Los Sueños De La Niña Dorada. by JF5 at Inkitt
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Los sueños de la niña dorada.

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Summary

Al visitar un pueblo abandonado de la memoria en las lejanas selvas amazónicas, un grupo de amigos choca de frente con una de las entidades espirituales más malignas que existen. Esta entidad sabe que los jóvenes están ahí, y los vigila constantemente.

Genre
Horror
Author
JF5
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

En las selvas colombianas se cuenta una historia, donde se relatan sucesos extraños acerca de un antiguo edificio en mitad de la nada donde ocurren cosas increíbles. En el pueblo San Juan de las esmeraldas, tan verde y frondoso como una espesa selva, hay un edificio que los habitantes siempre ignoran. Cuentan que, desde la llegada de los europeos, los pueblos indígenas se fueron reduciendo considerablemente. Allí, en San Juan, una comunidad indígena se aisló de forma que los europeos jamás pudieron tocar este lugar, donde se cuenta que los rituales y sacrificios eran constantes.

Muchos españoles, en búsqueda de tesoros indígenas después de que comenzó la mezcla cultural, entraron en esta espesa selva amazónica, cuando aún no se le conocía como la selva amazónica, y buscaron más pueblos con los que, por medio de las cruzas entre nativos y colonos, pudieran expandir su imperio y su población.

Sin embargo, los horrores narrados por dichos colonos. —Los pocos que pudimos sobrevivir, aunque con serios traumas y lesiones—. Escribirían más tarde en cartas enviadas a España, contaban las formas tan indescriptibles en que fueron cayendo dentro de la selva.

—Ighnot-monom — se leía escrito en muchos árboles, o en cartas que habían dejado los colonos que cayeron en medio de sus expediciones.

Pero, todo lo que había ocurrido en aquellos tiempos eran meras especulaciones, y don Gerardo lo sabía perfectamente. Este señor era un hombre antiguo en el pueblo, quien vivía en las afueras de la pequeña población junto a una finca que había heredado por generaciones, donde se contaba en susurros que se hallaban entierros indígenas e historias increíblemente antiguas, que rallaban en lo absurdo por la cantidad de tiempo que, según comentaban algunos historiadores después de la excursión hecha al pueblo, cruzaba la línea de cualquier civilización indígena conocida en la zona.

San Juan era un pueblo, escrito en el letrero de bienvenida, olvidado por toda la existencia. No había allí policía, ni gobierno, ni alguna autoridad competente que hiciera algo por la situación en la que llevaban décadas. El turismo en aquel lugar estaba casi prohibido, censurado en cualquier libro que se pudiera ver en las universidades o sitios web de turismo por Colombia.

Esto fue lo que llamó la atención de algunos turistas de Medellín, Bogotá y Armenia que, leyendo historias contadas por blogs y libros viejos, se quisieron aventurar a conocer el pueblo y ver qué tan cierto era aquello. La realidad es que muchos pueblos en Colombia, la gran mayoría, siempre han estado abandonados de la mano del gobierno y de Dios incluso. Hasta las guerrillas omitían este lugar, y los grupos armados que intentaban hacer estación en aquel pueblo decidían evadir este lugar y seguían derecho en búsqueda de otros lugares.

En muchas ocasiones los guerrilleros intentaron atravesar las espesas selvas, o dominar el pueblo por la fuerza. Sin embargo, la actitud de aquel pueblo tan fría y hostil les traía una mala espina que nadie se imaginaba. Varios comandantes decidían seguir adelante, tomar el pueblo y montar campamentos en las afueras del lugar, que era perfecto para esconderse de las autoridades gracias a las exageradas copas de los árboles, los frondosos arbustos y la espesa neblina que caía en la noche.

Pero, tras caer la noche, los gritos desesperados y los aullidos de dolor que salían del interior del bosque alteraban a los invasores que, en medio del miedo, tomaban sus armas y corrían al interior de los árboles, solo para caer despedazados en medio de alaridos de dolor tan espantosos que cualquier ser humano, por despreciable que fuera, sentiría su piel erizarse y un pánico aterrador invadiría su pecho en medio de extrañas ganas de llorar. Y, como siempre, al día siguiente el silencio sepulcral volvería al pueblo. Los pocos invasores que quedaban salían huyendo en medio del silencio tras el extraño comportamiento de los nativos al ver cómo, a pesar de asesinar a un habitante del pueblo frente a ellos, ni se inmutaban y seguían en medio de su habitual silencio. Nadie hablaba, nadie los miraba, nadie mostraba la más mínima pisca de importancia ante el asesinato. Ni siquiera, dicho esto por don Gerardo, se preocupaban por recoger el cadáver.

