Dark Throne: Blood of the Revenant

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Summary

Un profesor de Historia brutalmente asesinado despierta reencarnado como un nigromante no-muerto en el mundo de Acardia. Con una voz interior que funciona como su guía y conciencia compartida, con ambición de un imperio propio, mientras lucha contra su propia humanidad y las tensiones políticas de una guerra civil.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1 – Rencarnado

Las clases habían terminado. Salía tras finalizar mi clase; como siempre, notaba el desinterés de mis estudiantes, pero en realidad no me importaba: mientras algunos prestaran atención, me bastaba con saber que aprendían.

Soy profesor de Historia. Nunca imaginé que acabaría enseñando en una universidad de categoría media en Estados Unidos. Salir de mi país natal para venir aquí fue un gran sueño, y, además, podía cumplir mi mayor anhelo: coleccionar armas y dispararlas.

Había sido un día agotador y esperaba con ansias llegar a casa para limpiar mi nuevo rifle Brown Bess, un mosquete inglés de 1722. Mi emoción era palpable; las manos me sudaban solo de pensarlo.

Entré en mi auto cuando sentí un frío intenso en la cadera. La sangre comenzó a empapar mi espalda. Una voz me sacó de mis pensamientos:

-¡Ahora sí, profesor Hernández! -dijo con tono burlón. Su voz la reconocí al instante: era uno de los alumnos a quienes había negado pasar la materia a cambio de dinero.

Siempre me consideré honesto; mis valores pesaban más que unos cuantos dólares.

La situación empeoró cuando dobló la mano y, con ella, la navaja. El dolor fue insoportable, solo superado por el shock de descubrir quién era.

No pude hacer nada al caer al suelo, sangrando abundantemente por una herida profunda que, sin duda, dañó mi riñón.

Vi la cara de mi estudiante mientras mi vida se desvanecía. Pobre chico: no sentí odio, pues creo que actuó movido por la ignorancia. Sus ojos reflejaban arrepentimiento.

-¡L... lo... lo siento! -balbuceó mientras intentaba ayudarme.

Fue irónico. Pero, ¿qué más podía hacer ahora?

Al cerrar los ojos, vi un fondo negro que ocupaba todo mi campo de visión. Cuando menos lo esperaba, los volví a abrir.

Ya no estaba en el estacionamiento; ahora me encontraba en una cueva, con una fogata frente a mí.

-Hola, bienvenido -se escuchó una voz.

Me sobresalté. Di un brinco, me puse de pie y di vueltas buscando el origen de esa voz. Algo extraño ocurría: podía ver más allá de la vista humana normal. Animales de caverna, insectos y criaturas desconocidas se dibujaban con una sombra rojiza tras los muros de piedra.

-¿H... hola? -balbuceé, con un miedo palpable que me erizaba la piel y me ponía en máxima alerta.

-¿Dónde estás?

-Estoy en tu cabeza. Soy tu guía y asistente; te enseñaré todo lo que desconozcas y desees aprender en este nuevo mundo -respondió la voz, confundiéndome aún más.

-¿Qué estás diciendo? -pregunté, confundido.

-¿Dónde estamos y qué me sucedió?

-Tranquilízate: moriste en tu mundo, eso está claro, pero reencarnaste en este.

Espero que esta información te sea útil.

-No... no del todo.

-¿Qué más deseas saber?

Me quedé en blanco; no sabía qué hacer, qué decir o qué preguntar.

Todo sucedía tan de prisa que no entendía nada: un mundo nuevo, mi propia muerte... sonaba irreal.

-Entiendo tus preocupaciones. Como tu guía, te diré todo lo que necesites y desees -respondió la voz en mi mente.

-¿Puedes leer mi mente? -pregunté, temiendo la respuesta.

-Y tú puedes escuchar mis pensamientos. Te sirvo a ti y solo a ti.

Ninguna otra persona podrá oír mi voz ni nuestras conversaciones en tu mente.

-Oh... -dije, resignado ante mi situación.

Me acerqué a la salida de la cueva. El viento y la nieve caían, dejándome ver con claridad que estábamos en una región septentrional del planeta.

Pese a las condiciones invernales, no sentía frío alguno; al contrario, mi temperatura se mantenía estable.

-¿Dónde estamos? -pregunté a la voz que afirmaba ser mi guía.

-En otro mundo, como ya te dije -respondió aquella voz, interpretando mal mi pregunta.

