compañía.


—Va a comenzar el servicio. —Dijo mi madre, la Señora Halloway asintió y fue así como la anciana, mi madre y yo entramos por fin a la iglesia.


Después del servicio funerario, nos dirigimos hacia nuestra casa, no había nada que comentar de lo sucedido, todo había pasado de modo normal, al entrar a la iglesia me empezó a doler la cabeza, era un dolor leve pero aún así algo que era insoportable, cuando mi madre se acercó al ataúd para ver en el estado en que se encontraba el difunto, casi le entran ganas de vomitar, pero era comprensible, ya que lo que dijo la anciana sobre el Señor Baker era verdad, las cuenca vacías de sus ojos eran el hogar de algunas moscas, por los gusanos que antes eran los huevos que habían puesto, no había una lengua clavada a su cabeza, pero no había dudas de que había estado ahí, debido al pequeño agujero que sobresalía en su frente, le faltaban la mayoría de los dedos en ambas manos, y me detuve a observar su entrepierna, parecía como si le faltará algo, algo que yo sabía muy bien que era, por lo que sabía quien era el culpable de su muerte.


Al igual que la del Señor Meyer antes que él.


No reparé en preocuparme por eso, sabía que pronto aparecería para hacerme compañía, era mejor concentrarme en otras cosas.


Luego de salir de la iglesia, afortunadamente el pueblo volvió a su estado natural, imperaba el silencio absoluto, debido a los pocos habitantes y a lo taciturnos que eran, las cosas siempre estaban calladas, solamente se rompía este estado de quietud cuando los zapatos de los vecinos caminaban sobre la hojarasca, o sobre los portales de sus casas, haciendo crujir los pisos de madera vieja y mohosa, pero eso era bastante breve, y solo se podía oir desde una distancia cercana a la fuente, lo que había en el pueblo era absoluta paz. Paz y un pequeño viento que parecía susurrar cosas.


Mi madre y yo fuimos al mercado, con el objetivo de buscar un producto especifico, la que teníamos se había acabado y no voy a negar que era algo que me gustaba mucho comer.


—Disculpe señor, ¿no tendrá algo de carne? —Preguntó ella mirando entre los estantes por si la encontraba, lamentablemente su búsqueda no dio frutos.


El tendero, un hombre de unos cuarenta o cincuenta y tantos años, sacudió la cabeza en negación, su rostro tenía varias cicatrices de viruela mal curadas, con ojos medianos pero oscuros, y la sonrisa de dientes amarillentos que nos dirigió apestaba a ajo, podía olerla desde donde estaba, la ropa que llevaba estaba bastante desgastada, pero suponía que la usaba solo para trabajar.


—No señorita, me temo que se nos acabó. —Se notaba que no estaba muy feliz por eso, pero aún así sonrió con esperanza. —Sin embargo, he escuchado que pronto entrara un lote nuevo y fresco.


—Está bien. —Mi madre no estaba preocupada por ella, pero sabía que a mí me gustaba la carne, pero yo podría arreglármelas, mientras tuviera que comer, cualquier cosa estaba bien. —Pasare por aquí en unos días para comprobar. —Con eso, giro sobre sus talones y volvió a casa, conmigo.


El camino fue bastante silencioso, los vecinos no eran de salir de casa, si había algunos en la calle, pero solo hablaban entre ellos con susurros inaudibles, en su mayoría, mientras que algunos nos miraban discretamente, sin moverse, usando la niebla como escudo.


A mitad de camino, en una de las esquinas de un portal de madera podrida, ví algo, aunque muy rápido, un hombre, que era diferente a los demás en el pueblo, alto, oscuro, su rostro era de una sonrisa cerrada, con ojos hundidos y chicos, la niebla parecía que se arremolinaba a su alrededor, como si fuera agua estancada y sucia, proviniendo de él, envolviéndolo e infectado todo el pueblo con su cortina húmeda.


Me dedico una mirada y como mismo apareció de repente, al instante siguiente no estaba. Mi madre no podía verlo así que su imagen solamente quedó en mi memoria.


