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Summary

Kamila es una chica excepcionalmente competente que maneja múltiples trabajos gracias a la intensa educación de su sobreprotector padre, quien la ha preparado para ser perfecta. Sin embargo, tiene razones que la mantienen alejada de disfrutar de la comida y de socializar con sus compañeros, o con cualquiera en la ciudad, en general. Todo cambia cuando su padre recibe una queja de uno de sus empleadores, revelando que la perfección de Kamila no es tan infalible como parece. En un nada hilarante viaje de autodescubrimiento, Kamila y su padre deberán enfrentarse a la pregunta: ¿es realmente perfecta?

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1
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n/a
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18+

Perfecta

Llega a casa con pasos enérgicos y se detiene delante de la mesa de café de la sala. Abre una bolsita y del interior saca unas monedas y una tarjeta electrónica. Las guarda en un sobre y corre hacia el dormitorio que tiene la cama doble. Deja su “botín” en la mesita de noche adjuntada a la cama y sale de nuevo hacia el exterior. Cuando está a punto de irse siente una voz conocida.

— ¡Ya hice la cena!

Ella se gira y ve a un señor muchos años mayor que ella, con el cabello negro con mechas de betas blancas, saliendo de la cocina.

—Papá...— Responde. Sabe lo que significa y en lugar de irse entra de nuevo.

Unos minutos más tarde están ambos sentados a la mesa. Él tiene un plato lleno de comida, la cual devora como si no hubiera comido en años. La chica también tiene un plato delante de ella, pero no lo toca en lo absoluto.

—¿Cómo te fue hoy?— Pregunta el mayor sin levantar la mirada de su cena.

—Bueno... me fue bien... creo... — responde la chica con una voz apagada.

—¡No digas creo! ¡Habla con seguridad! ¿Te fue bien o no?

—¡Si, señor!

—No me llames señor, llámame papá…

—Está bien, papá…

— ¿Te vas a comer eso?

—Oh, no... Es todo tuyo... si lo quieres.

—Pásamelo. No se puede estar desperdiciando comida.— Estira sus brazos para alcanzar el plato. Pero retrocede y su expresión se vuelve inexpresiva. Luce pensativo. —Ah... a veces desearía que fueras normal…

Kamila le pasa el plato que tiene en frente a su padre, quien, le sonríe unos segundos antes de comer. Ahora, es ella quien no muestra ningún tipo de emoción en su rostro.

Más tarde, esa misma noche Kamila observa el entorno fuera de la casa desde su ventana. Siente los pasos de su padre guardando el “botín” y luego retirándose a su habitación. Ella no hace ningún sonido, sólo mira hacia arriba. La luna está visible en casi su totalidad. Parece un plato oval, enorme y vacío.

Un día ambos salen a la calle a hacer las compras.

—Tenemos que terminar rápido con estos mandados. Dentro de cinco horas tengo una reunión. No es importante, pero debo asistir... es para hablar sobre otro trabajo. Creo que te gustará. ¡Oh, ya hay disponibles unos capítulos de la serie que quiero ver!

Kamila se detiene por un momento. Los relojes de su cuerpo giran deprisa y cuando se detienen se coloca frente a su padre y habla de manera autómata.

—En línea hay varias aplicaciones donde puedes comprar los productos del súper y los llevan a la casa en tiempo récord. Para la reunión, en caso de no poder asistir de manera física, tengo una aplicación que te permite estar presente en forma de holograma. Estarías allí sin estar en realidad. Y en cuanto a la serie que quieres ver...— Kamila se detiene un momento con los ojos cerrados. Coloca sus manos frente a ella y mueve sus dedos como si estuviera presionando los botones de un teclado.— Ya, la serie que quieres ver, si recuerdo bien, está en el catálogo del canal…

—¡Kamila! Te he dicho que no hagas eso en público. Me avergüenzas. Siempre quieres tomar el camino más fácil. Estoy empezando a pensar que eres medio vaga. Las cosas se hacen como siempre se han hecho. ¿Tú conoces a alguien que tenga hijos que hablen y actúen así? Yo hasta ahora no conozco ninguno.

—Pero…

—¡Nada de peros! Toma un carrito y sígueme.

—De acuerdo, señor.

—¡Que me llames papá!

Kamila toma el carrito que está encima del montón y camina detrás de su padre. Se meten en la sección de comidas enlatadas y se choca con un niño que trae su tableta gráfica en la mano. El niño rebota hacia atrás y cae al suelo de un sentón. Tanto fue el impacto, que comenzó a llorar desconsolado. Kamila se acerca al niño y lo levanta. Luego le da palmaditas en la cabeza.

—Ya, ya...— Le dijo la chica con la voz más dulce que pudo simular.

—Pero niño, ¿tú eres tonto? Mira por donde caminas en lugar de...— El padre de Kamila frunció el cejo al ver al niño haciendo un berrinche.

—Oh, mira. Esto es hermoso...— Kamila había recogido del suelo el dispositivo electrónico del pequeño y se lo mostró a su padre. Tenía abierto un programa donde estaba dibujando algo que no podía nombrar.

—¡Como yo me entere de que mi hijo tiene una lesión, por culpa de ustedes, los voy a demandar!— Una mujer enojada sale de la nada a quejarse y a juzgar por su cara era familiar del niño.

—¿Eres la abuela de este mocoso? Tienen la misma narizota. Él fue el que chocó contra nosotros. Y está llorando como si tuviera el derecho de hacerlo.

—¡Soy su madre! ¡¿Cómo se atreve a insinuar que soy vieja?! ¡Por si no lo sabe, mi hijo ha ganado concursos de dibujo y es considerado un niño talentoso! ¡Si sus habilidades sufren luego de esto, los demandaré!— La mujer protestó y no pudo evitar cubrirse la nariz.

—¡A juzgar por el vómito abstracto que acabo de ver, supongo que hoy en día cualquiera puede ser considerado un talentoso! Pero de qué anda presumiendo si su nieto dibuja con tecnología. ¡Eso ni es dibujar!

—¡NO ES MI NIETO!

—No peleen...— Kamila usa un tono de voz tranquilizador para detener la discusión, lo cual por alguna razón obvia para otros no funcionó.

La señora hizo un escándalo mayor y llamó la atención de otros clientes. Para ese entonces el padre de Kamila había agarrado a su hija de la muñeca. Le quitó la tableta y la dejó en el suelo cerca del niño. Las venas de su frente se hicieron notorias y casi podían ver humo salir de sus oídos.

—Hay demasiada gente irritante en el mundo...— Suelta la mano de Kamila y luego mira hacia los expositores. —Ya no hay nada que pueda suceder que vaya a sacarme de mis casillas. Este es el límite.

Pero el padre de Kamila se equivocaba con creces. Los botones de los expositores dejaron de funcionar en el momento exacto en el que llegaba su turno para abrir la vidriera en la fila de la leche. El lector de código de barras se rompió y la cajera fue a buscar uno funcional. El bot asistente de la cajera se tropezó con su propia pierna y fue a agarrarse de la cara del padre de Kamila. La caja registradora no reaccionó cuando la cajera pasó su tarjeta para cobrarle y estuvieron cuarenta y cinco minutos más de lo previsto para arreglar el tema del pago.

—¡Qué manera de hacerme perder el tiempo!— Gritaba en medio de la calle cuando ambos regresaban a casa. Como si todos tuvieran que conocer su frustración. —Tanto que dicen, la tecnología ayuda, que si todo es más inmediato. — Dijo con un tono burlesco. — ¡Lo de hoy fue un atraso!

Kamila levantó la vista hacia su padre. Los labios de la chica se separaron pero apenas un pequeño sonido salió entre ellos. Las comisuras de sus labios permanecieron en línea recta junto con el resto de su boca. Sin embargo, un pequeño atisbo de tristeza cruzaba por sus ojos decaídos, o eso parecía. Inclinó su cabeza en dirección hacia el suelo y permaneció callada. Su padre estaba muy enfocado en su desprecio a las circunstancias como para notar la expresión de la joven.

Días después el padre de la chica estaba al teléfono, sentado en el sofá, que a su vez se encontraba en el patio delantero, con una mesita de noche enfrente de él. Sobre dicho mueble había un bloc de notas, algunos bolígrafos y notitas de diferentes colores.

—Por supuesto. Kamila con gusto estará ahí el miércoles a las 8:00 am. Déjame anotarlo…— Tomó un bolígrafo verde oscuro y escribió algo en la amalgama de garabatos que tenía regado en las hojas.

Kamila salió de la casa con un bulto de papeles amarillentos y los arrojó al suelo. Estaba vestida de forma en la que todo su cuerpo quedó cubierto por arapos. Sólo se le veían los ojos que estaban protegidos por gafas transparentes.