-No, eso lo sé. Hablo de la región específica de este mundo.

-Oh... estamos en el norte del continente de Acardia, uno de los dos grandes continentes, denominado informalmente por los locales "el Oriental". Concretamente, en el Imperio Visogo.

En este continente existen cuatro naciones principales:

El Reino del Gran Árbol, hogar de los elfos y enanos.

El Gran Pantano Verde, donde se asientan el Imperio de los Hombres Lagarto y clanes de orcos.

El Imperio Santo.

El Imperio de Visogo, hogar de los humanos y donde nos encontramos.

-Diablos, ¿a dónde sería prudente ir?

-Si soy sincero, quedarnos aquí es la mejor opción; si nos descubrieran, nos eliminarían de inmediato: nos consideran un nigromante.

-¿Qué...?

Mi voz se quedó quieta. Las palabras que nos dijo nos dejaron desconcertados. Salí de aquella cueva y caminé durante un tiempo indefinido en silencio.

Al avanzar, me topé con un lago que, pese al frío, parecía no congelarse.

Me agaché y me acerqué. Al mirar nuestro reflejo, descubrí que ya no era carne, sino hueso: un cráneo sin carne, sin pelo, sin nariz. Solo conservaba los ojos, que antes eran marrón oscuro y ahora eran negros con un punto rojo como pupila.

-¿Qué soy...? -pregunté, sin comprender del todo lo que sucedía.

-¿Qué vida estoy teniendo?

La voz no tardó en responder:

-Eres un no muerto, concretamente un no muerto de alto nivel, cercano a un nigromante pero aún por debajo de él.

Me quedé sin palabras. Todo me parecía irreal, como si estuviera dentro de un juego.

Nunca entendí ese tipo de juegos; mi oficio siempre me exigió estar pendientes de mis deberes. Mi único pasatiempo era coleccionar y disparar armas.

-¿Así que ahora soy un monstruo, como en esos videojuegos e historias populares de reencarnación? -pregunté mientras seguía contemplando mi reflejo.

No me reconocía; no entendía por qué ya no era humano. Desde el principio, ni siquiera sabía si seguía vivo.

¿Sería esta la famosa segunda vida?

La voz interior respondió sin demora:

-Así es. Ahora somos uno: si tú mueres, yo muero. Tus deseos, pensamientos, anhelos, gustos y razonamiento son nuestros, aunque podremos sugerir ideas si tú nos lo pides.

Me alejé del lago y miré a mi alrededor, buscando algo que ni yo sabía qué era, hasta que finalmente pregunté:

-¿Qué deberíamos hacer? ¿Tengo poderes mágicos como en esos juegos?

-Tienes habilidades -respondió inmediatamente la voz-, pero no las llamaría poderes... son habilidades mágicas. Posees algo llamado esencia mágica, parte fundamental de tu ser. La utilizas tanto para protección como para ejecutar hechizos. Al igual que en las historias de tu mundo, puedes aumentar tu esencia y elevar el nivel de tus habilidades o incluso aprender otras nuevas

-¿Qué habilidades tengo? -pregunté, con la curiosidad renovada.

Me acerqué a un árbol cercano y la voz interior habló de nuevo:

-Actualmente contamos con un total de diez habilidades, que son:

Regeneración instantánea

Anulación del dolor físico

Resistencia a todo estado anormal como hambre y sueño

Resistencias a veneno, temperaturas extremas y control mental

Detección de movimiento

Creación de no muertos

Control mental

Levantamiento de almas

Calabozo de huesos

Imitación de muertos

Todas se encuentran en el nivel más alto.

Me quedé sin palabras ante tanta información; no sabía si era algo bueno o malo. Lo único positivo era que no necesitábamos dormir ni comer... Creo que eso es bueno.

-¡Qué... qué buena noticia! -dije, aún sin comprender del todo su significado.

Unos gritos crecientes me alertaron: sonidos metálicos y un sinfín de sombras rojas se marcaban detrás de mí, como en medio de un enfrentamiento.

Me acerqué con cautela, y lo que vi me dejó perplejo: campesinos armados luchaban contra un ejército profesional.

Las espadas, las armaduras y seres con increíbles habilidades masacraban a los aldeanos. Parecía una insurrección mal planeada, por el caos que observaba y mi experiencia como historiador.

