Prólogo: La cena Roja
El salón celestial de Takamagahara olía a sakura y sal marina. Amaterasu, reclinada sobre un cojín de seda dorada, observaba a los demás dioses festejar. Ukemochi, la diosa de la abundancia, había sido invitada para celebrar la primera cosecha del año.
—Hermana, ¿no probarás el banquete? —preguntó Tsukuyomi, su voz fría como la escarcha.
Amaterasu negó con la cabeza, su resplandor dorado atenuándose. —El ardor del sol me agota hoy. Ve en mi lugar, hermano. Pero sé cortés: Ukemochi es sensible.
Tsukuyomi no respondió. Él jamás entendió por qué su hermana protegía a dioses menores.
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El pabellón de bambú crujía bajo el peso de la tensión. Ukemochi, vestida con un kimono de arrozales verdes, golpeó el suelo con su abanico ceremonial.
—¡Que los dioses nunca conozcan el hambre!
Y entonces, lo que para los Dioses menores era un milagro, para el resto se convirtió en pesadilla, de su boca brotó un torrente de arroz glutinoso, mezclado con bilis amarilla, sus fosas nasales expulsaron sardinas retorciéndose, sus escamas mezcladas con mocos sanguinolentos, de sus ojos llovieron ciruelas doradas, pero al chocar contra la mesa, estallaron como globos oculares.
Tsukuyomi se levantó tan rápido que su silla se hizo añicos. —¿Esto es un banquete o una profanación?
Ukemochi intentó explicar —¡Así es como la vida nace! De lo viscoso, de lo...
El grito agónico del silencio al ser atravesado, pues el filo lunar la calló para siempre.
La katana de Tsukuyomi le atravesó el estómago, desgarrándola de ombligo a pecho. Tripas como serpientes de arroz se enredaron en la hoja plateada, y cuando el dios lunar retorció el arma, el cuerpo de Ukemochi estalló como un saco de grano reventado, salpicando a los presentes con hígados convertidos en higos, costillas fracturadas en espinas de pescado y su corazón, aún latiendo, rodó hasta los pies de Tsukuyomi... y se solidificó en mochi sangriento.
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Amaterasu llegó cuando los sirvientes limpiaban los restos con trapos empapados en sake.
—¿Qué has hecho? —su voz era el silencio antes del tsunami, no gritó, pero su luz se volvió roja como hierro al rojo vivo, derritiendo los candelabros de oro. —Mataste a la que alimentaba al mundo ¿Qué clase de monstruo eres? —Habló calmadamente para su sorpresa.
Tsukuyomi, cubierto de vísceras secas, señaló los restos del festín —Era una cerda que nos sirvió sus desperdicios.
—Esa cerda alimentaba a mortales que ahora morirán. —Arrancó un mechón de su cabello incandescente y lo arrojó a los pies de su hermano. —Que la noche devore tu insaciable orgullo.
Tsukuyomi, herido, mostró los dientes. —¿Prefieres a una impura antes que a tu propia sangre? ¡Tu sol es tan ciego como tu orgullo!
Amaterasu giró el rostro. —Nunca más compartiré el cielo contigo.
Takamagahara tembló, el salón se partió en dos, separando sus tronos para siempre.
Y así fue, el sol jamás volvió a cruzarse con la luna. El día y la noche se separaron, y los humanos sufrieron inviernos eternos.
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En las sombras del palacio destruido, Susanoo mordía una ciruela encharcada en sangre.
—Tan predecibles —susurró mientras escupía el hueso.
Sus cuervos, hechos de tormenta, recogieron los restos de Ukemochi. —Que los humanos recuerden este banquete... como el día que los dioses los condenaron.
Ahora, con sus hermanos separados, solo faltaba esperar. El sol se debilitaría, la luna enloquecería… y entonces, el caos reinaría.