—Todo esto es para arrojar a la basura…— Dijo en tono neutro.

—¡Revisa bien ahí, no quiero que botes nada importante; como los papeles de la casa!

—No hay nada que valga la pena en ese bulto de porquerías…

—¡Tú entra de nuevo, que yo me encargo de echar un ojo a esto!

—No tienes ni que insistir…

Kamila regresa dentro de la casa. Agarra una escoba en cada una de sus manos y extiende sus brazos a los lados de su cuerpo, luego gira ambas escobas. Cuando el ritmo es el que espera lograr camina por toda la casa levantando polvo. El padre, quien había terminado la llamada, para conseguir otro trabajo a Kamila, adoptó una postura sobre su costado. Pero el polvo que su hija levantaba lo alcanzó en cuestión de segundos. A pesar de que se estaba tragando el polvo que llegaba hacia él, no hizo esfuerzo alguno por moverse de ahí. Una mujer que estaba cruzando del otro lado de la calle hacia él, al ver esa polvareda dio marcha atrás. Cuando las partículas de polvo se disiparon la mujer cruzó la calle.

—¿Aquí vive Kamila Sarra?

—¿Eh? ¿De parte de quién?

—¿Su cerebro no tiene la capacidad de responder una pregunta simple?

—¿Acabas de reclamarme algo que tú misma acabas de hacer? O mejor dicho, no hacer.

—Usted lo hizo primero… o no lo hizo… De todos modos, ¿es así como lidia con desconocidos?

—Por el tono de su voz me indica que no viene a dar buenas noticias.

—Eso es cierto en su parcialidad. Sin embargo, tomaré eso como una declaración de evasión de la responsabilidad que le corresponde.

—Ya me perdí en la conversación.

—Empecemos desde el principio. ¿Aquí vive Kamila Sarra?

—Se podría decir que si…

—Señor, usted está ya canoso, arrugado y bastante grandecito como para andarse con jueguitos.

—¿Qué es lo que quiere?

—Vengo de parte de la dueña del restaurante ``Mundo Marino´´. Kamila, hace dos días estuvo trabajando para nosotros. Hizo un excelente trabajo, como siempre. No sólo sirvió las mesas con gracia, también ayudó en la cocina.

—¿Pero? — Preguntó el padre de la chica anticipando que había algo más por decir.

—Pero todo el personal y los clientes notamos que hay una pequeña pero obvia falla en su hija…

—¡ESO ES IMPOSIBLE! ¡MI KAMILA ES PERFECTA! — Gritó el señor haciendo énfasis en el sonido de la “r” en ``perfecta´´.

—¿Me va a escuchar?

—¡Mi hija siempre participa en todos los trabajos que no pueden hacer ustedes, humanos promedio de esta ciudad! ¡Siempre lo hace perfecto! ¡Ustedes deberían arrodillarse e implorar por tener una pizca de sus habilidades innatas!

—Pero escuche… no me está prestando atención…

—¡Yo no tengo que oír estas sandeces, ni prestar atención a tus estupideces!

—¡Su hija no pudo lidiar con un cliente difícil que estaba sollozando!

—¿Me está diciendo que mi hija lo hizo mal, porque un llorón fue a hacerse la víctima y ella no cayó en su trampa? ¡Los llorones siempre son el problema! ¿Cuál es tu nombre?

—¡¿Usted por qué habla con tanta seguridad si ni siquiera estaba ahí?!

—¡Ni falta que me hace! ¡Conozco cómo es la gente! ¡¿Cuál es tu nombre, dije?! Si vas a venir aquí al menos ten la valentía de presentarte.

La mujer ya estaba un poco harta, de aquel hombre terco. Tal fue el disgusto que le dio la conversación que se encontró a sí misma inclinada hacia adelante, sudorosa, con los ojos casi salidos, las venas alteradas y una sensación de presión en toda la zona superior y trasera de la cabeza.

—¡Suficiente! En ``Mundo Marino´´ apreciamos la ayuda que nos ofrece Kamila. Sin embargo, mientras ella continúe mostrando esa falta de empatía ante las emociones ajenas, no le permitiremos tratar con los clientes. Tenemos una reputación que mantener y no lo tiraremos a la borda por una chica ``talentosa´´ a niveles sospechosos. ¡Mi nombre es Nemes y no te tengo miedo, viejo!

El padre de Kamila ya no gritaba, pero se resistía a participar en la conversación. Hubo un silencio incómodo entre ambos, hasta que la mujer giró sobre sus talones y se fue alejando poco a poco. Cuando el sonido de sus tacones se escuchaba a lo lejos, el padre de Kamila relajó su postura y miró a su hija, quien ya no levantaba polvo, sino que ahora arrojaba agua por toda la casa.

«Empatía, la única mierda que saben decir los jóvenes hoy en día. Y llorar es lo único que saben hacer.»

—Kamila… cuando termines, descansa. Hoy tendremos una noche un poco larga…

Kamila escuchó a su padre. No sabía si era orden o petición. No tenía planeado descansar en absoluto, pero eso fue lo que hizo. Pasaron las horas muy despacio, o por lo menos así le pareció a ella. Al no hacer nada más que ``descansar´´ le pareció ver el reloj moverse mucho más lento que de costumbre. Tal vez era por el hecho de estar desocupada y vigilante. Cuando por fin llegó la noche estuvo dando vueltas alrededor de su padre. Este parecía que no se iba a mover y a ella le dio la impresión de haber esperado tanto, sólo para que él se arrepintiera, horas después. Aun así no le dijo nada y prefirió esperar. Se comenzaba a impacientar de verdad, cuando sobre ella cae una capucha oscura.

—Ponte esto. Vamos a movernos ahora.

Caminan bajo el manto del cielo nocturno. La oscuridad de las tranquilas horas cercanas a la madrugada hace que el análisis de Kamila deje de ser uno que guía a la tensión y la preocupación y se convierta en uno menos pesimista. No percibe a nadie alrededor que pueda ser una amenaza, sin embargo, eso no hizo que ella bajase la guardia. Lo mismo se podría decir sobre su padre, aunque este por alguna razón, caminaba con rigidez y estaba alerta a lo que pudiese ocurrir. A la distancia, Kamila divisa una luz en la base de un edificio. Dentro, dos mujeres conversaban en voz alta. Una descansaba sobre el escritorio y la otra casi se caía de su asiento, por estar utilizándolo como hamaca. El padre de Kamila se detuvo en frente del personal que estaba de guardia. Su atención se centró completamente, en la persona que luego de caer del asiento, ahora se encontraba de pie.

—Necesito hacer una solicitud bastante normal. — Sin mucho entusiasmo dijo su frase, como si estuviera leyendo un folleto para un comercial.

—Ya no hacemos esa clase de cosas. — Le respondió la chica en el mismo tono insípido.

—Creo que no me ha entendido. Yo no le estoy pidiendo un favor. Le voy a decir a tu jefe.

—Usted tampoco ha entendido. Aunque esta es la hora acordada, de todos modos no se puede hacer mucho. Las conexiones han caído. Algunas personas deben mantener una imagen… y para que la imagen no sea falsa hay que aislar ciertas cosas. ¿O acaso el jefe no sabe lidiar con un poco de obstáculos?

—Oye, creo que no deberías decirle que no… Él es… es él…

Kamila y la muchacha que estaba sentada en el buró se miraron. La expresión de la segunda cambió a una enigmática. Su compañera de trabajo la miró expectante. Puso los ojos en blanco y sus cejas se juntaron en el centro, arrugando el entrecejo. Luego de unos minutos la que estaba en la mesa se levantó del asiento. Miraba a los otros tres como si sospechara de algo. Camina muy lentamente y al ver que nadie hace o dice nada se aleja.

—Voy al baño… a hacer una llamada.

El padre de Kamila y la otra mujer reanudan su conversación.

—¿Quién es usted?

—Eso no es importante ya…

El padre de Kamila recibe un mensaje en su celular. Hay un atisbo de algo nuevo en su mirada, una expresión que Kamila le vio hacer pocas veces y en ninguna ocasión le pareció algo agradable. De forma simple, era una expresión a la que ella le asociaba recuerdos negativos. El padre de nuevo dio la orden de cubrirse y ambos se adentraron a la aventura. Aún era de noche, la luna se veía más grande y llena que de costumbre. Sin embargo, para Kamila de todos modos lucía tan vacía…

Poco más de media hora transcurrió cuando llegaron a su destino. El padre de Kamila no era exactamente un buen conversador. Pero hoy estaba mucho más silencioso, para sorpresa de su hija. Todo el tiempo se la pasó iluminando la calle con el celular, mirando a todas partes y viendo seguido el mensaje que había recibido. Siempre abriéndolo una y otra vez. Kamila quería saber. Pero no se inmutó a preguntar. Fingía tener mucho menos interés, del que realmente tenía, en la situación. Cuando su padre era reservado con ciertas cosas, lo más probable era, que ni siquiera hiciese el más mínimo intento de hablar. Ni siquiera de evadir el tema con ingenio. Sólo hacía silencio y esperaba que con eso su interlocutor se diera por vencido. Cada situación es única y sólo por un evento del pasado que haya sucedido de esa manera, no debe ser motivo para que alguien se rinda, antes de siquiera intentarlo. Pero Kamila, en su actuar reciente, se rendía rápido cuando la cosa trataba de lidiar con su padre.