Entre la refriega, una figura resaltaba: cabello blanco, ojos rojos y un rostro casi perfecto. Emitía un aura asesina y, de no ser porque masacraba mujeres, hombres y adolescentes por igual, habría parecido una estatua viviente.

La curiosidad venció al miedo.

-¿Qué está pasando aquí? -pregunté a mi guía, ansioso por saciar mi sed de conocimiento.

-Estamos en el Imperio Visogo, donde ocurre una insurrección septentrional. El duque de la familia Krigs ha sido enviado por el emperador Benicio III para suprimir a los rebeldes -respondió la voz interior

Su explicación me dio claridad sobre los bandos, aunque solo calmó parcialmente mi sed de historia.

Observé con más detalle a un destacamento de élite:

Un guerrero con armadura pesada que masacraba a los insurgentes.

Una maga de capa y sobrepelliz púrpura que lanzaba esferas explosivas, disolviendo a sus víctimas.

Una mujer de orejas puntiagudas que gesticulaba con las manos y hablaba hechizos.

Una entidad luminosa que descendía del cielo, dejando polvo donde antes hubo un grupo de rebeldes.

Había otros combatientes, sin insignias imperiales:

Guerreros encapuchados.

Mercenarios con armaduras genéricas.

Luchadores que peleaban con puños desnudos.

-¿Y esos seres con habilidades? -pregunté, fascinado por su destreza.

-Se llaman Cazadores: aventureros agrupados en gremios que suben de nivel y adquieren destrezas con el tiempo -aclaró la voz interior-.

Este grupo es de rango "Oricalco", el Grupo Ju, compuesto por un guerrero, una elfa santa y una maga, cada uno procedente de distintos reinos.

Me quedé en silencio, reflexionando sobre la mezcla de poder y explotación que caracterizaba este mundo.

Pasé una hora alejándome; en ese tiempo los gritos y los choques metálicos cesaron. Cuando vi a un grupo de insurgentes huyendo despavoridos, los seguí sin ser detectado.

Llegaron a un claro del bosque nevado donde había un campamento improvisado para heridos y el resto de los rebeldes. Pese a mi curiosidad, me aparté lo más posible; no quería involucrarme en una insurrección... todavía. Aún debía entender mejor mi nuevo cuerpo.

Entonces recordé a mi "guía" y su extraño nombre.

-¿Tienes un nombre o prefieres que te ponga uno? -le pregunté a la voz en mi cabeza.

-Actualmente no poseo ninguno.

Puedes llamarme como gustes o simplemente "guía".

-Te llamarás Leónidas I -decidí-

A secas "Leónidas". ¿Te parece bien?

-Me parece bien.

A partir de ahora seré Leónidas I.

Pasó un mes. En ese tiempo aprendí a dominar mis habilidades y a comprender mi cuerpo. Me interné en una cueva donde hallé un sinfín de criaturas fascinantes; pese a su increíble poder, no lograban dañarme. Mi fuerza resultaba más que suficiente.

Aprendí a emplear mis cuatro habilidades más importantes:

Creación de no muertos: generar guerreros esqueléticos a partir de mi esencia mágica.

Control mental: influir en la voluntad de seres débiles.

Levantamiento de almas: reanimar cadáveres cercanos con su propia energía espiritual.

Calabozo de huesos: almacenar todas mis creaciones en un espacio-tiempo paralelo bajo mi dominio exclusivo.

Descubrí que la insurrección llevaba casi dos años en curso. Los rebeldes habían logrado paralizar buena parte de la extracción de hierro y carbón, pero habían perdido un sinfín de minas.

El emperador empleaba a los Cazadores para sofocar el levantamiento, aunque su fuerza principal siempre escapaba y se reagru­paba, a menudo aliándose con tribus locales.

Según Leónidas, la rebelión contaba con unos ciento cincuenta mil efectivos, mientras que el Imperio, pese a su superioridad numérica, solo movilizaba setenta mil soldados; por eso dependía en exceso de sus Cazadores.

Este tiempo me ayudó a reflexionar sobre mi nueva vida. Me sentía extrañamente cómodo en mi cuerpo óseo: no tenía ninguna obligación, ni necesitaba trabajar o cazar, pues no requería comer ni dormir.

Aunque mentalmente estaba agotado, al cabo de un mes salí a dar una caminata. En ese período había obtenido una nueva habilidad.

Leónidas la llamó Creación de Voluntad; me explicó que con ella podría formar objetos según mis conocimientos.

