Ko´taix

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Summary

Año 1850, Colonia penal de Punta Arenas. Región de Magallanes, Chile. En uno de los asentamientos mas alejados del continente sudamericano, un grupo de reos y soldados ha desaparecido misteriosamente en el bosque. Otro grupo de soldados del ejercito chileno es enviado a buscarlos. Sin embargo, historias y leyendas plagan la zona que llenan de terror la mente de las personas en la región.

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Ko´taix

(...) Espíritu provisto de grandes cuernos que simulaba torturar y matar a los hombres (...)

Cursa el año 1850, en el recientemente fundado pueblo de Punta Arenas. Ciertamente no esperaba terminar aquí cuando me alisté en el ejército. Este pequeño pueblo en los confines de Chile, por insignificante que parezca, tiene un importante peso sobre sus hombros; lograr lo que el Fuerte Bulnes no pudo, y esto es, reafirmar la soberanía de Chile sobre la Patagonia.

Si Punta Arenas ya me parecía un destino bastante poco… atractivo, creo que el Fuerte Bulnes me hubiera parecido un infierno. Al parecer, nada de lo que se plantara en esa tierra crecía y las provisiones llegaban tarde, mal y nunca. Poco a poco los colonos comenzaron a morir de hambre aunque, según mis compañeros, algunos simplemente desaparecieron. Los soldados sobrevivientes del Fuerte siempre deambulan con aspecto sombrío, como si se les hubiera ido la luz de los ojos. No suelen compartir mucho con nosotros, los más nuevos. Don Miguel, el más viejo de los soldados del fuerte me contó una vez que en algunas noches, cuando el viento soplaba como huracán, parecía como si se oyeran gritos y alaridos ahogados por el rugido del viento. Esas eran noches de insomnio que dejaban a los soldados y reos por igual con la sangre hecha hielo. Una vez fueron tan fuertes los supuestos gritos que, el mismismo comandante del fuerte ordenó una búsqueda de los alrededores… solo para terminar con varios soldados heridos por ramas y árboles que cayeron producto del poderoso ventarrón. Pero Don Miguel sabía que nunca estuvieron solos en el Fuerte. Siempre estuvieron bajo la mirada atenta de los nativos de la zona. Una mirada distante y fría.

Ahora que lo pienso… en más de alguna ocasión me he topado con estos nativos que visten escasas ropas y utilizan el arco y la flecha. No podría nombrar en qué situación particular los vi, pero fue durante los días de construcción del pueblo de Punta Arenas. Al mirar hacia los árboles, podía divisar sus siluetas. Con sus rostros duros como piedra, curtidos por el viento, podían permanecer horas y horas sin moverse. Los muchachos hacían apuestas sobre cuando por fin se nos acercarian los nativos. Después de todo, no pueden pasarse la vida entera solo mirándonos o ¿si?. No son hostiles, solo indiferentes… aunque si se volvieran agresivos, no tendrían oportunidad frente a nuestros rifles. De ninguna manera.

-“¿Oye Raúl, ya oíste lo que se habla en el Regimiento?”- me preguntó de repente mi compañero Bernardo, haciendo que volviera al presente.

-“No, Bernardo, no se cual es la última noticia”- dije sin mucho entusiasmo.

-“Nos van a mandar a buscar al grupo del Sargento Pérez”- me respondió torciendo su boca en una mueca de desagrado.

-“¿Otra vez? ¿A quién le importa si el condenado se demora un par de días más en volver? Todos aquí saben que es un borracho sin remedio y que probablemente ande tirado en algún lugar de la pampa mientras sus subordinados le cuidan las espaldas. Nos tienen …”-

-“Raúl”- me interrumpió Bernardo. -“ Pérez ya se ha demorado harto más de un par de días.”

-“Cuanto”- le pregunté, con la voz un poco tensa.

-“Dos semanas”.