Entraron en un callejón estrecho. Él llamó a la puerta. Sus toques fueron bruscos y altisonantes. Se dio cuenta de ello y agregó unos toques más sutiles, como si eso corrigiera el escándalo de antes. Esperaron unos pocos segundos, que para ambos, fueron eternos. Una mano grande de muñecas delicadas, salió repentinamente por un agujero, cerca del manubrio que abre la puerta. Se movió frenética, de forma circular y cuando alcanzó el pomo de la puerta, la abrió de forma tosca y la puerta se movió hacia Kamila y su padre; a quienes golpeó.

—¡Disculpen familia, fue un accidente!

—¡Nosotros no somos tu familia!

Kamila no pudo evitar sonreír un poco, al percibir ser tratada en semejante tono familiar y despreocupado. Era refrescante. En la zona donde vivía, las personas solían ser muy distantes, debido a que eran comerciantes y personas de negocio en su mayoría y la zona era peligrosa. Había una especie de acuerdo no establecido de manera verbal, donde todos mantenían una barrera de distancia emocional. No podían, ni se atrevían a confiar en nadie. Eso era una puerta abierta, a sacrificar todo el duro trabajo, por el cual se habían esforzado tanto. Por no mencionar, la cantidad abismal de fraudes, robos y traiciones que tiene el historial de la zona.

Se adentraron en el lugar. Era un sitio oscuro, con uno que otro bombillo, que apenas iluminaban la habitación. A medida que avanzan, se encuentran cada vez con más extraños artefactos. No pueden nombrar ninguno de ellos. De arriba hacia abajo, estaba todo desordenado. Un bulto de cosas colgadas en clavos por allá. Un montón de chatarra haciendo bulto por ahí. Kamila casi se cae, al chocar con una pequeña montaña de objetos, que no vio, hace como nueve pasos atrás. Ella estaba emocionada y miraba todo con fascinación. El padre parecía estar horrorizado y reaccionaba a los tropiezos de su hija, con los nervios a flor de piel.

—!Este lugar es un basurero y me quedo corto! ¡Esto parece una pocilga! Pero en lugar de ser para puercos, es la pocilga humana.

—Ey... eso es cruel... A veces, es mejor conservar algunas cosas, en lugar de deshacerse de ellas. Nunca sabes cuando pueden servirnos, para una que otra cosita. Prefiero prevenir.

—¡Eso no es prevenir! Se pueden conservar algunas cosas, sin tener este... este... festival de porquerías.

—¿Entonces... eres tú el que consiguió la chica...?

—No necesito que hagas preguntas innecesarias.— Interrumpió al chico el padre de Kamila.

—¡Pues, yo no necesito, que hagas comentarios innecesarios, de mi humilde morada!

—Esta base secreta es como una búsqueda del tesoro…

El chico y el padre de Kamila se miraron con los ceños fruncidos. Ninguno entendió a qué se refería Kamila. Pero el muchacho, estaba un poco contento, de que por lo menos, alguien no encontrase su hogar asqueroso. O al menos eso fue lo que le pareció. Cuando se acabó el recorrido, el muchacho se dejó caer sentado, en una silla gamer, colocada delante de una mesa de gran extensión. Había una computadora, con una pantalla plana enorme, sobre la mesa y un reguero de comida chatarra, a lo largo de ella.

—¡Asqueroso!— El padre de Kamila ya no pudo aguantar la frustración.

—¡Deja de criticar y dime qué has venido a hacer aquí!

Kamila y su padre se sentaron frente al sujeto acaparador. Usaron un poco de sus “tesoros” para sentarse encima. A Kamila le brillaban los ojos, cuando veía la computadora del chico. Era enorme, tenía luces brillantes de colores. El resto de artefactos que él coleccionaba, también era tecnología brillante. Parecían incubadoras. Tal vez eran otra cosa. Pero por algún motivo, que ella no podía comprender, se sentía cómoda ahí. El padre, por su parte, tuvo que hacer un poco de silencio, para tranquilizarse. A él no le parecía acogedor en lo absoluto, el sitio. Inclusive, se preparó mentalmente, para que una cucaracha le rozara la mano, o que una rata gigante caminara alrededor de ellos y los acechara. Cuando se sintió lo suficientemente amenazado y listo para reaccionar, decidió hablar de sus razones para estar ahí.

—Necesito empatía.

—Vaya, es la primera vez que escucho a alguien decir eso y tiene tanta razón...

—¡NO ES PARA MÍ, TONTO! ¡ES PARA ELLA!

—Usted no aguanta un chiste, ¿eh? Mire, tome. Para que se endulce la vida.— El muchacho agarra una de las bolsas de chucherías y saca una galleta de chocolate, con doble crema y le da un baño de algún otro tipo de crema dulce.

—¡¿Estás tratando de hacerme daño psicológico y afectar mi salud al mismo tiempo?! Aleja esa cosa rara de mí o me tomaré el atrevimiento de romperte la cara y los dientes.

—Ay, que agresivo... Usted es violento. Me dio miedo...— El chico agarra su celular.

—¡Ya no pierda más tiempo, idiota!— El padre de Kamila se lo arrebata y lo tira en la primera montaña de cosas apiladas que vio. —Yo debería ser el que te denuncie por tratar de envenenarme y no cumplir con las leyes de salubridad básicas.

—No se amargue tanto. Las arrugas de la risa son más lindas, que las arrugas de la amargura…

—¡Ya no te desvíes del tema! ¡Quiero que le instales a Kamila una función, para que tenga empatía!

El muchacho deja de mirar al padre para prestar atención a Kamila. Ella se pone un poco nerviosa al ser vista de manera insistente.

—Ella ya tiene emociones…

—Las finge, pero no las siente del todo. Y yo… no me importa, emociones… Yo quiero que tenga empatía. Lo que ses que signifique eso.

—No…

—¡¿Cómo que no?! Yo no he venido desde tan lejos sólo para escuchar…

—No puedo instalarle empatía como tal, pero puedo hacer algo cercano a eso... ¿Pero, qué gano yo al hacer algo tan indebido y complejo?

—Tengo mucho dinero…

—Voy a fingir que no escuché eso…

—¿Qué quieres?

—Voy a instalarle un dispositivo para que ella pueda escanear las expresiones faciales, lenguaje corporal y el tono de voz de las personas para que se almacene esa información. Supongo que podría también darle acceso, si es que no lo tiene, a internet para que pueda tener más datos sobre inteligencia emocional.

—Si, haz todas esas cosas raras que dices.

—Eh... Raras... Como sea. También le pondré un código para que tome acciones. No sólo identificar las emociones es suficiente. Debería ser capaz de imitarlas y hacer algo al respecto para ayudar.

—Eso es lo que me hace falta que haga.

—Pero no es tan sencillo. Necesito que tú pongas de tu parte. Es importante. Si te saltas ese paso es como si yo no hubiera hecho nada.

—¿Cuánto dinero quieres?

—¿Qué?— El chico entrecierra los ojos y luego sigue su propia línea de la conversación, como si el padre de Kamila no le hubiese dicho nada. —Usted debe mostrarle a ella lo que es la empatía. Es algo sencillo.

El padre de Kamila lo mira con los ojos puestos intensamente sobre él. Está esperando a que le diga, que todo es un chiste, o una broma estúpida. Pero el muchacho no dice nada en absoluto. Sólo se queda ahí parado en frente de él esperando una respuesta afirmativa, probablemente.

—¡No tengo tiempo para esas tonterías!

—¿Qué tonterías? Es algo sencillo. Sólo tienes que mostrar cómo tratas a las otras personas. Es todo.

—¡No quiero hacer eso! ¡No voy a hacer eso! ¡No soy ningún tonto sentimental!

—No entiendo por qué dice eso. Nadie ha hablado de sentimientos. ¿Es que no sabes cómo funciona la empatía?

—¡Suficiente! ¡Haga eso que dijo que iba a hacer y ya no me molestes!

—¿Lo va a hacer?

—¡Ya no pierdas más mi tiempo!