Con esa facultad creé una capa que recubrió todo mi esqueleto y aprendí otras habilidades menores pero útiles.

Al escalar una montaña, contemplé el panorama blanco que ahora era mi realidad.

-Qué hermoso -susurré para mí mismo.

Los árboles cubiertos de nieve, de alturas impresionantes, se alzaban entre cordilleras interminables. Respiré hondo -aun sin nariz- y sentí el aire recorrer cada uno de mis huesos: una sensación extraña, pero agradable.

Por primera vez me sentí vivo, pese a mi condición de no-muerto; hallé esta ironía tan cómica como fascinante.

El día tocaba a su fin. La noche se alzaba con un cielo oscuro salpicado de luces blancas que iluminaban el suelo.

El eco de las batallas resonaba aún en lontananza: la guerra civil en el Imperio Visogo continuaba. Esta vez, los imperiales habían cedido varias batallas clave, retrocediendo y perdiendo el control de minas vitales.

Impulsado por la curiosidad, entré en una mina de piedras mágicas. Según Leónidas, esas gemas sirven como potenciadores de habilidades, pero solo para seres mágicos -elfos, magos... y yo, un mago no-muerto.

Al franquear la entrada, me asombré por su magnitud. Entre los escombros yacían cadáveres de soldados. Me acerqué a uno, puse mi mano en su pecho y, con Levantamiento de almas, lo animé.

Su piel cayó a jirones, sus entrañas se reorganizaron mientras su cráneo volvía a formarse. Al ponerse en pie, sentí cierta incomodidad; no lograba habituarme a esa grotesca transformación.

Sin embargo, repetí el proceso con otros cien cuerpos dispersos.

En total, ya llevaba más de diez mil cadáveres reanimados: algunos eran criaturas que yo mismo había abatido, otros cuerpos hallados en el campo de batalla, tanto imperiales como insurgentes.

Cuando entré en la mina, vi un montón de cajas amontonadas con prisas, como si ocultaran algo valioso.

Me abrí paso entre ellas y, para mi suerte, encontré una pequeña bolsa de tela que contenía seis piedras mágicas. Solo conocía su función, pero no sabía cómo activarlas.

-Son piedras mágicas de alto nivel -explicó Leónidas-. Debemos consumirlas para que nuestro cuerpo las procese, eligiendo antes qué habilidad deseamos mejorar.

Una sola piedra de esta calidad otorga:

Diez niveles a la habilidad seleccionada.

Cinco mil puntos a nuestra esencia mágica.

Cuatro niveles a todas nuestras estadísticas básicas.

-¿Cómo las consumo? -pregunté sin ironía-.

¿Las ingiero por mi boca?

-Debemos colocarla en la palma y presionarla contra el pecho -respondió la voz interior.

-Entendido. ¿Qué habilidad debería mejorar primero?

-Te recomiendo comenzar con Escudo Mágico y Creación de No Muertos. Guarda las cuatro restantes para más adelante.

-¿Qué beneficios concretos obtendré? -insistí.

-Con la piedra en Escudo Mágico, subirá del nivel treinta al cuarenta, soportando invocaciones y ataques de un archimago.

Con la piedra en Creación de No Muertos, pasamos del nivel setenta al ochenta, desbloqueando la capacidad de invocar más de cuatrocientos esqueletos por hechizo:

Algunos de ellos serán esqueletos de nivel dos ciento, el resto de nivel noventa.

-Suena prometedor -aprobé.

-Además, nuestra esencia mágica ascenderá de diez mil a quince mil puntos, suficiente para lanzar nuestro hechizo más poderoso unas cuatrocientos veces.

-Tengo otra duda -dije-. Si uso una tercera piedra en Creación de Voluntad, ¿podré generar seres vivos?

Leónidas tardó unos segundos, y seguí adentrándome en la mina en busca de otro hallazgo. Al rato respondió:

-Correcto. Al subir de nivel veintitrés tres a treinta y tres, obtendremos la facultad de crear seres vivos y almacenarlos en el Calabozo de Huesos.

Con esa información, busqué un recoveco aislado para usar las piedras sin interrupciones.

Presioné la primera piedra contra mi pecho. Una luz cegadora brotó de mi mano; la gema se fragmentó en polvo, que se adhirió a mis huesos y se fundió con mi esencia.

Repetí el proceso con la segunda y la tercera.

Tras la tercera piedra, un cansancio intenso me venció.

