Chapter 1
“Todo es creado dos veces, primero en la mente y luego en la realidad.”
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La noche parisina caía como un pesado manto de terciopelo, no solo sobre el Faubourg Saint-Germain, sino sobre la conciencia misma de la ciudad. Las calles adoquinadas, pulidas por siglos de carruajes y pasos apresurados, apenas reflejaban el parpadeo distante de las antorchas que custodiaban la imponente fachada de la mansión Erickson. Para la aristocracia, este bastión de piedra tallada y rejas ornamentadas representaba el culmen del buen gusto y la tradición, un símbolo de la impecable respetabilidad de la familia Erickson. Sin embargo, tras sus imponentes muros y cortinajes pesados, se gestaba un tipo de oscuridad muy diferente a la de la noche, una que la sociedad francesa apenas podía empezar a concebir.
En la vasta y laberíntica biblioteca de la mansión, el aire denso y perfumado a cuero viejo y cera de vela apenas se movía. El Marqués Guillaume “Wille” Erickson, el primogénito y pilar de la fachada familiar, se inclinaba sobre un incunable de Derecho Romano, su pluma de ave rasgando el pergamino con la precisión de un grabador. A sus veintinueve años, Wille era la encarnación del orden y la disciplina. De día, su mente, aguda como una navaja, desentrañaba los más complejos litigios en la Sorbona, donde sus disertaciones sobre el Derecho Natural y la filosofía del Estado eran citas obligadas para la élite intelectual. Su impecable lógica y su fría oratoria le habían ganado el respeto de la corte y el temor de sus adversarios en los tribunales. Pero ahora, bajo la solitaria luz de la lámpara de aceite, sus ojos no leían las leyes de los hombres para aplicarlas, sino que las interpretaban, buscando las grietas en el tejido de la sociedad donde el caos podía germinar, donde la subversión podía ser legal.
Un suave y disonante rasgueo de cuerdas de violín irrumpió en la quietud, seguido por una risa ligera que flotó desde la sombra de una estantería cargada de volúmenes. Wille levantó la vista, encontrando a su hermano, el Conde André “Andrew” Erickson, de veintinueve años, emergiendo con una máscara de arlequín de seda bordada en sus manos. Andrew, director del Théâtre de l’Opéra Royal, era una fuerza de la naturaleza en sí mismo, un artista en el más amplio y perturbador sentido de la palabra. Su pasión por las artes escénicas y la psicología humana, cultivada en los salones y teatros clandestinos de Londres, le permitía manipular las emociones de su público con una maestría inquietante. Se deleitaba en la teatralidad de la vida, convirtiendo cada interacción en una pieza dramática, cada conversación en un monólogo o un diálogo cuidadosamente ensayado.
—¿Otra noche de penitencia intelectual,mon frère? —preguntó Andrew, su voz un murmullo melódico que llenaba la sala con su eco peculiar. Dejó caer la máscara sobre una mesa auxiliar con un suspiro dramático—. La sociedad, o lo que queda de ella en esta hora, espera vuestra presencia en el salón de Madame Valois. Mademoiselle Dubois, con su encaje recién importado de Bruselas, me ha preguntado si el ‘orden natural’ del que tanto habláis permite bailar el minué con tal rigidez. Ella encuentra vuestra solemnidad...démodée.
Andrew se acercó a un mapa del Sena extendido sobre una mesa de caoba, trazando líneas invisibles con su dedo sobre los puentes y las callejuelas.
Wille cerró el grueso volumen con un chasquido que resonó en el silencio, un sonido cortante en la quietud de la biblioteca.
—El orden es la base de todo, Andrew, incluso de la más bella de las sinfonías, o del más intrincado de los crímenes. Sin él, solo hay ruido, y el ruido es ineficaz. Y el minué requiere precisión, no rigidez. ¿Acaso vuestras lecciones de dramaturgia ya no enfatizan la disciplina? Creía que para el gran actor, cada movimiento, cada gesto, era meticulosamente calculado.
