En el centro de la realidad

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Summary

Jonathan Crille es un joven que por errores de la vida cae en prisión. Durante su transcurso allí, razona sobre diferentes temas que lo hacen estar en el centro de la realidad, la misma que lo lleva a su trágico final.

Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

I

Soñar... Soñar... Y soñar... Siempre soñamos con hacer realidad los sueños, sin darnos cuenta siquiera de que los tuvimos en las manos y lo dejamos ir.

Todo parece un hipérbaton, pero no, es la dura exageración de la realidad y, en todo caso, es más la realidad que la exageración. En casi todos los casos, mantenemos la meta de llegar a ser un doctor, un arquitecto, un profesor, un obrero... Pero nunca hemos trazado la meta de llegar a ser en primer lugar, nosotros mismos, y ahí, justo en ese momento, verdaderamente estaremos siendo alguien. Y todavía lo recuerdo, mi primer día en la Universidad, con tantos sueños y deseos que ya me veía con un papel grande y rectangular en la mano, pasado cuatro años, con mi familia, mi mujer y con mi sueño.

La realidad es distinta. Estoy en una cárcel de la que nadie, absolutamente nadie, ni el abogado más sosticado, puede sacarme, precisamente, porque hay leyes para culparte, pero no para defenderte. Todavía recuerdo ese episodio: Todos los muchachos del barrio sentados a una orilla de la carretera, medios ebrio, con la marihuana en el punto exacto del cerebro, y nos propusimos hacer un chiste en el mercado de la esquina. La idea era entrar y hacernos pasar por asaltantes, pero quién iba a pensar que el idiota de Miguel sacaría una pistola y comenzaría a soltar disparos al aire.

—¿Eres imbécil? ¿Qué haces? — le grité.

Pero ya era demasiado tarde.

La policía llegó en minutos, dos o tres, para ser exacto. Y de un instante a otro, pasé de ser un "vago de la calle" a estar en una patrulla. Y ahí, por primera vez, recordé las palabras de mi madre aquel día cuando le dije que ya no seguiría en la Universidad.

Todo fue tan rápido, en solo dos días ya era un preso más de la Prisión El Condado, como le llamaban, entre asesinos, psicópatas, pedófilos, habían de toda clase.

Mi número era el 10010, lo llevaba en aquel uniforme horrible. Mi madre intentó de todo, pero nada se podía hacer. Es imposible detener lo que que siempre se quiso hacer. Y ha sido ese siempre el deseo de los federales, aprovechar cualquier descuido para mandar a la cárcel a todo aquel que no se dedica a nada, como si las leyes fueran simples ráfagas de aire.

Adaptarme me costó demasiado, no asimilaba bien ese hecho, además de pensar qué había pasado con mi otros amigos. Compartía celda con tres presos más, tres tipos que daban miedo, pero eran excelentes humanos, solo que, al igual yo, habían fallado una vez.

Los días pasaban como agua de arroyo, en aquel lugar, nadie era amigo de nadie, y la reputación, era el mayor privilegio.

Aún no olvido ese día, cuando comenzó todo. Estábamos en el patio y yo, apartado, leía un libro de Allan Sillitoe, "La soledad del corredor de fondo", que trataba exactamente sobre un preso que se dedicaba a carreras de fondo. Se lo había logrado sacar a un guardia, para matar tiempo y recordar los tiempos antaños de cuando fui una persona de cultura... Estaba sumergido en la lectura cuando de repente el libro pasó de estar ante mis ojos a estar en el suelo, con un fuerte manotazo. No podía creerlo, ya empezarían las peleas. Miré al tipo, era alto y fuerte, pero nada temible, o bueno, será que nunca le tuve miedo a nada. Puso un pie sobre el libro y comenzó a darle patadas, por lo que me pareció una burla a la obra, y le pegué duro, tan duro, y aún no logro explicarlo, que de solo un golpe directo a la garganta cayó al suelo, inmóvil. Los demás que andaban con él no se movieron, solo se miraban entre ambos, yo simulé una sonrisa y tomando nuevamente el libro, me marché de allí. Todos me miraban, en un rotundo silencio, pero yo, por dentro, moría de miedo.

Y fue cuando, pasado alrededor de veinte o treinta minutos, suponiendo, porque en aquel lugar eres ajeno a la hora, llega un guardia a la celda y me dice que el jefe quiere verme. Ya sabía que aquello de la tarde traería problemas y, pues ahí estaban.

Ya me imaginaba la charla del jefe, su recriminación y la cantidad de años que se sumaría a mi condena. Y por un momento me parece nómada la vida, sin un lugar estable, ayer era la inspiración en mi familia, hoy un preso cualquiera a punto de entrar en la lista de presos violentos. Entonces reflexiono y saco una conclusión: <Con la vida tienes que ir al paso, porque si te quedas detrás jamás la alcanzas, y si le vas delante, te pasa por encima. ¡Qué dura realidad!

En la oficina del jefe cambió vida, demasiado. Hoy estoy aquí, preparándome para pelear, porque no me quedó más remedio. El "barriga de pelota de plastilina" no me dejó otra opción: o aceptaba o se me sumaban diez años de condena. ¡Jodidos Jefes! Siempre amenazando. Nunca he visto un dirigente ganar por lo sano, todos hacen uso del soborno. ¿Por qué? A lo mejor por eso nunca logran que todo un distrito sea próspero, y así, ¿qué se puede esperar del Presidente con el país?

Si algo bueno tenía mi nuevo trabajo, era la rutina a la que tenía derecho. Me habían cambiado a otra celda, yo solo, y todas las mañanas la abrían para que saliera a entrenar: correr para calentar los músculos, mejorar la resistencia. Había para eso una pista alrededor de la prisión y un gimnasio con varios equipos de fuerza. Al parecer en El Condado se dedicaban a este tipo de cosas desde hacía varios años, y lo más increíble del caso, todo era ilegal, una forma de entretenimiento para ellos, donde seguro apostaban miles de pesos.

Los dirigentes principales no veían eso. ¿Dónde tendrían los ojos? Seguramente en lo único que les inporta: subir escalones de fama y llenar sus bolsillos. No tenían tiempo para ver la maldad y tomar medidas.

Cada mañana, en cada paso de la carrera mañanera, pensaba en mi madre. Y me pregunto: ¿Qué será de ella? ¿Qué opinará si sobre esta estupidez de la que he aceptado formar parte? Fue mejor no contarle nada asumir el reto, aunque fuese por obligación. ¿Por qué todas las leyes o medidas que se apliquen en un gobierno deben ser obligatorias? ¿Por qué hay que cumplir lo que ordene un dirigente? ¿A caso no tengo derecho a negarme, a defenderme? ¿Alguien puede explicar el hecho de que siempre haya amenazas? Preguntas que tienen respuestas pero no boca que las diga... Por muy pacíficas que sean las leyes siempre seremos esclavos de aquellos que nos gobiernan.