Me senté y, pese a mi esqueleto, sentí el peso del agotamiento.

-Estamos sufriendo fiebre mágica -anunció Leónidas, lo que me alarmó.

Aunque había usado piedras antes, nunca tres de alto nivel seguidas.

-¿Tardará mucho en pasar? -pregunté, buscando aliento.

-Por nuestra condición de no-muertos... unas dos horas inconscientes serán suficientes.

-¡Qué mala suerte tengo! -exclamé, resignado.

-Tranquilízate: dormiremos de inmediato -me consoló Leónidas

Extrañamente, ya le había tomado mucha confianza, algo inusual para mi yo anterior.

Cuando mis ojos se cerraron, todo quedó en tinieblas; pese a mi habilidad de detección mágica, no sentí absolutamente nada.

Horas después desperté. Puse mi mano ósea sobre mi rostro: me encontraba algo mareado, pero ligero.

Una sensación de renovación recorrió cada hueso de mi ser.

Me apoyé en los muros de la mina y, al ponerme de pie por completo, acomodé mi capa y empecé a salir. Al asomar la cabeza, la tarde caía y la noche se alzaba.

Avancé por el bosque y vi rastros de sangre verde; enseguida comprendí de qué se trataba.

-Sangre de goblins -dijo Leónidas al detectar mi gesto de agacharme y tocar el líquido.

-No deben de estar lejos -respondí, al alzar la vista y distinguir sombras rojas entre los árboles.

Con cautela me acerqué. Mis pasos eran más leves tras usar las piedras mágicas; activé mi habilidad de invisibilidad y me oculté.

Lo que presencié fue grotesco: insurgentes masacraban a goblins; las hembras y crías caían decapitadas al instante, luego eran subidas a una carroza.

Otras eran arrastradas por grupos de hombres con obscenas intenciones.

Leónidas me había explicado que, aparte de su color verde y su estatura ligeramente inferior a la de un elfo, los goblins eran casi indistinguibles de aquellos.

Me horrorizó saber que, además de alimento por su supuesto sabor agradable, algunos las volvían esclavas sexualmente por su belleza.

La ira se encendió en mí. Sin dudarlo, emergí de mi escondite e invoqué cuarenta de mis no-muertos, entre ellos uno de nivel doscientos.

En un instante mis criaturas aniquilaron a los treinta insurgentes.

Un no-muerto imperial, con armadura y armas del ejército, alzó a uno por el cuello y lo lanzó a tres metros.

El herido, tambaleante, intentó atacar, pero mi invocación, con sorprendente agilidad, le seccionó un brazo.

El grito resonó tanto como el chorro de sangre que manó de la herida; acto seguido, el esqueleto hundió su espada en la tráquea rival y terminó con su vida.

El resto de mis súbditos óseos sofocó el asalto a la aldea goblin.

Los goblins sobrevivientes regresaron a sus chozas presa del pánico.

Algunos goblins me miraban inmóviles, sin saber si huir o esperar un nuevo acto de violencia.

Me quedé en blanco: había hecho lo que creía justo, pero no sabía qué hacer después.

En ese instante, un grupo de goblins con armaduras y armas se me acercó. Uno intentó atacarme, pero mi esqueleto más poderoso lo detuvo y lo lanzó diez metros atrás.

-¡Maldito! -exclamó un goblin, rodeándome con la espada alzada.

Otro goblin se interpuso para defenderlo:

-¡No, él no fue!

-¡No me voy a creer ese cuento de mierda! -refunfuñó el primero, apretando el puño alrededor del arma.

Los demás goblins repitieron la acusación, y los guerreros me miraban con desconfianza al enterarse del ataque humano. Cuando comprendieron la verdad, se quedaron desconcertados; sus expresiones reflejaban incredulidad. Yo no podía mostrar reacción... era un esqueleto, y en cierto modo eso me alivió.

Afortunadamente, todavía llevaba la capa que cubría mi rostro y mi cuerpo. Planeaba crear una más gruesa -además de ropa y un yelmo- para verme imponente; mi figura ósea, sin esas prendas, carecía de presencia.

Una voz interior me sacó de mis pensamientos. Al voltear, noté en el goblin una mirada más sosegada. Murmuró:

-Perdón...

No respondí con palabras; solo alcé el pulgar. El goblin pareció no entender el gesto.

Otros goblins del grupo reaccionaron de manera brusca, golpeando troncos y arañando el suelo; yo no entendía lo que sucedía.

