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Amor diario

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Summary

Liam no buscaba el amor. Solo quería terminar su rutina diaria y seguir adelante. Pero un misterioso trato con Cupido cambiará su vida por completo: conocerá a cinco chicas, si logra enamorarla se queda con ella, pero si no la enamora ella olvidara todo.

Genre
Romance
Author
Harper
Status
Complete
Chapters
27
Rating
n/a
Age Rating
16+

El trato

Liam tenía 25 años y no podía recordar la última vez que se sintió en casa. No porque su memoria fallara, sino porque, en el fondo, nunca la tuvo. Creció en un pequeño pueblo del sur de Inglaterra, donde todos se conocían y nadie soñaba con irse. Pero él sí se fue.

Ahora vivía en Bélgica. No en una ciudad grande, ni en una pequeña; vivía donde lo mandaran. Cambiaba de lugar cada poca semana, trabajando para una empresa de limpieza de eventos. Limpiaba discotecas, ferias, auditorios. Siempre llegaba cuando todos se iban. Siempre se iba cuando todos llegaban. Su vida ocurría en las horas muertas, como si fuera parte del decorado invisible de la fiesta de otros.

A veces creía que le gustaba así.

Aquella noche estaba en una pensión barata, en una ciudad cuyo nombre olvidaría en unos días. Tenía la luz apagada y el celular encendido. Su amigo Tom le hablaba por videollamada, cerveza en mano, con esa mezcla de burla y cariño que solo los amigos de toda la vida saben usar.

—¿Nunca te enamoraste, ni una vez? —preguntó Tom, sonriendo desde la pantalla.

Liam suspiró.

—¿Cuenta la cajera del supermercado que me dijo “que tengas buen día” con una sonrisa?

—No jodas. Hablo en serio.

—Veinticinco años, Tom. Salí con algunas. Me gustaron otras. Pero algo pasa. O se van. O me voy. Creo que… nunca me quedé.

Tom lo miró en silencio por un momento.

—¿Y no extrañas tener a alguien?

—Extrañar es caro.

—Eres más triste de lo que pensaba, hermano.

Liam rió, pero fue un ruido sin fuerza.

—Voy a salir. Me hace falta un café. Y aire.

—¿A esta hora?

—Es Bélgica, no Marte. Seguro hay alguna máquina que no apeste.

—Como tú digas. Pero si te enamoras del barista, quiero fotos.

Liam levantó el dedo medio hacia la cámara. Tom rió. Liam colgó.

La cafetería más cercana estaba a unas pocas calles. Tenía luces cálidas, puertas de vidrio, y ese olor a café que puede curar pequeñas crisis existenciales.

Liam estaba a punto de entrar cuando alguien lo detuvo.

—¿Te molesta si te digo algo?

Liam se giró. Un tipo estaba apoyado contra la pared, justo al lado de la entrada.

No fumaba, no miraba el teléfono. Solo… lo estaba esperando.

—¿Nos conocemos?

—No. Pero eso está por cambiar.

El hombre tenía su edad, quizá un poco más. Ropa normal, rostro común. Pero en los ojos había algo que desentonaba: como si supiera algo que los demás no sabían. O como si acabara de escaparse de un manicomio elegante.

—¿Qué quieres? —preguntó Liam.

—Hacerte una oferta. Aunque no puedes rechazarla.

—¿Una oferta? ¿Qué eres, un vendedor de seguros mágicos?

—Algo más entretenido. Escucha bien, Liam.

Has tenido veinticinco años para enamorarte. No lo hiciste. Así que ahora tendrás cinco intentos. Solo cinco.

Cinco mujeres aparecerán en tu vida. Una por una. Sin aviso. Sin lógica.

Con cada una, tendrás veinticuatro horas. Ni un minuto más.

Si alguna se enamora de ti, será el amor de tu vida.

Pero si no… ella lo olvidará todo.

Y tú, no. Tú recordarás cada segundo.

Liam frunció el ceño.

—¿Y tú quién se supone que eres? ¿Cupido?

—Exactamente. Puedes llamarme así.

—¿Y tú eres mi única oportunidad?

—Así es.

Liam levantó una ceja.

—¿Estás insinuando que vamos a salir tú y yo?

Cupido le dio un golpecito seco en la cabeza con los nudillos, como si dijera “obviamente no, idiota”.

—Gracias por tu entusiasmo romántico, pero no. No soy tu cita. Soy tu única salida.

—Esto es absurdo. ¿Dónde está la cámara escondida?

—No hay cámara. Pero lo que sí hay… es cambio.

