Prólogo
Los demonios se visten de ángeles para atraer a los humanos. Los ángeles se transforman en monstruos para alejar el mal.
Una flecha le había atravesado la zona baja del abdomen. El bessvechnost gimió y cayó de rodillas, agarrándose en vano la zona afectada. Ya era tarde, comenzaba a gotear una línea de espesa sangre brillante. Sus colmillos se hicieron notar, tratando de alguna forma aguantar el dolor punzante del filo metálico contra su órgano. Agarró la parte trasera de la flecha, queriendo retirarla, pero una mano no se lo permitió.
—¡¿Quieres morir desangrado?! —le gritó Aspell desde su caballo, al detenerse justo a su lado —¡Estúpido!
Bajó como pudo, de un salto resbalándose con el barro y agarrando a su cómplice por las axilas, para ayudarlo a subir. Se quejó cuando tocó accidentalmente la zona de la espalda alta, por donde habían usado anteriormente sus alas al escapar de Aremidian, pero ya se habían desangrado lo suficiente. Si sus alas volvían a alzarse, probablemente morirían. Otra flecha voló pasando cerca del caballo, clavándose en el suelo, estaban a punto de encontrarlos si no se movían de allí.
—¡Ya no hay tiempo...! —quiso continuar, pero otra flecha impactó justo en su hombro. La hizo caer y chocarse la cabeza contra la tierra mohosa, ensuciando su platinado cabello de hongo. Se quedó congelada, mirando las impetuosas ramas peinándose a lo alto de los árboles.
—¡¿Aspell?! —gritó Denz, agarrando una de sus manos y tirando de ella —¡Debemos irnos! —la sacudió, hasta que Aspell reaccionó de inmediato, sin ninguna queja.
Ella ayudó a Denz a subir a su caballo, y lideró el viaje a toda prisa, como si el cielo fuese a caer. Detrás de ellos los perseguían otros bessvechnost leales de la Aurora Dorada. Sus túnicas de color girasol relucían con las lunas y sus cuatro cortes cardinales desde la cintura a sus rodillas revoloteaban y chocaban con los árboles y arbustos que se resbalaban en la misma seda.
Una, cinco, veinte flechas habían sido lanzadas hacia el caballo y los bessvechnost, pero ninguna parecía haberles hecho algún daño a los reclusos. Los tres caballeros se detuvieron, ya era demasiado tarde para poder alcanzarlos y acabar con ellos. El caballo finalmente había desaparecido. Habían tenido una intensa persecución desde el castillo de Aremidian, y cuando menos se lo esperaban, se habían adentrado al espeso bosque que rodeaba la ciudad del reino, perdiéndose casi en la oscuridad.
Los tres soldados miraron a su alrededor, sin posibilidad de volver atrás, no recordaban en dónde se encontraba el sendero principal. Se miraron los unos a los otros, debían pasar la noche en aquellas tierras inexploradas. Sólo se oían por fin los pájaros de las copas huir, avisando de un próximo peligro. Tensaron sus arcos dorados, en alerta cubriendo sus flancos, pero apenas segundos después, era demasiado tarde.