El goblin que estaba junto a mí volvió a hablar:

-Perdón de nuevo. No pensábamos que fueras tú quien salvó nuestra aldea.

Lo miré directamente; su rostro reflejaba desconfianza y un atisbo de miedo.

-No te preocupes -dije, intentando aliviar la tensión.

-No creíamos que fueran los rebeldes quienes nos atacaron. Teníamos pactos comerciales con ellos... y así nos pagan, malditos -murmuró, apretando los puños con rabia y desviando la mirada al suelo.

La posibilidad no era remota. Conozco bien mi especie: aunque estemos en otro mundo, la humanidad sigue igual-odio, ambición y traición son rasgos universales.

El goblin alzó la vista y continuó:

-Esos hijos de perra querían matarnos para alimentar a sus tropas... maldito el día en que confiamos en ellos. Dicen buscar un mundo más igualitario, pero solo pretenden explotarnos, cómo el Imperio hizo con ellos. No sé qué es peor.

Pese a mis valores, no quería involucrarme más, así que di media vuelta y empecé a alejarme.

Entonces sentí una mano en mi hombro y, al girar, vi a una goblin con el rostro pálido por el miedo y la preocupación. Susurró:

-Po... por favor, ¿podrías quedarte aquí esta noche?

Me detuve y lo pensé: ¿sería mejor vagar bajo las estrellas o pasar la noche en un refugio seguro? Aun reacio a involucrarme, decidí quedarme. Al menos un lugar caliente valdría más que el frío del bosque... aunque no lo sintiera.

Durante mi estadía, presencié algo esencial: los goblins son constructores extraordinarios, además de sorprendentemente veloces.

En menos de una hora, todo lo destruido tras el asalto humano había sido reconstruido, como si nada hubiera ocurrido.

Un pensamiento cruzó mi mente: "Serían mano de obra perfecta para fábricas de armas". Aunque siempre fui un apasionado de la historia, los imperios y, sobre todo, las guerras, jamás imaginé cuán revelador resultaría este mundo. Siempre había soñado con forjar un imperio desde cero: un anhelo que parecía efímero en mi vida pasada, pero cobra fuerza en esta nueva existencia.

-La creación de una nación es posible bajo nuestro mando -declaró Leónidas, con ese tono que no sé si busca incitarme o motivarme.

-Mmm... ¿De dónde obtendremos soldados y armas? -pregunté, ávido de una respuesta más compleja que un simple "es posible".

-Nuestros soldados muertos serán tu primer ejército -respondió Leónidas-. Gracias a nuestras habilidades, podemos generar tropas ilimitadas. En cuanto a las armas, las forjarás junto a los goblins: controlar minas de metales y entrenar obreros convertirá este sueño en realidad.

La noche avanzaba y la choza que me habían asignado estaba perfectamente acondicionada: una puerta artesanal de madera servía como único acceso.

Me quité la capa. Bajo la luz temblorosa de las antorchas, mi esqueleto relucía en tonos crema profundo. Aunque llevaba ya más de un mes en esta forma, aún no me acostumbraba a ver únicamente hueso en mi rostro.

A pesar de todo, me acosté intentando conciliar el sueño -algo que no lograba desde hacía tiempo-. Me resultaba extraño no poder cerrar los ojos, pero lo intenté de nuevo.

Pasaron las horas sin descanso y, falto de sueño, me levanté, me cubrí con la capa y salí de la choza. El aire nocturno me envolvía como un manto frío, protegiéndome de la extraña soledad de mi condición.

Levanté la mano y la contemplé: no había articulaciones ni venas, solo hueso puro que confirmaba mi nueva realidad.

Opté por dar un breve paseo. El bosque nocturno estaba más silencioso que de costumbre. Aves exóticas y desconocidas revoloteaban entre los árboles helados, sus cantos ligero eco en la negrura.

Al detenerme, escuché sollozos a unos diez metros. Allí, tras un tronco, distinguí una sombra rojiza. Avancé con cautela y descubrí a una mujer sosteniendo el cadáver decapitado de un hombre: una ejecución sumaria.

Su llanto crecía con la intensidad de su desesperación. Sentí una punzada de pena y empatía: nadie merece morir así ni contemplar la muerte violenta de un ser querido.

Tras unos instantes, me aparté en silencio, regresé a la aldea, entré en la choza y volví a la cama, dejando que la noche transcurriera.