Esa noche me fui a dormir muy inquieto. Corría un viento más fuerte que de costumbre. Mañana partiriamos a buscar al grupo del Sargento Pérez. Aquel era un grupo de más de 10 reos y 7 soldados, enviados al bosque del sur para cortar una cantidad considerable de madera para el invierno. Probablemente nuestros superiores se estarían lamentando de haber asignado a Pérez para aquella tarea. Durante la tarde, pudimos escuchar las exclamaciones del gobernador de Punta Arenas, exigiendo al Teniente del regimiento respuestas.

Existen tres posibles explicaciones de lo que le pasó a Pérez. Primero: Los reos organizaron un motín y superaron a Pérez y sus hombres. Segundo: los nativos los atacaron. Tercero: simplemente se perdieron, aunque esta última es poco probable, ya que nuestros superiores se aseguraron de enviar soldados que conocieran la zona. Pero… ¿Podría haber una cuarta explicación? ¿Podrá ser que otra cosa independiente de los nativos los haya atacado? Como ya mencione, las flechas no son rival para los rifles y, si bien hay pumas en la zona, estos no podrían acabar con un grupo tan grande…

De repente, sentí la intensidad del viento en aumento. Hacía retumbar toda la pieza. Y juro por Dios que, por unos segundos, pude oír gritos ahogados a la distancia. Gritos y alaridos opacados por la fuerza del viento.

Partimos temprano en la mañana, 10 hombres en total junto con el Teniente Ramirez. El sol no saldría hasta mucho más tarde. Como eran meses de invierno, las horas de sol eran escasas. Yo aun me mantenía perturbado por lo que había escuchado ayer en la noche. ¿Realmente oí gritos o solo había sido un sueño? Quizás me estaba sugestionando demasiado. Nadie más parecía haberlos escuchado. Eso, o nadie quería hablar al respecto. Nadie quería ser catalogado de loco en el último bastión de Chile.

Punta Arenas aún era un pueblo pequeño, se componía de una calle principal y algunas calles aledañas. Lo más grande era el edificio de la gobernación por supuesto, demasiado grande para un pueblo catalogado como “colonia penal” donde traían a algunos de los peores presos de Chile como castigo. Ya instalados aquí, mandarlos a trabajar por el bien y prosperidad del pueblo era algo no oficialmente aceptado, pero que se realizaba de todas formas. Después de todo, aquí la mano de obra era escasa. Pero quizás esta vez, dependiendo de lo que haya sucedido con el grupo del sargento Pérez, las cosas cambien. Cambien para peor por supuesto, ya que todo trabajo adicional recaerá en nosotros, los soldados rasos. Solo espero que Pérez esté sumamente borracho y tirado por la pampa en alguna parte, para encontrarlo y golpearlo yo mismo.

-“Que Dios esté con ustedes”- Oí al cura decir a medida que pasábamos por su parroquia. Se lo decía a cada uno de mis compañeros que pasaba frente a él. El cura tenía bastante trabajo en este pequeño pueblo, ya que de él dependía que los espíritus de los colonos se mantuvieran encendidos a través del año. Esto era particularmente difícil en los meses de invierno, donde las horas de luz eran contadas con los dedos de la mano. Aun así, la mayoría de la gente aquí veía en el cura y su parroquia un pequeño faro de luz. Inesperadamente, comencé a escuchar un trazo de temor en su voz, a medida que se acercaba y se aproximaba mi turno para recibir su bendición. Comencé a pensar ¿A qué le puede temer el cura? ¿Teme por nosotros? ¿Cree que no vamos a volver?. En cuanto pasé a su lado y pude escuchar sus palabras, sentí el miedo escondido tras su oración. En cosa de segundos lo miré rápidamente al rostro, para luego seguir mirando hacia delante. Pero en ese rostro preocupado pude comprender algo que me puso los pelos de punta. El cura también escuchó los gritos en el viento de anoche.

Nuestro destino era el denso bosque del sur. A varios kilómetros de Punta Arenas. Dentro del bosque se encontraba un claro que albergaba un campamento maderero. Ahí es donde se supone que deberían estar Pérez y su grupo. Llegar hasta ahí, sin embargo, nos tomaría todo el santo día.