Cinco vyeflisch puros aparecieron arrastrándose casi en un instante, dos se abalanzaron a un soldado, que cayó de inmediato al suelo dejando su arma volar por los aires mientas las dos creaturas desgarraban su garganta, dejando a su paso un grito ahogado en borbotones del líquido carmesí que brotaba de su carne viva. Otro vyeflisch fue alcanzado por una flecha, clavándose en uno de sus ojos, pero no le impidió empujar a otro soldado y estamparlo en seco con un antiguo árbol ancho. Las largas uñas del vyeflisch se clavaban una y otra vez en la piel de su rostro, deformando su rostro, quitándole las córneas, arrancando sus dientes, rompiendo su mandíbula de un tirón y rompiendo su nariz. El último soldado se echó a correr, sin siquiera disparar una innecesaria flecha que terminaría en la nada. Tiró su arco mientras corría sin pensar hacia dónde. Intentó volar, pero su cuerpo aún estaba recuperándose de la primera persecución en el castillo de Aremidian. Lo intentó, sus alas no salieron. Se dio la vuelta y los últimos dos vyeflisch fueron hacia él. El bessvechnost no lo dudó y conjuró magia enoquiana. Alzó sus manos al cielo y manipuló los entes del espacio, un estrépito que retumbó en el cielo, naciendo una luz blanca, potente, que cayó en medio instante a un vyeflisch, que también tambaleó al otro, pero el primero fue partido en dos, y su piel comenzó a transformarse en una mucosa amarronada y diminutas chispas saltando por los lados, desintegrándose por completo. El vyeflisch restante se puso de pie rápidamente, quedando metros arriba del bessvechnost y esta vez consiguió llegar al soldado. Éste intentó defenderse con la naturalidad de su fuerza, pero no era una ventaja en su caso, él había entrenado para usar magia, y solo había una forma de acabar por completo a los vyeflisch: magia enoquiana, practicada exclusivamente por la Aurora Dorada de Aremidian. Otra forma efectiva era despedazar cada parte de su cuerpo, el problema era conseguirlo.
El soldado quedó indefenso, con su abdomen abierto por la mitad siendo completamente vaciado por la temible criatura. La sangre recorrió su garganta y salió disparada por su boca.
Murió al desvanecerse.
—Ya casi hemos llegado. —dijo Denz, cargando el peso de la joven sobre su espalda.
En todo el recorrido vuelta al campamento, Aspell había perdido demasiada sangre debido a la profunda herida. Cuando el caballo se detuvo, Aspell gimió y le urgió bajar con una desesperación, cayendo en seco sobre la hierba. Su piel estaba más pálida, su cuerpo todavía no se había regenerado desde que alzó sus alas, tampoco había bebido sangre de ninguna creatura.
—¡Aspell, aguanta! —Denz bajó, cayendo de rodillas al cuerpo de su hermana—¡Aspell! —le llamó, observando cómo lentamente cerraba los ojos, mirando a un punto fijo.
Sintió una presencia conocida, una que había sentido antes, en algún lugar.
Mianshi.
Sintió un alivio indescriptible. Alzó la vista, en busca de los seres que se ocultaban en el bosque. Su respiración se desesperó de repente al volver la vista a la joven, que dejó de moverse.
—Valkyan —mencionaron. Denz miró nuevamente y justo en frente de ellos apareció un mianshi.
—Eres la voz que escuché en mi cabeza.
—Necesitaba encontrarte.
Debía encontrarte.
Mencionó el mianshi, sin mover los labios.
—De nuevo, ¡tú...!
Aquel conocido como el Encantador, un joven mianshi. Apareció del espacio y se agachó para inspeccionar a la mujer, ignorando la suciedad del suelo en contacto con su túnica cruzada blanca y sedosa con cuidadosos bordados dorados y rojos en cada borde existente. Apartó su casi blancuzco largo cabello a un lado y sostuvo el cuerpo de Aspell, puso una mano encima de su pecho, sin tocarlo, entonces unas partículas blancas giraron en sí mismas dentro de su palma.
—La estamos perdiendo.
—No, ella aguanta más que eso —Denz fue alzado por una mianshi curativa que apareció detrás de él, sosteniéndolo en sus hombros.
—Ve al santuario.
—Suéltame. —alejó a la joven mianshi, pero ésta no se apartó—No la dejaré sola.
—Valkyan, morirás tú... también—aclaró—si no obedeces.
Denz ahora sí pudo apartar a la bella mujer, y se arrancó la flecha en su pierna, lastimándola aún más e iniciando un sangrado. La mianshi tapó su boca con las manos, sorprendida de lo que acababa de ver. Su cuerpo iba a empeorar si no se trataba.
—Si quieres que sobreviva ponla a salvo a ella primero—gimió de dolor. —Hazlo, Devian. Todo lo posible.
—Intentaré que no deje este mundo.
—Promételo.
—No puedo.
Hubo un silencio.
—Cuando regrese quiero escuchar la respiración de mi hermana.}
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