El espacio entre tus palabras
No debería doler tanto verte reír así.
Pero duele.
Porque sé que no es por mí. Porque sé que esa sonrisa, la más bonita que he visto en mi vida, no va dirigida a mí.
Estamos los tres en la azotea, como siempre. Tú, yo y Sofi. Tu novia. Ella lleva tu sudadera puesta. La que te regalé hace años. La que decías que era “tu favorita”.
Y ahora ella la usa como si fuera suya. Como si fuera tuya.
Como si tú fueras suyo.
Yo estoy aquí, a tu lado, con una cerveza en la mano y un nudo en la garganta. Intento reírme de sus bromas, aunque no me hacen gracia. Intento parecer feliz por ti, aunque dentro me rompo un poco más cada vez que la miras.
¿Desde cuándo? ¿Desde cuándo te amo así?
A veces pienso que fue desde siempre. Desde aquel día en quinto grado, cuando defendiste a la niña rara —esa era yo— de los chicos que se burlaban de mis libros. Me dijiste: “No dejes que nadie te haga sentir menos por ser inteligente”. Y lo dijiste con tanta convicción, que me quedé sin palabras.
Desde ese día, fuimos inseparables.
Pero nunca fuimos más que eso.
Amigos.
La palabra más cruel del mundo.
***
Te conozco mejor que nadie. Sé que duermes boca arriba, con un brazo colgando de la cama. Sé que odias el café, pero finges que te gusta para no ser “aburrido”. Sé que lloraste en secreto cuando murió tu abuelo, y fui yo quien limpió tus lágrimas con mis dedos temblorosos.
Sé tantas cosas de ti.
Pero no sé cómo decirte que te quiero. De verdad.
Que te quiero desde antes de saber qué significaba querer de esa forma.
***
Hoy estuvimos solos un momento. En la parada del bus. Sofi no estaba. Solo nosotros.
Y hablábamos de nada. Cosas sin importancia. Pero entonces me miraste. De esa forma.
Como si hubiera algo detrás de tus ojos. Algo que no supiste o no quisiste decir.
—¿Sabes que eres la persona que más me entiende en este mundo, verdad? —me dijiste.
Sentí que el aire desaparecía.
—Sí —respondí—. También siento que te conozco demasiado bien.
Hubo un silencio. Uno largo. Cargado.
Y luego llegaste tú con otra broma. Rompiendo lo que casi se construye.
Casi.
Siempre casi.
***
Cuando volvimos al grupo, Sofi corrió hacia ti. Se colgó de tu brazo y tú sonreíste. Como siempre.
Y yo me hice a un lado. Como siempre.
Porque soy buena en eso. En hacerme pequeña. En ocultar lo que siento. En dejar que otros sean felices, aunque yo esté rota por dentro.
Pero hoy, mientras te alejabas con ella, tomaste mi mano por un segundo. Sin que nadie lo notara. Un apretón rápido. Silencioso. Cálido.
Y me pregunté…
¿Será posible que también lo sientas?
¿O solo soy una más de tus sombras?