Los turistas provenientes de las grandes ciudades llegaron una madrugada en combo al pueblo por la avenida principal.

—Este pueblo es muy raro, la vía se empezó a poner más abandonada desde El Tarro para acá.

—Es obvio que no hay gente, ni siquiera hay pueblos.

—Por eso mismo. Allá en Antioquia hay pueblos cada tantos kilómetros, pero aquí no hemos visto ningún pueblo hace más de cuatro horas. Oiga, conductor, ¿por qué no hay pueblos por acá?

Pero el conductor no dijo nada, solo mantenía la vista fija en la carretera tan solitaria como el mismo interior de la selva. Sandra miraba por la ventana durante la noche, pero en un momento bajó la cortina y se quedó con los ojos cerrados sin decir nada más hasta que llegó el amanecer.

—¿Ustedes no vieron lo que había afuera del bus? —preguntó Sandra a sus compañeros, bajando la voz cuando el conductor tuvo esa extraña actitud—. Les puedo jurar que vi caras en los árboles.

—Eso es pura sugestión mental. Usted ya viene pensando en que acá pasan cosas raras, y por eso viene así.

Sandra solo se quedó callada e intentó dormir un buen rato hasta que el bus se detuvo frente a un portón. Era la entrada de una finca que le daba la bienvenida a los visitantes, justo frente a un viejo y caído letrero con manchas de sangre.

—¿Para dónde pegamos ahora?

—El mensaje de don Gerardo decía que teníamos que entrar al pueblo y él nos recibía.

—¿Usted sí confía en eso? Esa página se veía muy rara, yo le dije que ese señor no se veía nada de confianza. Seguro nos estafó y usted ahí de confiado nos hizo venir —empezó a reclamarle Alejandra con un poco de sudor en la frente, gracias al calor que se generaba dentro de la selva amazónica—. Yo le dije que no confiara tan fácil.

—Usted vio que el cucho me contactó por mensaje así de la nada, y nos mandó fotos del pueblo que no se encuentran ni siquiera en los mapas. ¿Usted cómo se le ocurre que puede crear imágenes falsas que se vean así? Vamos, vamos, algo me dice que todo eso es una estrategia que ellos hacen para atraer gente.

—El turismo por aquí no es muy bienvenido, pero yo sí los traigo porque a la gente de la ciudad le gusta conocer los pueblos —Alejandra gritó tan fuerte que dos personas que caminaban hacia el interior del pueblo miraron fugazmente, antes de volver la vista hacia el frente ignorando totalmente la situación—. Mucho gusto, muchachos. Yo soy don Gerardo. Síganme, por favor, no se queden atrás.

Un hombre de avanzada edad, flaco y con un sombrero típico de los pueblos colombianos, era el que les hablaba. La ropa que usaba aquel hombre era lo que se podía esperar de una persona que trabajaba día y noche en el campo: una camisa vieja a botones medio abierta, un pantalón viejo manchado con tierra cerca de los tobillos y unas botas pantaneras llenas de tierra por todas partes. En la cintura, debajo de su ruana, tenía un machete envainado que usaba para deshierbar los campos en los que trabajaba.

Los seis jóvenes siguieron al hombre hacia el interior del pueblo donde se veía pocas personas caminando. Las tiendas estaban abiertas, pero no era el típico bullicio de pueblo que se podía escuchar en cualquier lugar de Colombia con música a todo volumen y cantinas llenas de trabajadores cansados, tomando cervezas con sus amigos para despejar la mente. Aunque era muy temprano, generalmente los pueblos en Colombia desde temprano ya tenían el ruido de la gente y los autos por doquier, llenando de esa característica abundancia pueblerina las calles.

Pero aquí todo era diferente. En las tiendas apenas se escuchaba un murmullo, en la calle solo se veía un puñado de personas esparcidas por todo el parque principal y los vehículos eran prácticamente inexistentes. Era una vibra muy diferente a todo lo que se veía antes, chocando aún más con la vista de casas tan antiguas como la misma época colonial y calles empedradas, sin ningún atisbo de pavimento. Los murales que se veían por el pueblo eran tan antiguos que parecían no haber sido restaurados en años, y muchas casas ni siquiera tenían color debido a lo antiguas que eran. Cada paso que daban en las empedradas calles resonaba por todas partes y el frío dentro del pueblo contrastaba totalmente con el calor que se sentía a las afueras de este.

