El cementerio
Es la peor noche para estar viviendo la peor noche de mi vida.
Si el mundo fuera un lugar justo y los fenómenos atmosféricos tuvieran empatía el tiempo coincidiría con el humor de las personas, es decir, con el mío. Tendría que estar desencadenándose una tormenta eléctrica, un tornado o, como poco, la calima que lleva todo el verano asfixiando la isla debería convertirse en un torbellino de fuego y polvo sahariano que arrase cuanto se cruza en su camino. Me conformo con un tsunami provocado por un pequeño meteorito al caer en mitad del océano. Tampoco pido tanto.
Es el primer día del verano en el que se puede respirar sin riesgo a acabar asfixiada con el ardiente polvo en suspensión y las temperaturas bajan de los treinta y dos grados a la sombra. La ciudad entera está aprovechando para recuperarse de un mes de noches sin dormir y las calles están vacías. Reina una calma casi absoluta, rota por el suave murmullo de las olas a lo lejos y los furiosos golpes del mortero.
Tener la espalda desnuda y los brazos apoyados contra la hierba húmeda de sereno es casi orgásmico, lo único que conseguirá que valga la pena la bronca que me espera por venir con una camisa sin mangas y la espalda al aire. Es un cambio que apenas supone tardar cinco minutos más en guisarme en mi propio jugo. Sigo llevando pantalones largos y botas de caña alta, todo de piel de muda. Es resistente, flexible, duradera y transpira muy mal, así que estoy cubierta de una asquerosa pátina de mi propio sudor. Puedo sentir las gotas abandonar mis poros de forma lenta e ininterrumpida, para secarse con la brisa cargada de salitre y crear una costra que me deja la piel reseca y pegajosa.
Pensándolo mejor, no es una noche tan buena y tampoco competiría por ser la peor de mi vida, ni siquiera de la última década. Es solo que soy una idiota envidiosa.
Gael, mi compañero de fatigas por esta noche, está de pie a unos pocos pasos alegrándome con sus lloros. El peso de su frustración ayuda a que disfrute de los pequeños placeres que se me presentan a la vez que dificulta un poco que me regodee en la mía en condiciones. Lo uno por lo otro.
Es alto y muy guapo, algo que prefiero ignorar, aunque son su carisma y su encanto natural los que mantuvieron su cama ocupada en sus cada vez más lejanos tiempos de soltería. Tiene la piel canela, una mandíbula ancha bien rasurada que aprieta con tanta fuerza que en cualquier momento se le saltará un diente, ojos oscuros que un día normal tendrían un brillo pícaro que se acentúa si te mira a través de su pelo del color de la arcilla mojada, rizado en las puntas, y unas manos grandes y fuertes por las que siento una insana fascinación. A sus veinticuatro años es el carnífice más veterano de la agencia.
Está nervioso. Trabaja en el nicerobino sobre una mesa plegable en la que se amontonan de cualquier manera paquetes con los ingredientes ya pesados y medidos de antemano. Aunque él ha decidido usarlos según su criterio y ninguno que ya ha usado está vacío del todo... si no se cuentan los que ha desparramado sobre la mesa y el suelo. Ese caos, reflejo del que debe tener en la cabeza, contribuyó a que se olvidara del aceite de linaza hace unos veinte minutos, añadiera más agua para aligerar la pasta arcillosa y ahora, tras descubrir el error y vaciar la botella mientras maldice entre dientes como un buen cristiano, no sabe cómo espesarlo. Un error de principiante con prisas cuando ni es lo primero ni tenemos de lo segundo.
Sus atrayentes y callosas manos tiemblan como las de un colegial en su primera cita. Disfruto tanto como sufro por cada error que sigue cometiendo, bálsamo y herida a la vez, no siempre en ese orden ni en cantidades equiparables.
Sobre mi cabeza se extiende un cielo de terciopelo negro salpicado de brillantes bengalas de potasio, capas y capas de ellas, indistinguibles unas de otras, perdiéndose en la distancia. Mi atención se centra en las tres que tengo más cerca.