Tu vida está por cambiar, Liam. Créeme: después de esta noche, nada será igual.

Y sin más, se dio la vuelta y se alejó caminando con total normalidad, como si acabara de invitarlo a una cata de vinos y no a una tragedia emocional.

Liam se quedó clavado en el suelo.

Miró hacia un lado.

Miró hacia el otro.

Nadie parecía haber visto nada. Nadie actuaba raro. Todo seguía normal.

Salvo él.

Sin entender del todo por qué, se dio la vuelta y se fue a casa.

Volver al departamento fue un camino más largo. No por distancia, sino porque su mente se quedó colgada en esa conversación absurda. ¿Cupido? ¿Cinco mujeres? ¿Veinticuatro horas?

—Ese tipo estaba drogado —murmuró.

Entró al cuarto, tiró la chaqueta en la silla y miró sus manos. Vacías.

—… No compré el café —dijo en voz baja.

Se quedó unos segundos así. Inmóvil.

Después pateó el basurero.

Este se volcó. Cayeron una servilleta vieja y una cuchara de plástico.

Suspiró. Medio deprimido, fue hasta el sillón, se dejó caer, o más bien se dejó hundir como si se rendía por dentro.

Justo entonces, el teléfono vibró.

“Cambio de plan. Necesitamos limpieza urgente en la feria nocturna. Calle 12. Ya.”

Liam se quedó mirando la pantalla unos segundos. Después la tiró sobre el sillón, se levantó de nuevo, se puso la chaqueta sin entusiasmo.

—Genial. Salgo por un café, me cruzo con un tipo que probablemente se inyectó perfume en las venas… y ahora tengo que ir a limpiar vómito de feria.

Suspiró otra vez.

—Me encanta mi vida.

Y se fue.

La calle 12 quedaba a unos veinte minutos caminando. No era la primera vez que lo mandaban a limpiar una feria nocturna, y probablemente no sería la última. Siempre lo mismo: luces apagadas, olor a grasa rancia, vasos plásticos pisados, alguna que otra risa lejana que aún flotaba entre las carpas cerradas.

Caminó en silencio. Algo dentro de él estaba inquieto, pero no sabía si era el frío, el tipo extraño de la plaza… o el presentimiento de que algo estaba a punto de romperse en su vida monótona.

Al llegar, todo estaba ya en desmontaje. Algunos obreros fumaban apoyados en una furgoneta. Un grupo de luces colgaba aún sobre la entrada. El suelo estaba cubierto de papeles y manchas de comida.

—Liam, ¿cierto? —le dijo un encargado, sin mirarlo.

—Sí.

—Empieza por los pasillos de los juegos mecánicos. Alguien vomitó en la entrada del carrusel. Lleva escoba y guantes.

Clásico.

Pasó las primeras dos horas en silencio, recogiendo basura, empujando una cubeta de plástico, y preguntándose si todo lo que había vivido ese día era parte de una alucinación por falta de sueño.

Y entonces, la vio.

Sentada sola en una de las bancas de madera, frente a un kiosco cerrado, con una botella de agua en la mano y la mirada clavada en el suelo. No era una clienta. Tampoco parecía una trabajadora. Solo estaba ahí. Como si también la hubieran olvidado.

Tenía el cabello suelto, oscuro, con algo de polvo o harina en las puntas. Las manos en el regazo. Y una tristeza tan honda que parecía ocupar más espacio que ella.

Liam pensó en seguir de largo. Pero no pudo.

—¿Todo bien? —preguntó, con voz baja.

Ella levantó la vista. Tenía unos ojos tan vivos como tristes.

—¿Crees que, si me quedo muy quieta, desaparezco? —dijo.

Liam parpadeó.

—No lo sé. Pero creo que, si lo haces en esta banca, alguien va a barrerte sin querer.

Ella soltó una risa leve. Apenas un suspiro con sonido.

—¿Eres de los que limpian cuando todos se van?

—Sí. Y me voy cuando todos llegan. Soy como el cierre de una historia que nadie lee.

Ella lo miró con algo parecido a ternura.

—Eso suena más triste que lo mío. Y eso ya es mucho decir.

—¿Y qué es lo tuyo?

—Sobrevivir a mí misma —dijo.

Silencio.

Liam se sentó a su lado. El balde quedó atrás. La escoba, olvidada por un rato.

—Soy Liam.

—Elise —respondió.

Un nombre que no parecía de este mundo. O sí, pero de una parte que ya nadie recuerda.

Ese fue el comienzo.

No lo supieron aún, pero el reloj había empezado a correr.

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Good Writing

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