Capítulo 1: En la árida lima
El amanecer en Lima ya no era sinónimo de esperanza. Los vientos helados acariciaban las calles abandonadas de Santa Anita, antaño rebosantes de una felicidad que, aunque efímera, era real. Para Lima, el año dos mil no fue solo otro año; fue cuando el mundo no colapsó, solo dejó de hablar.
Junto al sol que decoraba el firmamento, grietas como venas púrpuras y líneas irracionales palpitaban. Eran una frecuencia espectral, una pantalla agrietada sobre la realidad que nadie más parecía ver. Desde los tejados de los edificios, las torres eléctricas yacían mudas, inertes, y las avenidas principales se extendían en total abandono. Nadie decía nada.
Entre esas ruinas en la que una vez fue un centro comercial se encontraba Isabel Tanta.
Ahora esas ruinas son su hogar temporal.
Mucho tiempo después del desastre del Y2K las personas abandonaron por completo la capital, conseguir comida y agua ahora se volvió el objetivo principal de todo ser vivo. Las pequeñas comunidades que se habían instaurado eran como oasis en medio del desierto.
Al salir discretamente de su guarida, Isabel notó que otro edificio había cedido a lo lejos, vencido por la intensa lluvia que azotó en la madrugada.
Ella estaba cerca al mercado de Santa Anita una de las comunidades que existían en Lima, en ella habitaban aproximadamente de quinientos a mil personas convirtiéndola en una de las mas grandes de la zona este. El mercado, antes un hervidero de bullicio y regateo, era ahora un refugio de trueques y supersticiones. Algunos intercambiaban comida por aparatos electrónicos quemados; otros solo murmuraban, vigilantes, esperando que sus palabras no atrajeran a los Huecos.
Isabel, ataviada como una comerciante del desierto —capucha negra y ropas que le cubrían el torso, donde una cicatriz inusual presagiaba problemas por su origen—, se detuvo frente a una vieja cabina telefónica. Era roja, de estilo colonial, completamente fuera de lugar en el paisaje limeño, distinto a las usuales de Telefónica. Nadie más parecía verla.
Caminó lentamente hacia esa extraña cabina. En su interior, el cristal de la mampara, antaño aislante de ruidos, estaba roto. Por un instante, en el reflejo astillado, vio a alguien más: a sí misma… de niña, con el cabello recogido en dos trenzas y una sonrisa tímida. Parpadeó. La imagen se desvaneció, dejando solo el cristal roto.
Llevaba años viendo esas grietas en la realidad. Los demás las llamaban alucinaciones, traumas no resueltos. Ella sabía que eran reales. Las rajaduras, los Huecos, los fragmentos suspendidos en el aire. Había uno justo ahí, sobre el techo del local de carnes: una grieta flotante, invisible para la mayoría, que emitía un sonido de estática cada vez que alguien moría cerca.
Desde que paso el incidente, hace ya unas semanas solo yo puedo ver esas anomalías, gracias a eso me volví mas ermitaña para no ocasionar problemas con mis extrañas visiones, guardaba silencio de todo, pero lo anotaba en una libreta para no olvidarlo y tratar de darle explicación a lo que me sucedía.
Isabel se alejó del mercadillo para despejarse de tantas visiones. Llegó a un solitario callejón y vio unas cajas en un piso superior que comenzaban a moverse.
De ellas, una sombra se movió. Shadia.
Con el rostro cubierto por una bufanda desgastada y una chaqueta manchada de pintura, apareció en la azotea contigua. Le hizo una seña con la cabeza. Isabel la siguió por una escalera oxidada que chirriaba bajo sus pies.
Desde hace un año Shadia y yo teníamos comunicación sobre las anomalías, ella también podía verlas, pero al igual que yo evita las multitudes por riesgo a que su mente colapse. Ella es mi guía en esta nueva vida que se me hace extraña, espero que no se valla de mi lado por un buen tiempo.
Al llegar al piso superior, entraron en una habitación con las ventanas bloqueadas con tablas de madera para evitar la luz del sol. Shadia sacó una luminaria de su bolsillo, le puso unas baterías de repuesto y la encendió. La tenue proyección iluminó un mapa que ambas podían ver nítidamente.
Shadia señalo con los dedos una zona específica del mapa, “El nodo de Santa Anita”
—Crece —murmuró Shadia, con la voz áspera—. El nodo de Santa Anita se está expandiendo otra vez. ¿Lo sentiste?
Al parecer el incremento de mis alucinaciones estaban relacionados con el crecimiento del nodo de santa Anita.
Isabel asintió. No confiaba en su voz últimamente. A veces hablaba sola. A veces respondía algo que ni siquiera había pensado todavía. Era una de las tantas cosas extrañas de su “normalidad”.
Los Nodos eran como grietas gigantes de color negro o violáceo, parecidos a agujeros negros, pero sin absorber energía. Solo distorsionaban el espacio a su alrededor, permitiendo que personas sensibles como Isabel y Shadia pudieran percibir a los Huecos.
Shadia le entregó una hoja doblada. Era una coordenada escrita a mano con tinta negra, el papel arrugado por el uso.
—Te están llamando, Isa. O lo que queda de ti.
—No estoy lista, aun no puedo controlar mis visiones—Le dije a Shadia.
Me sentía muy insegura y débil, últimamente había pasado por muchas cosas desagradables, pero no mermaban mi objetivo principal: Encontrar a mi madre.
Shadia tomó mi mano, me entregó la hoja arrugada y se acercó para susurrarme al oído:
—Quizás sea nuestra oportunidad de por fin dar con el paradero de tu mamá, Isa.
Luego de ello hubo silencio. Y Shadia salió de la estancia con rumbo desconocido.
No hubo despedida. Shadia desapareció entre las terrazas como un eco más de aquel mundo, tan rápido como había llegado.
Isabel guardó la nota y descendió del edificio sola. Cuando pisó la avenida de regreso a su refugio, el concreto vibró bajo sus botas. Una grieta apenas visible se abrió en la pared a su derecha, como un rayo fino en la mampostería. Nadie más la notó. Pero ella sí. Siempre ella.
Y al fondo, entre los huecos de la ciudad, escuchó ese zumbido grave. Bajo. Constante. Como si alguien la recordara desde un sitio donde ya nadie podía nombrarla.