—Ja, ja, ja, ja... ¡Qué molesto es este sujeto!

—¡Pienso lo mismo de ti!

Kamila observó a su padre y al otro chico. Estaba acostumbrada a no dar su opinión nunca. Pero había algo dentro de ella, que le pedía emitir un criterio. Ella pensaba que no era necesario desarrollar empatía. Ni siquiera sabía por qué su padre de la nada quería que eso sucediera. A ella le parecía estar bien así. Si acaso tal vez le sería suficiente con responder de manera más “humana” a las emociones de otras personas. Sin embargo, no sería una empatía genuina. ¿Pero, acaso eso importa? Kamila, sin lugar a dudas, no es humana. No es necesario que ella aprenda a imitar a los humanos en este aspecto. La chica también notó que el muchacho se dio cuenta de que el padre de ella no es exactamente un buen ejemplo de “humano” en cuanto a inteligencia emocional se refiere. Por lo que ella no iba a aprender a empatizar. No quería y su padre no la iba a ayudar. Eso estaba bien para ella y le daba una especie de tranquilidad. Pasaron toda la noche, mirando cómo el sujeto de la computadora enorme, movía cables, pequeños artefactos, tecleaba y miraba su gran pantalla. Llega el amanecer, el padre de Kamila ronca como tronco. Se ve bastante cómodo, para estar acostado en una pila de cachivaches amontonados y propensos a que un vector les pase cerca. Kamila sigue despierta. Está sentada junto al sujeto, observando lo que hace. Él se gira y encuentra el rostro de ella casi pegado al suyo. Los ojos de la chica parecían soltar chispas al mirar su trabajo.

—¿Qué sucede?

—¿Tú... de verdad nos estás ayudando?

—¿Por qué preguntas eso?

Kamila no dijo nada más. Sólo suspiró y se alejó mucho del muchacho. Pudo poner su enfoque en mirar a través de una pequeña ventana. Kamila pensaba sobre ciertas cosas. Se preguntaba por qué los humanos crearían a alguien como ella, si ellos mismos son capaces de hacer muchas cosas. Sin embargo, ella no admiraba a nuestra especie ni en lo más mínimo. Pero le fascinaba pensar cómo unas criaturas, que en sus inicios fueron como cualquier otra bestia, habían llegado tan lejos y aún continúan innovando, para ir aún más allá.

—Esos mentirosos son increíbles cuando quieren…

El padre de Kamila despierta en su cama tamaño rey. Recorre toda la habitación, decorada con piedras preciosas y llega hasta la puerta. Baja por los escalones de mármol alfombrados y cruza el portal hacia el patio delantero. Extiende sus brazos y un sirviente retira su capa morada. Luego camina y se lanza con delicadeza a la piscina suave, llena de billetes dorados. Nada hacia abajo, luego sube, da una vuelta. Hace una acrobacia a la perfección y se recuesta, florando. Abre los ojos y ve unos pies andando con pasos suaves y un poco tímidos. Es su hija, Kamila. Vino a decirle algo pero él no la puede escuchar. De todos modos, eso no importa, porque todo está bien. Se recuesta de nuevo y mira a su hija con orgullo. Ella le sigue hablando. Pero no llegan los sonidos a sus oídos. ¿Qué se le va a hacer? Unas manos rojas aparecen repentinamente desde detrás de la chica. La agarran y le clavan las uñas en el torso. Luego salen más manos, esta vez son escamosas y moradas. La agarran de los brazos y las escamas se entierran en su piel artificial y empieza a hacer corto circuito. Otro par de manos, azul oscuro, le agarran de la cabeza y le rompen el cuello. Las chispas se expanden más y hay un sonido pequeño de explosión. La chica luce descompuesta y mueve los labios. Se puede escuchar débilmente susurrar: “papá... ayúdame...” Las manos se llevan a la chica, cada par a un lado distinto. El padre temiendo de que rompan a su Kamila corre en la piscina de billetes pero no se mueve de ahí. Estira su brazo, pero es inútil. La chica cada vez está más lejos y el padre en su mismo sitio. Él también mueve sus labios, siente vibrar sus cuerdas vocales hasta que se inunda toda la habitación con el desesperado sonido de su voz…

—¡KAMILA!— Grita a todo pulmón, sólo para luego sentirse avergonzado al notar que acaba de despertar en el mundo real y su hija está justo en frente de él.

—Señor. ¿No durmió bien?

—Señor… papá, estoy aquí…

El padre de Kamila se queda inmóvil durante un tiempo. observa a los otros dos en frente de él. Lo miran con cara de sorpresa y desdén. Él les devuelve la mirada con la misma expresión y se rasca para ocultar su sonrojo.

—¡¿Qué no dan comida en esta casa?!— Cambia de tema inmediatamente. Hace todo lo que puede para deshacerse de inmediato de la vergüenza que siente. —¿Y qué es lo que están haciendo ustedes?— Señala el hombre a los cascos de moto que llevan puesto superficialmente en la cabeza su hija y el otro sujeto, los palos y las libretas amarradas en sus pechos.

—¡Esto fue idea de su hija!

—Es que... nunca había hecho antes algo así y me dio curiosidad...— Murmuró Kamila y desvió la mirada hacia sus propios zapatos.

—¡Ya tuve demasiado! Aléjate de él. No voy a permitir, que te meta ideas raras en la cabeza.

—¿Qué?

—¡Tú...! A tí te pago para que le pusieras empatía, no para que hiciera cosas infantiles.

—Ya está instalado... Nosotros hicimos todo el trabajo mientras tú estabas dormitando y... haciendo ruidos guturales raros de orco soñando.

—¿De verdad? ¿Está hecho?— El padre olvidó los insultos del otro sujeto y se dirigió a Kamila con ambas manos hacia adelante. Las colocó en las mejillas de su hija y la apretó un poquito de manera juguetona. —Kamila... ¿Crees que algo ha cambiado en ti?

—Eh... Pues no me siento muy diferente a antes.

—Está bien. Tal vez es algo gradual y no inmediato. ¿Cuánto te debo?— Preguntó al chico con una cara seria.

—Nada…

—¿Qué? La gente no hace cosas gratis…

—No me debes nada... ahora... será mejor que desaparezcan de mi vista. Pronto empezará el trabajo por el que si obtengo remuneración.— Dijo de forma despreocupada mientras mira su reloj.

—Bien... Más te vale que esto no sea una bromita tuya y que hayas hecho lo que te he pedido...— El padre de Kamila quería dejar de forma clara que el otro sujeto no le inspira confianza. Sin embargo, se mantuvo callado hasta que estuvieron él y su hija bastante lejos. —A veces me da la impresión de que todos te quieren llevar lejos de mí. Te voy a cuidar mejor. Estarás protegida, de la manera más eficiente.

—Ya veremos qué sucede cuando avance el experimento... y no hagas nada de lo que se te dijo. — El muchacho se sienta frente a su máquina y abre una ventana con unos datos donde aparece la foto del padre de Kamila. — Como me apasionan los misterios y aquí tenemos esta situación intrigante. Así que, Darek... no tienes esposa ni registro de niños de sangre... y hace poco en un test saliste no apto para adoptar... es más, lo tienes prohibido... Pero Kamila... ¿de dónde salió ella? Es ilegal tener una de esas… ¿Tendré que buscar a los que me enviaron el...? —Habla para sí mismo mientras lee toda la información que tiene en la pantalla. Busca de arriba a abajo cualquier cosa que pueda haber pasado por alto, algún detalle... —Interesante…

—No se preocupe por nada. ¡Mi hija es perfecta! Ha sido criada por mí, por supuesto.

Kamila estaba cansada de escuchar semejante estupidez, un día tras otro, en los momentos donde su padre parece estar de “buenas” con ella. La chica estaba empezando a notar un patrón en el comportamiento de su padre. Uno inesperadamente emocional. Para ella era algo bastante raro de creer. Su padre se las daba de tipo rudo, al que le cuesta acceso a su lado más… humano de su ser. Le costaba bastante aceptar que ese lado de él existe. Pero no podía negarlo. Su padre dejaba guiar sus decisiones, en base a sus emociones. En momentos como el actual, donde Kamila no hacía alguna cosa, que él pudiera encontrar fastidioso…

—Kamila. Recuerda que eres diferente de los otros. No eres como la gente de hoy en día. Ellos lo dejan todo para después. No avanzan en nada y ya se van a descansar. Se rinden ante la más mínima muestra de resistencia. Tú eres diferente. Tú vives para tu familia y eso es lo más importante.