-“Bernardo, camina un poco más lento, te quiero preguntar una cosa.”- le dije a mi amigo, esperando que se separara un poco del grupo para que no nos oyeran hablar.

-“Ah Raúl, ¿Finalmente vas a preguntarme sobre mis sentimientos hacia ti?”- Me respondió en broma, con voz burlesca y esgrimiendo una sonrisa.

-“No imbécil, te quería preguntar sobre si escuchaste algo anoche”- le ladré con tono molesto.

-“Algo como qué”

-“Gritos”-

-“¿Cómo qué gritos? ¿A qué te refieres?”-

-“Nada, no importa”- respondí finalmente desilusionado.

Pasaron unos minutos antes de que Bernardo volviera a hablarme.

-“Ah. ya entiendo a qué te refieres… ¿Le tienes miedo al viento Raúl? Las historias de Don Miguel se metieron en tu cabeza”-

-“Solo olvida que te pregunte, ¿Está bien? Queda bastante camino, hablemos de otra cosa?”-

-“Es que, ahora que lo mencionas, creo que si escuche algo anoche. Algo que me estremeció hasta el alma”-

Me giré para mirarlo a la cara y preguntarle con genuino interés -“¿Ah sí?´¿Qué escuchaste?”-

-“Tus ronquidos”-

Luego de pasar horas caminando por la pampa, detenernos para comer algo, y proseguir a paso constante pero firme, logramos llegar al bosque del sur. Habíamos llegado a buen tiempo, todavía nos quedaban horas de luz… pero no demasiadas. El bosque magallánico es algo impresionante, en ocasiones puede ser tan denso que no puedes ver ni un par de metros a través de él. La forma de sus árboles puede llegar a ser tan retorcida que parece algo sacado de una pesadilla, todo producto de la fuerza del viento. Ahora mismo el viento comenzaba a soplar con cada vez más intensidad. A más de algún soldado se le voló el sombrero solo para ser reprochado por el Teniente. Pero al momento de entrar al bosque, me percaté de que este funcionaba como una barrera para el viento. De cierta forma, nos protegía de él y solo escuchábamos el impacto del viento a la distancia. Todo lo que quedaba era un silencio muerto a nuestro alrededor.

El camino hacia el campamento maderero estaba más o menos despejado de árboles, pero de todas formas habían algunas marcas en el sendero para tener una idea de hacia donde había que dirigirse. La expectación en el grupo iba en aumento, todos querían saber qué nos encontraríamos en el campamento maderero. Incluso pude notar a Bernardo sumamente tenso: no estaba bromeando como de costumbre. Para este punto la luz del día nos había abandonado, dando paso a la luz de la luna, y de algunas lámparas que llevábamos con nosotros. Lo cierto es que estar en el bosque a estas horas era tenebroso. Pero todos estábamos armados. Nada nos podía pasar.

Por fin llegamos al campamento. Se veía deshabitado y no había rastro de nadie. No sé qué esperaba encontrar realmente, por una parte estaba aliviado de ver que no había nada allí. Pero por otra parte, aún teníamos que encontrar a Pérez. Como refugio, el campamento contaba con una cabaña robusta de madera, aunque algo maltrecha.

-“Sin duda, Pérez estuvo aquí”- Dijo el Teniente Ramirez, pateando una pila amontonada de 10 botellas de vino en el piso, a un costado de la cabaña.

-“A ese huevón se le deben de haber amotinado los reos, con lo descuidado que es. Seguro que su cuerpo y los de sus hombres están por los alrededores”- Su voz tenía esbozos de decepción.

-“Grupos de a dos, cada grupo lleva una lámpara. Recorran hasta 50 metros alrededor del campamento a ver si encuentran algo”- ordenó Ramirez

-“¡¿Ahora?!”- exclamaron cuatro soldados al unísono, incluyendo a Bernardo.

