Exudación

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Summary

En este mundo, los dioses ya no hablan. El Imperio sí. Glifos, fuego y carne marcada marchan hacia la guerra. Y algo más profundo comienza a sangrar. En Exudación no hay héroes. Solo cuerpos que obedecen, princesas que caen, jóvenes que arden y soldados que se rompen. Si estás buscando luz, mirá a otro lado. Acá solo queda el silencio. Te damos la bienvenida. Pero no prometemos retorno.

Genre
Fantasy
Author
Doppel
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo- Los Errantes

PRÓLOGO – Los Errantes

El silencio era antiguo.

No era el de la calma ni el de la muerte.

Era un silencio anterior al lenguaje. Uno que había habitado el mundo antes de que este tuviera un nombre.

Y que aún ahora, no esperaba ser interrumpido.

Dos figuras caminaban a través del hielo.

Avanzaban con pasos rituales. Una llama azul —flotante, gruesa, suspendida entre ambos— les protegía de la muerte inmediata, pero no del desgaste. La tormenta no cesaba. Les escupía en la cara agujas de cristal. Les azotaba la carne como si la naturaleza quisiera advertirles: No están invitados.

Uno era viejo. El otro, joven.

El joven era huesudo, de contextura media, blanco como la nieve que los rodeaba, con el rostro afilado por el frío y la piel descuidada por el viaje. Su túnica gruesa, hecha de plumas oscuras, lo envolvía como un recuerdo de abrigo más que una defensa real.

Y entre ambos, el frío no era lo peor.

Era la certeza de estar a punto de ver algo que cambiaría todo.

El primer día en el hielo fue soportable.

El segundo, desafiante.

El tercero, inhumano.

El fuego arcano apenas bastaba para mantenerlos de pie. No ardía: su calor era denso, metálico, como el recuerdo de una hoguera ya extinta. Cada noche dormían poco. El aire no estaba quieto. Silbaba.

Y a veces, en la madrugada, el hielo crujía en líneas rectas. No por viento. Sino como si algo debajo se moviera.

—Maestro —dijo el joven una noche, mientras se calentaban las manos sobre la llama—. ¿Alguna vez tuvo miedo real?

El maestro caminaba encorvado bajo una túnica pesada de plumas negras, parecida a la del joven, como si cargara siglos en la espalda. Sus manos, grandes y venosas, parecían más hechas para sostener libros antiguos que armas, y su rostro —oculto en parte por la capucha— dejaba ver apenas una barba áspera y una piel tan gastada como las páginas que seguramente había tocado. Su silencio no era señal de calma, sino de alguien que ya ha visto demasiado.

El viejo, con la capucha baja hasta la nariz, no respondió de inmediato.

Solo sopló la infusión amarga que hervía en su cuenco ennegrecido.

—Sí —dijo al fin—. Pero nunca por mí.

—¿Y ahora?

Un silencio denso se posó entre los dos.

El fuego azul palpitó una vez, leve.

—Ahora… —dijo el maestro, sin mirarlo—. Ahora temo por el futuro de todos.

Y no comprendo bien el porqué.

La mañana siguiente amaneció sin sol.

El cielo era blanco, sin brillo. El aire tenía el sabor de piedra molida.

Y entonces, el hielo cambió.

De áspero a cristalino.

De sustancia a superficie.

De camino… a umbral.

Lo supieron sin palabras.

El joven se detuvo.

El pecho le dolía.

No por esfuerzo. Por certeza.

—Es aquí —susurró.

No lo pensó.

Lo supo.

Caminaron sobre el lago. No crujía.

Bajo sus pies… algo respiraba.

Y cuando el aprendiz cayó de rodillas, no fue por debilidad.

Fue como si el plano lo hubiese empujado.

El maestro lo tocó.

Sintió lo mismo.

No frío.

No magia.

Presión.

Una vibración que no venía del aire, ni del hielo… sino del tejido del mundo.

Esa noche acamparon en el borde del lago.

El fuego ardía extraño.

Las llamas se inclinaban hacia abajo, como si temieran arder en dirección equivocada.

El joven no hablaba. Miraba el hielo como si esperara que hablara primero.

—¿Sabe qué es este lugar? —preguntó al fin.

El maestro preparaba su infusión amarga. Con movimientos precisos, casi tiernos.

—No. Pero lo vi en los mapas antiguos. Los que se reescriben cuando nadie mira.

—¿Cree que vamos a encontrar ruinas?

El maestro no respondió.

Solo sirvió el cuenco humeante.

Y antes de beberlo, dijo:

—No busques ruinas.

Busca advertencias.

Al día siguiente, empezaron el descenso.

El hielo no cedía como materia, sino como recuerdo.

Debieron tallar una espiral descendente: una escalera torcida, húmeda, de peldaños irregulares.