Ese tono de voz, ese endulzamiento temporal del comportamiento. Esa especie de señales que despiertan su intuición. Esa cantidad de halagos sin sentido. Cuando todo era de esta manera, le parece estar viendo a su padre acercarse a ella, con una mano oculta. En la palma, le parece estar viendo el temperamento de su padre encerrado entre los dedos. Desde dentro de su puño, por donde se desborda y cae al suelo como líquido rojo…

—Por esa razón he decidido dejar que trabajes tú y yo voy a ser tu representante.

Por primera vez Kamila sintió algo y no fue agradable. Era una especie de peso colosal cayendo en picado hacia abajo, de la manera más rápida, en el fondo de su estómago. Ella jamás había sentido esto. No era bueno y lo sabía, pero no podría poner en palabras el por qué. Si la sensación es sí era terrible, pues fue peor cuando trató de encontrar en su cabeza una explicación lógica. Lo único que podía hacer para saber de qué se trataba, era buscar en la base de datos. La única explicación que encontró, era que ella pensaba mal de su padre. Ella sentía cosas negativas hacia el hombre que la adoptó y le dio un hogar.

—Ya verás que nos va a ir mucho mejor y con el tiempo iremos a una mejor ciudad, donde podamos disfrutar de mi… digo, nuestra fortuna.

Pero la chica continuaba sin escuchar. Pese a su naturaleza sin emociones, ella ahora estaba sintiendo muchas cosas, las cuales eran imposibles de disfrutar. Le causaban pesar y mucha culpa. Si al lugar dentro de su cabeza debería darle un nombre sería ``El Carnaval de la Desgracia Infinita.´´ ¿Era ella una malagradecida? Después de que aquel hombre le diera techo, una vida diferente a ser sujeto de experimentos y no estar todo el día dentro de un laboratorio. Experimentar la naturaleza, conocer los tipos de personas que hay en el mundo, divertirse, porque si, hubo un tiempo en que fue así… Todas esas cosas las había obtenido al ser adoptada. Aunque… por otro lado… se preguntaba cómo es que, de todas las demasiadas cosas que hay en el mundo, esas tenían que ser las de valor.

—Has estado todo este tiempo con esa cara agria. Deberías mostrar un poco más de emoción, cuando obtienes un trabajo nuevo.

—Los bots no tienen emociones. No me pidas algo tan estúpido.

Kamila cubre su boca al escuchar sus propias líneas. Ella podría jurar, que no estaba escuchando el monólogo que estaba teniendo su padre enfrente de ella. No es como si ella realmente tuviera temor a lo que su padre pudiera decirle. Eso para ella siempre fue lo de menos. Lo que siempre sucede. A lo que se debe adaptar. El verdadero problema, era qué tan lejos podría escalar la discusión. Ella es una bot. Tiene una base de datos respaldada, por lo que hay en internet. Puede aprender y aplicar en segundos desde cómo manejar una discusión, hasta hacer un movimiento de lucha que deje inconsciente a su oponente. Pero ahí es donde está el problema. Ella de sobras sabe que su padre no cederá fácilmente y cuando está un poquito irritado, ya no entiende las razones. Pero ella como robot, debe proteger a su padre y la sociedad cumpliendo ciertos principios básicos conocidos.

—Oye, ¿cómo te atreves?

—Lo siento, señor…

—Llámame papá…

No podía llamarlo papá. Antes no quería hacerlo, al no poder sentir ese vínculo, con el sujeto desconocido que la había adoptado. Ahora no podía hacerlo, porque aunque sentía algo, no se le podía llamar a eso conexión emocional. Más bien se sentía como una pequeña detección de peligro. No lo suficiente como para adoptar una fase defensiva emergente. Pero lo suficientemente mala, como para vomitar. ¿Pero qué iba a vomitar? Si Kamila ni siquiera ``come´´. La mente de la chica, se inundaba de tantos tipos de pensamientos, al mismo tiempo, que surgió de repente un nuevo ``miedo´´. Temía mirar al sujeto al que debía llamar padre y recordar. Que en su cabeza desfilaran memorias, con interpretaciones negativas del actuar de aquel sujeto. Temía que todo se volviese tan malo, que fuera irreversible. Ella sabe, que alguna manera efectiva, debería encontrar, para comunicarse con el sujeto en frente de ella, para llegar a un acuerdo.

Por más imposible e iluso que pareciese, debería hallar el modo.

—Lo siento... papá...— Kamila dijo por primera, vez con una voz medio quebrada. Tapó su boca para no escucharse a sí misma. Como si la acción en sí eliminara cualquier recuerdo sonoro.

—Kamila... ¿qué es ese drama? ¿Te sientes mentalmente bien?¿Te estás volviendo anormal?— Toma a su hija del brazo y acercó sus ojos a los de la chica. Quiere saber si ella tiene lágrimas.

Kamila intenta evadir la mirada de su padre a toda costa. Este estado emocional es, tan poco familiar para ella, como para él. El padre le da un jalón de brazo tan tosco, que a ella no le queda más remedio que ceder. Sus ojos están secos, como era de esperarse. Pero a un volumen muy bajito, se podía escuchar provenir de Kamila, unos escasos sollozos. Al padre no le gustaba eso. A Kamila mucho menos. Pero ninguno de los dos sabía qué hacer. Estuvieron unos cuantos minutos mirando al vacío, incómodos. El padre suelta a Kamila y la deja ir. Ella se va a la calle a toda prisa. Él la observa por la ventana. No la detiene. Sus mentes están en blanco.

—¿Qué le hizo ese sujeto a mi Kamila?— El padre analiza de nuevo, lo que recuerda de los sucesos, de cuando llevó a su hija por un poco de empatía.

A él no le agradaba mucho la idea de pedir eso. Pero si no lo hacía, cabe la posibilidad de que en algunos trabajos, comiencen a prescindir de los servicios de Kamila. Él no puede permitir eso, por dos razones. La primera, para el padre de Kamila, el dinero es dinero y está bien ganarlo de manera que va acorde de sus principios moralistas. El segundo, pero no menos importante es que él nunca pierde. Incluso si pierde, en su cabeza, él gana. Y no va a perder contra la mujer de “Mundo Marino” que se le acercó el otro día para hablar pestes acerca de su Kamila. O al menos así lo piensa él. Entrecierra los ojos, cuando, por sus recuerdos pasa la imagen del sujeto y le dice que debe mostrarle a su hija, la empatía viniendo desde él. O algo parecido recuerda... Eso lo hace sentir enfermo, asqueado... No, él no iba a hacer semejante cosa. Eso para él era mostrar debilidad y perder el tiempo, no una habilidad básica necesaria para la sociedad o sentirse bien. Aunque él no dijo nada, nunca estuvo dispuesto desde el principio. Si Kamila iba a desarrollar empatía, que se las arregle como pueda, por su propia cuenta.

Tres días han pasado desde entonces. Kamila ahora tiene más empleos que antes. Hoy primero, fue a limpiar el teatro que queda frente al parque. Tendrían una función donde algunas personas importantes del gobierno, harían presencia y la peculiar velocidad y eficiencia de Kamila al limpiar fue más que bienvenida. Está demás decir lo impecable que quedó aquel sitio, a una velocidad récord. El personal pudo darse un pequeño descanso, antes de abrir las puertas al público. Incluso invitaron a Kamila a hacer una pequeña celebración por la novedad, pero ella se rehusó y se fue.

—Ella siempre rechaza las celebraciones, juntas de comidas y cosas como esa...

—Hay algunas personas así...

A toda prisa llegó Kamila a su siguiente trabajo. Esta vez fue a “Mundo Marino”. Cuando cruzó el umbral de la entrada, su paso cambió a uno refinado, con una postura elegante. Fue a la cocina y tomó unos cuantos platos, ya servidos en sus brazos y cabeza. Memorizó hacia donde debería entregarlos y dio marcha hasta los comensales. Nemes, la mujer que había ido a casa a hablar con el padre de Kamila, la estuvo observando y siguiendo desde que la vio, en la esquina de la cuadra. Sus ojos, atentos a cualquier fallo. Pero Kamila atendió a los clientes con una sonrisa “honesta” en su rostro. Cuando el lugar se vació de tanto ajetreo, la chica entró a la cocina a ayudar, pero rápidamente la mujer la detuvo.

—¡Detente ahí! ¡Un momento! No voy a permitir que toque la comida, alguien a quien nunca he visto comiendo u opinando sobre la comida de algún lugar. Ni siquiera hablas de la comida de tu casa. No sé qué clase de cosas sospechosas hay en ti y tampoco voy a averiguar. Pero cuando las encuentre... “¡Se los dije!” Le diré a todos que sabía que había algo raro en ti.

Kamila no tenía ganas de lidiar con las rarezas de esa persona, a quien apenas recordaba y se giró para salir por la entrada.