Su mirada, fría como el acero recién forjado, se encontró con la juguetona y calculadora de Andrew.
—Además, yo prefiero el orden de los principios y la estructura del pensamiento a la farsa de los salones. Vos, en cambio, os deleitáis en ella como un insecto en la miel, ciego a su propia trampa.
Andrew soltó una risa suave, un sonido que contenía tanto encanto como un matiz profundamente perturbador.
—La farsa, querido Wille, es el gran teatro del mundo, y yo soy su mejor actor. No un insecto, sino el director de orquesta que manipula los hilos del engaño. Os sorprendería,mon frère, lo mucho que se aprende sobre la psique humana al observar a los tontos enamorados y a los hipócritas enmascarados despojados de sus roles. La vulnerabilidad, hermano, es una cualidad exquisita, el momento en que se revela la verdadera naturaleza de un hombre.
Andrew se movió con gracia felina hacia una mesita de juegos, donde yacía un manojo de cartas finamente grabadas, con ilustraciones góticas y simbólicas. Sus dedos, largos y ágiles, los barajaron con una destreza sorprendente, los naipes danzando como mariposas oscuras.
—He estado practicando con estos. El as de bastos para la audacia del conspirador que enciende la mecha; el dos de copas para la traición del amante, dos almas unidas en la perfidia; el caballero de espadas... para el juez que condena sin ver el verdadero juego que se juega bajo sus narices.
Una carta, el as de espadas, con su filo simbólico, desapareció de su mano y reapareció de la manga de Andrew con un floreo, como si se materializara de la nada.
—El verdadero arte, Wille, no es lo que se ve. Es lo que secreever. El espectador es el verdadero artista, al interpretar lo que le ofreces. Nosotros solo les damos el pincel y el color.
Wille observó el truco con una ceja alzada, un sutil reconocimiento en sus ojos.
—Y vuestro ‘arte’, Andrew, no siempre se limita al escenario, ¿verdad? Esos ‘incidentes’ recientes en los puentes del Sena, donde los guardias aparecieron colgados boca abajo con máscaras grotescas y sonrisas pintadas... una firma algo teatral, incluso para vos. ¿Acaso buscáis una nueva forma de crítica social, una denuncia velada, o simplemente el escalofrío del terror puro?
Su tono era de una curiosidad fría, no de reproche. Una indagación de un intelecto a otro.
La risa de Andrew se hizo un poco más fuerte, más resonante, llenando la vasta biblioteca con su eco macabro.
—Solo ensayos, mon frère. La audiencia parisina, con su gusto por el drama y el escándalo, aún no está preparada para la obra maestra que estamos a punto de presentar. Se necesita tiempo para educar el paladar para el verdadero sabor del miedo, para que aprendan a apreciar la belleza de la anarquía cuidadosamente coreografiada.
Se detuvo, su mirada aguda encontrándose con la de Wille.
—Pero, ¿no es eso lo que también hacemos en la corte? Jugar con las percepciones, manipular las leyes a nuestro antojo, vestir la verdad con el traje de la conveniencia. En eso, cher frère, somos almas gemelas.
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En el atelier de la mansión, inundado por la luz dorada de los candelabros de cristal que colgaban del techo abovedado, una sinfonía de sedas susurrantes, encajes etéreos y brocados suntuosos se extendía sobre las mesas de trabajo y los maniquíes. El aire estaba impregnado con el delicado perfume de lavanda y almidón, mezclado con un leve toque de cera de abejas. La Marquesa Alejandra Erickson, de veintitrés años, se movía entre los maniquíes de madera con la fluidez de un espíritu etéreo, sus dedos finos y ágiles ajustando un encaje delicado en el cuello de un vestido de corte de seda pálida, una pieza que prometía revolucionar la moda parisina con su audacia y su elegancia subversiva. Era una visionaria en el mundo de la alta costura, sus diseños copiados y admirados desde las cortes de París hasta los salones de Milán. Pero su verdadero genio residía en su intuición para la psicología social, una habilidad que le permitía anticipar las tendencias no solo de la vestimenta, sino también de las emociones humanas, tejiendo en sus creaciones un subtexto que hablaba al alma de quien las portaba, manipulando sus deseos y sus miedos más íntimos.