La magia los guiaba, pero no fluía bien. A veces la energía crepitaba en direcciones que no habían trazado.

El descenso duró dos días más.

El fuego se volvió más pequeño.

La luz más opaca.

El joven dormía con un ojo abierto.

Y soñaba.

Soñaba con formas que no tenían nombre, y con palabras que no recordaba al despertar.

El maestro también cambiaba.

No comía.

No hablaba.

Solo dibujaba. En piedra. En su cuaderno. En el aire.

Y a veces… en su propio brazo.

Y al final, llegaron.

La ciudad no era ciudad.

Era una capilla circular, vasta, hundida, hecha de piedra sudorosa y geometría equivocada.

Los muros vibraban.

Los símbolos eran extraños, ramificaciones que viajaban por las paredes, uno las podría confundir con venas, espirales que giraban hacia dentro, pictografías inentendibles clavadas en nada.

Y estaban los huesos.

Esqueletos.

Antiguos.

Blancos.

Con huesos anchos.

Apilados, dispersos, confundidos.

Pero sin explicación.

Sin historia.

Una noche, se sentaron frente a una pared donde los símbolos parecían respirar.

El aprendiz, casi temblando, murmuró:

—No comprendo qué es este lugar.

Mis sueños son raros desde que estamos aquí…

Pero siento que estamos obligados a seguir.

El maestro lo miró. Por primera vez en días.

—Yo también lo siento.

Esa misma noche, mientras la llama azul titilaba apenas, escucharon el primer chillido.

No era eco.

No era viento.

Era algo vivo.

El joven levantó la vista.

En lo alto de la bóveda, a lo lejos, colgaban formas extrañas. Al principio creyó que eran estalactitas.

Pero se movían.

Y no por el aire.

Se arrastraban.

Eran murciélagos sin alas.

Pero no en sentido metafórico.

Cuerpos deformes, con piel traslúcida y extremidades mal dispuestas, colgaban del techo como si no supieran en qué dirección debía estar el suelo.

Uno emitió un chillido seco, como de hueso frotando contra hueso.

Otro se arrojó desde una grieta y golpeó el suelo. No murió. Solo se retorció… hasta dejar de moverse.

—¿Qué son? —susurró el aprendiz.

—Me temo que no lo sé... —murmuró el maestro—. Pero este sitio... los cambió.

Respiran como pueden.

Viven… porque nadie los ha matado.

No se acercaron.

No hablaron más.

Pero esa noche, el aprendiz no durmió.

Y entonces la vio.

La esfera.

No brillaba.

No flotaba.

Simplemente estaba, en un rincón que antes no existía.

Parecía un ojo ciego suspendido en tiempo líquido.

Una presencia sorda. Una curva imposible. Una pregunta sin boca.

La primera vez, el joven se detuvo en seco.

—¿Eso estaba ahí antes? —preguntó.

El maestro, tras observarla en silencio unos segundos, negó lentamente.

—No.

No se acercaron.

Esa noche apenas durmieron.

El aire dentro de la capilla pesaba distinto. El frío era arrollador.

El fuego azul ardía con una llama torcida, como si dudara de su forma.

Al día siguiente, la esfera seguía allí.

No se movía.

Pero estaba más cerca.

—¿Te parece que está en otro sitio? —preguntó el joven.

—No lo está.

—¿Y si lo estuviera, pero nosotros no lo percibimos?

El maestro lo miró, incómodo.

No respondió.

El joven la observaba durante horas. No hacía nada más.

Comía poco. Dormía mal.

Sus ojos, antes curiosos, ahora parecían húmedos, febriles.

Como si ver la esfera fuese más importante que entenderla.

Empezó a garabatear cosas sin sentido: líneas, espirales, ramificaciones, fragmentos de palabras.

Una noche, escribió con su propia sangre sobre una piedra.

—¿Sabes lo que estás haciendo? —le preguntó el maestro, intentando mantener la calma.

—Escuchándola —respondió, sin girarse.

—No tiene voz.

—Entonces… ¿por qué susurra cuando cierro los ojos?

El maestro se acercó lentamente.

—Deja de mirarla —dijo—. Te estás perdiendo.

—¿Y si eso es lo que quiere mostrarme?

—¿Perderte?

—Cambiarme.

—No lo hace por ti. Lo hace por sí misma. Porque está rota. Y si la tocas…

—¿Y si necesita que alguien la escuche?

—No la escuches. No la interpretes. No dejes que te absorba.

Ni siquiera la pienses.

Pero el joven ya no pensaba en otra cosa.

Una mañana despertó murmurando sílabas incomprensibles. Sus venas brillaban en color azul cada tanto, el lo notaba.

El maestro lo sacudió. Él no respondía. Solo murmuraba en voz baja, como si hablara con alguien en sueños.