—¿Por qué eres así? Ella sólo estaba ayudando…

—Ella tiene alguna cosa extraña... lo presiento... No... Te aseguro que es así.

Kamila llegó al siguiente sitio. Era una empresa. La gente parecía sorprendida y contenta al verla. Bueno, por lo menos los empleados. Porque ella se saltó la enorme fila de personas que estaban sentadas esperando su turno. A ellos no les dió mucha euforia su presencia. Parte del personal tuvo que levantarse, a tranquilizarlos y explicarles que ella era una empleada de medio tiempo. A Kamila la guió una mujer algo mayor, con un semblante poco entusiasta.

—Llegaste dos horas antes...— Le dijo en un tono bastante poco emotivo.

La versión de Kamila anterior hubiera dejado pasar desapercibido el mensaje. Pero con su nueva información dejó escapar una sonrisita de medio lado. Kamila detectó, detrás del intento de ocultar toda emoción, en la voz de su guía, que estaban satisfechos con su llegada mucho antes de lo acordado, a pesar de su tono neutro. Cuando terminaron de caminar, Kamila se encontraba, en una oficina algo especial. No había absolutamente nadie ahí. La persona que la llevó se fue de inmediato. En la habitación, sólo pudo entrar Kamila, quien cerró la puerta detrás de ella y la bloqueó. Ya dentro, se sentó frente a una computadora. Abrió varias ventanas a la vez. Alejó su vista y con sus ojos abiertos e inexpresivos, escaneó toda la información en la pantalla. Le tomó medio minuto terminar. Hace como que se acomoda el pelo y lo pone hacia adelante, cubriendo toda la parte del pecho y las piernas con su cabello largo y negro. Luego se baja la parte superior de su vestido, abre su abdomen como si tuviera un par de puertas ahí y conecta dos cables en uno de los tantos puertos que tiene en esa zona. Se puso a teclear con mucha precisión, a pesar de la velocidad anormal, al presionar cada botón del teclado. Cuando terminó, tocó uno de los relojes de su flequillo. Desconectó los cables que tenía en el estómago. Se cerró el torso, levantó su vestido, se echó el cabello hacia atrás y salió de la oficina. Volvió a tocar su reloj, cosa que hizo que acelere el paso. El resto de empleados se despedían de ella con los ojos abiertos.

—¿No se ha vuelto ella más rápida que antes?

Kamila al escuchar su observación, le dirigió un saludo con la mano y una sonrisa. Cosa que hizo que todo el personal, también se despidieran de ella.

—También se hizo más amable…

—Escuché que su padre es muy estricto con ella…

Kamila tocó de nuevo su reloj y negó con la cabeza. Cuando salió del edificio se detuvo en la parte de la calle donde se supone que manejan los que tienen bicicletas. Se puso en posición de arranque y se permitió correr por esa vía, a una velocidad, un poco más rápida de lo que deberían ir las personas. En otras ocasiones ella hubiese evitado hacer esto. Pero como nadie parecía sospechar nada sobre ella, se lo permitió. Percibe que, las personas, parecen pensar que ella es una especie de superdotada o bien, que la educación de su padre fue lo suficiente especial, como para convertirla en alguien extraordinaria. Sea lo que esté sucediendo, le parece mejor así. Aunque aún controlará, el no pasarse de la raya. No quiere que nadie sospeche. Detiene su paso frente a otro edificio. Esta vez fue a aquel sitio, donde fue con su padre, a escucharlo tener una conversación “inútil” con una de sus trabajadoras, el día que le instalaron... algo. Ella ya no estaba segura de cuál fue la actualización que le pusieron. Si tuviera que ponerle una descripción sería debilidad. Pero, ella no iba a dejar, que ese tipo de debilidad que valoran algunas personas, le detuviera. Entró a las oficinas. Cuando fue a sentarse a esperar, un muchacho la reconoció de inmediato y la invitó a pasar.

—¿Kamila, cierto? Por aquí…

Kamila hizo una reverencia y siguió al muchacho hacia un ascensor. Entraron por el frente. Cuando llegaron al piso en cuestión, el elevador se abrió por la derecha, donde Kamila estaba recostada y se cayó. El muchacho no se había dado cuenta y cuando vio a Kamila perder el equilibrio fue a ayudarla y él también cayó en el suelo. Luego se alarmó, porque el ascensor podría cerrarse en cualquier momento y de la forma más torpe que pudo, rodó a Kamila sobre el suelo. La chica estaba tratando de contener una risa. Las personas torpes siempre le transmiten cierta relajación. Pero hasta ahora nunca lo había notado. Su círculo social solía ser muy limitado y lleno de personas estrictas. El muchacho la ayudó a levantarse... o mejor dicho, lo intentó. Porque cayó junto a ella, cuando la tomó del brazo. Hizo otro intento y se chocó la rodilla contra la homóloga de la chica. Ella reía del dolor... ajeno e intentaba levantarse. De repente, sintió un sonido de baja frecuencia ó tal vez era una voz lejana en su pendiente blanco, con forma de luna, que lleva siempre en la oreja derecha. El sonido era apenas perceptible, pero lo encontró molesto. Kamila se mantuvo bajo control para dejar de reírse, no reaccionar a la voz y levantarse. Así hizo y luego cargó en sus brazos al muchacho y lo puso de pie.

—No hay tiempo para tonterías.— La voz le cambió de risueña a una autoritaria.

—Si, vamos a la sala.— Respondió el muchacho algo avergonzado y rascó sus rizos de color cenizo.

Caminan por un balcón interior, donde se ve la planta principal del piso de abajo, lleno de personal uniformado. A Kamila le pareció que daban vueltas sin sentido. Entró detrás del muchacho a un salón de reuniones. Cuando Kamila llegó cerca de la pizarra, el muchacho cierra la puerta, quedándose fuera. Kamila toca el botón verde del dorso de su mano derecha. Sus ojos se encienden, de color rojo y escanea en la pizarra, la serie de imágenes a su derecha y la pantalla. Luego se pone a escribir en una fórmula y ella misma la resuelve. Toma un bloc de notas y escribe a gran velocidad un montón de especificidades. Arranca esas hojas, las tritura negando con la cabeza y lo reescribe de una manera más simplista. Siente la puerta abrirse, pero no pierde la calma. Examina que no está en una situación comprometedora. Cuando la puerta se abre de golpe, ella mira impasible hacia fuera.

—¡Ajá!

—¿Tú otra vez?

—Dije que te atraparía y lo hice. Ninguna persona normal podría haber resuelto eso tan rápido. Entraste hace minuto y medio. No le pudo alcanzar el tiempo para entrar, analizar, resolver, escribir y seguir escribiendo.— Dijo Nemes.

—A penas estoy terminando...

—¡Hay algo raro en ti y lo acabo de descubrir! Sólo me hace falta nombrarlo...

—¿Soy súper dotada?

—Más que eso. Tú no eres humana... y lo probaré.

—No se de qué hablas. Soy más humana que tú... Mírate, toda obsesionada.

—De hecho, eso me hace más humana que tú… Pero no estoy obsesionada, sólo tengo la razón.

—Perdón, Kamila. Ella me empujó… lo siento, pero no puedes estar aquí… ¿Por qué llevas el uniforme de la empresa?

Kamila joroba el cuello de forma anormal y mira el reloj de su pecho.

—No tengo tanto tiempo. Adiós...— Se despide con un gesto de mano y salta por la ventana.

La otra chica y el muchacho corren hacia la ventana donde Kamila saltó y la ven estrellarse contra el suelo, percibiendo un sonido metálico, en el momento que el cuerpo de la chica, impacta contra el suelo.

—Creo que se rompió algo…

—¿Lo oíste? Dime si lo escuchaste.

—Eh, yo…

—¡La voy a exponer! Sabía que había algo raro en ella.

—¿Porque le tronaron los huesos? Eso es normal.

—¡No es normal tener huesos de metal!

—De hecho, hay personas con prótesis.

—¡Sabes que no estoy hablando de eso!

Kamila corre por el jardín del edificio, salta la cerca, a pesar de que las rejas están abiertas y llega hasta la acera. Toca de nuevo el reloj de su cabeza y sale disparada a toda velocidad. Detrás de ella, va la chica grabando lo inhumanamente rápido que va Kamila. Para su desgracia, Kamila siente otro cosquilleo de baja frecuencia, en el oído derecho, toca su reloj y corre a velocidad normal; por lo que el video sólo tiene, apenas dos segundos, de Kamila corriendo disparada, antes de detenerse.

«La velocidad promedio de una persona corriendo es de 15km/h. Hazlo de esa manera.» Piensa con otra voz.

—¡Finge todo lo que quieras! La mentira tiene patas cortas.

