Necromancer: Relatos de Goldkindama.

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Summary

El frío llegó antes que la noticia: una ráfaga sin origen que arañó las paredes de Yajart y susurró en el oído de Hunz Valerion que el universo acababa de exhalar algo impuro. Teniente de Teología Ocultista, hechicera criada entre cadáveres de estrellas, Hunz creía conocer cada sombra de la Academia Necromancer… hasta que un cuervo de luz turquesa descendió sobre su palma y dejó una sola palabra flotando en rojo: Harad. Allí, dicen, la materia se retuerce y las plegarias se oxidan. La coronel Blake —piel azul, mirada de oráculo quemado— convoca un nuevo escuadrón de Servicios Especiales tras cuatro milenios de silencio; ofrece secretos que derriten la fe y órdenes que huelen a suicidio. Entre ellos, el nombre que Hunz juró no pronunciar: Levian, hermano de sangre ajena, guardián caído a quien deberá engañar para salvarlo… o condenarlo. Más allá, un Zionh despierta, y su bostezo desgarra galaxias enteras. La noche en que Hunz acepte el sobre negro matará algo más que su pasado; su cuerpo volverá, dice Blake, pero sus huesos escucharán nuevos dioses. Este es el preludio: cuando la magia se intoxica y la lealtad se viste de traición, la única certeza es que la piel del cosmos volverá a romperse. ¿Te atreves a respirar antes de que empiece la tormenta?

Genre
Fantasy
Author
Jheldrom
Status
Ongoing
Chapters
13
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prologo

Prólogo: Los manuscritos de la creación.

“Pero de esa chispa... algo más despertó, algo que ni siquiera los dioses pudieron prever.”

Nadie recuerda el primer latido del universo. Tal vez porque no fue un palpitar. Quizá fue más una vibración muda, perdida en la oscuridad solitaria, como si una fuerza invisible hubiese arrojado una roca sobre las aguas dormidas del tiempo. Un misterio que guarda el cosmos con celo.

Pero nuestra creencia no nace del azar, sino que está anclada al Manuscrito de la Creación, una reliquia sagrada custodiada por los sabios, escrita —según cuentan— con polvo de estrellas que colapsaron antes del primer palpitar de este universo.

En sus letras se dicta que lo real y lo imposible —dos fuerzas contrarias e intangibles— se agitaron por un instante. Fue por voluntad de la Conciencia Infinita, una presencia eterna e inmutable que no destruye: solo crea. Ella permitió la fusión de esas dos fuerzas, y de su abrazo nació el plasma primigenio.

Allí —donde la oscuridad aún no sabía ser sombra y la luz no se atrevía a brillar—, comprimido en el tamaño de una mota de polvo, en una densidad insoportable, los hilos del pasado, el presente y el futuro se entrelazaron como una sola entidad perfecta, imperturbable.

Por un momento... fueron todo y nada a la vez.

El equilibrio pudo haber durado eones... o quizá apenas una fracción mínima del tiempo, incuantificable, perdida en ese amasijo que aún desconoce su propio existir.

Y, sin embargo, ahí está. Sin nadie que lo pueda ver. —No podría afirmar que era algo pues carecía de conciencia—. Una contradicción cósmica, como la creación misma: desprolija de propósito, sin rumbo, pero incapaz de dar marcha atrás.

O al menos eso dice en su primer pasaje escrito sobre la piel curtida, amarillenta como la hoja seca que cae del árbol otoñal, y ahi escrito con letras de plata brillante, grabadas en los rollos que susurraban en la oscuridad de su resguardo. Se podía leer que, en un momento imposible de medir, el equilibrio colapsó en un parto violento. Un grito ahogado emergió desde el núcleo de lo desconocido: era el universo que gritara por ser escuchado por primera vez. Y, entonces La luz, aprendió a ser resplandor. Y con ella, como una sombra inevitable, nació su contraparte: la oscuridad. Todo se extendió en todas direcciones, dejando atrás una calma que nunca fue calma.

En aquella herida abierta la luminiscencia del primer latido se había alejado de su origen, dejando un absoluto lienzo negro tras de sí, vasto, frío y silencioso, sin embargo, en la afonía de la oscuridad la energía surgió, invisible al ojo: una fuerza que no pidió permiso a la penumbra dominante. Flotaba sin forma, pero provista de un propósito, sobre el tejido primitivo que no aceptaba voluntades. Se movió a todos los confines sin dirección aparente, extendiéndose en silencio, fingiendo no saber si debía.

La oscuridad ofrecía resistencia. En su quietud vivía el reposo. En su silencio, un orden sin nombre. La energía, sin embargo, persistió. Se filtró por las grietas, encontró las fisuras de la existencia. Y con ella, la luz regresó. Y detrás, los primeros vestigios de la vida.

Una tela blanquecina se dibujó sobre el fondo absoluto. Ligera. Transparente. Dentro de ella surgieron nubes brillantes, telarañas incandescentes que cruzaban las ramas invisibles del cosmos. Calientes, agitadas, dispersas… pensamientos en la mente de algo que comienza a intuir su forma.

Así comenzó el Segundo Universo.

En su caos, la materia recordaba su origen. En medio de soles amorfos que colapsaban al nacer, se abrían gargantas cósmicas más oscuras que el fondo mismo. De ellas brotaba material estelar, lanzado hacia la vastedad.

Entre esas nubes hirvientes apareció un planeta. Goldkindama, la roca sagrada. Un mundo percibido solo por los sabios. Seres ajenos a este universo. En su núcleo virgen tomó forma Necromancer. Una voluntad antigua, la primera orden, para luchar con lo que los demás no pueden hacerlo. Una respuesta ante lo que se aproxima.

Algo que cruzó junto con los sabios… desde el otro lado.

Esas entidades tenían nombre los Zionhs. Se desplazaba entre las costuras del tiempo como una herida sin cerrar que aún palpitaba. Su dogma era el sigilo, no buscaba ser visto. Su lucha no era por vencer, era solo crecer y crear. Su presencia se adhirió al universo joven con la paz de un virus dormido, esperando.

Y los Necromancer guardianes de lo natural vigilan desde entonces sin descanso sin tregua, evitando su nacimiento y preparados para dar la primera y última batalla de este joven cosmos.