—¿Sabes qué es lo peor? —continúo sin dejar que su falta de interés me desanime—. Da igual las veces que vuelva, sé que le dejaré meterse en mi cama porque… joder, ¿a quién no le gusta encadenar orgasmos? —me pellizco el puente de la nariz con dos dedos—. Después empiezan los problemas. Los espasmos no borran que sigue siendo el mismo gilipollas que…
—¿Te importaría cerrar esa bocaza tuya durante cinco minutitos de nada para que pueda pensar? —me espeta Gael con una brusquedad impropia de él—. Y levántate, quedarte ahí tumbada ociosa en lugar de hacer tu trabajo es una grave falta de profesionalidad por tu parte.
Pueden acusarme de muchas cosas y poco profesional ni está en la lista ni se la espera. Hay un tope de tiempo que alguien puede dedicar a pasearse alrededor del círculo de luz que proyecta la lámpara de suelo como si fuera un perro de presa al acecho antes de aburrirse y en mi caso eso es la mitad de la media del grupo de impacientes patológicos. Eso no significa que haya estado ociosa. Solo intento hacer la interminable espera más llevadera.
Abro los ojos. Un cielo turbio me saluda con solo algunas pequeñas nubes y una luna gibosa menguante colgada en una esquina, teñidas de un feo color amarillo rojizo por los restos de una calima que parece no querer esfumarse. Mi tapiz sigue en su lugar, una ligera gasa en la que cuelgan las estrellas móviles que representan la magia que sostiene a los muertos vivientes, superpuesto al mundo físico.
Estamos en la zona vieja del cementerio, que está cubierta de un desorden de lápidas y cruces invadidas por la maleza que se sostienen por la fuerza de la costumbre. Las que se sostienen. Quienes están enterradas aquí murieron mucho antes del Despertar y las carnífices y el personal del cementerio que se ocupa del mantenimiento mínimo somos las únicas que rondan por aquí. Si obviamos a las residentes.
La falta de iluminación y senderos intentan lo que muros y rejas todavía no han conseguido: mantener bien lejos a las idiotas que encuentran divertido pasearse por un camposanto cuando cae el sol y evitarles una muerte horrible e innecesaria. Suelen subir por el ligero desnivel que lleva hasta la playa, que da justo a la parte menos amable del cementerio, tras llegar a ella con más de una botella, quizás algo más fuerte también, encima. Antes de Maritza bastaba pisar la playa durante la noche para encontrar una muerte segura. Eran tiempos mejores, más sencillos y con mucho más trabajo.
—¿Estamos picajosos hoy o solo nos sentimos suicidas? —me levanto con la gracia natural que me caracteriza—. Si me callo te comen y no cobro —estiro el brazo para coger mi guadaña, apoyada contra una lápida e igual de aburrida que yo de la espera—. ¿Por qué tardas tanto? Se supone que esta es la parte más fácil.
—Porque los simples mortales necesitamos algo de preparación antes de llevar a cabo la clase de cosas que otras criaturas más privilegiadas son capaces de conseguir con desearlo —sé que es un halago, sin importar que los nervios hagan que tanto su tono como su lenguaje corporal puedan ser considerados como insultantes—. Ahora cállate, aunque solo sea para que una mínima parte de tu perturbadora vida sexual no quede grabada.
Llevo toda la noche evitando deliberadamente mirar al piloto rojo de la cámara que, montada sobre un ridículo trípode, apunta a la mesa plegable y la lápida que tiene delante para que Maritza sepa con exactitud qué salió mal cuando acabemos. Gael consiguió hacerla desistir del dron con imágenes en tiempo real y viendo el desastre me alegro de que lo hiciera. Hasta su marcapasos tiene un límite.
Esta noche estamos aquí para poner a prueba su trabajo. Años de conjeturas, investigación y pruebas convergiendo en un pequeño milagro que revolucionará el control de los cementerios… Por parte de los seres humanos, que es lo que importa. Si Gael consigue sacarlo adelante. Que no parece probable.
Maritza no está aquí por haber cometido un crimen imperdonable: pedir permiso.
Si se hubiera limitado a venir al cementerio, preparar el nicerobino y hacer ella misma el ritual, formalizar los resultados y presentar su trabajo nadie, absolutamente nadie, habría dicho una palabra para censurarla- Incluso la habrían aplaudido por ayudar a salvar más vidas. Quiso hacer las cosas bien y esas mismas personas que la habrían levantado en hombros se dieron el gusto de negarle ese derecho y aquí estamos el suplente y… yo, que no llego a suplente. Soy la niñera del suplente, parte del decorado, tan inútil como decorativa. Soy un cuadro en la pared.