El muchacho las observa alejarse y toca su micrófono.

—Ahora mismo se acaba de ir Kamila. Si, esa misma. Si... ¡TE ESTOY DICIENDO QUE ELLA MISMA ES, ESCÚCHAME! Hay que ser discretos o saldrá a la luz.— Dijo con una gota sobre su frente y las cejas arqueadas desde el centro hacia abajo.

La chica sigue a Kamila por la calle, con determinación.

«Correr detrás de ella es inútil, debo cambiar de táctica.»

Su mente es un maremoto de pensamientos, como revueltos en una olla con agua hirviendo. De repente cae al suelo y una lágrima sale. Dice con voz temblorosa:

—Me lastimé...

Kamila se detiene y mira hacia atrás. Pero niega con la cabeza y reanuda su camino.

—¿No me vas a ayudar? Tú nunca ayudas a las personas, incluso los haces llorar. Como esa vez en el restaurante. ¿Acaso no tienes empatía?

Los gritos de la chica hicieron detener a varios peatones, quienes dirigieron la mirada a la situación.

—¡Ella es un robot! No tiene empatía.

—Hay personas que tampoco tienen empatía y no son robots.— Dijo un señor mayor. —Como la que solía ser mi esposa…

—No sé cómo se llama esa chica, pero todos la conocen por aquí. Ella siempre está ocupada haciendo varios trabajos y le estás haciendo perder el tiempo con tu llanto patético.— Dijo una señora en sus cuarenta y ayudó a la muchacha a levantarse del suelo.

—¿Ves?— Dijo el señor mayor de antes.

—Si tengo empatía, pero es selectiva. Tú me caes mal.— Kamila se dirige a Nemes.

—¡Ella tiene huesos metálicos! ¡Puedo probarlo!

—¿Cómo sabes que no es un Cyborg?— Pregunta un niño todo emocionado, al que la mayoría de adultos miraron de manera juzgadora.

—¡No es un Cyborg!

—Mírale los brazos, tiene marcas verdes, un reloj en el hombro y uno en la cabeza. Aunque, yo también los usaría… Si mi madre me lo permitiera, me pondría antenas en la cabeza.— Continuó hablando el niño, volviéndose a ganar miradas de desaprobación.

—A lo mejor son prótesis. ¿Te molesta que alguien use prótesis?— Cambió el tema de conversación una muchacha joven.

—¡No! ¡Es un robot que está siendo usada para hacer dinero en trabajos normales! No es justo para los humanos que despiden para poner a un bot a hacer ese trabajo.

—¿Te molesta que su padre sea rico?

—¡No! ¡¿Por qué no lo entienden?!

Kamila se acerca a la chica, ya levantada, sus ojos escaneándola. Hace una respiración profunda y luego levanta la mano.

—Entiendo que estás pasando por un momento difícil en tu vida y que la actitud de las personas alrededor te está afectando. Sé que sólo estás expresando tu frustración y está bien que lo hagas, no me ofende. Es importante reconocer que no puedes controlar el comportamiento de los demás. Pero sí puedes controlar cómo reaccionas a él. Un consejo que podría ser útil es que, en lugar de dejar que la frustración se acumule y te lleve a desahogarte conmigo de manera negativa, intentes encontrar formas saludables de manejar tus emociones. Esto podría incluir hablar con un amigo o familiar de confianza, practicar ejercicio o meditación, o incluso buscar ayuda profesional si sientes que no puedes manejar la situación por tu cuenta. Además, es importante establecer límites claros con tus compañeros de trabajo. Si sientes que te están tratando mal, es fundamental que se lo hagas saber de manera clara y respetuosa. Puedes decir algo como: “Me siento incómodo cuando me hablas de esa manera. Me gustaría que me trataras con respeto”. Recuerda que tienes derecho a ser tratado con respeto y dignidad en tu lugar de trabajo. No tienes que tolerar maltrato o desconsideración de nadie.

—¿Ven? ¡Está hablando como los bots que tienen inteligencia artificial; son frases de apoyo, genéricas!— Grita por encima de Kamila, mientras la otra continúa su explicación. —¡¿Y qué tienen que ver mis compañeros de trabajo en esto?!

—Está bien, puede que ahora no estés dispuesta a aceptar ayuda. No tienes que forzarte a sentirte mejor y hacer algo que no quieres…

—¡Otra respuesta genérica, te estás exponiendo!

—Ella sólo te está ayudando. Deja la obsesión.

—¡Ah, claro! Creen que ella es perfecta...

—Nosotros no dijimos...

—Pues, ustedes deben saber que las personas no son perfectas y si ella lo es demasiado, es porque es un robot.

—¿Otra vez con eso?

—Esta chica está mal.

—Muy mal. Está obsesionada.

—Obsesionada es poco...

«Puede que creas que estás ganando, Kamila... Admito que tienes algún nivel bajo de empatía... Pero no debería estar desarrollado en lo absoluto. Con ese padre, no me extraña. Seguramente tampoco sabes regular tus emociones... Puedo usar eso...»

—Kamila... Tu padre te explota para hacer dinero fácil. No te trata como la humana que finges ser... ¡Nadie ve eso, menos yo! Estoy tratando de ayudarte, en realidad...

—Oye... No deberías... Quiero decir...

—Vamos, es una ciudad pequeña. Todos sabemos lo que está pasando aquí. Pero nadie hace o dice nada. Todos se callan.

«¿Realmente está preocupada por mí o sólo está fingiendo?» Kamila retrocedió un poco.

—Él es un vago. Te deja todo el trabajo a ti... Los bots fueron hechos para ayudar a los humanos. Pero tú, una supuesta humana, no tiene por qué aguantar todo eso. Probablemente estás viviendo con burnout... si fueras humana, estarías demasiado cansada... Tendrías reprimidos tus propios deseos, metas, cosas que tú quisieras hacer, pero no reconoces.— Dijo la chica acariciando el cabello de Kamila mientras oculta sus dedos engarrotados en su cabeza.

—Ah... Hay familias que son así.

—¿Familias así, eh? ¿Qué egoístas son los humanos, no? Pero tú eres diferente. No puedes ser egoísta porque fuiste creada para obedecer a la raza humana... No eres egoísta, Kamila. Pero tampoco hay bondad genuina en ti, como sucede con las personas. Sólo sigues comandos... ¿Verdad, Kamila, por qué no dices nada?

—Eh... Yo...

—¿No había una ley de la robótica que decía que un robot no debe permitir que un ser humano sufra daño? ¿No eres tú un ser humano sufriendo?

—Yo no...— Kamila se pone las manos en la cabeza y se inclina hacia adelante. Un montón de pensamientos inundan su cabeza.

«Casi digo que no soy un humano.»

«¿Tal vez lo soy?»

«Me siento mal.»

«No quiero volver a casa.»

«¿Quiero hacer esos trabajos diariamente?»

«No debo permitir que hagan daño a humanos, a mí… Pero yo…»

Un último pensamiento llegó de manera explosiva al escuchar esa voz conocida tan característica.

—Mi Kamila, ¿qué te está haciendo ese monstruo? Vine porque no apareciste en tu otro trabajo y me preocupé...

«No quiero volver con él.»

El pendiente de luna en la oreja de Kamila titiló varias veces, en sincronía con el reloj de su cabeza. Kamila sintió una jaqueca aguda en el centro de sus neuronas electrónicas.

Desde su habitación en los suburbios, el chico que había instalado su lado emocional, se sentó con la cabeza pegada al monitor. Tocó unas teclas mientras transpiraba de los nervios y los ojos de Kamila se apagaron un poco.

El padre de Kamila agarra a su hija del brazo y se interpone entre la otra chica y ella.

—Mi Kamila, mi perfecta hija. ¿Qué te hizo este intento fallido de especímen humano?

—¿Vieron cómo se expresa? Eso significa que sabe que ella es un bot. Él menosprecia a los seres humanos y cree que la chatarra es mejor.

—¡Mi hija es una humana perfecta! La única cosa inservible aquí eres tú, Nemes. ¡Métete en tus propios asuntos!

—¡Miren, un padre narcisista en toda regla!

—¡Vuelve a la cloaca, donde perteneces!

«No peleen...»

Kamila sube sus manos desde su cabeza y las extiende. La otra chica se acerca más a Kamila y casi que la agarra del brazo; pero debido a un gesto torpe por parte de ambas, Kamila accidentalmente le da una palmada en la cara, con el lateral de la mano y la chica cae al suelo.

—¡Es violenta! Me golpeó. La sociedad no aprueba a la gente violenta, te demandaré por daños. ¡Pero como no eres una persona, simplemente fallaste como robot!