-“¡Si, ahora!”- Gritó de vuelta Ramirez “Con suerte alguno de ustedes encuentra al pobre diablo de Perez y nos volvemos mañana temprano. ¡En marcha!”

El Teniente se quedó a un costado de la cabaña intentando encender una fogata, mientras el resto de nosotros nos adentramos sin ganas al denso bosque alrededor del campamento, cada pareja en una dirección distinta. Sin dudarlo, me fui junto a Bernardo. Tenía fé en que su humor más bien cómico haría la búsqueda más amena.

-“Raúl, prepárate porque si me topo a uno de los reos, le vuelo la cabeza sin dudarlo. Así que no te vayas a cruzar”- me advirtió Bernardo.

-“ Después de dos semanas, ¿en serio crees que todavía están por aquí dando vuelta?- le respondí incrédulo.

-“Solo si es que se comieron los cuerpos de Perez y los soldados, eso explicaría por qué no nos hemos topado…”-

-“Cállate imbécil. No se como se te ocurre cada estupidez.”- lo corté en seco. El solo pensarlo me horrorizaba, pero en estas circunstancias, esa también era una opción válida y posible. Si no había fuentes de comida, no iban a mirar en menos unos cuerpos supongo. En eso me di cuenta de que Bernardo se había quedado un par de pasos atrás, como clavado en el suelo.

-“¿Te ofendí, acaso?”- le dije, tratando de bromear. No me respondió. Estaba con su mirada fija e incrédula mirando hacia un árbol en la dirección opuesta. Ni siquiera parpadeaba. Y ahí es cuando lo vi también. Había un torso desmembrado colgando de aquel árbol.

Sin decir palabra alguna, nos quedamos boquiabiertos, horrorizados. Segundos después nos dimos cuenta de que el viento soplaba como nunca, como si quisiera arrancar los árboles de raíz. Pero dentro del bosque, el sonido del viento estaba amortiguado, se oía distante, el bosque era la barrera perfecta contra el poderío de la tormenta. Lo que se oía ahora perfectamente eran los gritos. Los gritos dentro del bosque.

El Teniente Ramirez estaba en alerta cuando volvimos corriendo por nuestras vidas al campamento, otros dos soldados habían vuelto también, con expresiones de pánico. Esta vez todos habían escuchado los gritos. De pronto empezamos a escuchar disparos cerca. Disparos de los rifles de nuestros compañeros, seguidos de aullidos ahogados de dolor. Alguien o algo los estaba asesinando en el bosque.

Podíamos oler la pólvora y ver los destellos de luz de los disparos a metros de distancia, pero todos permanecieron inmóviles en su lugar, congelados. Finalmente Ramirez exclamó: -“¡Son los malditos indios! ¡Nos han tendido una emboscada!”-

-“Pero mi Teniente, esos gritos … no parecían humanos. Y no hemos visto a ninguno de los indios en la zona.” dijo con voz temblorosa uno de los soldados.

-“Es por que estan escondidos, idiota, nos tienen justo donde quieren. Tienen que ser los indios …”- le reprochó el Teniente, pero parecía no haber terminado su oración. Se percató de que los disparos a nuestro alrededor habían cesado. Solo había un silencio sepulcral.

-“Armas listas y cargadas. Disparen a mi señal”- ordenó.

Pasamos algunos tensos minutos en silencio, mirando a nuestro alrededor con los rifles preparados. Sabíamos que, lo que fuera que estuviera allá afuera, ahora vendría por nosotros. Comencé a sudar exageradamente por la tensión, todos lo hacíamos. En verdad quería, con todas mis fuerzas, que fueran los nativos quienes nos atacaban.

-“¡Mi Teniente, ahí en los árboles!” exclamó de repente Bernardo, liberándonos a todos de nuestro estupor. Vimos la silueta de lo que parecía un hombre saliendo del bosque. Pero su tamaño era descomunal, como de dos metros y medio, y tenía unos cuernos largos que salían de los costados de su cabeza. Todos nos quedamos estupefactos y nadie pudo pronunciar ni una sola palabra.