La puerta del atelier se abrió con un leve crujido, y el Capitán Hikari “Hiku” Erickson, de veintidós años, su imponente figura de soldado casi llenando el umbral, entró con una reverencia formal, aunque con un toque de su habitual estoicismo. Miembro de la Guardia Real, su reputación como duelista implacable en los salones clandestinos y su profundo conocimiento de la disciplina militar y la psicología del deporte lo hacían una figura temible y respetada tanto en el campo de batalla como en los entrenamientos de la guardia. Sin embargo, su mirada, habitualmente penetrante y seria, se suavizó al posarse en su hermana, revelando un afecto inusual en su imponente persona.
—¿Otra vez hasta altas horas, Alejandra? —preguntó HiKari, su voz un grave murmullo que contrastaba con la delicadeza del entorno. Caminó hacia ella, sus botas resonando apenas en el suelo de madera—. El Capitán Dubois me ha abordado esta mañana, en el campo de entrenamiento, preguntando por vuestros nuevos corsés. Al parecer, su esposa sufre de una ‘insoportable opresión del espíritu’ al no poseer uno de vuestros diseños. No sé si reír o lamentarme de tal frivolidad.
Había una sutil burla en su tono, una que solo su hermana comprendería.
Alejandra sonrió, una sonrisa enigmática que apenas alcanzaba sus ojos azul-verdosos, tan profundos como un lago oculto.
—El espíritu de Madame Dubois, Hikari, es susceptible a la envidia y a la vanidad, dos hilos muy fuertes para tejer las motivaciones humanas. Y la envidia, como un buen bordado, debe ser bien trabajada para que el efecto sea el deseado. Un diseño sutil, una puntada aquí, un realce allá, yvoilà, el deseo se vuelve insaciable. ¿O es que los militares, con vuestras espadas y pistolas, no entendéis las complejidades de la mente femenina, o la mente humana en general?
Ella levantó una tela con un patrón inusual, casi un mapa de intrincadas líneas y símbolos.
—Entendemos la naturaleza humana, hermana. Y la vuestra es la más compleja de todas, tan intrincada como vuestros diseños, y tan letal como mis propias armas —respondió Hikari, sus ojos escrutando el boceto que Alejandra había dejado sobre una mesa auxiliar. No era un patrón de costura, sino un intrincado diagrama de calles y edificios, con extrañas marcas y símbolos que parecían indicar puntos de entrada y salida, o quizás, blancos—. ¿Esto no parece un diseño para un vestido, Alejandra? ¿Es una nueva forma de sembrar la inquietud, sin derramar sangre? ¿Quizás vuestro arte ha encontrado un lienzo más amplio que la seda, un lienzo de la ciudad misma?
Alejandra se encogió de hombros, volviendo al vestido con un gesto elegante y despreocupado.
—La verdadera elegancia, Hikari, no necesita violencia para dejar su marca. La mente humana es un lienzo mucho más fascinante que cualquier tela, y mucho más maleable. Las emociones pueden ser esculpidas con el mismo cuidado que un ropaje, el miedo puede ser un color, la desesperación una textura. Una punzada de terror puede ser más duradera que una herida física.
De repente, su mirada se posó en las manos de su hermano, grandes y poderosas, pero con los nudillos ligeramente hinchados, aunque sin marcas visibles.
—Y vos, ¿dónde habéis estado? Vuestros nudillos... no parecen heridos por una simple práctica de tiro en el campo de Marte. ¿Algún nuevo ‘ejercicio’ para liberar esa ‘carga emocional’ que tanto os atormenta? Esa furia contenida que solo veo en vuestros ojos.
Hikari desvió la mirada, sus grandes manos apretándose suavemente.