El olor a moho, a piedras antiguas y a madera podrida inundaba el lugar, además de algunos sonidos similares a patas de rata corriendo sobre la madera o cuervos increíblemente graves emitiendo sus depresivos sonidos desde lo más profundo del bosque.

Solo les llevó un par de minutos recorrer todo el lugar y llegar hasta los límites, donde una finca los esperaba al borde del bosque. Desde el interior de la propiedad se podía ver, en una pequeña pendiente, el inicio de los frondosos bosques de la selva amazónica. La inmensidad de los árboles, que era visible desde el pueblo, allí en la finca era algo aplastante y abrumador. El interior de la casa se veía opacado por la inmensidad de los árboles que custodiaban la propiedad, y los sonidos de madera crujiente acompañaban todo el día gracias a los aterradores vientos que surcaban los cielos y movían los árboles de un lado a otro sin cesar.

—Descansen, pueden tomar un baño, hay camas para todos, pero no vayan a salir sin mí. Yo vivo afuera, ustedes se quedan aquí. Por favor solo salgan hasta aquí, hasta el patio, pero de aquí hacia allá solo salen conmigo.

—Señor, ¿por qué no podemos?

—¿Usted cree en las brujas? —Sandra negó—. Yo sí. Entonces mejor hágame caso, yo les voy a dar el recorrido turístico, pero tienen que hacer lo que yo les diga, este pueblo no es para todo el mundo.

Después de decir esto el hombre cerró la puerta, y cuando miraron por la ventana vieron a don Gerardo alejarse por todo el campo de la finca hasta que lo perdieron de vista.

—¿Vieron que no nos perdimos?

—Menos mal, ahora solo hay que esperar hasta que el viejo venga por nosotros para que nos lleve a la selva. Ahí es donde dicen que pasan todas las cosas raras.

—Yo creo que con ver a ese señor aparecer así de la nada ya fue suficiente susto por el resto del día.

Sandra se acercó a la parte de atrás de la casa, donde algunas ventanas antiguas, que se abrían con dos pequeñas puertas y no con cristales modernos, cerraban el paso de la vista hacia el exterior donde comenzaba el bosque. La joven le quitó candado oxidado y empujó las ventanas, que casi se fueron al suelo gracias a toda la humedad que acumulaban en los marcos. Al mirar hacia afuera, el terror la invadió cuando una ráfaga de viento cruzó la ventana y se asentó en el interior del lugar como un nuevo visitante que anhelaba ver la ventana abierta para colarse adentro. El exterior, peor que el interior, daba una vista increíblemente cercana a los árboles de la por fin tan cercana selva del Amazonas. Era un llano despejado, con algunos relieves irregulares en el suelo, que se extendía por unos doscientos metros hasta empezar a acariciar las raíces de aquel tenebroso lugar. Desde la casa podía percibirse un leve aroma a podredumbre, aguas estancadas y tierra húmeda. —Debemos estar al borde de algún pantano o algo así... —. Pensaba Sandra mientras veía todo el panorama, tan asombrada como aterrada. No se arrepentía de haber ido a la aventura en ningún momento, pero siempre tenía la sensación de que algo no estaba bien.

Durante el resto del día se bañaron, tomaron algo del refrigerador y salieron al patio a charlar mientras esperaban el regreso del viejo. El día fue pasando mucho más silencioso que la mañana, sin una sola señal de ruido desde el pueblo, personas gritando o siquiera autos transitando la zona. Lo único que irrumpía en una desesperante calma eran unas nubes grisáceas dando ronda por el pueblo durante todo el día, emitiendo algunos truenos de vez en cuando y nublando gran parte del cielo, pero sin soltar una sola gota de lluvia. Era un panorama sombrío, lleno de silencios cada vez más insoportables.

Finalmente, el viejo llegó de trabajar, cruzando el portón que cerró con una notable seguridad y caminó a paso firme hasta la casa mientras el sol se iba ocultando a sus espaldas. Cargaba unas herramientas con las que había ejercido su labor y, cuando llegó a la casa, ni siquiera saludó a los jóvenes, sino que rápidamente les insistió en ir hasta adentro.

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