Las personas que la rodean ignoran a la chica. Sin embargo, no pasa desapercibido que algo en Kamila ha cambiado. Con sus dedos en forma de picos, está ahora caminando con pasos ligeros y lentos hacia el sujeto al que quiere que ella llame padre; quien cambió su postura de brazos abiertos, a una más cautelosa. Se inclinó hacia atrás y acercó sus manos a su propio cuerpo.

—¿Kamila?

El muchacho desde su pantalla se jalaba los pelos. Volvió a teclear algo y los ojos de Kamila se abrieron. Su mirada, que antes estaba vacía ahora expresaba unos ojos endurecidos, con el cejo muy pronunciado al fruncirlo. Su postura se volvió más inclinada hacia adelante y aceleró. El muchacho, desde su casa se levantó y trató de teclear de nuevo, pero sus dedos se quedaban inmóviles. No estaba seguro de lo que ella estaba planeando, sólo quería que el tiempo se detuviera, para organizar mejor sus ideas. El padre de Kamila salió corriendo, lejos de su hija y esta activó su reloj, fue a por él y la otra chica se abalanzó sobre ella y le encajó un punzón. Lo agarró por el mango y abrió toda su piel; revelando un montón de circuitos color verde metálico. Kamila de un puñetazo se la quitó de encima y le pateó la cara con sus zapatos de tacón.

—Me tienes harta...

Las personas de la multitud se asustan. La mayoría corre, otros llaman a la policía. Pero el padre de Kamila sólo permanece de pie, mirando a su antes preciada hija con esa cara de decepción, la que ella tanto estaba evitando ver dirigida hacia sí misma.

Sin embargo, ya no le importaba…

Kamila se lanzó hacia aquel hombre con los dedos en forma de garras. Las agujas de los relojes de la chica se movían frenéticos. Los nervios verdes que se le veían en los brazos brillaron con un tono neón. Se volvió rápida, ligera y le atacó la cabeza. El hombre la agarró de los brazos, endureció sus músculos y estuvieron forcejeando un tiempo. Durante ese lapsus el hombre no pudo resistir mucho, pero Kamila no tenía forma de cansarse. Los arañazos de la chica, llegaron con más fuerza de lo normal, al rostro del sujeto. Él trató de no quejarse del dolor, cuando sintió que se clavaban como grandes pedazos de vidrio. Dolía, si. Pero era más doloroso para él, ver cómo su preciada obra de arte, se convirtió en una bestia fuera de control. Si no hacía algo pronto, iba a terminar muy mal. Por su mente, pasaron los recuerdos que él más apreciaba: comer al lado de su hija; la cara de alegría cada vez que ella llegaba, luego de haber terminado la jornada laboral; la entrada de billetes, que ahora se convirtió en una fiera… El sujeto sacudió la cabeza y de un empujón tiró a Kamila hacia atrás, pero esta no se cayó.

—¡Ya no voy a hacer lo que tú quieres! No soy tu cajero automático…

—Oh, vamos, Kamila. Hasta la tecnología más simple sabe que su función es servirnos a nosotros, los humanos. Ustedes existen gracias a nosotros. Nos deben la vida.

—No…

—Soy tu padre…

—Eso no te da el derecho de decirme cómo vivir. Ahora soy alguien totalmente individual. Con mis propias emociones, experiencias y…

—Kamila, no es cierto. Todas esas cosas que tienes, son programas de simulación.

—¡Cállate! Soy diferente de ti, así como hay personas muy diferentes de otras. Es sólo otro mecanismo, soy otra forma de vida, que es válida. Una forma diferente de ser…

—Kamila, ¿sabes el disparate que estás diciendo?

—¡Es lo que me mantendrá a salvo de ti!

Los ojos de Kamila centellearon de furia y algo dentro de ella, la impulsó a arremeter contra el sujeto en frente de ella. Pero él se adelantó y la agarra del cuello para detenerla. La chica levantó su rodilla, apuntó a su ingle, pero un error la hizo chocar con una de las costillas de ese hombre. Una nueva sensación de satisfacción en el interior de Kamila apareció, cuando sintió el sonido del metal, estrellándose con el hueso de su padre. Él se agachó por el dolor y sus manos se aguparon en la zona adolorida. Pero Kamila no había terminado con él. Le agarró una de las manos y le dobló la muñeca…

—¡Tú, monstruo!— Exclamó él entre jadeos y lloros.

—¿Yo soy el monstruo? ¿Te crees que la única forma destructiva de maltrato es la física? Oh, no. La tuya es mucho peor. No sabes cómo me han inundado muchas malas emociones, recordando todas las cosas que has hecho, para que yo haga lo que tú quieras. Todos tus comentarios pasivo-agresivos, las indirectas al aire. ¿Sabes qué duele más y por mucho más tiempo que un golpe? La culpa, el resentimiento, la impotencia. El no poder responder a tus amenazas sutiles, porque te finges “amable”, porque están disfrazadas de elogios. Antes no podía sentir esas cosas. Pero ahora, cayeron todas de golpe. Yo sólo te lo estoy traduciendo en físico. Pero, créeme, no le llega a la sombra lo doloroso que es. Así que te aguantas.

—¡Socorro!

Un ruido aleteante muy fuerte y creciente se siente desde arriba. Viene acompañado de un fuerte viento, que levanta todo el polvo del suelo y bloquea la visión. El muchacho, que antes se había caído al salir del ascensor cae del cielo, toma a Kamila del brazo, la jala hacia él y la rodea con su saco de la oficina. Una escalera baja y se aguanta de ella. Le ofrece su mano a Kamila y la ayuda a subir antes que a él.

—¡Necesitamos que todos ustedes permanezcan calmados! Ya nos encargaremos de la situación.

—¡Hemos llamado a la policía y no vienen!— Grita una señora, aguantada en un poste.

—Nosotros nos encargaremos de todo, por favor, confíen en nosotros. Ese sujeto irá a la cárcel.— Dijo señalando al padre de Kamila.

—¿Yo...?

—Se levantarán cargos por tener un robot, lo cual es ilegal en nuestra ciudad; enriquecerse a costa del bot y sobreexplotación. Además, este robot ha incumplido las leyes de la robótica.

—¡Ajá, lo sabía! Todo este tiempo... algo raro había...

—¿Qué sucederá con mi hija?

—Kamila será destruida. Como dije, ha incumplido las leyes de la robótica…

—¡No puede hacer eso, ella es perfecta! ¡Kamila, espera!

El padre de Kamila subió las escaleras para seguir a su hija, hasta el helicóptero. El muchacho subió detrás, con una expresión entre harta y de alivio.

Tres días luego de lo sucedido, hace una mañana fría y nebulosa. El muchacho de rizos cenizos, sale de un auto lujoso negro y entra a un hotel cinco estrellas. Sube a la habitación más grande y decorada, la cual abre con una tarjeta magnética.

—Señor presidente…

—¿Sabes? Las recepcionistas no me reconocieron antes y tuve que ir a donde está ese independiente. Creo que por eso pasó todo este asunto raro…

—Ya la gente parece haber olvidado aquella situación. Quiero decir, aún se habla de ello, pero nadie espera verlo a usted, ni a Kamila, de nuevo. Deje ver cómo le quedó su cara.

—Es perfecta.

—Bueno, vamos afuera a teñirle el cabello.

—Vamos.

—Veo que ha practicado bien su nueva voz. Pero debería dejar de decir su frase “es perfecta”. Podría...

—Tranquilo, nadie lo notará. Además, a partir de ahora sólo lo diré delante de mis subordinados. De los que saben…

Caminan por el pasillo y se cruzan con otras personas, que también llevan el uniforme del muchacho. Cuando suben al ascensor, una chica, que tiene el cuerpo cubierto hasta el final de las extremidades, por el uniforme de la empresa, los saluda con una reverencia. Tiene una larguísima cabellera color azabache amarrada hacia arriba en una coleta que le cubre el lado derecho del rostro.

—¿Perfect...? ¿Kamila?

—¿Eh? Me confunde, señor. Mi nombre es Chyle. Trabajo aquí hace muchos años.

—Ah, es verdad. Es que te pareces a alguien que conozco...

—¿De verdad? ¿La conociste...? ¿Tú crees...?

—¿Eh?

—Nada, que tenga buen día, señor.— La chica reanuda su postura hacia el frente y hace una expresión monótona.

El muchacho abre una puerta y detrás de ella, está una señora un poco mayor que los invita a pasar. Lo sientan en una silla especial para peluquería y la señora mezcla algunas sustancias de colores.

—Señor, le presento a Meena.— Dice mientras toma un brazo delicado pegado a un cuerpo femenino y la acerca.

—¿Meena? ¿Tiene esa actualización?

—No sólo la tiene, sino que también ha sido entrenada.

—Perfecta.

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