-“¡Fuego!”- gritó el Teniente a todo pulmón y de manera súbita. Pero la figura sombría no se inmutó, y pronto nos vimos envueltos en la nube espesa del humo de nuestros rifles. No podíamos ver nada en frente de nosotros. Ramirez sacó su pistola y dio un par de pasos al frente, y fue lo más lejos que pudo llegar. No hubo ningún sonido, lo único que vi fue un hilo de sangre en el aire y Ramirez desplomándose en el suelo, tomándose frenéticamente del cuello. La sangre brotaba profusamente y en cuestión de segundos dejó de moverse. Inmediatamente después, algo pareció tomar al soldado junto a mi por la pierna y lo hizo caer de bruces, y lo jaló con una fuerza increíble en dirección al bosque. Escuchar sus gritos es todo lo que pudimos hacer. -“¡Corre!”- me gritó Bernardo.

Corrimos como nunca en la vida. Ni siquiera sabemos si el otro soldado restante nos siguió o si se topó con el mismo destino que los demás. Tomamos el único camino posible, que era por el cual habíamos llegado al campamento maderero en primer lugar. Ya no teníamos nuestros rifles o lámparas. Solo la blanquecina luz de la luna iluminaba nuestro camino. Hacia mi mayor esfuerzo por no tropezar con alguna rama o árbol caído, pero fue tanto lo que me concentré en no caer que no me percaté de que mis pisadas eran las únicas que sonaban contra la tierra. Las de Bernardo habían dejado de sonar hace un rato. Ahora me encontraba solo.

Miré a mi alrededor desesperadamente, pero no había rastro de mi amigo. Ya no sabia que hacer. Noté que a un costado del sendero había un río, y la luz de la luna se reflejaba en él. De pronto me sentí observado por una presencia fuera de mi rango de visión. Sentía que en cualquier segundo me iba a convertir en la víctima de un monstruo de pesadilla. Y ahí fue cuando lo ví, tenuemente iluminado por el reflejo de la luz del agua. A un costado de un árbol, aquel mismo ser que salió del bosque y acabó con mis compañeros. Ahora estaba a tan solo un metro de distancia. Tenia agujeros negros, como pozos sin fondo, en vez de ojos y boca y era de un color blanco pálido, con los extremos de sus cuernos de color rojo sangre. Un miedo irracional se apoderó de mí y comencé a gritar, aterrado ante esta visión del mismísimo infierno. El monstruo se abalanzó sobre mí y pude sentir como si unas garras filosas se clavaran a un costado de mi brazo derecho. Fue tal la fuerza de su embestida que salí disparado hacia el río. Todo se fue a negro.

Desperté entre pieles de animales y en un ambiente cálido, dentro de una tienda. Estaba rodeado por los nativos, los cuales me miraban con una mezcla de pena y compasión. En el nombre de Dios, ¿Qué es lo que había ocurrido? ¿Fue real o tan solo una pesadilla? ¿Cuánto tiempo había estado inconsciente? Tenía que ser real, no había ninguno de mis compañeros alrededor …tampoco estaba Bernardo. Asumí que todos habían muerto. De entre la multitud de nativos que me rodeaba, pude divisar otro grupo que me observaba con curiosidad. Casi pego un salto cuando me percate de una figura de entre la multitud impactantemente similar a la del demonio que me atacó, pero rápidamente me di cuenta de que era tan solo un hombre, uno de los nativos aparentando ser como el espectro. No vestía ropas y tenía todo el cuerpo pintado, y llevaba una máscara que poseía unos cuernos laterales que se extendían horizontalmente. Además, simulaba tener esa mirada sin vida con orificios negros en vez de boca y ojos, por lo cual me estremecí un poco. Sentí un ardor en mi brazo y mire para descubrir que efectivamente tenía una herida, pero ya había sido atendida y estaba sanando. Una de las nativas se agacho y apuntó a mi herida, para luego susurrarme algo.

Lo único que pude distinguir fue la palabra “Ko´taix”.