—Solo... liberando una carga. El estruendo del combate, el impacto controlado, a veces calma el alma y aclara la mente. Es una forma de encontrar el control en el caos. ¿Comprendéis la necesidad de una liberación, Alejandra? Ese peso que acumulamos en el alma... a veces debe ser expulsado antes de que nos consuma.
—Comprendo la necesidad de la catarsis —dijo Alejandra, sin mirarlo, su voz un susurro que parecía acariciar el aire, tan suave como la seda que tejía—. Y la mía es el diseño, la creación de belleza y, a veces, la manipulación de la percepción. Dejo marcas en la mente, no en la carne. El vuestro es... algo más brutal, más físico. Pero cada uno a su manera, ¿verdad? Cada uno encuentra su propio alivio en su arte, en su expresión de lo que yace dentro.
Ella sonrió, y esta vez, la sonrisa llegó a sus ojos, compartiendo un entendimiento tácito de la peculiaridad de su familia, una afinidad por lo oscuro que solo ellos compartían.
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En el ala este de la mansión, el aire del estudio del Vizconde Haruki “Haru” Erickson, gemelo de Hikari y de veintidós años, estaba saturado con el dulce y penetrante olor a aguarrás y óleos, mezclado con el aroma de la madera recién tallada. Haruki, absorto en su trabajo, tenía los dedos manchados de pigmentos vibrantes de todos los colores imaginables, como un alquimista de la paleta. Era un talentoso pintor de corte, sus retratos buscados por la nobleza de toda Europa por su habilidad para capturar no solo la semejanza física, sino también la esencia más profunda del alma. Su profunda formación en Bellas Artes en Kioto y su especialización en terapia artística en Seúlle habían otorgado una perspectiva única sobre la expresión humana y la mente, viendo el arte no solo como una imitación de la vida, sino como una ventana a lo más recóndito de la psique, a sus heridas y sus oscuridades.
La puerta se abrió con un crujido suave, y Andrew entró, ahora sin su máscara de arlequín, con una copa de coñac en la mano, el líquido ámbar brillando a la luz de las velas. Observó en silencio un lienzo inacabado sobre un caballete, un retrato de una marquesa anciana cuya melancolía era casi palpable, una expresión de dolor que el artista había capturado con una sensibilidad sobrecogedora.
—Haru, vuestra última obra para la Duquesa de Montaigne es exquisita —comentó Andrew, su tono más suave y contemplativo de lo habitual, casi reverente—. Capturáis la melancolía de su alma como nadie más podría. Es casi... doloroso de ver, como si el lienzo sangrara. Pero este...
Andrew se movió hacia un rincón del estudio, donde un lienzo de proporciones inusuales estaba cubierto por una tela oscura.
—Este otro lienzo, hermano, parece guardar un alma más oscura, más... inquietante. Vuestras obsesiones más profundas.
Haruki dejó caer el pincel en un frasco con un leve tintineo, su voz apenas un susurro, cargada de una extraña quietud, como si el propio silencio fuera parte de su arte.
—El alma, Andrew, no siempre es bella. A veces, revela las verdades que preferimos no ver, las sombras que la sociedad ignora, los monstruos que habitan en nuestro interior. Y mi pincel no miente; solo es un conducto.
Se acercó al lienzo cubierto con una lentitud deliberada, y lentamente retiró la tela que lo ocultaba, revelando una obra monumental. Debajo, un vasto mural cubría toda una pared portátil, no destinada a la mansión, sino a una estructura improvisada, un reflejo de los muros abandonados y desolados que él solía pintar en secreto por las noches en los barrios olvidados de París. La imagen era inquietante: figuras distorsionadas, siluetas danzando en una penumbra irreal, ojos vacíos que parecían seguir al observador, sus formas retorcidas en un baile de horror silencioso. Era una visión del terror que solo él podía concebir y plasmar, a menudo acompañada de haikus secretos que pocos entendían, inscritos en el reverso de la tela.