Otro día, rompió uno de sus propios cuadernos, rasgando las páginas y lanzándolas al fuego sin motivo.

Dijo que las palabras escritas “estorbaban al silencio”.

El maestro comenzó a vigilarlo.

Dormía menos.

No por miedo a la esfera, sino por miedo al joven.

—Siento que estoy cerca de algo —dijo él, una noche. Tenía ojeras, la piel tirante, los labios secos. Cuando se exaltaba las venas volvían a brillar.

—Estás lejos de ti mismo.

—Tal vez es lo que se necesita.

—¿Para qué?

—Para comprender lo que ella quiere mostrarme.

—Ella… no quiere nada.

—Entonces, ¿por qué no desaparece?

—Porque no puede. Porque está herida. Y las heridas no piensan. Solo… abren.

—Entonces déjame cerrarla a mi modo.

—No existe “tu modo”. Esto no es un umbral. Es una trampa. Y te está pidiendo que entres primero.

El joven no contestó.

Solo miró la esfera.

Largo rato.

Y por primera vez… esta pareció devolverle la mirada.

Esa noche, el joven se levantó.

La esfera palpitaba. La observó, lo hizo durante mucho tiempo, tanto que no sabría decir cuanto.

Y la tocó.

El mundo se deformó.

La gravedad se quebró.

El plano se curvó sobre sí mismo.

Y entonces el dolor.

Su brazo gritó primero. Un grito mayor después

—¡Ya no aguantooo! —mil voces disímiles entre sí estallaron en un eco infinito que ensordeció al joven.

Los huesos se expandieron dentro de la carne.

Las articulaciones se partieron como ramas verdes.

La piel no resistió: se estiró, se abrió, se desgarró en capas.

Los músculos se hincharon. Luego se licuaron.

Los tendones se torcieron en espiral hasta estallar.

Los nervios ardieron con luz propia.

El joven aulló.

Un alarido agudo, animal, rasgado, que sacudió las paredes.

La sangre brotó a borbotones. Oscura. Densa. Hirviendo.

Como si su cuerpo intentara vomitar algo que nunca debió gestarse.

Su brazo colgaba ahora de jirones.

Un amasijo de carne pútrida y hueso partido.

Y aún así… aún así palpitaba, como si algo intentara seguir naciendo desde ahí. Incluso los tonos azules se mostraban tímidamente.

Entonces el maestro llegó

Cayó de rodillas junto a él.

Vio la sangre, la grieta, la herida viva.

Y supo.

La esfera había abierto algo que no podía contenerse.

Se puso de pie.

Y habló.

No fue un conjuro.

Fue una entrega.

Su cuerpo se imbuyó en un amasijo de energía arcana rojo-negra. Canalizó todo lo que tenía para dar.

El aire se tensó.

Las venas de su rostro se iluminaron con un fulgor rojo hiriente.

El fuego azul rugió como un animal herido.

Y su cuerpo… empezó a romperse.

No por la magia.

Por lo que estaba tocando.

La piel se abrió desde adentro.

Las venas ennegrecieron.

Los músculos se rasgaron.

El pecho sangraba sin cortes.

Los ojos se volvieron blanco sucio.

Los órganos latían.

—Yo nací en el Imperio —dijo, aún con voz humana—. Si, en Virellandoril.

Estuve en Kael’Nareth.

Leí cosas que nadie debía leer.

Y huí. A tiempo. Muchos hicieron como yo.

El rostro comenzó a deshacerse.

Las costillas se marcaron.

Las mandíbulas se desencajaron.

La piel se desprendía en trozos.

No como un fuego.

Como un cuerpo que ya no soportaba el plano.

—En parte por eso estamos aquí. Por mi culpa.

El joven lo miró, temblando.

—Ve allí. A Kael’Nareth —dijo el maestro, cada vez menos él—.

Allí hay respuesta.

Pero antes...

Busca ayuda.

Gente como nosotros.

Gente que vea más allá del dogma.

Debes evitar el colapso a toda costa.

—Maestro Ox… no me dejes…

El viejo sonrió.

Ya no tenía rostro.

Solo hueso y luz.

—Ese nombre… ahora te pertenece a ti.

Y entonces gritó.

Un grito que no vino de la boca.

Sino de adentro.

Y el mundo se cerró.

La esfera desapareció.

El aire se detuvo.

El Tejido se tensó como una cuerda…

…y luego descansó.

No quedó cuerpo.

Ni cenizas.

Solo una marca.

Y un muchacho arrodillado, con el brazo colgando como carne vencida.

Las venas del cuello titilaron en azul.

Una.

Dos.

Tres veces.

Y luego se calmaron.

La herida se había cerrado.

Al menos por ahora.

Pero el... el ya no era el mismo.

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