"La Mediocridad como Sagrado"

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Summary

"La Mediocridad como Sagrado" La región se viste de inocencia como un mendigo viste harapos: con la certeza de que nadie cuestionará el olor a podrido bajo la tela. Aquí, la mediocridad no es fracaso; es ritual. Se celebra en cada silencio cómplice ante los cuerpos anónimos en las carreteras, en cada risa nerviosa que sigue a la noticia del auto destrozado de algún funcionario. Nadie pregunta por qué. Nadie puede preguntar. Porque cuestionar sería romper el pacto: el pacto de que, mientras el fuego queme a otros, el humo no nos ahogará a nosotros. El campeón entre los caporales no habla. Observa. Desde la distancia que otorgan los años y los nudillos rotos, ve cómo la región se alimenta de su propia decadencia. Los najayotes del gobierno se pelean por sombras mientras las fosas crecen en la penumbra; los que pretenden comprar imperios con sangre lavada disfrazan su codicia de "progreso". Y la presidenta… Ah, la presidenta. La señalan por su piel morena, por sus manos agrietadas, por el peso de una edad que no es vejez, sino cicatriz colectiva. Nadie la critica por sus actos. La critican por existir. Porque en este teatro de mediocres, el crimen supremo no es gobernar mal: es recordarles a los demás que ellos son los cómplices. ¿Dónde está la inocencia que tanto alaban? No existe. Fue enterrada hace décadas bajo el mito de que "así son las cosas". La región no es inoce...

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"La Mediocridad como Sagrado"

La región se viste de inocencia como un mendigo viste harapos: con la certeza de que nadie cuestionará el olor a podrido bajo la tela. Aquí, la mediocridad no es fracaso; es ritual. Se celebra en cada silencio cómplice ante los cuerpos anónimos en las carreteras, en cada risa nerviosa que sigue a la noticia del auto destrozado de algún funcionario. Nadie pregunta por qué. Nadie puede preguntar. Porque cuestionar sería romper el pacto: el pacto de que, mientras el fuego queme a otros, el humo no nos ahogará a nosotros.

El campeón entre los caporales no habla. Observa. Desde la distancia que otorgan los años y los nudillos rotos, ve cómo la región se alimenta de su propia decadencia. Los najayotes del gobierno se pelean por sombras mientras las fosas crecen en la penumbra; los que pretenden comprar imperios con sangre lavada disfrazan su codicia de "progreso". Y la presidenta… Ah, la presidenta. La señalan por su piel morena, por sus manos agrietadas, por el peso de una edad que no es vejez, sino cicatriz colectiva. Nadie la critica por sus actos. La critican por existir. Porque en este teatro de mediocres, el crimen supremo no es gobernar mal: es recordarles a los demás que ellos son los cómplices.

¿Dónde está la inocencia que tanto alaban? No existe. Fue enterrada hace décadas bajo el mito de que "así son las cosas". La región no es inocente: es cómplice. Cómplice del que ríe ante la muerte de una mujer en Chihuahua porque "se le salió la sangre"; cómplice del que celebra el destrozo de un vehículo fiscal como si fuera justicia, cuando en realidad es solo otro eslabón de la cadena que nos une a todos. La violencia no llega de afuera. Nace aquí, en el silencio cómodo de los que miran hacia otro lado.

El campeón entre los caporales sabe esto. Por eso no grita. Por eso, cuando el revólver suena ¡PUM! en la distancia, no se inmuta. Ha aprendido que los disparos son el lenguaje de los mediocres: rápido, ruidoso, vacío. El verdadero combate no está en las balas, sino en el coraje de no doblar la espalda ante la mentira. Mientras la región se aferra a su farsa de inocencia, él teje hilos invisibles: un dojo donde los jóvenes aprenden que el arte marcial no es golpear, sino no convertirse en lo que odian.

Aquí, la mediocridad se vende como virtud. "Es que así es México", dicen los caporales mientras firman cheques con sangre seca. Pero el campeón sabe la verdad: no hay destino, solo resignación. La región no está maldita. Está dormida. Y el peor crimen no es el que cometen los poderosos, sino el que todos cometen al aceptar que así debe ser.

La presidenta no es la culpable. Tampoco lo son los que la precedieron. El culpable es el que, al leer esta página, piensa: "Sí, pero ¿qué puedo hacer yo?". Porque en este país de najayotes y héroes de redes, la verdadera cobardía no es actuar mal: es creer que nada importa.

El Fénix no renace por milagro. Renace porque alguien, en algún lugar, decide que las cenizas no serán su tumba. El campeón entre los caporales sigue de pie. No por fe. Por deber.

Pepito Díaz II 2025-VIII-5