—Siempre fuiste el más sensible, Haru —dijo Andrew, su voz ahora despojada de toda burla, teñida de una genuina fascinación y un matiz de envidia—. Pero vuestra sensibilidad es también vuestra fortaleza. Ella os permite ver la verdadera oscuridad, no solo la superficie de la sociedad, sino sus profundidades más abismales. Es como si pudierais pintar el propio miedo.
Andrew se acercó al mural, sus ojos fijos en las figuras, su mente ya ideando cómo esta visión podría ser integrada en su próxima “obra” teatral.
—Es como si las sombras cobraran vida. Un espectáculo macabro que supera cualquier cosa que yo pueda concebir en el escenario.
—La oscuridad es un color, Andrew —replicó Haruki, acariciando la pintura con un dedo manchado de óxido—. Y yo solo la plasmo, la doy forma, la hago visible. Es un lenguaje, una confesión, una liberación. No para el mundo, sino para nosotros. Un lenguaje que solo nosotros, los Erickson, entendemos de verdad. ¿No es así, hermano? Cada uno de nosotros tiene su propia forma de hablarlo, de darle voz a lo que yace en lo profundo.
Andrew asintió lentamente, su mirada aún fija en la obra maestra del horror.
—Sí, Haru. Un lenguaje de sangre, de caos... y de risas. Un legado que va más allá de cualquier nombre, cualquier título. Lo que hacemos es más que un simple pasatiempo. Es nuestra identidad, nuestra vocación.
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La familia Erickson, en sus vidas cotidianas —un apellido sólido y respetable, sin la historia y la carga del nombre “Roosevelt” que reservaban para sus alter egos de “payasos” del terror—, era una constelación de talentos brillantes y mentes perversas, atados por lazos inquebrantables de sangre y un entendimiento tácito de su verdadera naturaleza. Sus vidas públicas, marcadas por la gracia y la distinción de la aristocracia del siglo XVIII, eran una elaborada máscara para las inclinaciones más oscuras que se gestaban en su interior. Su apellido, resonando en las cortes de Francia, y con influencias que se extendían a través de las redes diplomáticas y mercantiles hasta la Rusia de la emperatriz Catalina, el Montenegro de los príncipes-obispos, la Alemania de los pequeños reinos y ducados, y las colonias españolas en Argentina, mantenía una impecable fachada de respetabilidad. Eran los arquitectos de un caos que apenas comenzaba a revelarse, payasos que, bajo sus máscaras de seda y sus risas educadas, se preparaban para lanzar una obra que desafiaría las estrictas reglas de la sociedad del siglo XVIII, utilizando sus conocimientos en derecho, arte, estrategia militar y psicología para tejer una red de terror y fascinación. Los inocentes pensaban que sus caprichos eran meros excéntricos; los sabios, los pocos que se atrevían a ver más allá de la cortina de la convención, sospechaban que algo más profundo, algo terrible, se gestaba bajo el velo parisino. Un circo de horror, disfrazado de cortejo y elegancia, estaba a punto de abrir sus puertas al mundo, llevando la disonancia a la sinfonía de la vida y el orden.
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“Podrá nublarse el sol eternamente; Podrá secarse en un instante el mar; pero jamás en mí podrá apagarse la llama de tu amor. “Dé Gustavo Adolfo Bécquer.
“Para Cachito, por ser el mejor cómplice en esta aventura y en todas. Gracias por tu amistad.”
ᶻ 𝗓 𐰁 Espero que les haya gustado este primer capitulo de esta historia no tan larga. Me encantaría que dejaran sus ideas y que compartan sus opiniones de la historia, y más si esto me ayuda con la continuidad de la historia en siguientes capítulos.
ᶻ 𝗓 𐰁 Esta historia poco a poco dará una ida bastante inusual a lo que tiendo a relatar, y mis más acercados lo pueden confirmar; pero espero que en este pequeño gran relato pueda expresar bien las ideas que les tenía planeados a esta narración.









Es muy difícil encontrar libros como este en esta plataforma.
Ni siquiera me he leído el capítulo pero con la sinopsis ya se me hace lo suficientemente interesante.