—Seguro que anima a más de una académica sin una propia —suspiro—. Podría haberlo hecho yo. Tendría que haberlo hecho yo. Lo habría hecho mejor. Y más rápido —espeto con más dramatismo y amargura de lo que pretendo.
Ese es el problema real, lo que convierte esta noche en un humillante infierno que tengo que pasar.
Maritza fue mi adiestradora durante años, los poco que fue carnífice antes del marcapasos, me enseñó todo lo que sé y gracias a ella puedo moverme por el cementerio como una puta reina en su castillo. Me pasé media vida jugándome el cuello correteando en la oscuridad cuando todavía era una condena a muerte. La Domadora de muertos vivientes, mal llamada Nigromante en círculos poco amistosos, convirtió en mío su feudo para después elegir a su amante en lugar de a mí, relegándome a un papel menor. Uno que sabe que detesto con cada fibra de mi oscuro corazón.
Estoy celosa, asquerosamente celosa, y ofendida. Lo entiendo, ya lo entendía antes de que ella viniera a explicarme su decisión punto por punto y pedirme que viniera de todas formas, eso no significa que tenga que gustarme. Su absoluto fracaso es lo único que me ayuda a sobrellevarlo y es una victoria pírrica, puesto que también supone el fracaso de Maritza.
—Lo habrías hecho mejor y más rápido —me confirma Gael, añadiendo a la desesperada pequeñas cantidades de arcilla para corregir su charco de agua sucia—. Por desgracia para los tres, el amor de mi vida no quiere que nada que puedas hacer, consciente o inconscientemente, afecte a la viabilidad de los resultados obtenidos y aquí estamos, apañándonos con un parche que no satisface a nadie porque no tenemos alternativa.
—Lo sé. Gracias por decirlo —sienta bien oírlo de otra persona, incluso si es por millonésima vez.
Me estoy comportando como una cría estúpida, lo admito encantada, en especial teniendo en cuenta que podría haber sido mucho peor. Maritza podría haber elegido a Asra, que también habría hecho un trabajo más rápido y limpio que Gael.
—Usa el almidón —le digo a Gael, consiguiendo que me preste atención de verdad.
—Si no hemos traído… —levanta la pequeña bolsa llena de polvo blanco, que es de lo poco que no está abierto y desparramado porque no tenía motivos para usarlo.
—Maritza puso agua de más para que pudieras lavarte y yo almidón para cuando aguaras la mezcla —apoyo la mejilla en el filo de la guadaña, que quema—. Ella confía en ti, nosotras sabemos que tiendes a poner líquido de más porque así es más fácil manejar la arcilla.
Abre la bolsa con cuidado, como si fuera un pequeño tesoro, y espolvorea pequeñas cantidades de almidón sobre la arcilla sin dejar de moverla. Su cara de absoluta concentración es casi divertida.
—Si cierras tu puerta con llave dejarán de colarse amantes a los que no puedes resistirte —dice Gael, supongo que intentando ayudar.
¿Cómo no se me habrá ocurrido esa genialidad a mí?
—Siempre cierro mi puerta con llave, el problema es que cuando llama sé que es él y le abro.
—El problema es que estás enamorada y cuando lo admitas y empecéis a salir como adultos en lugar de robaros besos a escondidas como un par de chiquillos se terminarán los remordimientos —lo peor es que lo dice en serio.
Enamorada. Claro. La agencia entera piensa que soy una jovencita dulce y enamoradiza que aceptó de Tyler lo único que estaba dispuesto a darme, sexo desvinculado emocionalmente, con la esperanza de conseguir que él terminara correspondiéndome. En realidad, lo único que quería era acostarme con alguien que supiera lo que me gustaba sin tener que decírselo y que estuviera siempre disponible.
También quise un amigo, alguien que me entendiera y con quien poder hablar sin tapujos. Es una pena que malgastara mis esfuerzos con la persona equivocada.
Me trago la réplica que me quema en la lengua solo porque el nicerobino ya tiene una textura aceptable y quiero volver a casa para ponerme algo que no me haga caminar sobre un charco de mi propio sudor. Hago girar la guadaña como un molinete volviendo a los paseos y recito la lista completa de razas mágicas, que no admite réplicas.
El trabajo de verdad empezará en cualquier momento y no quiero distracciones.