Ya era de noche cuando estábamos en nuestra casa, era algo pequeña, perfecta para una familia de dos, y como no había muchas cosas que hacer por la noche aparte de ver las noticias, nos acostamos a dormir, yo siempre dormía con mi madre, ella tenía un afán de protegerme y de no dejarme ir a ver el mundo que sobrepasaba lo normal, que no me molestaba tanto, pero a veces un niño quiere estar solo.


Fue aproximadamente una hora después de que mi madre se durmiera que empezaron a pasar cosas extrañas, justo como las últimas dos veces.


Podía sentirlos moverse.


Frente a la puerta principal, un grupo de cuatro personas permanecía inmóvil, no sabía exactamente su propósito, pero supongo que no sería diferente del de las últimas dos veces.


Fueron quince tensos minutos en los que comenzaron a inquietarse de forma algo frenética, sus manos parecían temblar mientras que del gran agujero de sus capuchas, gotas de algún líquido caían al suelo ocasionalmente, quince minutos antes de que tres de ellos se fueran y solamente uno quedara, el cual abrió lentamente la puerta, y comenzó a caminar por la casa, sin duda para buscarnos.


No tardó mucho tiempo en llegara a la habitación en dónde dormíamos, estaba con una capucha, así que no pude ver ningun rasgo distintivo de la persona que había irrumpido en nuestra tranquilidad, solo podía ver una mano que salía de la manga, sacando un cuchillo mientras se acercaba hacia nosotros, y estaba a punto en enterrar el objeto en mi madre, pero no tenía nada que temer.


Porque mi amigo fue más rápido.


Con una fuerza excesiva, el niño mordió la yugular del encapuchado, haciendo que la sangre surja como una fuente del gran agujero que ahora estrenaba nuestro atacante, no se detuvo ahí, con sus pequeñas manos metió los dedos en uno de sus ojos, arrancándolo de raíz, la persona bajo la capucha emitió un chillido patético, ahogado por la sangre que salía a borbotones de su garganta, no pasó mucho tiempo para que su vida se extinguiera por completo, y fue en ese momento que puede ver como era el ojo que le quedaba, pequeño y vacío, con una ausencia de luz solamente visto en las personas muertas, fue a partir de ahí que pude sentir el hedor nauseabundo del excremento inundando la habitación.


Mi madre tenía el sueño pesado, pero yo ví cada segundo de lo que pasaba, a diferencia de las dos veces anteriores, este se había acercado más a nosotros, los otros dos solamente se quedaron en frente de la puerta, pero sus intenciones eran claras.


Mientras terminaba todo el proceso yo me quedé observando atentamente, podía verlo todo a pesar de mi posición y situación incomodas, que no permitirían ver a un niño normal, pero ese no era mi caso, mi amigo siguió mordiendo el cuello del atacante, hasta que casi se le desprende la cabeza, y lo que sentí cuando lo ví fue lo mismo que sentí al ver los cadáveres del Señor Baker y el Señor Meyer.


Absolutamente nada.


Con un movimiento de la cabeza, mi amigo cogió su comida con los dientes y se la llevó al bosque, donde podría devorarla en paz.


Al día siguiente, las campanas de la iglesia volvieron a sonar, mi madre y yo fuimos de nuevo al antiguo edificio, para ver qué había pasado, a diferencia de las dos veces anteriores, la Señora Halloway no estaba ahí para recibirnos.


Y cuando nos acercamos más, descubrimos el porque, era ella la que estaba dentro del ataúd está vez, una imagen algo grotesca, en su cuello había un gran hueco, haciendo que casi no tuviera con que unir su cabeza con el cuerpo, sus ojos vacíos y pequeños no estaban más, y por supuesto, no faltaban las marcas de mordidas en todo su cuerpo, hasta el punto de que algunas partes faltaban, como trozos de brazos y el abdomen, yacía inmóvil, con un apestoso hedor a heces fecales secas, dentro de la caja de madera podrida, siendo un templo para las moscas en que la habían seguido hasta aquí desde el bosque.