Capítulo 1: La hija del relámpago
La tormenta se desató como si el cielo quisiera romper la tierra en dos. Los relámpagos caían como cuchillas de luz, rasgando el firmamento con furia, mientras el viento golpeaba las torres del castillo como un lamento antiguo.
En la habitación más alta del ala este, la reina Lilian gritaba. No por el dolor del parto, sino por el miedo.
Un rayo, blanco y violento, había golpeado justo donde ella descansaba. Atravesó el techo de piedra y, como si tuviera voluntad propia, la alcanzó directamente en el vientre.
El castillo entero quedó en silencio después del impacto.
—¿Mi bebé...? —susurró Lilian, con los ojos desorbitados.
La partera, temblando, se acercó. El corazón de la reina latía como un tambor de guerra.
Días después, cuando llegó la hora del parto, Lilian ya no lloraba. Solo miraba al techo, impasible, como si ya supiera que no quería ver lo que vendría.
La niña nació sin un solo sonido. Ni llanto, ni quejido. Silencio puro.
—Es una niña, su majestad —dijo la partera con suavidad—. Y está viva. Está... bien.
Lilian no respondió. Giró el rostro hacia la ventana empañada por la lluvia. No quiso mirar a la criatura.
—No la quiero ver.
La partera apretó al bebé contra su pecho, buscando consuelo. La pequeña tenía el cabello completamente blanco, como nieve recién caída, y unos ojos tan oscuros que al girar la cabeza revelaban un azul profundo, como el mar antes de una tormenta.
Era hermosa. Pero diferente.
La reina la mantuvo oculta del mundo. Dijo que era por seguridad. Dijo que el pueblo no entendería. Pero lo que no quería era que nadie supiera que su hija era... anormal.
La niña recibió el nombre de Day, como el día que nunca tuvo.
Creció en habitaciones silenciosas, con cortinas pesadas que bloqueaban el sol. Solo la ama de llaves, Elira, la atendía. Era la única que le contaba cuentos, la única que le sonreía, la única que la llamaba por su nombre como si fuera alguien real.
—Tu luz es especial, mi niña —le susurraba Elira—. Algún día lo entenderás.
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Una noche, cuando Day tenía cuatro años, la luna iluminó el jardín trasero del palacio. Ella se escapó de su habitación, descalza, guiada por algo que no podía explicar. Algo dentro de su pecho latía con fuerza.
Al pisar el césped húmedo, miró al cielo.
Y entonces, sus ojos brillaron.
Una luz blanca emergió de ellos, tan intensa como el sol. Un grito de energía recorrió el aire. Las ventanas del palacio se quebraron. El viento se arremolinó a su alrededor.
Y dentro del castillo… sus padres cayeron sin vida.
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El hermano mayor de Day, el príncipe Aldren, la encontró acurrucada al pie del árbol más viejo del jardín. Sus ojos ya no brillaban. Estaba dormida.
No dijo una palabra.
Durante semanas, ocultó la verdad. Inventó mentiras. Elira lo ayudó, llorando en silencio cada noche. Pero pronto entendieron que la niña no podía quedarse.
Era peligrosa.
Una madrugada, Elira la vistió con una capa gruesa, le colocó unos guantes blancos en las manos pequeñas y la sacó por la puerta trasera.
—Tienes que irte, mi amor —le dijo, con lágrimas en los ojos—. Pero un día volverás. Un día todos sabrán quién eres de verdad.
Day solo asintió, sin entender.
La niña desapareció entre los árboles, llevándose consigo una historia que sería olvidada... hasta ahora.








